Dr. Elio M Rivera
Texto clave
“Tu trono, oh Dios, es eterno y para siempre; cetro de justicia es el cetro de tu reino.”
Salmo 45:6, RVR1960
Cuando escuchamos hablar acerca de la justicia de Dios, probablemente algunas personas inmediatamente piensan en juicio, castigo, condenación o temor. Sin embargo, antes de estudiar esas cosas, quisiera invitarle a contemplar la justicia divina desde una perspectiva completamente diferente.
Quiero que por unos momentos imaginemos un reino perfectamente justo.
Imagine un lugar donde ningún juez puede ser comprado.
Un reino donde el dinero de una persona no puede cambiar una sentencia; donde el poderoso no recibe un trato diferente al pobre; donde nadie puede utilizar sus influencias para escapar de las consecuencias de sus actos; donde ninguna amistad puede torcer un veredicto y donde ningún gobernante está por encima de la justicia.
Imagine un reino donde jamás existe corrupción.
No existen sobornos debajo de la mesa. No existen expedientes que desaparecen misteriosamente. No existen testigos comprados. No existen jueces que favorezcan a sus amigos. No existen personas suficientemente poderosas para colocarse por encima de la ley.
Imagine también un reino donde ninguna víctima es olvidada.
Donde el clamor del débil tiene exactamente el mismo valor que el del poderoso. Donde el pobre puede presentarse delante del Juez con la seguridad de que será escuchado. Donde la viuda, el huérfano, el extranjero y la persona indefensa saben que alguien defenderá justamente su causa.
Probablemente un reino semejante nos parecería maravilloso.
Y precisamente así debemos comenzar nuestro estudio de la justicia celestial.
La justicia es parte de la belleza del Reino de Dios
La Biblia describe el Reino de Dios con una declaración extraordinaria:
“Tu trono, oh Dios, es eterno y para siempre; cetro de justicia es el cetro de tu reino.”
Salmo 45:6, RVR1960
Observe cuidadosamente las palabras utilizadas por el salmista.
No dice simplemente que Dios algunas veces practica la justicia. Tampoco presenta la justicia como una actividad ocasional de Dios.
Dice:
“Cetro de justicia es el cetro de tu reino.”
El cetro representa gobierno y autoridad. Por lo tanto, la imagen que encontramos en este pasaje es la de un Reino gobernado bajo justicia.
Esto significa que cuando hablamos del cielo y del Reino de Dios no solamente debemos pensar en su hermosura, su gloria, su paz o su grandeza.
También debemos pensar en su justicia.
Y esto es maravilloso.
Porque ¿de qué serviría vivir eternamente en una ciudad extraordinariamente hermosa si dentro de ella continuara existiendo corrupción?
¿De qué servirían calles hermosas si tuviéramos miedo de caminar por ellas?
¿De qué servirían grandes moradas si alguien pudiera robarnos lo que tenemos?
¿De qué serviría vivir eternamente si todavía existieran personas utilizando su poder para perjudicar a los demás?
La belleza del Reino de Dios no consiste solamente en cómo será ese Reino.
Parte de su belleza consiste en cómo será gobernado.

Dios no puede ser sobornado
En nuestro mundo estamos acostumbrados a escuchar historias de corrupción. Sabemos que el dinero, las relaciones, el poder y las influencias pueden afectar las decisiones humanas.
Pero delante de Dios esas cosas pierden completamente su valor.
Moisés describió a Dios de una manera extraordinaria:
“Porque Jehová vuestro Dios es Dios de dioses y Señor de señores, Dios grande, poderoso y temible, que no hace acepción de personas, ni toma cohecho.”
Deuteronomio 10:17, RVR1960
Deténgase por un momento en esas últimas palabras:
“Ni toma cohecho.”
En otras palabras, nadie puede comprar al Juez del cielo.
No existe suficiente dinero para hacerlo.
No existe posición social suficientemente importante.
No existe influencia política.
No existe apellido.
No existe amistad.
No existe poder humano capaz de torcer la justicia de Dios.
Y existe una razón muy sencilla: Dios no necesita absolutamente nada de nosotros.
¿Cómo podríamos sobornar al dueño de todas las cosas?
¿Qué podríamos ofrecerle a Aquel a quien pertenece todo?
El hombre puede comprar a otro hombre porque puede ofrecerle algo que desea. Pero nadie puede acercarse al trono celestial y ofrecerle a Dios algo que Él necesite a cambio de modificar su justicia.
El Juez de toda la tierra no está en venta.
Dios tampoco tiene favoritos
Existe otra característica extraordinaria de la justicia celestial.
Dios no juzga a las personas por su apariencia, riqueza, nacionalidad, educación, posición social o influencia.
El apóstol Pablo escribió:
“Porque no hay acepción de personas para con Dios.”
Romanos 2:11, RVR1960
Esta pequeña declaración tiene enormes implicaciones.
Delante del tribunal de Dios, el millonario y el pobre comparecen delante del mismo Juez.
