Durante años he asistido a funerales.
He estado junto a familias cuando reciben noticias que nadie quiere recibir.
He visto personas despedirse de padres, madres, esposos, esposas, hijos, hermanos y amigos.
Y he observado algo que muchas veces me ha impresionado profundamente.
He visto creyentes sufrir.
Los he visto llorar.
Los he visto abrazar un ataúd.
Los he visto experimentar el enorme vacío que deja alguien amado.
El cristiano también siente dolor.
La fe no elimina el amor y, por tanto, tampoco elimina el dolor de la separación.
Pero muchas veces he visto algo más.
En medio de ese dolor existe consuelo.
Hay lágrimas, pero también esperanza.
Hay tristeza, pero no necesariamente desesperación.
Hay una ausencia profundamente dolorosa, pero al mismo tiempo una convicción interior de que la muerte no tiene la última palabra.
Pablo describió precisamente esa diferencia:
“Tampoco queremos, hermanos, que ignoréis acerca de los que duermen, para que no os entristezcáis como los otros que no tienen esperanza.”
1 Tesalonicenses 4:13, RVR1960
Observe que Pablo no dijo:
“para que no os entristezcáis”.
Dijo:
“para que no os entristezcáis como los otros que no tienen esperanza”.
Existe tristeza.
Pero existe también esperanza.
Como pastor he podido observar personas con una fe profunda y también personas que no comparten esa fe enfrentarse a la muerte de alguien amado.
Naturalmente, cada ser humano vive el duelo de manera diferente. No sería correcto afirmar que todo creyente reacciona serenamente ni que toda persona no creyente necesariamente se desespera. Existen personalidades, culturas, relaciones y circunstancias muy diferentes.
Pero a través de los años sí he observado repetidamente algo que me parece difícil de ignorar.
He visto creyentes atravesar dolores enormes y, aun así, experimentar un consuelo extraordinario.
No significa que no lloren.
Lloran.
No significa que no extrañen.
Extrañan.
No significa que el corazón no duela.
Duele.
Pero muchas veces, debajo de todo ese dolor, parece existir algo que los sostiene.
Consuelo.
Y cuando uno ha estado presente suficientes veces, comienza a preguntarse:
¿De dónde viene?
Pero nuevamente, no necesito hablar solamente de otras personas.
También me ha tocado despedirme de seres queridos.
Cuando murió mi madre y cuando he atravesado otras pérdidas importantes en mi vida, he experimentado dolor verdadero.
La fe nunca convirtió esas pérdidas en algo insignificante.
Pero juntamente con el dolor he experimentado algo que me resulta difícil explicar completamente con palabras.
He recibido consuelo.
No sé explicar exactamente cómo lo hace Dios.
No sé describir el mecanismo.
Solamente puedo hablar de su efecto.
Hay momentos en los que humanamente existen razones suficientes para sentirse destrozado y, sin embargo, en medio del dolor aparece una fortaleza que uno sabe que no produjo por sí mismo.
Una tranquilidad.
Una esperanza.
Una capacidad para continuar.
Una certeza de que Dios sigue allí.
Pablo llamó a Dios:
“Padre de misericordias y Dios de toda consolación, el cual nos consuela en todas nuestras tribulaciones.”
2 Corintios 1:3-4, RVR1960
Eso que Pablo escribió hace casi dos mil años es algo que yo también considero haber experimentado.
Como hemos hecho con las promesas anteriores, no tiene que aceptar mi experiencia como prueba suficiente.
Pregunte.
Busque a creyentes que hayan atravesado pérdidas profundas.
Pregúnteles:
“¿Qué te sostuvo cuando murió esa persona que amabas?”
Pregunte a alguien que perdió a su madre.
Pregunte a alguien que perdió a su padre.
Pregunte a una viuda o a un viudo.
Pregunte a alguien que atravesó una tragedia y, aun así, continuó caminando.
Escuche sus historias.
Y probablemente escuchará repetirse una expresión:
“Dios me consoló”.
Tal vez cada uno lo explicará de manera diferente.
Pero la pregunta para nuestra investigación permanece:
¿Por qué tantas personas describen precisamente aquello que Jesucristo prometió?
Esta promesa tampoco pertenece exclusivamente a otras personas.
Quizá quien está leyendo estas palabras está atravesando precisamente ahora una pérdida.
Quizá acaba de despedirse de alguien.
Quizá existe una ausencia que todavía duele.
Puede acudir directamente a Dios.
No necesita palabras especiales.
No necesita ocultar sus lágrimas.
No necesita aparentar fortaleza.
Puede presentarse delante de Él tal como está y decir:
“Señor, estoy sufriendo. No puedo con este dolor yo solo. Necesito tu consuelo. Si verdaderamente eres el Dios de toda consolación, consuélame”.
Y después observe.
No necesariamente desaparecerán las lágrimas.
Probablemente seguirá extrañando.
Pero quizá comenzará a comprender aquello que millones de creyentes han intentado explicar durante generaciones:
se puede tener dolor y, al mismo tiempo, estar consolado.
Ahora volvamos a nuestra investigación.
Jesús prometió:
“Os dará otro Consolador, para que esté con vosotros para siempre.”
Observe esas últimas palabras:
“para siempre”.
No era solamente una promesa para unas cuantas horas después de la última cena.
Jesús estaba hablando de una presencia que continuaría.
Y casi dos mil años después encontramos personas alrededor del mundo afirmando que, precisamente cuando atravesaron sus momentos más dolorosos, Dios las consoló.
Aquí está nuevamente nuestra prueba.
Una persona puede decir palabras hermosas antes de morir.
Puede dejar cartas.
Puede dejar enseñanzas.
Puede incluso dejar palabras que consuelen a generaciones futuras.
Pero Jesús prometió algo mucho mayor.
Prometió un Consolador que estaría con sus seguidores para siempre.
Si ese Consolador continúa actuando hoy, entonces no estamos hablando solamente del efecto psicológico de recordar las palabras de un maestro antiguo.
Estamos hablando de una acción presente de Dios en el interior de seres humanos que están sufriendo.
¿Cómo lo hace?
No lo sé.
Pero no conocer completamente el mecanismo no significa que tengamos que negar el efecto.
Yo lo he observado en otras personas.
Y lo he experimentado personalmente.
Jesús dijo acerca del Espíritu Santo:
“Mas el Consolador, el Espíritu Santo, a quien el Padre enviará en mi nombre, él os enseñará todas las cosas.”
