03. Pedro y Juan corren hacia la tumba

Dr. Elio M Rivera

Dos nuevos testigos entran en la investigación

  María Magdalena acaba de llegar con una noticia desconcertante:

“Se han llevado del sepulcro al Señor, y no sabemos dónde le han puesto.”
Juan 20:2

  Hasta ese momento, Pedro y Juan solamente tenían el testimonio de María.

  Pero no se quedaron sentados discutiendo si debían creerle.

Fueron personalmente a comprobarlo.

  Y con esto nuestra investigación da otro paso importante, porque la tumba vacía deja de depender únicamente del testimonio de las mujeres. Ahora dos de los discípulos más cercanos a Jesucristo se dirigirán al sepulcro y observarán por sí mismos lo que había ocurrido.

Salieron corriendo

  Juan relata:

“Y salieron Pedro y el otro discípulo, y fueron al sepulcro. Corrían los dos juntos; pero el otro discípulo corrió más aprisa que Pedro, y llegó primero al sepulcro.”
Juan 20:3-4

  Hay algo profundamente humano en esta descripción.

  No caminaron lentamente.

  No enviaron a alguien más.

Corrieron.

  María acababa de decirles que el cuerpo de Jesús había desaparecido.

  Necesitaban verlo.

  En mi libro reconstruyo precisamente la escena de esta manera: María informa a Pedro y Juan, ambos salen hacia el sepulcro, corren juntos y Juan llega primero.

Juan llegó primero, pero no entró

  Juan continúa:

“Y bajándose a mirar, vio los lienzos puestos allí, pero no entró.”
Juan 20:5

  Esto es interesante.

  Juan había llegado antes.

  La entrada estaba abierta.

  Podía mirar hacia el interior.

  Y desde allí alcanzó a observar algo:

Los lienzos estaban todavía dentro.

  Pero el cuerpo no.

  En otro de mis escritos describo precisamente ese momento: Juan llega primero, observa desde la entrada los lienzos, pero permanece afuera hasta que llega Pedro.

Entonces llegó Pedro

  Y Pedro hizo exactamente lo que esperaríamos de su personalidad.

  Juan dice:

“Luego llegó Simón Pedro tras él, y entró en el sepulcro…”
Juan 20:6

  Pedro no se quedó simplemente mirando desde afuera.

Entró.

  Y ahora tenemos a una persona dentro del lugar donde el cuerpo de Jesús había sido depositado.

  No está observando desde el camino.

  No está aceptando simplemente la palabra de María.

  Está inspeccionando personalmente el sepulcro.

Pedro encontró los lienzos

  El texto continúa:

“…y vio los lienzos puestos allí, y el sudario, que había estado sobre la cabeza de Jesús, no puesto con los lienzos, sino enrollado en un lugar aparte.”
Juan 20:6-7

  Esto es importante.

  El cadáver no estaba.

  Pero los materiales funerarios permanecían.

  En mi libro este detalle recibe una atención especial: Pedro entra y encuentra los lienzos, mientras el sudario que había estado sobre la cabeza de Jesús se encontraba separado de ellos; posteriormente Juan entra y, al contemplar aquella escena, “vio y creyó”.

¿Por qué dejar los lienzos?

  Aquí aparece una pregunta que merece consideración.

  Si alguien hubiera entrado apresuradamente para robar un cadáver, ¿por qué detenerse a desenvolverlo?

  El objetivo de un ladrón sería entrar rápidamente, tomar el cuerpo y salir antes de ser descubierto.

  Cada minuto adicional aumentaría el peligro.

  Y, sin embargo, el cuerpo había desaparecido mientras:

los lienzos permanecían dentro.

  En otro de mis libros planteo precisamente esta dificultad: si alguien hubiera robado el cuerpo, ¿por qué quitar cuidadosamente los lienzos y ocuparse del sudario antes de marcharse?

Esto no parecía una escena de saqueo apresurado

  Éste es uno de los elementos que hacen especialmente interesante el relato de Juan.

  La tumba estaba vacía, pero no simplemente vacía.

