Por el Dr. Elio M Rivera

  Durante miles de años, los seres humanos han levantado los ojos durante la noche y han intentado poner orden entre los innumerables puntos luminosos del firmamento.

  Unieron imaginariamente algunas estrellas.

  Vieron cazadores, animales, héroes, instrumentos y figuras.

  Así nacieron las constelaciones.

  Pero debemos comprender algo desde el principio:

  una constelación no significa necesariamente que sus estrellas estén físicamente juntas en el espacio.

El dibujo está en nuestra perspectiva

  Imagine varias lámparas colocadas a diferentes distancias en un campo oscuro.

  Una podría encontrarse a 10 metros, otra a 30 y otra a 100. Si las observamos desde cierto lugar, podrían parecer cercanas entre sí y podríamos unirlas mentalmente formando un triángulo.

  Pero las lámparas no forman realmente un grupo.

  Algo parecido sucede con muchas constelaciones.

  Desde la Tierra, ciertas estrellas parecen estar unas junto a otras porque las vemos proyectadas sobre el mismo cielo.

  Sin embargo, una puede encontrarse a decenas de años luz y otra a cientos o incluso miles.

  Nosotros vemos un dibujo de dos dimensiones; el universo posee profundidad.

Constelación y cúmulo estelar no son lo mismo

  Esta diferencia es fundamental.

  Un cúmulo estelar, como estudiamos anteriormente, es una verdadera agrupación física de estrellas relacionadas entre sí.

  Una constelación, en cambio, es principalmente una región del cielo definida desde nuestra perspectiva.

  De hecho, la astronomía moderna reconoce oficialmente 88 constelaciones, que dividen toda la esfera celeste en regiones con límites establecidos.

  Por eso actualmente una constelación es más que el dibujo tradicional de unas cuantas estrellas: es una zona específica del cielo.

La constelación de Orión

Orión: uno de los dibujos más fáciles de reconocer

  Probablemente una de las constelaciones más famosas sea Orión.

  Sus tres estrellas centrales forman el conocido Cinturón de Orión.

  Alrededor de ellas destacan estrellas como Betelgeuse, de tono rojizo, y Rigel, azul-blanca.

  Pero esas estrellas no están todas a la misma distancia.

  Betelgeuse está a cientos de años luz de nosotros y Rigel se encuentra todavía más lejos.

  Desde nuestra posición parecen formar parte de una misma figura.

  Si pudiéramos viajar grandes distancias por la galaxia y observarlas desde otra dirección, el dibujo de Orión cambiaría completamente.

La Osa Mayor y una pequeña confusión

  Otra figura muy conocida es la Osa Mayor. Dentro de ella encontramos siete estrellas brillantes que forman lo que muchos conocen como el Gran Carro.

  Aquí conviene aprender otra palabra. El Gran Carro no es por sí mismo una constelación oficial. Es un asterismo: una figura reconocible de estrellas que forma parte de una constelación mayor.

  Además, dos de sus estrellas son especialmente útiles. Una línea imaginaria trazada desde Merak hacia Dubhe apunta aproximadamente hacia Polaris, la Estrella Polar. Por esta razón, la Osa Mayor ha servido durante generaciones para orientarse en el cielo.

La Osa Menor y la Estrella Polar

  Polaris pertenece a la constelación de la Osa Menor.

  Para los habitantes del hemisferio norte posee una característica extraordinariamente útil: se encuentra muy cerca de la dirección del polo norte celeste.

  Mientras las demás estrellas parecen desplazarse alrededor del cielo durante la noche debido a la rotación terrestre, Polaris parece permanecer casi inmóvil.

  Por eso durante siglos fue una referencia extraordinaria para navegantes y viajeros.

  Encontrar Polaris era aproximadamente encontrar el norte.

Casiopea: una enorme W en el cielo

  En el hemisferio norte también podemos reconocer fácilmente Casiopea.

  Cinco de sus estrellas principales producen una figura parecida a una gran W o, dependiendo de su posición durante la noche, una M.

  Casiopea se encuentra aproximadamente al lado opuesto de Polaris respecto de la Osa Mayor, por lo que también puede ayudarnos a orientarnos cuando el Gran Carro no resulta fácil de observar.

La Cruz del Sur: una guía para el hemisferio sur

  El cielo cambia dependiendo del lugar de la Tierra desde donde observamos.

  En el hemisferio sur destaca la pequeña pero famosa constelación de Crux, conocida como la Cruz del Sur.

  Durante siglos ha servido como referencia para encontrar aproximadamente la dirección del sur celeste.