Juan 14:26, RVR1960
Por eso esta sexta promesa vuelve a colocarnos frente a algo extraordinario.
Si casi dos mil años después personas que acuden a Cristo continúan experimentando el consuelo que Él prometió, entonces nuevamente tenemos delante de nosotros una promesa que no quedó encerrada en el primer siglo.
Libro recomendado

Escucha música con propósito:
Hay momentos en la vida en los que el cansancio no está en el cuerpo.
Una persona puede dormir toda la noche y despertar cansada.
Puede tomar vacaciones y regresar igual.
Puede sentarse, dejar de trabajar y, sin embargo, descubrir que por dentro continúa agotada.
Porque existen cargas que no se llevan sobre los hombros.
Preocupaciones.
Culpa.
Problemas familiares.
Decisiones que no sabemos cómo tomar.
Situaciones que llevamos durante meses o años.
Y precisamente a personas así Jesucristo hizo una de sus invitaciones más extraordinarias:
“Venid a mí todos los que estáis trabajados y cargados, y yo os haré descansar.”
Mateo 11:28, RVR1960
Observe nuevamente quién hace la promesa.
Jesús no dijo simplemente:
“Descansen”.
Tampoco dijo:
“Olviden sus problemas”.
Dijo:
“Venid a mí… y yo os haré descansar”.
Él mismo se presentó como la fuente de ese descanso.
Durante mis años como pastor he visto muchas personas llegar completamente cargadas.
Personas agotadas emocionalmente.
Personas que llevaban años tratando de resolver problemas que parecían no terminar.
Personas consumidas por la preocupación.
Personas cargando culpa por decisiones del pasado.
Personas que exteriormente parecían estar bien, pero interiormente estaban exhaustas.
Y he visto muchas de esas mismas personas acercarse a Jesucristo y comenzar a experimentar algo diferente.
Descanso.
No necesariamente porque el problema desapareció.
No necesariamente porque las circunstancias cambiaron inmediatamente.
Sino porque dejaron de sentir que tenían que cargar solas con todo aquello.
Y esa diferencia puede ser enorme.
Nuevamente, no necesito hablar solamente como pastor.
También puedo hablar desde mi propia experiencia.
He atravesado momentos en mi vida en los que las cargas parecían demasiado grandes.
He tenido preocupaciones.
He enfrentado situaciones que no sabía cómo resolver.
He experimentado momentos en los que mi mente continuaba trabajando, buscando respuestas, tratando de encontrar una salida.
Y muchas veces he hecho algo muy sencillo:
he llevado esas cargas delante de Jesucristo.
No puedo explicar completamente cómo sucede.
El problema puede continuar allí.
La situación quizá todavía necesita resolverse.
Pero algo cambia por dentro.
La carga deja de sentirse igual.
He experimentado esa sensación de poder decir:
“Señor, ya no puedo con esto. Te lo entrego”.
Y después encontrar descanso.
Por eso cuando leo las palabras:
“Yo os haré descansar”
no estoy leyendo solamente una frase hermosa escrita hace casi dos mil años.
Estoy leyendo algo que considero haber experimentado personalmente.
Pero nuevamente, mi experiencia no tiene que ser suficiente para usted.
Pregunte.
Busque personas que verdaderamente caminen con Jesucristo.
Pregúnteles qué hacen cuando sienten que las cargas de la vida son demasiado grandes.
Pregúnteles si alguna vez han llegado delante de Dios completamente agotadas y han salido diferentes después de orar.
Pregúnteles si han experimentado descanso aun cuando su problema todavía no se había solucionado.
Y escuche.
Probablemente encontrará personas que le dirán:
“Le entregué mi problema a Dios”.
“Dejé de cargarlo yo solo”.
“Oré y pude descansar”.
Pedro describió algo muy parecido:
“Echando toda vuestra ansiedad sobre él, porque él tiene cuidado de vosotros.”
1 Pedro 5:7, RVR1960
Observe la expresión:
“sobre él”.
La carga que estaba sobre nosotros puede ser depositada sobre Él.
Esta quizá sea una de las promesas más sencillas de poner a prueba personalmente.
Porque Jesús mismo dijo:
“Venid a mí”.
No dijo que necesitaba intermediarios.
No dijo que primero tenía que resolver sus problemas.
No dijo que debía arreglar su vida antes de acercarse.
Dijo:
“Venid a mí todos los que estáis trabajados y cargados”.
Precisamente los cansados.
Precisamente los cargados.
Precisamente quienes ya no pueden más.
Puede estar solo en su habitación.
Puede encontrarse dentro de un automóvil.
Puede estar sentado en una banca.
Puede hacerlo en este mismo momento.
Simplemente dígale:
“Jesucristo, estoy cansado. Estoy cargando cosas que ya no puedo llevar solo. Tú dijiste que viniera a ti y que me harías descansar. Aquí estoy. Te entrego mis cargas. Dame el descanso que prometiste”.
Y después observe qué sucede.
No le estoy diciendo que todos sus problemas desaparecerán.
Jesús no prometió eso en este pasaje.
Prometió algo diferente:
“Yo os haré descansar”.
Pensemos nuevamente en nuestra investigación.
Estas palabras fueron pronunciadas por Jesucristo hace casi dos mil años:
“Venid a mí… y yo os haré descansar.”
Sin embargo, personas continúan acudiendo a Él hoy.
Personas que Jesús nunca conoció físicamente durante su ministerio en Galilea.
Personas nacidas siglos después.
Personas viviendo a miles de kilómetros de Jerusalén.
Y continúan afirmando:
“Encontré descanso en Cristo”.
Esto merece, por lo menos, nuestra atención.
Aquí está nuevamente nuestra prueba.
Un maestro puede enseñar técnicas para descansar.
Un filósofo puede dejar consejos para enfrentar las preocupaciones.
Un libro puede ayudarnos a pensar de manera diferente.
Pero Jesucristo no dijo solamente:
“Les enseñaré cómo descansar”.
Dijo:
“Venid a mí… y yo os haré descansar”.
La promesa depende de Él.
Por eso, si una persona puede acudir hoy directamente a Jesucristo y experimentar el descanso que Él prometió, volvemos a encontrarnos con la misma dificultad que ha aparecido en toda esta investigación.
Cristo tendría que seguir vivo para recibir a quienes continúan viniendo a Él.
Y si millones de personas, en diferentes generaciones y lugares, pueden acudir a Él con sus cargas, entonces su capacidad para recibirlas no parece estar limitada por el tiempo ni por el espacio.
