Dr. Elio M. Rivera
Si Adán y Eva tuvieron descendencia dentro del huerto del Edén, inmediatamente aparece una pregunta que tenemos que contestar:
¿Dónde quedaron esos hijos?
¿Por qué Génesis no nos entrega una lista con sus nombres?
¿Por qué las genealogías bíblicas parecen comenzar a adquirir importancia después de la caída?
¿Y quiénes son esos misteriosos:
«hijos de Dios»
que aparecen poco antes del Diluvio?
Durante mucho tiempo estas preguntas me parecían problemas separados.
Ahora creo que forman parte de una misma historia.
Y la primera pieza aparece precisamente al final de la vida dentro del huerto.
Después de la caída, Adán hace algo extraordinario:
«Y llamó Adán el nombre de su mujer, Eva, por cuanto ella era madre de todos los vivientes» (Génesis 3:20, RVR1960).
Observe cuidadosamente el momento.
Esto sucede antes de Génesis 4, donde posteriormente se relata el nacimiento de Caín.
Y, sin embargo, Adán no dice:
«será madre».
La RVR1960 dice:
«era madre de todos los vivientes».
Esta observación ocupa un lugar importante en mi libro: allí planteo precisamente que la expresión «era madre de todos los vivientes» encaja naturalmente con una Eva que ya tenía descendencia al momento de salir del huerto.
Entonces tenemos que preguntar:
¿madre de quiénes?
No de los animales.
Los animales no descendían de Eva.
No de las plantas.
No de la creación en general.
La función particular de Eva era ser madre de seres humanos.
Y si ya:
«era madre»,
entonces esta declaración encaja perfectamente con lo que hemos venido construyendo:
Adán y Eva ya habían comenzado una familia dentro del Edén.
Esto también ayuda a comprender por qué Dios podía hablarle de:
«preñeces», «dolor», «darás a luz» e «hijos» (Génesis 3:16).
Y, como vimos anteriormente, el paralelo con Adán es extraordinario.
Adán conocía el trabajo bajo bendición.
Después conocería trabajo con dolor, espinos, cardos y sudor.
Eva conocía la multiplicación bajo bendición.
Después conocería:
«con dolor darás a luz los hijos».
En mi libro desarrollo precisamente ambas experiencias como bendiciones originales cuya condición cambia después de la caída.
Ahora demos el siguiente paso.
Adán era llamado «hijo de Dios»
Siglos después, cuando Lucas presenta la genealogía de Jesucristo, retrocede generación tras generación.
Jesús.
José.
David.
Noé.
Set.
Hasta llegar al comienzo.
Y la genealogía termina diciendo:
«Enós, hijo de Set, Set, hijo de Adán, Adán, hijo de Dios» (Lucas 3:38, RVR1960).
Ahí tenemos una expresión que debemos recordar:
Adán, hijo de Dios.
No significa que Adán fuera Dios.
Ya lo hemos establecido.
Significa que había recibido directamente su vida de Dios y había sido creado a su imagen y semejanza.
Y aquí aparece una conexión que desarrollo ampliamente en mi libro.
Si Adán era:
«hijo de Dios»,
¿cómo podríamos llamar a la descendencia nacida mientras Adán y Eva todavía vivían dentro de aquella condición original, bajo la presencia, la bendición y el Reino de Dios?
Entonces llegamos a Génesis 6:
«Aconteció que cuando comenzaron los hombres a multiplicarse sobre la faz de la tierra, y les nacieron hijas, que viendo los hijos de Dios que las hijas de los hombres eran hermosas, tomaron para sí mujeres, escogiendo entre todas» (Génesis 6:1-2, RVR1960).
Aquí aparecen dos expresiones.
«Los hijos de Dios».
Y:
«las hijas de los hombres».
En la reconstrucción que presento en mi libro, los «hijos de Dios» corresponden a la generación nacida mientras Adán conservaba aquella posición original de hijo de Dios; es decir, descendencia relacionada con la vida anterior a la caída.
Después de la caída aparece otra condición.
Adán y Eva continúan teniendo descendencia, pero ahora la humanidad está bajo pecado y muerte.
Aquí comenzamos a entender la distinción que Génesis parece conservar entre:
hijos de Dios
e:
hijos o hijas de los hombres.
No estoy hablando de dos especies.
No estoy hablando de dos humanidades biológicamente incompatibles.
Todos procedían finalmente de Adán y Eva.
La diferencia era histórica y espiritual:
unos habían nacido dentro del mundo anterior a la caída; otros nacieron después de que el pecado y la muerte habían entrado en la experiencia humana.

¿Eran ángeles los «hijos de Dios»?
