Por el Dr. Elio M. Rivera
Vivimos rodeados por una fuerza tan constante que casi nunca pensamos en ella. Nos permite caminar, mantenernos sobre la superficie de la Tierra, beber un vaso de agua, ver caer la lluvia, observar la Luna orbitando nuestro planeta y contemplar a los planetas girando alrededor del Sol. Esa fuerza invisible es la gravedad.
Aunque no podemos verla, experimentamos sus efectos a cada instante. Si desapareciera por un solo momento, la vida tal como la conocemos sería imposible. La atmósfera escaparía al espacio, los océanos dejarían de permanecer sobre la Tierra y los planetas abandonarían sus órbitas. El universo sería completamente diferente.
La ciencia ha estudiado la gravedad durante siglos. Desde las observaciones de los grandes astrónomos hasta las teorías desarrolladas en la física moderna, hemos aprendido mucho acerca de la forma en que esta fuerza actúa sobre la materia. Sin embargo, la Biblia dirige nuestra atención hacia una pregunta aún más profunda: ¿por qué existe un universo gobernado por leyes tan extraordinariamente precisas?

La ley de la gravedad, una ley que mantiene el universo en orden.
Las Escrituras no utilizan la palabra gravedad, pues ese concepto pertenece al desarrollo de la física muchos siglos después de la redacción de la Biblia. Sin embargo, sí presentan un universo sostenido continuamente por el poder de Dios.
“…el cual, siendo el resplandor de su gloria, y la imagen misma de su sustancia, y quien sustenta todas las cosas con la palabra de su poder…”
(Hebreos 1:3)
Observe cuidadosamente esta declaración. El autor de Hebreos no afirma únicamente que Dios creó el universo en el pasado. Dice que lo sostiene continuamente. La creación no quedó abandonada después del Génesis; permanece bajo el gobierno constante del Creador.
El apóstol Pablo expresa la misma verdad al hablar del Señor Jesucristo:
“Y él es antes de todas las cosas, y todas las cosas en él subsisten.”
(Colosenses 1:17)
La palabra subsisten significa que permanecen, continúan existiendo y conservan su orden. Desde la perspectiva bíblica, el universo no se mantiene por sí mismo de manera independiente de Dios. Su estabilidad refleja el cuidado permanente del Creador.
La gravedad constituye uno de los ejemplos más notables de ese orden. Gracias a ella, la Tierra permanece girando alrededor del Sol, la Luna continúa orbitando nuestro planeta y los cuerpos celestes conservan trayectorias extraordinariamente estables. Del mismo modo, la gravedad mantiene unida nuestra atmósfera y permite que el agua permanezca sobre la superficie terrestre, haciendo posible la vida.
Resulta impresionante pensar que una fuerza invisible gobierna desde la caída de una pequeña gota de lluvia hasta el movimiento de galaxias enteras. Las mismas leyes físicas que actúan sobre una piedra que cae también participan en el movimiento de los planetas y de las estrellas.
El libro de Job contiene algunas de las preguntas más extraordinarias acerca del universo.
“¿Conoces tú las leyes de los cielos? ¿Dispondrás tú de su potestad en la tierra?”
(Job 38:33)
Dios recuerda a Job que el universo funciona conforme a leyes que el ser humano puede descubrir y estudiar, pero que jamás podría establecer. El hombre puede describirlas mediante ecuaciones, utilizarlas para explorar el espacio e incluso aprovecharlas para desarrollar tecnología. Pero no puede crearlas ni modificarlas.
El profeta Jeremías escribió:
“Así ha dicho Jehová, que da el sol para luz del día, las leyes de la luna y de las estrellas para luz de la noche…”
(Jeremías 31:35)
Esta referencia a las leyes que gobiernan los cuerpos celestes armoniza admirablemente con la observación científica de un universo extraordinariamente ordenado. La gravedad forma parte de ese conjunto de leyes que permiten la estabilidad del cosmos.
El rey David también contempló el cielo con profundo asombro.
“Cuando veo tus cielos, obra de tus dedos, la luna y las estrellas que tú formaste…”
(Salmo 8:3)
David no conocía la ley de la gravitación universal ni la física moderna. Sin embargo, comprendía que el orden del cielo revelaba la grandeza del Dios que lo había creado. Hoy sabemos mucho más acerca del funcionamiento del universo que en los días de David, pero su conclusión continúa siendo profundamente significativa: el cielo dirige nuestra mirada hacia el Creador.
Es importante hacer una distinción. La ciencia explica admirablemente cómo actúa la gravedad. Describe sus efectos, desarrolla modelos matemáticos y estudia su comportamiento en diferentes condiciones. La Biblia responde otra pregunta: ¿por qué existe un universo gobernado por leyes tan precisas y constantes?
Las Escrituras atribuyen ese orden a la sabiduría de Dios.
“Jehová con sabiduría fundó la tierra; afirmó los cielos con inteligencia.”
(Proverbios 3:19)
Esta afirmación no pretende sustituir el estudio científico de la gravedad. Más bien ofrece el fundamento teológico desde el cual la Biblia interpreta el orden del universo. El Dios que creó todas las cosas también estableció las leyes que las gobiernan.
Cada vez que damos un paso, dejamos caer un objeto, contemplamos la Luna iluminando la noche o admiramos el movimiento de los planetas, estamos observando una manifestación de ese orden. La gravedad actúa de manera silenciosa e invisible, pero sus efectos están presentes en cada instante de nuestra existencia.
Con frecuencia damos por sentado que la Tierra permanece bajo nuestros pies y que los cuerpos celestes continúan recorriendo sus órbitas. Sin embargo, detrás de esa aparente normalidad se encuentra uno de los ejemplos más extraordinarios de la estabilidad del universo.
Desde la perspectiva bíblica, esa estabilidad no constituye un accidente del cosmos. Refleja la fidelidad, el orden y la sabiduría del Dios que sostiene todas las cosas con el poder de su palabra.
Así, la gravedad no solo permite la existencia de nuestro mundo; también se convierte en otro silencioso testimonio de la extraordinaria sabiduría del Creador revelado en las Escrituras.
Referencias:
- Gravitation
- Relativity: The Special and the General Theory — Albert Einstein
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