  Había algo que observar.

  Los lienzos.

  El sudario separado.

  La ausencia del cuerpo.

  Juan no registra una escena en la que todo hubiera sido arrancado y arrojado fuera del sepulcro.

  Por eso la disposición de los materiales funerarios llamó su atención.

Entonces Juan entró

  Después de Pedro:

“Entonces entró también el otro discípulo, que había venido primero al sepulcro…”
Juan 20:8

  Hasta ahora Juan había observado desde afuera.

  Ahora entra.

  Ve personalmente la misma escena que Pedro.

  Y escribe unas palabras extraordinarias:

“Y vio, y creyó.”

  Estas palabras han llamado particularmente mi atención en mi libro, donde formulo precisamente la pregunta:

¿Por qué Juan, al entrar al sepulcro, vio y creyó?

¿Qué vio Juan?

  No vio todavía a Jesucristo.

  Esto es fundamental.

  Juan no podía decir todavía:

“Creo porque Jesús está parado delante de mí.”

  Eso ocurrirá después.

  Lo que vio fue:

Una tumba abierta.

Ningún cuerpo.

Los lienzos dentro.

El sudario separado.

  Y algo en aquella combinación comenzó a transformar su manera de comprender lo ocurrido.

Juan fue más allá que María Magdalena

  Recordemos la reacción inicial de María.

  Ella vio la tumba abierta y concluyó:

Se han llevado al Señor.”

  Juan llegó después.

  Pero cuando examinó el interior, su reacción comenzó a ser diferente.

  Juan escribe:

“Vio, y creyó.”

  La misma tumba vacía que había producido confusión en María comenzó a producir fe en Juan.

  ¿Por qué?

  Porque Juan no estaba observando solamente una ausencia.

  Estaba observando la escena que había quedado después de aquella ausencia.

Pero todavía no comprendían completamente

  Juan añade inmediatamente una aclaración muy importante:

“Porque aún no habían entendido la Escritura, que era necesario que él resucitase de los muertos.”
Juan 20:9

  Esto evita que exageremos lo sucedido.

  Juan comenzó a creer.

  Pero todavía no tenía toda la explicación organizada en su mente.

  No había comprendido plenamente las Escrituras acerca de la resurrección.

  En mi obra también conservo esta tensión: Juan vio y creyó, pero todavía él y Pedro no comprendían completamente lo que estaba ocurriendo.

Todavía no habían visto a Jesús

  Este punto es esencial para el crecimiento de esta subserie.

  Pedro y Juan ya podían afirmar:

“Fuimos a la tumba.”

“Entramos.”

“El cuerpo no estaba.”

“Vimos los lienzos.”

  Pero todavía no podían afirmar:

“Hemos visto vivo a Jesús.”

  Por eso debemos distinguir dos niveles de evidencia.

  Primero:

El sepulcro vacío.

  Después:

Las apariciones del Resucitado.

  Pedro y Juan estaban todavía entre esos dos momentos.

Pedro reaccionó con asombro

  Lucas también conserva la reacción de Pedro:

“Pero levantándose Pedro, corrió al sepulcro; y cuando miró dentro, vio los lienzos solos, y se fue a casa maravillándose de lo que había sucedido.”
Lucas 24:12

  La palabra importante aquí es:

“Maravillándose.”

  Pedro no aparece todavía ofreciendo una explicación completa.

  Está sorprendido.

  Algo había ocurrido.

  Pero todavía necesitaba comprender qué.

Tenemos ahora varios testigos de la misma tumba

  La progresión de nuestra investigación se vuelve cada vez más interesante.

  Las mujeres llegaron.

  María Magdalena vio la tumba abierta.

  Corrió hacia Pedro y Juan.

  Pedro y Juan fueron personalmente.

  Juan observó desde la entrada.

  Pedro entró.

  Juan entró después.

  Los dos comprobaron que el cuerpo ya no estaba.

  Así que el sepulcro vacío ya no depende de una única persona.