Una interpretación muy conocida sostiene que los «hijos de Dios» de Génesis 6 eran ángeles que tomaron mujeres humanas y produjeron descendencia.
Pero esa interpretación me presenta problemas importantes.
Jesús dijo:
«Porque cuando resuciten de los muertos, ni se casarán ni se darán en casamiento, sino serán como los ángeles que están en los cielos» (Marcos 12:25, RVR1960).
Y Hebreos describe a los ángeles diciendo:
«¿No son todos espíritus ministradores, enviados para servicio a favor de los que serán herederos de la salvación?» (Hebreos 1:14, RVR1960).
El énfasis bíblico presenta a los ángeles como seres espirituales ministradores, no como una raza que Dios hubiera enviado a poblar la Tierra mediante reproducción sexual. Ese es también el argumento que desarrollo en el libro al rechazar que los «hijos de Dios» de Génesis 6 fueran ángeles caídos.
Pero para mí aparece un problema todavía mayor.
Si un ángel pudiera engendrar con una mujer humana y producir un nuevo ser mitad humano y mitad angelical, entonces tendríamos que preguntarnos:
¿qué era exactamente ese ser delante del plan de redención?
¿Era humano?
¿Era ángel?
¿Era una tercera raza?
¿De quién descendía?
¿A quién debía representar Cristo?
Porque la redención de Jesucristo se encuentra íntimamente ligada a su participación en nuestra humanidad.
Hebreos dice:
«Así que, por cuanto los hijos participaron de carne y sangre, él también participó de lo mismo» (Hebreos 2:14, RVR1960).
Cristo tomó:
carne y sangre.
Se hizo hombre.
Pablo establece igualmente que la historia del pecado y de la redención se mueve alrededor de dos representantes:
Dice:
«Porque así como en Adán todos mueren, también en Cristo todos serán vivificados» (1 Corintios 15:22, RVR1960).
Y:
«Fue hecho el primer hombre Adán alma viviente; el postrer Adán, espíritu vivificante» (1 Corintios 15:45, RVR1960).
Observe.
Primer Adán.
Postrer Adán.
El problema de la humanidad entra por uno.
La solución llega mediante Otro.
No aparece una tercera humanidad híbrida esperando otro redentor.
Y esto coincide con el argumento central de mi libro: introducir una descendencia mitad angelical y mitad humana produce un problema serio dentro de la estructura bíblica de la redención.
Pablo lo resume de otra manera:
«Por cuanto todos pecaron, y están destituidos de la gloria de Dios» (Romanos 3:23, RVR1960).
Todos.
Una humanidad.
Un problema.
Un Redentor.

¿Qué ocurrió entonces con los hijos nacidos antes de la caída?
Aquí aparece otra pieza que considero fundamental.
Cuando Adán pecó, no era solamente un hombre privado tomando una decisión privada.
Era cabeza de una familia.
Era el hombre al que Dios había entregado autoridad.
Era el representante de una humanidad que procedería de él.
Pablo dice:
«Por tanto, como el pecado entró en el mundo por un hombre, y por el pecado la muerte, así la muerte pasó a todos los hombres, por cuanto todos pecaron» (Romanos 5:12, RVR1960).
Y después:
«Por la transgresión de uno vino la condenación a todos los hombres» (Romanos 5:18, RVR1960).
Esto resulta esencial.
La Biblia mira a la humanidad en Adán.
Cuando cae la cabeza, las consecuencias alcanzan aquello que estaba bajo su representación.
Encontramos este principio repetidamente en la Escritura.
Las decisiones de una cabeza familiar pueden afectar profundamente a su casa.
El pecado de Elí y la conducta de sus hijos termina afectando toda su casa (1 Samuel 3–4).
El pecado de David produce consecuencias que penetran profundamente en su familia (2 Samuel 12).
En mi libro utilizo precisamente este principio para explicar cómo el juicio de la cabeza puede alcanzar a la familia que representa.
Entonces, si Adán y Eva ya tenían hijos dentro del huerto, éstos no constituían una humanidad independiente de ellos.
Seguían perteneciendo a la familia humana cuya cabeza era Adán.
Cuando Adán cayó, la casa cayó con él.
Esto también responde una pregunta importante.
¿Por qué Dios no mantiene dentro del Edén a los hijos que quizá no participaron físicamente en el acto de comer el fruto?
Porque el problema no era solamente haber mordido una fruta.
La cabeza de la humanidad había cambiado de reino.
Había roto la relación de autoridad bajo la cual toda la familia estaba organizada.
Y la familia quedó afectada por la decisión de quien la representaba.
Pero esto no significa que Dios condenara eternamente a personas inocentes por una acción ajena.
Porque la Biblia añade otra verdad:
todos terminaron pecando.