La Escritura atribuye precisamente a Dios la capacidad de dar descanso:
“Mi presencia irá contigo, y te daré descanso.”
Éxodo 33:14, RVR1960
No sé explicar exactamente cómo Jesucristo toma una carga que parece insoportable y hace que una persona pueda continuar caminando.
Pero sí puedo decir algo.
Lo he visto en otros.
Y lo he experimentado personalmente.
Libro recomendado

Escucha música con propósito:
Existen heridas que pueden verse.
Una fractura puede aparecer en una radiografía.
Una infección puede detectarse mediante estudios.
Una herida puede limpiarse, suturarse y tratarse.
Pero existen otras heridas que nadie puede ver.
La muerte de alguien amado.
El abandono.
El rechazo.
La traición.
Una infancia dolorosa.
Una familia destruida.
Palabras pronunciadas hace décadas que todavía duelen cuando se recuerdan.
Experiencias que terminaron hace muchos años, pero que parecen continuar viviendo dentro de la persona.
Y precisamente para seres humanos así Jesucristo anunció algo extraordinario.
Al comenzar públicamente su ministerio, entró en la sinagoga de Nazaret y leyó una profecía de Isaías:
“El Espíritu del Señor está sobre mí, por cuanto me ha ungido para dar buenas nuevas a los pobres; me ha enviado a sanar a los quebrantados de corazón; a pregonar libertad a los cautivos, y vista a los ciegos; a poner en libertad a los oprimidos.”
Lucas 4:18, RVR1960
Después hizo una declaración sorprendente:
“Hoy se ha cumplido esta Escritura delante de vosotros.”
Lucas 4:21, RVR1960
Jesús estaba diciendo que aquello que acababan de escuchar se estaba cumpliendo en Él.
Durante mis años como pastor he conocido muchas personas heridas por dentro.
Personas que continuaban funcionando.
Trabajaban.
Criaban a sus hijos.
Sonreían.
Conversaban.
Iban a la iglesia.
Pero cuando uno comenzaba a conocer su historia descubría heridas profundas que habían permanecido allí durante años.
He conocido personas marcadas por el abandono.
Personas heridas por el rechazo.
Personas que no podían perdonar lo que alguien les había hecho.
Personas que vivían atrapadas en acontecimientos ocurridos muchos años atrás.
Personas oprimidas por recuerdos, culpa, resentimiento o dolor.
Y también he visto algo extraordinario:
he visto personas sanar por dentro.
No significa que olvidaron lo ocurrido.
No significa que aquello que les hicieron dejó de ser malo.
No significa que el pasado desapareció.
Significa que el pasado dejó de gobernar su presente.
Como ha sucedido con otras promesas de esta serie, tampoco puedo hablar de esta solamente como observador.
En mi propia vida he conocido el sufrimiento.
He atravesado pérdidas.
He experimentado momentos capaces de quebrantar profundamente el corazón de una persona.
Y también he experimentado algo que para mí ha sido extraordinario:
Jesucristo ha sanado heridas que yo no sabía cómo sanar.
No puedo señalar el momento exacto en que cada herida dejó de doler.
Muchas veces fue un proceso.
Pero puedo mirar hacia atrás y reconocer que existen cosas que alguna vez me lastimaron profundamente y que hoy ya no tienen sobre mí el poder que tuvieron antes.
¿Cómo lo hizo?
No puedo explicarlo completamente.
Pero conozco el resultado.
Y nuevamente encuentro en mi propia experiencia aquello que las Escrituras atribuyen a Dios:
“Él sana a los quebrantados de corazón, y venda sus heridas.”
Salmos 147:3, RVR1960
Durante años he visto personas llegar cargando historias terribles.
Y después las he visto cambiar.
He visto personas perdonar aquello que durante años juraron que nunca podrían perdonar.
He visto personas liberarse de resentimientos que estaban destruyendo su vida.
He visto personas dejar de definirse por aquello que les hicieron.
He visto personas recuperar esperanza.
He visto rostros cambiar.
He visto familias comenzar a reconstruirse.
Y muchas de ellas atribuyen esa transformación a una persona:
Jesucristo.
Eso merece nuestra atención.
Nuevamente, no tiene que creerme solamente porque yo lo digo.
Investigue.
Pregunte a creyentes:
“¿Había alguna herida en tu vida que Jesucristo sanó?”
Pregunte:
“¿Existe algo que antes te dominaba y que hoy ya no tiene el mismo poder sobre ti?”
Pregunte a personas que llevan años caminando con Cristo cómo enfrentaron el abandono, la pérdida, el rechazo, la traición o las heridas de su pasado.
Después escuche sus historias.
Probablemente encontrará una expresión que se repite:
“Cristo me sanó por dentro”.
También debemos ser responsables en este punto.
Buscar a Jesucristo no significa que una persona no pueda necesitar ayuda de otras personas.
Existen heridas emocionales profundas para las que puede ser apropiado buscar acompañamiento pastoral y también atención profesional.
No existe contradicción en recibir ayuda mientras se busca a Dios.
Pero existe algo que muchos creyentes aseguran haber encontrado en Jesucristo que va más allá de simplemente comprender intelectualmente lo ocurrido:
una transformación interior.
El recuerdo permanece.
Pero la herida comienza a cerrar.
La historia no cambia.
Pero la persona sí.
Quizá esta sea una de las promesas que algunas personas necesitan investigar no solamente con la mente, sino con su propia historia.
Quizá quien está leyendo estas palabras lleva años cargando algo.
Una persona que lo abandonó.
Alguien que lo lastimó.
Una pérdida que todavía no puede aceptar.
Una injusticia.
Una traición.
Una herida que nadie más conoce.
Puede presentarla directamente delante de Jesucristo.
No necesita intermediarios.
No necesita fingir que ya está bien.
Puede decir:
“Jesucristo, estoy herido. Tú conoces lo que ocurrió y sabes lo que todavía siento. Si verdaderamente viniste a sanar a los quebrantados de corazón y a poner en libertad a los oprimidos, comienza esa obra en mí. Sana lo que yo no he podido sanar y libérame de aquello que todavía me tiene atado”.
Y después comience a caminar con Él.
Quizá la sanidad sea inmediata.
Quizá sea un proceso.
Pero observe lo que sucede.
Jesucristo anunció:
“Me ha enviado a sanar a los quebrantados de corazón… a poner en libertad a los oprimidos.”