  Es tan importante culturalmente que aparece representada en las banderas de varios países, entre ellos Australia, Nueva Zelanda y Brasil.

Las constelaciones no son iguales para todas las culturas

  Aquí encontramos algo fascinante.

  Las estrellas estaban allí mucho antes de que nosotros les pusiéramos nombres.

  Diferentes civilizaciones observaron los mismos cielos, pero no siempre imaginaron las mismas figuras.

  Los griegos desarrollaron muchas de las figuras que posteriormente heredó la astronomía occidental.

  Pero otras culturas —árabes, chinas, egipcias, mesoamericanas y muchas más— organizaron e interpretaron el cielo de maneras diferentes.

  El cielo era el mismo.

  Los dibujos eran humanos.

Las estrellas se mueven y los dibujos también cambiarán (así se vería la constelación de orion dentro de millones de años)

  Existe todavía otra sorpresa.

  Las estrellas no están inmóviles.

  Cada una se desplaza por la galaxia.

  Sus movimientos son tan pequeños vistos desde nuestra enorme distancia que durante una vida humana las constelaciones parecen prácticamente iguales.

  Pero si pudiéramos observar el cielo durante períodos enormemente largos, las posiciones relativas cambiarían.

  Orión no conservaría eternamente su forma.

  La Osa Mayor tampoco.

  Las constelaciones son, por tanto, una especie de fotografía temporal de nuestro vecindario galáctico observada desde la Tierra.

Un mapa construido mirando hacia arriba

  Las constelaciones muestran algo hermoso acerca del ser humano.

  Mucho antes de disponer de computadoras, satélites o mapas digitales, nuestros antepasados miraron el cielo, reconocieron patrones y comenzaron a utilizar las estrellas para orientarse, navegar, identificar estaciones y transmitir historias de generación en generación.

  Hoy conocemos mucho mejor las enormes distancias que separan a aquellas estrellas.

  Sabemos que los dibujos son producto de nuestra perspectiva.

  Pero seguimos levantando los ojos y reconociendo las mismas figuras.

  Job menciona algunos grupos celestes conocidos desde la antigüedad:

“Él hizo la Osa, el Orión y las Pléyades,
Y los lugares secretos del sur.”

Job 9:9, RVR1960

  Las figuras que imaginamos son humanas.

  Pero las estrellas con las que trazamos esas figuras no lo son.

  Y cuando comprendemos las enormes distancias que realmente existen entre aquellos pequeños puntos luminosos, el cielo resulta todavía más extraordinario de lo que parece a simple vista.

Referencias científicas

Referencia bíblica

Libro recomendado

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Por el Dr. Elio M Rivera

  Esta noche podemos salir de casa, levantar los ojos y hacer algo extraordinario sin utilizar ningún instrumento:

  mirar hacia el pasado.

  No se trata de una metáfora.

  Es una consecuencia real de la física.

  La luz viaja extraordinariamente rápido, pero no lo hace instantáneamente. Por eso cada vez que contemplamos un objeto lejano estamos recibiendo información que salió de allí algún tiempo antes.

  Cuanto más lejos miramos, más antigua es la imagen que recibimos.

Ni siquiera vemos al Sol exactamente como es ahora

  La luz viaja a aproximadamente 300,000 kilómetros por segundo.

  Parece una velocidad prácticamente infinita, pero las distancias del espacio son tan enormes que incluso la luz necesita tiempo para atravesarlas.

  El Sol está aproximadamente a 150 millones de kilómetros.

  Su luz tarda alrededor de 8 minutos y 20 segundos en llegar hasta nosotros.

  Esto significa algo sorprendente:

  cuando miramos el Sol —siempre con protección adecuada y nunca directamente— lo estamos recibiendo como era unos ocho minutos antes.

  No podemos verlo exactamente “ahora”.

Cuando vemos una estrella, estamos viendo el pasado

La Luna también pertenece al pasado

  La Luna está muchísimo más cerca.

  Su luz reflejada tarda aproximadamente 1.3 segundos en llegar hasta nosotros.

  Cuando contemplamos la Luna, por tanto, la vemos como era hace poco más de un segundo.

  Si pudiéramos colocar un enorme reloj sobre su superficie, siempre observaríamos ese reloj con un pequeño retraso.

  No porque nuestros ojos sean lentos.

  Sino porque la información necesita viajar hasta nosotros.

Próxima Centauri: una fotografía de hace más de cuatro años

  Ahora salgamos del sistema solar.