Pablo dice:
«Todos se desviaron, a una se hicieron inútiles; no hay quien haga lo bueno, no hay ni siquiera uno» (Romanos 3:12, RVR1960).
Y nuevamente:
«Por cuanto todos pecaron» (Romanos 3:23, RVR1960).
Mi libro insiste precisamente en este punto: «todos» comprende a la humanidad entera; nadie permanece como una clase humana moralmente perfecta separada de la necesidad de redención.
Por tanto, aquellos hijos que pudieron haber conocido el Edén también terminaron participando de la rebelión humana.
Ellos también necesitarían al Redentor.
Romanos nos muestra una humanidad que conoció y después rechazó
Hay un pasaje de Pablo que considero especialmente interesante cuando pensamos en aquellas primeras generaciones.
Pablo escribe:
«Porque lo que de Dios se conoce les es manifiesto, pues Dios se lo manifestó» (Romanos 1:19, RVR1960).
Después añade:
«Porque las cosas invisibles de él, su eterno poder y deidad, se hacen claramente visibles desde la creación del mundo, siendo entendidas por medio de las cosas hechas, de modo que no tienen excusa» (Romanos 1:20, RVR1960).
Y continúa:
«Pues habiendo conocido a Dios, no le glorificaron como a Dios, ni le dieron gracias» (Romanos 1:21, RVR1960).
La frase resulta impresionante:
«habiendo conocido a Dios».
Pablo describe una humanidad que recibió revelación suficiente y, en lugar de conservarla, comenzó un proceso de corrupción.
Mi libro conecta esta descripción con las primeras generaciones y destaca que Pablo habla de hombres en plural al describir la corrupción humana desde los comienzos de la historia.
Eso encaja con el escenario que estamos reconstruyendo.
Una generación podía haber recibido un conocimiento extraordinario de Dios.
Y, sin embargo, conocimiento no significa necesariamente obediencia.
La historia humana demuestra una y otra vez que alguien puede conocer mucho de Dios y aun así rebelarse contra Él.
Por eso Génesis 6 puede mostrarnos a seres llamados:
«hijos de Dios»
que no permanecieron fieles a aquella condición.
La denominación de su origen no garantiza la fidelidad de sus decisiones posteriores.
Entonces, ¿por qué desaparece su genealogía?
Aquí llegamos al corazón de otra de las preguntas.
Si existieron hijos nacidos dentro del Edén, ¿por qué Génesis no conserva una genealogía detallada de ellos?
Creo que la respuesta está en lo que ocurrió inmediatamente después de la caída.
Dios pronuncia una promesa:
«Y pondré enemistad entre ti y la mujer, y entre tu simiente y la simiente suya; ésta te herirá en la cabeza, y tú le herirás en el calcañar» (Génesis 3:15, RVR1960).
Desde ese momento aparece un asunto que dominará el resto de la Biblia:
¿por qué línea vendrá el Redentor?
Después de la caída, las genealogías dejan de ser simplemente registros familiares.
Se convierten en la ruta hacia el Mesías.
Y esto es exactamente lo que señalo en mi libro: después de la caída comienza a adquirir importancia el registro cronológico de los nacimientos porque se esperaba una descendencia de la cual finalmente vendría el Rescatador.
Por eso Génesis comienza a seguir líneas específicas.
No registra a cada hijo de Adán.
No registra a cada hija.
No registra cada matrimonio.
Selecciona una genealogía.
Más adelante:
Set.
Enós.
Cainán.
Mahalaleel.
Jared.
Enoc.
Matusalén.
Lamec.
Noé.
Después Sem.
Y eventualmente Abraham.
Isaac.
Judá.
David.
Hasta llegar a Cristo.
Lucas hace exactamente ese recorrido y termina otra vez:
«Set, hijo de Adán, Adán, hijo de Dios» (Lucas 3:38, RVR1960).
Eso significa que la genealogía bíblica no pretende registrar a toda la humanidad.
Pretende preservar la línea relevante para la historia de la redención.
Esta idea está expresamente desarrollada en mi libro: la genealogía adquiere importancia porque el Mesías tendría que venir de un linaje humano identificable.
Y esto explica por qué la ausencia de nombres no significa ausencia de personas.
La Biblia podía guardar silencio sobre cientos o miles de descendientes sin negar su existencia.
Simplemente no eran la línea que el Espíritu Santo estaba siguiendo hacia Cristo.
La genealogía tenía que conducir a un hombre
Aquí aparece algo extraordinario.
El Redentor no podía aparecer sin conexión con la humanidad que venía a rescatar.
Tenía que entrar en nuestra historia.
Tenía que hacerse hombre.