El rey y el campesino.
El gobernante y el ciudadano.
El famoso y el desconocido.
El religioso y el que nunca tuvo reconocimiento alguno.
Todos están delante de la misma justicia.
Nadie recibe una sentencia favorable simplemente porque fue importante en la Tierra.
Nadie puede mostrar sus títulos para impresionar a Dios.
Nadie puede mencionar sus amistades.
Nadie puede utilizar su cuenta bancaria.
Nadie puede intimidar al Juez.
Y nadie puede escapar porque conoce a alguien importante.
Ante Dios no existe favoritismo.
Piense en lo hermoso que esto significa
Muchas veces presentamos la justicia divina únicamente desde su aspecto más serio: Dios juzga el pecado.
Y ciertamente tendremos que hablar de ello.
Pero todavía no.
Antes quiero que contemplemos su belleza.
Imagine vivir en un Reino donde usted jamás tendrá que preocuparse porque alguien poderoso pueda perjudicarlo y después comprar al juez.
Imagine vivir donde jamás tendrá que preguntarse si se hará justicia.
Imagine un lugar donde ninguna persona tenga miedo de denunciar una injusticia porque el culpable tenga más dinero, poder o conexiones.
Imagine vivir bajo un Rey absolutamente bueno y perfectamente justo.
Eso cambia completamente nuestra manera de mirar la justicia divina.
La justicia no es una imperfección del carácter de Dios.
Es una de las razones por las cuales su Reino es hermoso.
¿Qué clase de Dios quisiéramos que gobernara la eternidad?
Hagámonos una pregunta sencilla.
Si vamos a vivir eternamente bajo el gobierno de alguien, ¿qué clase de gobernante quisiéramos tener?
¿Un gobernante que algunas veces haga justicia y otras veces no?
¿Uno que favorezca a sus amigos?
¿Uno que pueda ser comprado?
¿Uno que ignore el sufrimiento de las víctimas?
¿Uno que permita que los poderosos hagan lo que quieran?
¿Uno que cambie las reglas dependiendo de quién se encuentre delante de él?
Seguramente no.
Quisiéramos un Rey perfectamente bueno.
Pero también quisiéramos un Rey perfectamente justo.
Y eso es precisamente lo que la Biblia declara acerca de Dios.
Abraham hizo una de las preguntas más importantes que encontramos en las Escrituras:
“El Juez de toda la tierra, ¿no ha de hacer lo que es justo?”
Génesis 18:25, RVR1960
La pregunta contiene una verdad extraordinaria.
Existe un Juez sobre toda la tierra.
Y ese Juez hace justicia.
Pero aquí aparece un problema
Hasta este momento todo parece maravilloso.
Queremos un Dios justo.
Queremos un Reino justo.
Queremos que el mal sea juzgado.
Queremos que las víctimas sean defendidas.
Queremos que nadie pueda comprar al Juez.
Queremos que no exista favoritismo.
Queremos que nadie quede impune simplemente porque tiene poder.
Todo esto suena extraordinariamente hermoso.
Pero existe una pregunta que cambia completamente la dirección de nuestro estudio:
¿Qué sucede cuando nosotros somos los que tenemos que comparecer delante de ese Juez?
Porque es relativamente sencillo pedir justicia cuando alguien nos hizo daño.
Cuando somos las víctimas queremos que se investigue.
Queremos que se descubra la verdad.
Queremos que el culpable responda.
Queremos justicia.
Pero ¿qué sucede cuando nosotros somos los culpables?
Precisamente aquí comienza el problema de la raza humana.
Como estudiamos anteriormente, el pecado entró en la historia humana y el hombre quedó en una situación muy seria delante de Dios. La Escritura declara que todos pecamos y fuimos destituidos de la gloria de Dios.
De repente, aquella justicia perfecta que parecía tan hermosa comenzó a representar un problema para nosotros.
No porque la justicia tuviera algo malo.
Sino porque nosotros habíamos quebrantado sus principios.
Y si acabamos de decir que Dios no acepta sobornos, no tiene favoritos, no cambia sus principios y no permite que la injusticia gobierne su Reino, entonces surge una pregunta inevitable:
¿Qué hará este Juez perfectamente justo con nosotros?
Esa pregunta nos acompañará durante esta serie.
Y poco a poco descubriremos algo extraordinario.
El Dios cuya justicia no podía ser comprada tampoco quiso abandonarnos.
El Dios que no podía llamar inocente a la maldad amaba profundamente al ser humano.
El Juez era justo.
Pero el Juez también nos amaba.
Y precisamente allí comenzaría a prepararse uno de los acontecimientos más extraordinarios de toda la historia.
Porque muchos siglos después, fuera de los muros de Jerusalén, la justicia y el amor de Dios se encontrarían frente a una Cruz.
Pero antes de llegar hasta allí necesitamos comprender algo más.
Necesitamos descubrir la belleza de la justicia.
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