La teoría del robo vuelve a enfrentar un detalle incómodo

  Ya analizamos extensamente la teoría de que alguien se llevó el cadáver, y no necesitamos repetir aquí toda esa discusión.

  Pero la presencia de los lienzos agrega una pregunta.

  Si un grupo entró para robar el cuerpo:

  ¿Por qué desenvolverlo allí?

  ¿Por qué dedicar tiempo a manipular los materiales funerarios?

  ¿Por qué no tomar el cuerpo como estaba preparado y salir rápidamente?

  En mis otros escritos sobre Juan, ésta es precisamente una de las preguntas que utilizo para mostrar por qué aquella escena comenzó a producir en él una conclusión distinta de la de un simple robo.

“Vio y creyó”

  Quiero regresar a estas palabras porque son probablemente lo más importante de este artículo.

Juan todavía no había visto a Jesús resucitado.

  Pero algo que vio dentro del sepulcro comenzó a cambiarlo.

  Horas antes estaba enfrentándose a la derrota de la crucifixión.

  Ahora encuentra una tumba vacía y una escena que, para él, no parecía corresponder simplemente con el robo de un cadáver.

  Y escribe:

“Vio, y creyó.”

Pero la investigación todavía no está completa

  Una tumba vacía no bastaba.

  Los lienzos tampoco bastaban para responder todas las preguntas.

  Pedro todavía estaba maravillado.

  Juan comenzaba a creer.

  María seguía llorando.

  Y ninguno de ellos, en este momento específico del relato, había tenido todavía el encuentro que terminaría transformando definitivamente la situación.

  Juan lo expresa de manera sencilla:

Todavía no habían visto al Señor. Esta distinción también aparece claramente en mis escritos posteriores sobre la experiencia de Juan.

Mientras Pedro y Juan regresaban…

  Después de inspeccionar el sepulcro:

“Y volvieron los discípulos a los suyos.”
Juan 20:10

  Pedro se marchó sorprendido.

  Juan se marchó con una fe que comenzaba a despertar.

  Pero María Magdalena hizo algo diferente.

Se quedó.

  Permaneció afuera del sepulcro.

  Llorando.

  Todavía pensaba que alguien se había llevado el cuerpo.

  Y fue precisamente allí, cuando Pedro y Juan ya se habían marchado, donde ocurrió uno de los encuentros más importantes de toda la historia de la resurrección.

  La mujer que decía:

“No sé dónde le han puesto”

  estaba a punto de escuchar su nombre.

“María.”

Siguiente tema:

María Magdalena ve a Jesucristo resucitado

Referencias bíblicas

Lucas 24:1-12.
Juan 20:1-10.


4. Los lienzos que quedaron dentro del sepulcro

¿Salió Jesucristo de los lienzos sin desenvolverlos?

  En el artículo anterior vimos cómo Pedro y Juan corrieron hacia el sepulcro después de recibir la noticia de María Magdalena. También hemos estudiado ampliamente las distintas explicaciones propuestas para la desaparición del cuerpo de Jesús, incluyendo la teoría del robo. No necesitamos regresar nuevamente a todo aquello.

  Ahora quiero detenerme exclusivamente en algo que encontraron dentro del sepulcro.

  Porque cuando Pedro y Juan entraron, el cuerpo de Jesucristo había desaparecido, pero algo permanecía allí:

Los lienzos con los que había sido envuelto.

  Este detalle podría ser mucho más importante de lo que parece.

  Juan no solamente nos dice que vio una tumba vacía. Describe los lienzos, menciona separadamente el sudario que había estado sobre la cabeza de Jesús y, después de contemplar aquella escena, escribe una frase extraordinaria:

“Vio, y creyó.”

  ¿Qué vio Juan que produjo semejante reacción?

El cuerpo había sido cuidadosamente preparado

  Para comprender la importancia de los lienzos debemos regresar brevemente al momento de la sepultura.

