3. El universo tuvo un comienzo

Por el Dr. Elio M. Rivera

  Si existe una afirmación que distingue a la Biblia de muchas de las antiguas filosofías y cosmovisiones del mundo, es esta: el universo tuvo un comienzo. Para las Escrituras, el universo no ha existido desde la eternidad ni constituye una realidad independiente de Dios. Todo cuanto existe tuvo un origen, y ese origen se encuentra en la voluntad del Creador.

  Hoy esta idea puede parecernos familiar, pero durante gran parte de la historia muchos pensadores sostuvieron que el universo era eterno. Diversas culturas imaginaron un cosmos que había existido siempre o que atravesaba ciclos infinitos de creación y destrucción. Sin embargo, miles de años antes de estos debates, la Biblia ya había establecido con absoluta claridad que el universo tuvo un principio.

  Las primeras palabras de las Escrituras son contundentes:

“En el principio creó Dios los cielos y la tierra.”
(Génesis 1:1)

  Observe cuidadosamente la expresión “en el principio”. Estas tres palabras tienen profundas implicaciones. Indican que hubo un momento en el que el universo comenzó a existir. Antes de ese principio no existían los cielos, la tierra, el tiempo, el espacio ni la materia. Solo existía Dios.

  La Biblia nunca intenta explicar el origen de Dios, porque afirma que Él es eterno. Lo que tiene un comienzo es la creación, no el Creador. El salmista declaró esta verdad con extraordinaria claridad:

“Antes que naciesen los montes y formases la tierra y el mundo, desde el siglo y hasta el siglo, tú eres Dios.”
(Salmo 90:2)

  Esta diferencia entre Dios y el universo es fundamental para comprender la enseñanza bíblica. Todo lo creado depende de Dios para existir, pero Dios no depende de absolutamente nada. Él existe por sí mismo y es anterior a toda la creación.

  El Nuevo Testamento reafirma esta misma verdad. El autor de la carta a los Hebreos escribe:

“Por la fe entendemos haber sido constituido el universo por la palabra de Dios, de modo que lo que se ve fue hecho de lo que no se veía.”
(Hebreos 11:3)

  Este versículo nos recuerda que el universo no apareció por sí mismo. Su existencia se debe al poder creador de Dios. Lo visible tuvo un origen que no puede explicarse únicamente por aquello que vemos, sino por la acción del Creador que llamó todas las cosas a la existencia.

  Nebulosas y agujero negro

Sin embargo, la Biblia da un paso más. No solo afirma que Dios creó el universo; también revela quién participó activamente en esa obra creadora. El evangelio de Juan comienza utilizando deliberadamente las mismas palabras del Génesis:

“En el principio era el Verbo, y el Verbo era con Dios, y el Verbo era Dios.”
(Juan 1:1)

  Observe el paralelismo. Génesis comienza diciendo: “En el principio creó Dios…”. Juan comienza diciendo: “En el principio era el Verbo…”. Antes de toda la creación, el Verbo ya existía. No comenzó a existir cuando nació en Belén; existía desde la eternidad junto al Padre.

  Unos versículos más adelante, Juan hace una declaración extraordinaria:

“Todas las cosas por él fueron hechas, y sin él nada de lo que ha sido hecho, fue hecho.”
(Juan 1:3)

  No existe excepción alguna. Todo cuanto llegó a existir fue creado por medio del Verbo, es decir, por Jesucristo. Si algo pertenece a la creación, necesariamente tuvo su origen en Él. Y si Cristo creó todas las cosas, entonces Él mismo no pertenece al orden de lo creado, sino que existe desde la eternidad.

  El apóstol Pablo desarrolla esta misma enseñanza en su carta a los colosenses:

“Porque en él fueron creadas todas las cosas, las que hay en los cielos y las que hay en la tierra, visibles e invisibles… todo fue creado por medio de él y para él.”
(Colosenses 1:16)

  Este pasaje amplía nuestra comprensión de la creación. No solo afirma que Cristo participó en ella, sino que declara que todo fue creado por medio de Él y para Él. El universo tiene un origen, pero también tiene un propósito. No existe simplemente porque sí; existe porque responde al plan del Creador.

  Pablo continúa diciendo:

“Y él es antes de todas las cosas, y todas las cosas en él subsisten.”
(Colosenses 1:17)

  Jesucristo no solo estuvo presente en el principio; también sostiene continuamente la creación. El universo no funciona independientemente de Dios. Su existencia presente depende del mismo poder que le dio origen.

  Cuando reunimos el testimonio de estos pasajes, encontramos una enseñanza perfectamente coherente. Génesis nos revela que el universo tuvo un comienzo. Hebreos nos dice que ese comienzo ocurrió por la palabra de Dios. Juan identifica al Verbo eterno como el agente de la creación. Y Colosenses declara que todas las cosas fueron creadas por medio de Cristo, para Cristo y continúan existiendo gracias a su poder.

  Desde la perspectiva bíblica, el universo no constituye una realidad eterna ni autosuficiente. Tuvo un inicio definido, fue creado por un Dios eterno y continúa existiendo porque ese mismo Dios lo sostiene.

  Esta verdad responde una de las preguntas más profundas que puede formular el ser humano. Si el universo tuvo un comienzo, entonces su existencia exige una causa que sea anterior al tiempo, superior al espacio y distinta de toda la materia creada. La Biblia identifica esa causa con absoluta claridad: Dios.

  Por ello, cada vez que las Escrituras hablan del origen del universo, conducen inevitablemente nuestra mirada hacia el Creador. El principio de todas las cosas no comienza con la materia, ni con la energía, ni con el tiempo. Comienza con Dios, quien, por su infinita sabiduría y poder, dio existencia a todo cuanto vemos.

  El universo tuvo un comienzo. Pero antes del principio estaba Aquel que nunca tuvo principio. Antes de que existiera el tiempo, ya existía el Dios eterno. Y ese Dios es el mismo que la Biblia presenta desde su primera página hasta la última como el Autor, Sustentador y Señor de toda la creación.

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Autor

Elio Rivera

El Dr. Elio M. Rivera es médico, pastor, escritor y fundador del Museo La Vida y Obra de Jesucristo, de la casa hogar Manantial de Amor y Comunidad Cristiana Mana. Ha viajado extensamente por Israel estudiando los lugares históricos relacionados con la vida de Jesucristo. Además de su labor ministerial y humanitaria, también es hombre de negocios, autor de más de 60 libros.