Han pasado casi dos mil años.
Y todavía encontramos personas afirmando:
“Cristo sanó mi corazón”.
“Cristo me hizo libre”.
No una sola persona.
No solamente en un país.
No solamente en una generación.
Personas con historias completamente diferentes continúan atribuyendo a Jesucristo una obra interior que cambió sus vidas.
Aquí está nuevamente nuestra prueba.
Un maestro puede darnos buenos consejos para enfrentar el pasado.
Un amigo puede escucharnos.
Un profesional puede ayudarnos a comprender nuestras heridas y desarrollar herramientas para enfrentarlas.
Todo eso puede ser valioso.
Pero Jesucristo hizo una afirmación mucho mayor.
Dijo que había venido:
“a sanar a los quebrantados de corazón”
y
“a poner en libertad a los oprimidos”.
Si continúa haciéndolo hoy, entonces nuevamente no estamos hablando solamente de la influencia histórica de sus enseñanzas.
Estamos hablando de una acción presente.
De alguien capaz de llegar hasta lugares del corazón humano que nadie más puede ver.
De alguien que conoce heridas ocultas.
De alguien que puede actuar en el interior de una persona.
Y nuevamente encontramos que la Escritura atribuye precisamente esa capacidad a Dios:
“Él sana a los quebrantados de corazón, y venda sus heridas.”
Salmos 147:3, RVR1960
¿Cómo lo hace?
No puedo explicarlo completamente.
Pero nuevamente puedo decir algo:
lo he visto en otros y lo he experimentado en mi propia vida.
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Escucha música con propósito:
Vivimos en una época extraordinariamente avanzada.
Tenemos medicamentos.
Tenemos psicoterapia.
Tenemos hospitales.
Tenemos especialistas.
Tenemos técnicas de relajación, programas de ejercicio, aplicaciones, libros y toda clase de recursos para intentar controlar el estrés y la ansiedad.
Y muchos de estos recursos pueden ser útiles y necesarios.
Sin embargo, la ansiedad continúa siendo uno de los grandes problemas de nuestro tiempo.
La Organización Mundial de la Salud estima que 359 millones de personas vivían con algún trastorno de ansiedad en 2021, convirtiéndolos en los trastornos mentales más comunes del mundo.
Millones de seres humanos están intentando encontrar una manera de calmar una mente que no se detiene.
Algunos buscan ayuda profesional.
Otros recurren a medicamentos.
Otros intentan tranquilizarse con alcohol u otras sustancias.
Y otros simplemente continúan cargando silenciosamente preocupaciones que cada día parecen hacerse más pesadas.
En medio de esta realidad, encontramos una declaración extraordinariamente sencilla escrita por el apóstol Pedro:
“Echando toda vuestra ansiedad sobre él, porque él tiene cuidado de vosotros.”
1 Pedro 5:7, RVR1960
Observe cuidadosamente lo que dice.
No dice simplemente:
“Dejen de preocuparse”.
Dice algo completamente diferente:
“Echando toda vuestra ansiedad sobre él”.
La imagen es extraordinaria.
Existe una carga.
Yo la estoy llevando.
Pero Dios me invita a colocarla sobre Él.
La razón también aparece en el mismo versículo:
“porque él tiene cuidado de vosotros”.
Esto cambia completamente la perspectiva.
El creyente no dice necesariamente:
“Ya no tengo ningún problema”.
Dice:
“Ya no estoy cargándolo solo”.
Quizá mañana todavía exista la deuda.
Quizá todavía tenga que enfrentar una decisión.
Quizá el diagnóstico médico no haya cambiado.
Quizá el problema familiar todavía necesite resolverse.
Pero existe una diferencia enorme entre enfrentar un problema pensando:
“Todo depende de mí”.
y enfrentarlo creyendo:
“Dios está conmigo y puedo depositar esto en sus manos”.
Esta es nuevamente la pregunta de nuestra investigación.
Y mi respuesta personal es:
yo lo he experimentado.
He tenido preocupaciones que parecían ocupar completamente mi mente.
He enfrentado situaciones que no sabía cómo resolver.
He tenido momentos en los que humanamente no encontraba una respuesta.
Y he hecho exactamente lo que Pedro escribió.
He llevado mi ansiedad delante de Dios.
He hablado con Él.
Le he explicado aquello que me preocupa, aunque sé que Él ya lo conoce.
Y finalmente he llegado al punto de decir:
“Señor, esto es demasiado para mí. Yo no puedo controlarlo todo. Lo pongo en tus manos”.
¿Cómo sucede lo que viene después?
No lo sé completamente.
Pero sí conozco el efecto.
La carga cambia.
Muchas veces el problema continúa allí, pero la ansiedad que estaba produciendo deja de dominarme de la misma manera.
Y esto no es algo que solamente yo diga haber experimentado.
Como hemos hecho a lo largo de esta serie, no tiene que creerme simplemente porque yo lo digo.
Pregunte a creyentes que llevan años caminando con Jesucristo:
“¿Qué haces cuando la ansiedad te sobrepasa?”
Pregúnteles si alguna vez llegaron delante de Dios con la mente llena de preocupación y después de orar experimentaron tranquilidad.
Pregunte si alguna vez tuvieron un problema que no podían resolver y finalmente decidieron colocarlo en las manos de Dios.
Y escuche.
Probablemente encontrará muchas personas que describirán algo semejante:
“Oré”.
“Se lo entregué a Dios”.
“El problema todavía estaba allí, pero yo estaba diferente”.
Pablo describió precisamente este proceso:
“Por nada estéis afanosos, sino sean conocidas vuestras peticiones delante de Dios en toda oración y ruego, con acción de gracias.”
Filipenses 4:6, RVR1960
¿Y qué dijo que ocurriría después?
“Y la paz de Dios, que sobrepasa todo entendimiento, guardará vuestros corazones y vuestros pensamientos en Cristo Jesús.”
Filipenses 4:7, RVR1960
Primero aparece la preocupación.
Después la oración.
Y posteriormente aparece algo que Pablo llama:
“la paz de Dios”.
Debemos ser responsables en este punto.
Un trastorno de ansiedad es una condición real y tratable. La psicoterapia, especialmente enfoques como la terapia cognitivo-conductual, y determinados medicamentos pueden ser tratamientos eficaces.
Por eso, acudir a Dios no significa que una persona con un trastorno de ansiedad deba abandonar la atención médica, psicológica o sus medicamentos.