  Próxima Centauri, la estrella más cercana después del Sol, se encuentra aproximadamente a 4.24 años luz.

  Eso significa que la luz que recibimos esta noche salió de aquella estrella hace 4.24 años.

  Si algo ocurriera allí hoy, nosotros no podríamos verlo inmediatamente.

  Tendríamos que esperar más de cuatro años para que la luz que contiene esa información llegara hasta la Tierra.

  Y si hipotéticamente enviáramos una señal luminosa hacia Próxima Centauri, tardaría otros 4.24 años en llegar.

  Una conversación utilizando señales electromagnéticas necesitaría, como mínimo, más de ocho años para una pregunta y su respuesta, aun suponiendo que alguien contestara inmediatamente.

Sirio: aproximadamente ocho años en el pasado

  Cuando observamos Sirio, la estrella más brillante de nuestro cielo nocturno, estamos viendo luz que viajó aproximadamente 8.6 años antes de entrar en nuestros ojos.

  Vega está aproximadamente a 25 años luz.

  La luz que vemos hoy de Vega comenzó su viaje hace unos 25 años.

  Pero podemos ir muchísimo más lejos.

Deneb nos lleva siglos hacia atrás

  Deneb, una de las estrellas del Triángulo de Verano, se encuentra a más de dos mil años luz, según las estimaciones actuales.

  Cuando contemplamos Deneb esta noche, los fotones que llegan a nuestros ojos comenzaron su viaje hace más de dos mil años.

  Piense en ello.

  Mientras generaciones enteras nacían y morían en la Tierra…

  mientras surgían y desaparecían imperios…

  mientras cambiaban idiomas, fronteras y civilizaciones…

  aquella luz continuaba viajando.

  Y esta noche algunos de esos fotones finalmente llegan hasta nosotros.

Cuando vemos una estrella, vemos el pasado

¿Y si una estrella ya no existiera?

  Aquí aparece una pregunta fascinante.

  Si una estrella estuviera a mil años luz y ocurriera algo extraordinario en ella hoy, nosotros no conoceríamos ese acontecimiento durante mil años.

  Seguiríamos recibiendo la luz que había salido anteriormente.

  Esto no significa que debamos afirmar que las estrellas que observamos ya desaparecieron. La mayoría de las estrellas visibles no están necesariamente a punto de hacerlo.

  Significa algo mucho más preciso:

  nunca podemos conocer visualmente un objeto distante antes de que su luz tenga tiempo de alcanzarnos.

  El universo posee un límite natural para transmitir información: la velocidad de la luz.

Un telescopio también es una máquina para mirar hacia atrás

  Por eso los grandes telescopios hacen algo extraordinario.

  No solamente permiten mirar más lejos.

  También permiten mirar más atrás en el tiempo.

  Cuando un telescopio observa un objeto situado a miles de años luz, recibe información de hace miles de años.

  Cuando observa objetos muchísimo más distantes, recibe información todavía más antigua.

  En astronomía, por tanto, distancia y tiempo están profundamente relacionados. Cuanto más profundamente observamos el espacio, más antigua es la información que estamos recibiendo.

El cielo nocturno no es una fotografía tomada al mismo tiempo

  Esta quizá sea la idea más sorprendente. Cuando contemplamos el firmamento creemos estar viendo una sola escena. Pero realmente estamos contemplando muchos momentos diferentes al mismo tiempo.

  La Luna: hace 1.3 segundos.

  El Sol: hace unos 8 minutos.

  Próxima Centauri: hace 4.24 años.

  Sirio: hace 8.6 años.

  Vega: hace unos 25 años.

  Deneb: hace más de dos mil años.

La luz de una Estrella, fotónes que hicieron un viaje extraordinario

El cielo nocturno es un mosaico de información procedente de diferentes momentos del pasado.

  Cada punto luminoso trae consigo una historia que comenzó antes de llegar hasta nuestros ojos.

Fotones que viajaron durante generaciones para terminar en nuestros ojos

  Imagine ahora un solo fotón saliendo de una estrella lejana.

  Viaja por el espacio.

  No necesita carreteras.

  No atraviesa océanos.

  Cruza distancias que nuestra mente apenas puede imaginar.

  Pasan años.

  Décadas.

  Quizá siglos.

  Finalmente alcanza la Tierra.

  Entra en la pupila de una persona que casualmente levantó los ojos esa noche.

  Y entonces ocurre algo maravilloso:

  un acontecimiento ocurrido hace muchísimo tiempo en una estrella distante acaba convirtiéndose en información dentro de un ser humano.