  Juan relata que José de Arimatea y Nicodemo tomaron el cuerpo de Jesús y lo prepararon de acuerdo con las costumbres funerarias judías:

“Tomaron, pues, el cuerpo de Jesús, y lo envolvieron en lienzos con especias aromáticas, según es costumbre sepultar entre los judíos.”
Juan 19:40

  Por lo tanto, cuando el cuerpo fue colocado dentro del sepulcro no fue simplemente depositado allí sin preparación.

  Había sido envuelto.

  Los lienzos estaban asociados directamente con el cadáver que José y Nicodemo habían preparado para la sepultura.

  Pero cuando Pedro y Juan regresaron al sepulcro el primer día de la semana ocurrió algo extraordinario:

El cuerpo había desaparecido, pero los lienzos permanecían.

Pedro entró y los vio

  Juan describe la escena:

“Luego llegó Simón Pedro tras él, y entró en el sepulcro, y vio los lienzos puestos allí, y el sudario, que había estado sobre la cabeza de Jesús, no puesto con los lienzos, sino enrollado en un lugar aparte.”
Juan 20:6-7

  Quiero que imaginemos por un momento a Pedro dentro de aquella tumba.

  El lugar donde había sido colocado Jesús estaba vacío.

  Pero allí estaban los lienzos.

  Y allí estaba también el sudario que había estado sobre su cabeza.

  No estamos simplemente ante:

“El cadáver desapareció.”

  Tenemos una escena que los discípulos podían observar.

  Y entonces entró Juan.

Juan entró, observó… y algo cambió

  El Evangelio continúa:

“Entonces entró también el otro discípulo, que había venido primero al sepulcro; y vio, y creyó.”
Juan 20:8

  Estas palabras son fundamentales:

“Vio, y creyó.”

  Juan todavía no había visto a Jesucristo resucitado.

  Jesús todavía no se había presentado delante de él.

  No había tocado sus manos.

  No había visto su costado.

  Sin embargo, algo dentro de aquel sepulcro produjo en Juan una reacción que la simple noticia de María Magdalena no había producido.

  María había dicho:

“Se han llevado del sepulcro al Señor.”

  Juan entró.

  Miró.

  Y creyó.

  La pregunta inevitable es:

¿Qué vio?

¿Vio Juan las envolturas que Jesús había dejado atrás?

  Aquí encontramos una posibilidad que considero extraordinariamente importante.

  El texto no dice explícitamente:

“Jesús atravesó los lienzos.”

  Por eso no debemos poner esas palabras en boca de Juan.

  Pero lo que Juan describe permite considerar seriamente una posibilidad:

Jesucristo pudo haber resucitado y salido de aquellas envolturas sin necesidad de ser desenvuelto por otra persona.

  En otras palabras:

  Nadie tuvo que entrar.

  Nadie tuvo que retirar los lienzos de su cuerpo.

  Nadie tuvo que liberarlo de sus envolturas funerarias.

Jesucristo simplemente dejó de estar dentro de ellas.

  Los lienzos quedaron.

  El cuerpo resucitado salió.

  Y posiblemente eso fue precisamente lo que Juan comprendió cuando contempló aquella escena.

Esto explicaría las extraordinarias palabras: “Vio, y creyó”

  Si Juan hubiera encontrado simplemente una tumba vacía, podía haber llegado a la misma conclusión inicial de María Magdalena:

“Alguien se llevó el cuerpo.”

  Pero Juan no escribe eso.

  Nos cuenta que vio los lienzos.

  Nos habla del sudario.

  Y entonces declara:

“Vio, y creyó.”

  ¿Por qué mencionar los lienzos inmediatamente antes de decir que creyó?

  Es razonable pensar que la condición en que quedaron las envolturas funerarias tuvo algo que ver con su conclusión.

  En su libro usted mismo se detiene específicamente ante esta cuestión y pregunta por qué Juan, después de entrar en el sepulcro, “vio y creyó”. La escena de los lienzos ocupa un lugar importante dentro de esa investigación.

Imagine lo que Juan pudo haber comprendido

  Aquí debemos distinguir claramente entre el texto y nuestra reconstrucción de la escena.