Pero también existe otra realidad.
Algunas personas intentan escapar de la ansiedad mediante el alcohol u otras sustancias. Lejos de resolver el problema, el consumo nocivo de alcohol puede estar asociado con la ansiedad y empeorarla.
También existen medicamentos ansiolíticos que pueden ser útiles cuando están correctamente indicados. Algunos, como las benzodiazepinas, pueden disminuir rápidamente determinados síntomas, pero también pueden producir tolerancia y dependencia, razón por la cual requieren supervisión médica y generalmente se reservan para usos específicos o periodos breves.
La pregunta de este artículo, por tanto, no es si debemos enfrentar la medicina contra la fe.
No necesitamos hacerlo.
La pregunta es otra:
¿Existe además una ayuda que procede de Dios?
Esta promesa puede ponerse a prueba de una manera extraordinariamente sencilla.
Quizá existe algo que en este momento no lo deja dormir.
Quizá su mente lleva horas imaginando todo lo que podría salir mal.
Quizá está intentando controlar una situación que sencillamente está fuera de sus manos.
Entonces haga exactamente lo que Pedro escribió:
échelo sobre Él.
Puede decir:
“Jesucristo, esto me está sobrepasando. No puedo seguir cargándolo yo solo. Tú conoces mi problema, conoces mis temores y sabes lo que puede suceder. Pongo esta situación en tus manos. Ayúdame a hacer aquello que me corresponde y a dejar en tus manos aquello que yo no puedo controlar”.
Y después observe qué sucede.
No estoy diciendo que el problema desaparecerá inmediatamente.
No estoy diciendo que una oración sustituya el tratamiento de un trastorno de ansiedad.
Estoy diciendo algo mucho más sencillo:
pruebe lo que dice la Escritura.
“Echando toda vuestra ansiedad sobre él, porque él tiene cuidado de vosotros.”
Pensemos nuevamente en nuestra investigación.
Pedro escribió estas palabras hace casi dos mil años.
Sin embargo, hoy encontramos personas que continúan haciendo exactamente lo que él dijo.
Toman aquello que las está consumiendo.
Lo llevan delante de Dios.
Oran.
Lo entregan.
Y muchas afirman experimentar después una tranquilidad que antes no tenían.
Yo mismo puedo decir:
lo he hecho y funciona.
Aquí volvemos al centro de nuestra investigación.
Si Dios invita a una persona a echar sobre Él su ansiedad porque “él tiene cuidado” de ella, entonces no estamos hablando de una técnica mental impersonal.
Estamos hablando de una relación.
Alguien está preocupado.
Alguien escucha.
Alguien recibe la carga.
Alguien cuida.
Y si Jesucristo puede recibir hoy las cargas de personas que viven en diferentes lugares del mundo, conocer aquello que las preocupa y darles paz en medio de circunstancias que quizá todavía no han cambiado, volvemos a encontrarnos frente a algo que trasciende las capacidades de cualquier ser humano.
¿Cómo lo hace?
No lo sé.
Pero nuevamente puedo decir algo:
he visto sus efectos en otras personas y los he experimentado en mi propia vida.
Libro recomendado

Escucha música con propósito:
Llegamos a otra característica extraordinaria de Jesucristo.
Mucho antes de su nacimiento, el profeta Isaías anunció la llegada de alguien cuyos nombres revelarían quién sería:
“Porque un niño nos es nacido, hijo nos es dado, y el principado sobre su hombro; y se llamará su nombre Admirable, Consejero, Dios Fuerte, Padre Eterno, Príncipe de Paz.”
Isaías 9:6, RVR1960
Observe algo extraordinario.
Entre los nombres que aparecen en esta profecía encontramos:
“Admirable, Consejero”.
Pero en el mismo versículo encontramos también:
“Dios Fuerte”.
No estamos hablando simplemente de alguien que enseñaría algunas buenas ideas.
Estamos hablando de alguien presentado como un Consejero extraordinario y, al mismo tiempo, como Dios Fuerte.
Esto nos conduce directamente a nuestra investigación.
Si Jesucristo verdaderamente es ese Consejero anunciado por Isaías, entonces surge una pregunta muy sencilla:
Durante mis años caminando con Jesucristo he tenido que tomar innumerables decisiones.
Algunas sencillas.
Otras capaces de cambiar completamente el rumbo de mi vida.
He tenido momentos en los que sabía perfectamente qué hacer.
Pero también he tenido muchos otros en los que sinceramente no sabía cuál camino tomar.
Y en esos momentos he hecho algo que se convirtió en parte fundamental de mi relación con Dios:
he pedido consejo.
He orado.
He buscado dirección en las Escrituras.
He esperado.
He pedido a Dios que cierre puertas que no debo cruzar y que abra aquellas por las que debo caminar.
Y muchas veces considero haber recibido dirección de una manera tan clara que no puedo ignorarla.
¿Cómo lo hace?
No siempre de la misma manera.
A veces mediante las Escrituras.
A veces poniendo claridad donde antes había confusión.
A veces utilizando el consejo sabio de otra persona.
A veces cerrando una puerta que yo quería abrir.
Y otras veces permitiendo circunstancias que terminaron mostrándome el camino.
Pero después de años caminando con Él puedo decir algo:
he pedido consejo a Dios y considero que lo he recibido.
Nuevamente, mi experiencia personal no es suficiente para nuestra investigación.
Pero pregunte a personas que llevan años caminando con Jesucristo.
Pregúnteles:
“¿Alguna vez has pedido dirección a Dios y has sentido que Él te mostró qué hacer?”
Probablemente comenzará a escuchar historias.
Personas que oraron antes de tomar una decisión.
Personas que estuvieron a punto de tomar un camino y sintieron que debían detenerse.
Personas que no sabían qué hacer con su matrimonio, su familia, su trabajo o su futuro.
Personas que buscaron dirección y después dijeron:
“Dios me mostró el camino”.
Eso es precisamente lo que las Escrituras habían prometido:
“Te haré entender, y te enseñaré el camino en que debes andar; sobre ti fijaré mis ojos.”
Salmos 32:8, RVR1960
Pero existe otra manera extraordinaria en que Jesucristo continúa aconsejándonos.
Tenemos sus palabras.
Abra los Evangelios y encontrará consejo para algunas de las decisiones más importantes de la existencia humana.
¿Cómo tratar a quienes nos hacen daño?
Jesús enseñó a amar a nuestros enemigos.
