Dr. Elio M. Rivera
Cuando pensamos en Dios, normalmente pensamos en poder.
Después de todo, si Dios existe y realmente es Dios, se supone que puede hacer lo que quiera.
La Biblia lo presenta como el Creador del universo:
«En el principio creó Dios los cielos y la tierra» (Génesis 1:1, RVR1960).
Un Dios así no tendría que pedirle permiso a nadie.
Podría gobernar por la fuerza.
Podría obligarnos a obedecer.
Podría destruir al que se opusiera a su voluntad.
Con una sola palabra podría terminar con una rebelión. Con una sola orden podría imponer su voluntad sobre toda la humanidad.
De hecho, la Escritura declara:
«Todo lo que Jehová quiere, lo hace, en los cielos y en la tierra, en los mares y en todos los abismos» (Salmos 135:6, RVR1960).
Hasta aquí, probablemente nada nos sorprende.
Es más o menos la imagen que muchos tenemos de Dios: un Ser todopoderoso sentado en su trono, gobernando el universo y teniendo autoridad absoluta sobre todo cuanto existe.
Pero entonces aparece Jesucristo.
Y algo comienza a desconcertarnos.
Porque si aceptamos la afirmación cristiana de que Jesucristo es Dios, nos encontramos frente a una escena difícil de explicar.
El Dios todopoderoso aparece caminando entre los hombres.
Y finalmente lo encontramos en una cruz.
La Escritura dice:
«Y aquel Verbo fue hecho carne, y habitó entre nosotros» (Juan 1:14, RVR1960).
Y después dice:
«Se humilló a sí mismo, haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte de cruz» (Filipenses 2:8, RVR1960).
Detengámonos un momento.
¿Dios en una cruz?
¿El Creador sometiéndose a sus propias criaturas?
¿El que podría imponer su voluntad permitiendo que los hombres hicieran aquello?
¿El que podría destruir a sus enemigos, muriendo en manos de ellos?
¿De qué se trata todo esto?
¿Por qué?
¿Qué ocurrió para que la historia entre Dios y el hombre llegara hasta ese punto?
¿Y qué nos dice semejante escena acerca de cómo es Dios?
No quiero responder esas preguntas todavía.
Precisamente para investigarlas existe esta tercera parte.
En la primera parte de esta obra comenzamos con la pregunta:
Observamos el universo, la naturaleza, la vida, las leyes que gobiernan la creación, la conciencia humana y otras evidencias que podían ayudarnos a considerar seriamente la existencia de un Creador.
La Biblia afirma:
«Los cielos cuentan la gloria de Dios, y el firmamento anuncia la obra de sus manos» (Salmos 19:1, RVR1960).
Después dimos un segundo paso.
Dirigimos nuestra investigación hacia Jesucristo.
Estudiamos lo que afirmó acerca de sí mismo. Examinamos sus palabras, pero también los hechos que acompañaron aquellas palabras. Y finalmente nos preguntamos si existen razones para pensar que continúa haciendo aquello que prometió hacer.
Cada lector tendrá que llegar a su propia conclusión.
Yo ya llegué a la mía.
Creo que Jesucristo es Dios.
Y parto de esa conclusión para comenzar esta tercera investigación.
Porque Jesús hizo una declaración extraordinaria:
«El que me ha visto a mí, ha visto al Padre» (Juan 14:9, RVR1960).
Si eso es verdad, entonces Jesucristo nos ofrece algo que difícilmente podríamos obtener de otra manera.
Nos permite observar a Dios actuar.
Y eso es precisamente lo que quiero hacer en esta parte.
No quiero comenzar entregándole al lector una lista que diga: Dios es bueno, Dios es justo, Dios es misericordioso, Dios es amor.
Quiero ir más despacio.
Quiero mirar los hechos.
Quiero observar qué hizo Dios y permitir que sus propias acciones nos conduzcan hacia nuestras conclusiones.
Pero para hacerlo no comenzaremos en Belén.
Tenemos que regresar mucho más atrás.
Regresaremos hasta las primeras páginas de la historia bíblica.
Hasta Adán y Eva.
Hasta el huerto del Edén.
Allí comenzaremos nuestra investigación.
¿Cómo era la vida que Dios había preparado para el hombre?
¿Cómo se relacionaba con él?
¿Qué le dio?
¿Qué esperaba de él?
¿Qué ocurrió entre Dios y sus primeras criaturas humanas?
Y conforme avancemos, iremos siguiendo los hechos.
Sin apresurarnos.
Sin defender a Dios antes de examinar la evidencia.
Y sin ocultar las preguntas difíciles.
Porque tarde o temprano tendremos que regresar a aquella imagen con la que comenzamos.
Un Dios todopoderoso.
Un Dios que podría imponer su voluntad.
Un Dios que podría obligarnos a obedecer.
Un Dios que podría terminar con todo con una sola palabra.
Y, sin embargo…
una cruz.
¿Cómo encajan esas dos imágenes?
¿Qué ocurrió entre Génesis y el Calvario?
¿Y qué clase de Dios comienza a aparecer cuando observamos toda la historia?
No adelantemos la respuesta.
Regresemos al principio.
Abramos Génesis.
Y comencemos a investigar.
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