  Juan no nos explica todos sus pensamientos.

  Pero podemos plantear la posibilidad.

  Quizá Juan entró esperando encontrar señales de que alguien había retirado el cadáver.

  Y en lugar de eso encontró las envolturas funerarias todavía allí.

  Entonces pudo comprender:

El cuerpo no fue simplemente cargado fuera del sepulcro.

  Y una posibilidad comenzó a abrirse ante él:

Jesús había salido de los lienzos.

  Aquello que había envuelto un cadáver permanecía dentro de la tumba.

  Pero aquel a quien había envuelto:

Ya no estaba muerto.

No estamos hablando de un Jesús que necesitó ser liberado

  Esto tiene además una enorme importancia teológica.

  La resurrección de Jesucristo no fue una reanimación semejante a la de Lázaro.

  Cuando Lázaro salió de su tumba, Juan dice:

“Y el que había muerto salió, atadas las manos y los pies con vendas, y el rostro envuelto en un sudario.”
Juan 11:44

  Y Jesús tuvo que ordenar:

“Desatadle, y dejadle ir.”

  Lázaro volvió a la vida que anteriormente tenía.

  Todavía salió envuelto.

  Necesitó que otras personas lo desataran.

  Pero cuando llegamos a la tumba de Jesucristo encontramos una escena diferente.

Jesús no estaba allí esperando que alguien lo desenvolviera.

  Los lienzos habían quedado dentro.

  Él había salido.

La diferencia con Lázaro es extraordinaria

  Lázaro salió de la tumba todavía sujeto por sus envolturas funerarias.

  Jesucristo dejó las suyas atrás.

  Lázaro necesitó ayuda.

  Jesucristo no.

  Lázaro fue restaurado a su vida mortal.

  Jesucristo resucitó para no volver a morir.

  Pablo lo expresa de esta manera:

“Sabiendo que Cristo, habiendo resucitado de los muertos, ya no muere; la muerte no se enseñorea más de él.”
Romanos 6:9

  Estamos hablando de algo completamente diferente.

La resurrección inauguró una nueva condición corporal.

El cuerpo resucitado de Jesús tenía propiedades extraordinarias

  Esta posibilidad acerca de los lienzos se vuelve todavía más interesante cuando continuamos leyendo el Evangelio de Juan.

  Horas después, los discípulos estaban reunidos:

“Estando las puertas cerradas en el lugar donde los discípulos estaban reunidos por miedo de los judíos, vino Jesús, y puesto en medio…”
Juan 20:19

  Una semana después Juan vuelve a señalar:

“Llegó Jesús, estando las puertas cerradas, y se puso en medio…”
Juan 20:26

  El mismo Evangelio que describe los lienzos dentro de la tumba posteriormente presenta al Jesús resucitado apareciendo entre sus discípulos estando las puertas cerradas.

  Esto no significa que Jesús fuera un espíritu sin cuerpo.

  Todo lo contrario.

  Mostró sus heridas.

  Habló.

  Fue reconocido.

  Podía ser tocado.

  Pero su cuerpo resucitado manifestaba propiedades extraordinarias.

  Por eso no resulta absurdo considerar que Jesús pudiera haber salido de aquellas envolturas sin que alguien tuviera que desenvolverlo.

¿Atravesó Jesús literalmente los lienzos?

  Aquí debemos ser muy precisos.

  La Biblia no describe el instante físico de la resurrección.

  Nadie dentro del sepulcro nos dejó una descripción diciendo:

“Vi cómo el cuerpo atravesó los lienzos.”

  Por eso no podemos afirmar el mecanismo como si Juan lo hubiera explicado.

  Pero podemos afirmar lo que encontramos:

Jesús había sido envuelto en lienzos.

El cuerpo desapareció.

Los lienzos permanecieron dentro del sepulcro.

Juan observó aquella escena.

Y Juan creyó.

  A partir de esos hechos, considero completamente razonable proponer:

Jesucristo resucitó y dejó atrás las envolturas funerarias que habían rodeado su cuerpo.