¿Qué hacer con la preocupación?
Nos enseñó a confiar en nuestro Padre celestial.
¿Qué hacer con quienes nos ofenden?
Nos enseñó a perdonar.
¿Cómo debemos tratar a otras personas?
Dijo:
“Así que, todas las cosas que queráis que los hombres hagan con vosotros, así también haced vosotros con ellos.”
Mateo 7:12, RVR1960
¿Qué debemos buscar primero?
“Mas buscad primeramente el reino de Dios y su justicia, y todas estas cosas os serán añadidas.”
Mateo 6:33, RVR1960
¿Qué hacer cuando estamos cargados?
“Venid a mí…”
Mateo 11:28, RVR1960
Sus consejos fueron pronunciados hace casi dos mil años y, sin embargo, continúan siendo aplicados diariamente por personas alrededor del mundo.
Hasta aquí alguien podría responder:
“Eso solamente demuestra que Jesús dejó buenas enseñanzas”.
Y sería una observación válida.
Un hombre puede morir y sus consejos pueden permanecer durante siglos.
Pero los creyentes afirman experimentar algo más.
Afirman que Dios continúa guiándolos personalmente.
Jesús dijo acerca del Espíritu Santo:
“Pero cuando venga el Espíritu de verdad, él os guiará a toda la verdad.”
Juan 16:13, RVR1960
Por eso la experiencia cristiana no consiste solamente en leer consejos antiguos.
Consiste también en pedir dirección a un Dios que, según Jesucristo, continúa presente.
Esta es otra afirmación que usted mismo puede investigar.
Quizá existe una decisión que necesita tomar.
Quizá no sabe cuál camino seguir.
Entonces haga algo sencillo.
Pídale consejo.
No necesita intermediarios humanos para hablar con Dios.
Puede decir:
“Jesucristo, tú eres llamado Admirable, Consejero. No sé qué hacer. Si realmente eres quien dijiste ser, guíame. Muéstrame el camino correcto y ayúdame a reconocer tu dirección”.
Después haga también su parte.
Lea las Escrituras.
Busque sabiduría.
No tome decisiones impulsivas atribuyéndolas automáticamente a Dios.
Examine aquello que cree haber recibido.
Porque la Biblia también dice:
“Los pensamientos son frustrados donde no hay consejo; mas en la multitud de consejeros se afirman.”
Proverbios 15:22, RVR1960
Buscar dirección de Dios no significa rechazar el consejo sabio de otras personas.
Pero sí significa reconocer que, finalmente, queremos conocer el camino que Dios desea que tomemos.
Ahora volvamos a nuestra investigación.
Isaías anunció:
“Y se llamará su nombre Admirable, Consejero, Dios Fuerte…”
Esto es particularmente importante para nuestra serie.
Porque las dos expresiones aparecen juntas.
Consejero.
Dios Fuerte.
Si Jesucristo solamente dejó consejos sabios, podemos admirarlo como uno de los grandes maestros de la historia.
Pero si casi dos mil años después continúa guiando personalmente a quienes acuden a Él, entonces nuevamente estamos ante algo completamente diferente.
Aquí está nuestra prueba.
Un consejero humano puede aconsejar a unas cuantas personas.
Necesita escucharlas.
Necesita conocer su situación.
Necesita tiempo.
Y solamente puede atender a un número limitado de personas.
Pero imagine lo que significaría que Jesucristo fuera realmente el Admirable Consejero.
Personas en México pueden pedirle dirección.
Personas en África pueden hacerlo al mismo tiempo.
Personas en Europa, Asia, América o cualquier otro lugar pueden acudir simultáneamente a Él.
Para aconsejarlas tendría que conocer sus circunstancias.
Tendría que conocer aquello que ellas no conocen.
Tendría que saber qué consecuencias tendrá cada camino.
Y, finalmente, tendría que conocer el futuro.
Eso ya no describe las capacidades de un consejero humano.
Describe características que atribuimos a Dios.
Por eso Isaías no solamente lo llamó:
“Consejero”.
Lo llamó:
“Admirable, Consejero, Dios Fuerte”.
¿Cómo nos dirige Dios en cada circunstancia?
No puedo explicarlo completamente.
Pero puedo decir algo:
he pedido su consejo muchas veces y considero haber recibido su dirección.
Y existen innumerables creyentes que pueden decir lo mismo.
Libro recomendado

Escucha música con propósito:
Una persona puede caminar libremente por la calle y, sin embargo, vivir prisionera por dentro.
No necesita estar detrás de unos barrotes.
Puede estar encadenada al pasado.
A la culpa.
Al resentimiento.
Al odio.
Al temor.
A una conducta que desea abandonar pero que continúa repitiendo.
A recuerdos que regresan una y otra vez.
A una adicción.
A pensamientos que parecen dominarla.
A una herida que terminó convirtiéndose en una prisión.
Precisamente hablando de libertad, Jesucristo hizo una declaración extraordinaria:
“Así que, si el Hijo os libertare, seréis verdaderamente libres.”
Juan 8:36, RVR1960
Observe quién afirmó que produciría esa libertad.
Jesús no dijo solamente:
“Mis enseñanzas pueden ayudarlos a ser libres”.
Dijo:
“Si el Hijo os libertare…”
La libertad que prometió está directamente relacionada con Él.
Y eso nos proporciona otra afirmación que podemos investigar.
Durante mis años como pastor he visto personas llegar completamente esclavizadas por situaciones interiores que parecían controlar su vida.
Personas llenas de resentimiento.
Personas incapaces de perdonar.
Personas dominadas por la culpa.
Personas atrapadas en conductas destructivas.
Personas que habían intentado cambiar muchas veces y siempre terminaban regresando al mismo lugar.
Y también he visto algo extraordinario:
he visto personas hacerse libres.
No simplemente aprender a esconder mejor aquello que les sucedía.
Libres.
Personas que finalmente pudieron perdonar.
Personas que dejaron atrás conductas que las habían dominado durante años.
Personas que pudieron hablar de su pasado sin continuar viviendo prisioneras de él.
Personas que dejaron de vivir dominadas por el odio.
Personas que encontraron libertad de una culpa que llevaban cargando durante mucho tiempo.
Y una y otra vez he escuchado la misma explicación:
“Cristo me hizo libre”.
Como ha ocurrido con varias de las promesas que estamos investigando, tampoco puedo hablar de esta solamente como observador.
Yo sé lo que significa cargar cosas por dentro.