  David contempló el cielo sin conocer todavía la velocidad de la luz ni las enormes distancias estelares y escribió:

“Cuando veo tus cielos, obra de tus dedos,
La luna y las estrellas que tú formaste,
Digo: ¿Qué es el hombre, para que tengas de él memoria?”

Salmo 8:3-4, RVR1960

  Hoy podemos formular la misma pregunta comprendiendo algo que David no podía medir:

  algunas de las luces que contemplamos comenzaron su viaje mucho antes de que nosotros naciéramos.

  El cielo no solamente nos muestra enormes distancias.

  También nos permite contemplar el pasado.

Referencias científicas

Referencia bíblica

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Por el Dr. Elio M Rivera

  Llegamos al final de nuestro recorrido por las estrellas.

  Comenzamos contemplándolas como probablemente lo hemos hecho desde niños: pequeños puntos de luz sobre un cielo oscuro.

  Pero después nos acercamos a ellas mediante la ciencia.

  Y cuanto más aprendimos, más extraordinarias se volvieron.

  Descubrimos sus enormes tamaños, las temperaturas de sus superficies, la energía que producen, las distancias que las separan, los diferentes colores que presentan y la información que transporta su luz.

  Ahora podemos regresar al mismo cielo con el que comenzamos.

  Pero ya no lo vemos de la misma manera.

Cuando sabemos lo que estamos mirando

  Una estrella puede parecer apenas un punto.

  Pero detrás de ese punto puede existir una esfera gigantesca de plasma produciendo cantidades extraordinarias de energía.

  Algunas estrellas son menores que nuestro Sol.

  Otras son gigantes.

  Y algunas supergigantes alcanzan dimensiones tan enormes que, si pudiéramos colocarlas en el centro de nuestro sistema solar, ocuparían una región que se extendería mucho más allá de donde termina el Sol.

  Lo que nuestros ojos reducen a un pequeño destello puede ser un objeto de dimensiones difíciles de imaginar.

Y no estamos hablando de unas cuantas

  Después intentamos contarlas.

  A simple vista solamente podemos contemplar una pequeña fracción.

  Nuestra galaxia contiene una cantidad inmensa de estrellas.

  Y la Vía Láctea es solamente una galaxia entre muchísimas otras.

  En algún momento los números comienzan a superar nuestra capacidad de imaginarlos.

  Entonces encontramos estas palabras escritas hace siglos:

“Él cuenta el número de las estrellas; A todas ellas llama por sus nombres.” Salmo 147:4, RVR1960

  Nosotros necesitamos telescopios, computadoras, catálogos y enormes proyectos científicos para intentar construir mapas de una pequeña parte del cielo.

  El salmista presenta al Creador desde una perspectiva completamente diferente:

  Él conoce el número.

Después descubrimos las distancias

  La estrella más cercana después del Sol está a más de cuatro años luz.

  Y esa es solamente nuestra vecina.

  Otras estrellas visibles se encuentran a decenas, cientos o miles de años luz.

  Las distancias se vuelven tan enormes que dejamos de utilizar kilómetros porque los números resultan poco prácticos.

  Comenzamos a medir el espacio por la distancia que la propia luz puede recorrer durante años.

  Entonces comprendimos algo todavía más sorprendente.

  Cuando miramos hacia esas estrellas, estamos recibiendo luz que salió de ellas tiempo atrás.

  El cielo se convirtió también en una ventana hacia el pasado.

Descubrimos orden

  Pero quizá una de las cosas más impresionantes no sea solamente el tamaño.

  Es el orden que podemos estudiar.

  Las estrellas no necesitan comportarse de manera diferente cada noche.

  Su luz puede analizarse.

  Sus movimientos pueden medirse.

  Sus posiciones pueden calcularse.

  Podemos estudiar sistemas de dos estrellas orbitando entre sí, medir cambios periódicos en estrellas variables y utilizar la luz para descubrir de qué elementos están formadas.

  El universo puede investigarse porque presenta regularidades comprensibles.

  La creación no solamente produce asombro.

  También permite investigación.

Descubrimos belleza

  Y junto al orden encontramos belleza.

  Estrellas rojas.

  Estrellas azul-blancas.

  Cúmulos que parecen joyas esparcidas sobre la oscuridad.

  Constelaciones que durante generaciones ayudaron a los seres humanos a orientarse.

  Gigantes y supergigantes.

  Cielos tan llenos de estrellas que una fotografía puede mostrar miles de puntos donde nuestros ojos inicialmente apenas distinguían unos cuantos.