El sudario añade otro detalle

  Juan incluso se preocupa por decirnos que:

“El sudario, que había estado sobre la cabeza de Jesús”

  estaba:

“Enrollado en un lugar aparte.”

  ¿Por qué conservar ese detalle?

  Evidentemente Juan estaba recordando algo específico que había observado dentro de aquella tumba.

  No simplemente:

“Jesús no estaba.”

  Juan recuerda:

Dónde estaban los lienzos.

Dónde estaba el sudario.

  Y después de describirlos dice:

“Vio, y creyó.”

La tumba contenía la evidencia de una ausencia extraordinaria

  Hay algo profundamente impresionante en esta escena.

  Dentro de aquel sepulcro había objetos relacionados con la muerte.

  Lienzos funerarios.

  Un sudario.

  Un lugar preparado para un cadáver.

  Pero faltaba precisamente una cosa:

El muerto.

  Los instrumentos de la sepultura permanecían.

  Pero Jesucristo ya no estaba sujeto a la sepultura.

La piedra tampoco fue removida para dejar salir a Jesús

  Esto nos permite considerar otra posibilidad importante.

  Muchas veces imaginamos que la piedra tuvo que ser removida para que Jesucristo pudiera salir.

  Pero si el cuerpo resucitado de Jesús podía dejar atrás sus envolturas y posteriormente aparecer en lugares con las puertas cerradas, entonces debemos preguntarnos:

¿Realmente necesitaba Jesús que alguien abriera la tumba para poder salir?

  Probablemente no.

  La piedra removida pudo tener otro propósito:

No dejar salir a Jesús, sino permitir entrar a los testigos.

  Las mujeres necesitaban ver.

  Pedro necesitaba entrar.

  Juan necesitaba observar.

  La tumba fue abierta para que los seres humanos pudieran comprobar:

“No está aquí, pues ha resucitado.”

Los lienzos eran testigos silenciosos

  Pedro los vio.

  Juan los vio.

  Pero para Juan aquella escena produjo algo más.

  Juan entró siendo un hombre que todavía estaba intentando comprender qué había sucedido.

  Salió habiendo comenzado a creer.

  No porque ya hubiera visto al Señor.

  No porque alguien lo obligara a aceptar una explicación.

  Sino porque observó lo que había quedado dentro del sepulcro.

“Vio, y creyó.”

Mi conclusión

  No sabemos exactamente cómo ocurrió físicamente el instante de la resurrección.

  La Biblia no nos permite observar ese segundo.

  Pero sí nos permite entrar, por medio del testimonio de Juan, inmediatamente después.

  Y lo que encontramos es extraordinario.

  El cuerpo que había sido envuelto ya no estaba.

  Los lienzos permanecían.

  El sudario permanecía.

  Y uno de los hombres que conocía personalmente a Jesucristo entró, contempló aquella escena y creyó.

  Por eso considero muy probable que Juan estuviera contemplando las envolturas que Jesucristo había dejado atrás al levantarse de entre los muertos.

  Nadie necesitó desenvolverlo.

  Nadie necesitó liberarlo.

  Nadie necesitó abrirle la puerta.

Jesucristo había resucitado.

  La muerte no pudo retenerlo.

  Los lienzos no pudieron sujetarlo.

  La tumba no pudo encerrarlo.

  Y posiblemente por primera vez, delante de aquellas envolturas vacías, Juan comenzó a comprenderlo:

El Maestro estaba vivo.

Referencias bíblicas

Juan 11:43-44.
Juan 19:38-42.
Juan 20:1-10.
Juan 20:19-29.
Romanos 6:9.

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Autor

Elio Rivera

El Dr. Elio M. Rivera es médico, pastor, escritor y fundador del Museo La Vida y Obra de Jesucristo, de la casa hogar Manantial de Amor y Comunidad Cristiana Mana. Ha viajado extensamente por Israel estudiando los lugares históricos relacionados con la vida de Jesucristo. Además de su labor ministerial y humanitaria, también es hombre de negocios, autor de más de 60 libros.