Sé lo que significa luchar con situaciones que uno quisiera cambiar.
Y también sé lo que significa llevarlas delante de Jesucristo y descubrir que aquello que parecía tener poder sobre uno puede comenzar a perderlo.
No estoy afirmando que toda lucha desaparezca instantáneamente.
Algunas libertades llegan en un momento.
Otras forman parte de un proceso.
Pero puedo mirar mi propia vida y reconocer áreas en las que Jesucristo produjo una libertad que yo no había podido producir por mí mismo.
Por eso, cuando leo:
“Si el Hijo os libertare, seréis verdaderamente libres”
no estoy leyendo solamente una declaración teológica.
Estoy leyendo algo que considero haber experimentado.
Nuevamente, no tiene que creerme a mí.
Investigue.
Pregunte a personas que llevan años caminando con Jesucristo:
“¿De qué te hizo libre Cristo?”
Y después escuche.
Probablemente encontrará historias completamente diferentes.
Una persona hablará de culpa.
Otra hablará de resentimiento.
Otra de odio.
Otra de temor.
Otra de una conducta destructiva.
Otra de una adicción.
Otra quizá simplemente diga:
“Yo era prisionero de mi pasado”.
Lo extraordinario es que personas separadas por generaciones, países, idiomas y culturas continúan utilizando una palabra semejante para describir lo que sucedió cuando encontraron a Jesucristo:
libertad.
Jesús explicó algo importante inmediatamente antes de hacer esta promesa:
“Y conoceréis la verdad, y la verdad os hará libres.”
Juan 8:32, RVR1960
La libertad de Cristo no consiste simplemente en eliminar consecuencias o permitirnos hacer cualquier cosa que deseemos.
Jesús relacionó la libertad con conocer la verdad.
Verdad acerca de Dios.
Verdad acerca de nosotros mismos.
Verdad acerca del pecado.
Verdad acerca del perdón.
Verdad acerca de nuestra identidad.
Verdad acerca de aquello que nos está destruyendo.
Y finalmente, verdad acerca de quién puede hacernos libres.
Debemos mantener la misma prudencia que hemos tenido en otros artículos.
Una persona atrapada en una adicción o en una conducta destructiva puede necesitar tratamiento médico, psicológico, rehabilitación, acompañamiento pastoral o una combinación de diferentes recursos.
Buscar ayuda no significa falta de fe.
Pero existe algo que innumerables creyentes afirman haber encontrado en Jesucristo y que merece formar parte de nuestra investigación:
un poder interior para comenzar a vivir de una manera diferente.
La ayuda humana puede acompañar el proceso.
Pero ellos atribuyen a Cristo el comienzo de una libertad mucho más profunda.
Quizá quien está leyendo estas palabras sabe perfectamente cuál es su prisión.
Nadie necesita decírselo.
Usted sabe qué cosa continúa dominándolo.
Quizá lleva años diciendo:
“Voy a cambiar”.
Y vuelve a caer.
Quizá es algo que nadie conoce.
Entonces esta promesa puede dejar de ser solamente una frase escrita en la Biblia.
Puede acudir directamente a Jesucristo.
No necesita intermediarios.
Puede decirle exactamente qué lo tiene atado:
“Jesucristo, tú dijiste que si el Hijo me libertare sería verdaderamente libre. Yo no he podido liberarme de esto. Necesito que hagas en mí lo que yo no he podido hacer. Hazme libre”.
Después comience a caminar con Él.
Busque ayuda cuando la necesite.
Tome decisiones.
Aléjese de aquello que lo vuelve a esclavizar.
Pero sobre todo, permanezca cerca de Cristo.
Y observe qué sucede.
Jesucristo dijo:
“Si el Hijo os libertare, seréis verdaderamente libres.”
Han pasado casi dos mil años.
Sin embargo, continúan apareciendo testimonios de personas que afirman exactamente eso:
“Cristo me hizo libre”.
Personas de diferentes generaciones.
Personas de diferentes culturas.
Personas con historias completamente distintas.
Y esto plantea nuevamente una pregunta importante para nuestra investigación.
Un maestro puede enseñarnos principios que ayuden a modificar nuestro comportamiento.
Un filósofo puede cambiar nuestra manera de pensar.
Un terapeuta puede ayudarnos a comprender patrones destructivos y desarrollar herramientas para modificarlos.
Todo eso puede ser valioso.
Pero Jesucristo hizo una afirmación diferente:
“Si el Hijo os libertare…”
Se colocó a sí mismo como quien produce la libertad.
Por eso, si casi dos mil años después personas continúan acercándose directamente a Jesucristo y experimentando libertad de cosas que durante años las habían dominado, nuevamente tenemos que preguntarnos:
¿cómo puede un hombre que murió hace casi dos mil años continuar libertando personas hoy?
Para hacerlo tendría que estar vivo.
Tendría que conocer aquello que ocurre en el interior de cada persona.
Tendría que poder actuar donde nadie más puede ver.
Y tendría que poseer poder para romper cadenas que, en algunos casos, la persona no había podido romper por sí misma.
Pablo escribió:
“Porque el Señor es el Espíritu; y donde está el Espíritu del Señor, allí hay libertad.”
2 Corintios 3:17, RVR1960
¿Cómo lo hace Jesucristo?
No puedo explicar completamente el mecanismo.
Pero nuevamente puedo decir:
he visto sus resultados en muchas personas y los he experimentado en mi propia vida.
Libro recomendado

Escucha música con propósito:
Existe una diferencia entre estar feliz porque las circunstancias son favorables y tener un gozo que permanece incluso cuando las circunstancias no lo son.
Es fácil alegrarse cuando recibimos buenas noticias.
Cuando tenemos salud.
Cuando la familia está bien.
Cuando hay provisión.
Cuando nuestros planes funcionan.
Cuando las cosas suceden como esperábamos.
Lo extraordinario sería conservar algo de ese gozo cuando ocurre exactamente lo contrario.
Y precisamente eso forma parte de lo que Jesucristo prometió.
Poco antes de ser arrestado y crucificado, cuando Él mismo estaba a punto de atravesar horas terribles, dijo a sus discípulos:
“Estas cosas os he hablado, para que mi gozo esté en vosotros, y vuestro gozo sea cumplido.”
Juan 15:11, RVR1960
Observe cuidadosamente sus palabras.
Jesús no dijo solamente:
“Quiero que estén contentos”.