Juan escribió:
«Y aquel Verbo fue hecho carne, y habitó entre nosotros» (Juan 1:14, RVR1960).
Pablo dijo:
«Pero cuando vino el cumplimiento del tiempo, Dios envió a su Hijo, nacido de mujer» (Gálatas 4:4, RVR1960).
Y Hebreos declara:
«Por lo cual debía ser en todo semejante a sus hermanos» (Hebreos 2:17, RVR1960).
Así que la genealogía importa.
Cristo tenía que entrar en la familia.
Tenía que compartir nuestra humanidad.
Tenía que pertenecer a la misma raza que venía a redimir.
Aquí la estructura comienza a ser extraordinariamente hermosa.
Un hombre introduce el pecado.
Otro Hombre introduce la justicia.
Una cabeza conduce a muerte.
Otra Cabeza conduce a vida.
Pablo lo expresa:
«Porque así como por la desobediencia de un hombre los muchos fueron constituidos pecadores, así también por la obediencia de uno, los muchos serán constituidos justos» (Romanos 5:19, RVR1960).
Por eso la genealogía no podía perderse.
El Mesías tenía que venir de allí.
La historia tenía que permitirnos seguir el camino desde Adán hasta Cristo.
Y eso también explica por qué la Biblia no necesitaba conservar con el mismo detalle las genealogías de todos los demás descendientes.
El propósito no era escribir el registro civil completo del mundo antiguo.
Era conducirnos al Redentor.
Hijos de Dios e hijos de los hombres
Entonces podemos colocar las piezas juntas.
Adán fue llamado:
«hijo de Dios».
Adán y Eva recibieron la orden de multiplicarse antes de la caída.
Eva es llamada:
«madre de todos los vivientes»
antes del relato del nacimiento de Caín.
Después de la caída aparecen descendientes nacidos dentro de una humanidad separada de la condición original.
Y más adelante Génesis distingue:
«los hijos de Dios»
de:
«las hijas de los hombres».
En la lectura que estamos construyendo, eso puede entenderse sin introducir una reproducción entre ángeles y mujeres.
Estamos viendo dos generaciones humanas procedentes de la misma familia original pero nacidas en condiciones históricas diferentes.
Los primeros, vinculados al mundo en que Adán todavía era reconocido en su condición original como hijo de Dios.
Los segundos, nacidos después de que Adán y Eva habían salido del Edén y la humanidad vivía ya bajo pecado y muerte.
Pero finalmente ambas líneas convergen.
Génesis 6 dice:
«viendo los hijos de Dios que las hijas de los hombres eran hermosas, tomaron para sí mujeres» (Génesis 6:2, RVR1960).
La humanidad vuelve a mezclarse.
No dos especies.
No ángeles produciendo híbridos.
Una familia humana.
Y toda esa familia necesitó después lo mismo:
redención.
¿Qué aprendimos de Dios?
Todo esto nos permite ver algo mucho mayor que una discusión acerca de genealogías.
Nos permite comprender cómo Dios mira la humanidad.
Nosotros pensamos individualmente.
Dios también trata con individuos.
Pero la Biblia muestra repetidamente que Dios contempla familias, generaciones, linajes y representantes.
Adán no era solamente Adán.
Era cabeza.
Lo que hizo afectó a quienes estaban unidos a él.
Y Cristo no vino solamente como un individuo aislado.
Vino como:
«el postrer Adán».
Como una nueva cabeza.
Pablo dice:
«Porque así como en Adán todos mueren, también en Cristo todos serán vivificados» (1 Corintios 15:22, RVR1960).
Ahora comienzo a comprender por qué aquellas antiguas genealogías eran tan importantes.
Parecen aburridas cuando solamente vemos nombres.
Pero dejan de serlo cuando comprendemos lo que realmente están haciendo.
Están trazando el camino de regreso a casa.
Nombre tras nombre.
Generación tras generación.
Set.
Noé.
Sem.
Abraham.
Judá.
David.
Hasta que finalmente aparece un nombre:
Jesucristo.
Y entonces comprendemos por qué la genealogía sobrevivió.
Porque Dios había prometido que de aquella humanidad caída vendría Alguien que aplastaría la cabeza de la serpiente.
La familia había caído por medio de su cabeza.
Y Dios levantaría otra Cabeza para rescatarla.
Quizá por eso las genealogías humanas permanecieron mientras otras líneas desaparecieron de la narración.
La Biblia estaba siguiendo una pista.
La pista del Redentor.
Y cuando finalmente llegamos a Cristo descubrimos que Dios nunca había perdido de vista a la familia que comenzó en el Edén.
La había seguido generación tras generación.
No para registrar cada nombre.
Sino para traer, en el momento determinado, al Hijo que vendría a recuperar a los hijos.
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