  La ciencia puede decirnos la temperatura de una estrella.

  Puede calcular su distancia.

  Puede analizar su espectro.

  Puede estimar su luminosidad.

  Pero conocer esos datos no elimina la belleza.

  Muchas veces la aumenta.

Levanten los ojos

  Hace aproximadamente 2,700 años, el profeta Isaías escribió una invitación extraordinaria:

“Levantad en alto vuestros ojos, y mirad quién creó estas cosas; él saca y cuenta su ejército; a todas llama por sus nombres; ninguna faltará; tal es la grandeza de su fuerza, y el poder de su dominio.”
Isaías 40:26, RVR1960

  Observe las primeras palabras:

  “Levantad en alto vuestros ojos.”

  Eso es precisamente lo que hemos hecho durante esta serie.

  Hemos levantado los ojos.

  Pero también hemos utilizado telescopios, espectroscopios, satélites, matemáticas y física para mirar mucho más profundamente.

  Y después de todo lo aprendido podemos volver a formular la pregunta de Isaías:

  “¿Quién creó estas cosas?”

La ciencia nos permitió acercarnos

  En esta investigación no tuvimos que elegir entre estudiar las estrellas y maravillarnos ante el Creador.

  Ocurrió precisamente lo contrario.

  Cuanto más estudiamos, más razones encontramos para maravillarnos.

  Cuando descubrimos el tamaño, aumentó nuestro asombro.

  Cuando descubrimos las distancias, aumentó nuestro asombro.

  Cuando estudiamos la energía, aumentó nuestro asombro.

  Cuando comprendimos que la luz puede atravesar enormes regiones del espacio llevando información hasta nuestros instrumentos, aumentó nuestro asombro.

  Y cuando descubrimos que mediante leyes físicas y matemáticas podemos comenzar a comprender parte de todo aquello, apareció una pregunta todavía mayor:

  ¿qué nos dice la creación acerca de su Creador?

Los cielos cuentan

  David levantó los ojos muchos siglos antes de que existiera un telescopio moderno.

  No conocía Próxima Centauri.

  No podía medir un año luz.

  No conocía la composición química de las estrellas.

  No sabía que mediante un espectro podríamos descubrir qué elementos existen en una estrella distante.

  Sin embargo, llegó a una conclusión que continúa resonando después de todo lo que nosotros hemos aprendido:

“Los cielos cuentan la gloria de Dios,
Y el firmamento anuncia la obra de sus manos.”
Salmo 19:1, RVR1960

  Ahora esas palabras adquieren una dimensión extraordinaria.

  Cuando David escribió “los cielos cuentan”, no podía conocer todavía todo lo que algún día descubriríamos acerca de ellos.

  Nosotros sabemos un poco más.

  Y precisamente por eso podemos maravillarnos todavía más.

La próxima vez que contemple una estrella

  Esta noche, si el cielo está despejado, salga por un momento.

  Levante los ojos.

  No necesita un telescopio.

  Busque simplemente una estrella.

  Una sola.

  Y recuerde lo que ahora sabe.

  Ese pequeño punto puede ser un sol gigantesco.

  Su superficie puede encontrarse a miles de grados.

  Puede estar produciendo cantidades extraordinarias de energía.

  Puede encontrarse a decenas, cientos o miles de años luz.

  La luz que está entrando en sus ojos puede haber viajado durante años o generaciones antes de alcanzarlo.

  Y esa estrella es solamente una entre una cantidad que nuestra mente difícilmente puede imaginar.

  Entonces recuerde:

“Él cuenta el número de las estrellas;
A todas ellas llama por sus nombres.”

Salmo 147:4, RVR1960

  Y vuelva a escuchar la invitación:

“Levantad en alto vuestros ojos, y mirad quién creó estas cosas.”
Isaías 40:26, RVR1960

  Ese era precisamente el propósito de nuestro recorrido.

  No estudiar las estrellas solamente para acumular información.

  Sino permitir que cada descubrimiento nos llevara un poco más lejos.

  Del punto luminoso a la estrella.

  De la estrella a sus dimensiones.

  De sus dimensiones a su energía.

  De su luz a las enormes distancias.

  De las distancias a la inmensidad del cielo.

  Y finalmente, de la creación a la pregunta inevitable:

  ¿quién hizo todo esto?

  La ciencia nos ayudó a mirar más profundamente.

  Las estrellas hicieron el resto.

  “Los cielos cuentan la gloria de Dios.”

Referencias científicas

Referencias bíblicas

Libro recomendado

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