Dijo algo mucho más profundo:
“Para que mi gozo esté en vosotros”.
No cualquier gozo.
Su gozo.
Jesús nunca prometió a sus seguidores una vida sin problemas.
De hecho, dijo exactamente lo contrario:
“En el mundo tendréis aflicción; pero confiad, yo he vencido al mundo.”
Juan 16:33, RVR1960
Por tanto, la promesa cristiana no es:
“Venga a Cristo y nunca volverá a sufrir”.
Eso no sería bíblico.
Los cristianos enferman.
Pierden seres queridos.
Enfrentan problemas económicos.
Son decepcionados.
Experimentan conflictos.
Lloran.
Sufren.
La pregunta que estamos investigando es completamente diferente:
¿Puede existir gozo aun en medio de todo eso?
Durante mis años como pastor he conocido personas atravesando circunstancias que, humanamente, parecían capaces de quitarles toda razón para estar gozosas.
Y, sin embargo, algo permanecía.
No estaban fingiendo que no sufrían.
No estaban negando su problema.
No estaban sonriendo porque todo estuviera bien.
Había dolor y había gozo al mismo tiempo.
He visto creyentes atravesar enfermedades y conservar su gozo.
He visto personas enfrentar problemas familiares y continuar adorando a Dios.
He visto personas con necesidades económicas agradecer por aquello que todavía tenían.
He visto personas llorar por una pérdida y, aun entre lágrimas, hablar de la bondad de Dios.
¿Cómo puede ocurrir eso?
Humanamente esperaríamos que el gozo desapareciera cuando desaparecen las circunstancias que lo producen.
Pero Jesús habló de otra fuente:
“Mi gozo… en vosotros”.
Como sucede con muchas de las promesas que estamos investigando, tampoco puedo hablar de esta solamente desde lo que he observado en otras personas.
He tenido momentos extraordinariamente felices.
Pero también he atravesado etapas profundamente dolorosas.
He conocido pérdidas.
He experimentado decepciones.
He tenido problemas que hubiera preferido nunca enfrentar.
Y he descubierto algo que para mí ha sido extraordinario:
el dolor no necesariamente elimina el gozo que Cristo produce.
Puede haber lágrimas y todavía existir gozo.
Puede haber preguntas y todavía existir gozo.
Puede existir una circunstancia que quisiera cambiar y, sin embargo, en alguna parte profunda del corazón continuar existiendo gratitud, esperanza y la certeza de que Dios sigue siendo bueno.
No siempre sé explicar cómo sucede.
Pero conozco el resultado.
Y encuentro en mi propia experiencia algo semejante a aquello que Jesús prometió:
“Mi gozo esté en vosotros”.
Nuevamente, no tiene que aceptar solamente mi experiencia.
Investigue.
Pregunte a personas que verdaderamente llevan años caminando con Jesucristo:
“¿Has podido experimentar gozo aun durante una etapa difícil de tu vida?”
No pregunte solamente cuando todo está bien.
Pregunte a alguien que haya atravesado una tormenta.
Pregunte a alguien que haya sufrido una pérdida.
Pregunte a alguien que haya enfrentado enfermedad.
Pregunte a alguien que haya pasado por una crisis y que, aun así, continúe amando y sirviendo a Dios.
Después escuche.
Probablemente encontrará personas que le dirán algo difícil de entender desde afuera:
“Estaba sufriendo, pero todavía tenía gozo”.
Esto no es solamente un fenómeno moderno.
El Nuevo Testamento presenta exactamente la misma experiencia.
Pedro escribió a creyentes que atravesaban pruebas y dijo:
“A quien amáis sin haberle visto, en quien creyendo, aunque ahora no lo veáis, os alegráis con gozo inefable y glorioso.”
1 Pedro 1:8, RVR1960
Pablo escribió desde una prisión:
“Regocijaos en el Señor siempre. Otra vez digo: ¡Regocijaos!”
Filipenses 4:4, RVR1960
Piense en eso.
Desde una prisión.
Las circunstancias no eran las que producían el gozo.
La fuente estaba en otro lugar.
Esta promesa tampoco necesita permanecer solamente en las historias de otras personas.
Quizá usted atraviesa precisamente ahora una etapa difícil.
No tiene que fingir delante de Jesucristo.
No tiene que negar aquello que siente.
Puede decirle:
“Jesucristo, mis circunstancias no me producen alegría. Estoy atravesando algo difícil. Pero tú dijiste que tu gozo podía estar en nosotros. Necesito ese gozo. Haz en mí aquello que yo no puedo producir por mis propias fuerzas”.
Y después permanezca en Él.
Precisamente ese era el contexto de Juan 15.
Jesús había dicho:
“Permaneced en mí, y yo en vosotros.”
Juan 15:4, RVR1960
El gozo cristiano no es simplemente repetir pensamientos positivos.
Surge de una relación con Cristo.
Ahora regresemos a nuestra investigación.
Jesucristo dijo:
“Para que mi gozo esté en vosotros, y vuestro gozo sea cumplido.”
Han pasado casi dos mil años.
Y todavía encontramos creyentes alrededor del mundo afirmando que han experimentado un gozo que no pueden explicar solamente por sus circunstancias.
Esto es importante.
Porque si el gozo dependiera exclusivamente de tener una vida fácil, desaparecería cuando llegara el sufrimiento.
Pero Jesús prometió su gozo.
Un gozo cuya fuente no está simplemente en lo que sucede alrededor de nosotros.
Aquí está nuevamente nuestra prueba.
Un maestro puede dejar pensamientos inspiradores.
Un libro puede ayudarnos a mirar nuestras circunstancias de otra manera.
Pero Jesucristo hizo una afirmación mucho más personal:
“Mi gozo esté en vosotros”.
Si casi dos mil años después personas que permanecen en Cristo continúan experimentando ese gozo aun en circunstancias difíciles, nuevamente debemos preguntarnos de dónde procede.
La Biblia presenta precisamente el gozo como algo que Dios puede producir en el interior del ser humano:
“Mas el fruto del Espíritu es amor, gozo, paz…”
Gálatas 5:22, RVR1960
Observe nuevamente.
Fruto del Espíritu.
No simplemente producto de circunstancias favorables.
¿Cómo puede Dios producir gozo en una persona que tiene razones para llorar?
No puedo explicar completamente cómo lo hace.
Pero puedo decir algo:
lo he visto en otros y lo he experimentado en mi propia vida.
Libro recomendado

Escucha música con propósito: