Por el Dr. Elio M. Rivera
Una de las preguntas más importantes que puede formular la razón humana es la siguiente: si el universo tuvo un comienzo, ¿qué produjo ese comienzo? La Biblia responde esta cuestión con absoluta claridad. El universo no apareció por sí mismo, ni surgió de la nada por casualidad. Detrás de toda la creación existe una causa suficiente: el Dios eterno.
Aunque las Escrituras no presentan este argumento utilizando el lenguaje de la filosofía moderna, lo presuponen de principio a fin. La Biblia jamás habla de un universo que se haya creado a sí mismo. Por el contrario, afirma repetidamente que todo cuanto existe tiene su origen en la acción creadora de Dios.
Desde las primeras palabras del Génesis encontramos esta verdad:
“En el principio creó Dios los cielos y la tierra.”
(Génesis 1:1)
Observe cuidadosamente lo que el texto afirma. No dice que los cielos y la tierra comenzaron a existir por sí solos. Tampoco sugiere que la materia organizó espontáneamente su propia existencia. El sujeto de la acción es Dios. Él es quien crea; la creación es el resultado de su voluntad y de su poder.
Este principio aparece una y otra vez a lo largo de toda la Biblia. El profeta Isaías, al contemplar el universo, no pregunta simplemente cómo existen las estrellas. Formula una pregunta mucho más profunda:
“Levantad en alto vuestros ojos, y mirad quién creó estas cosas…”
(Isaías 40:26)
La pregunta de Isaías es extraordinaria porque dirige nuestra atención hacia la causa de la creación. No basta con admirar el universo; debemos preguntarnos quién le dio origen. Para la Biblia, la existencia de la creación conduce inevitablemente a la existencia del Creador.
El autor de la carta a los Hebreos utiliza un ejemplo muy sencillo que todos podemos comprender:
“Porque toda casa es hecha por alguno; pero el que hizo todas las cosas es Dios.”
(Hebreos 3:4)
Nadie pasa frente a una casa y piensa que apareció por casualidad. La existencia misma de una construcción nos lleva inmediatamente a concluir que hubo un constructor. Del mismo modo, cuando encontramos un libro, sabemos que hubo un autor; cuando observamos una escultura, entendemos que existió un escultor; cuando admiramos una pintura, reconocemos la existencia de un pintor.
La Biblia invita al ser humano a aplicar el mismo razonamiento al universo entero. Si las obras más pequeñas realizadas por el hombre requieren una causa inteligente, ¿cuánto más el universo, cuya inmensidad y complejidad superan todo cuanto el ser humano ha construido?
Algunos han sugerido que el universo pudo haberse creado a sí mismo. Sin embargo, desde la perspectiva bíblica esta idea resulta imposible. Para que algo pueda crearse a sí mismo tendría que existir antes de existir. Tendría que actuar cuando todavía no existe. Tendría que ser, al mismo tiempo, causa y efecto de sí mismo. Las Escrituras nunca presentan semejante posibilidad.
Por el contrario, la Biblia distingue claramente entre el Creador y la creación. Dios existe desde la eternidad y posee el poder de dar existencia a todo cuanto no existía. La creación, en cambio, depende completamente de Él.

Todo lo que comienza a existir tiene una causa
El salmista expresa esta verdad con admirable sencillez:
“Porque él dijo, y fue hecho; él mandó, y existió.”
(Salmo 33:9)
El origen del universo no se encuentra dentro del universo mismo. Se encuentra en la voluntad del Dios eterno. La creación no explica al Creador; es el Creador quien explica la existencia de la creación.
El Nuevo Testamento reafirma esta enseñanza al declarar:
“Porque de él, y por él, y para él, son todas las cosas. A él sea la gloria por los siglos. Amén.”
(Romanos 11:36)
Estas palabras resumen magistralmente la cosmovisión bíblica. Todo procede de Dios. Todo existe por medio de Dios. Todo tiene su propósito final en Dios. Nada puede comprenderse plenamente si se elimina al Creador de la explicación.
Es importante comprender que la Biblia no intenta responder cada detalle acerca del proceso de la creación. Su interés principal es revelar quién es el Autor de todo cuanto existe. Mientras muchas preguntas científicas buscan explicar los mecanismos mediante los cuales funciona el universo, las Escrituras responden una pregunta aún más profunda: ¿quién hizo posible que existiera?
Por esta razón, cada vez que la Biblia contempla la creación dirige nuestra atención hacia Dios y no hacia la materia. La existencia misma del universo constituye un testimonio permanente de que existe una causa superior, eterna y todopoderosa que dio origen a todas las cosas.
Si el universo tuvo un comienzo —como afirma la Biblia—, entonces necesita una causa que no haya comenzado a existir. Una causa que sea eterna, independiente del tiempo, del espacio y de la materia. Esa causa no puede pertenecer al universo, porque es anterior a él.
Las Escrituras identifican esa causa con absoluta claridad: Dios.
Por ello, la Biblia jamás presenta un universo que se explique a sí mismo. Desde la primera página hasta la última sostiene la misma verdad: todo cuanto comenzó a existir tuvo su origen en la acción creadora del Dios eterno. Él es la causa primera de toda la creación, el fundamento de todo lo que existe y la respuesta definitiva a la pregunta que ha acompañado a la humanidad desde el principio: ¿por qué existe el universo?
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