03. El flagrum: el instrumento que destrozaba el cuerpo

Dr. Elio M Rivera

La investigación médica de la crucifixión

  En el artículo anterior hablamos de la flagelación romana. Ahora necesitamos detenernos y observar con mayor atención el instrumento utilizado para producir aquel castigo.

  Porque cuando los Evangelios dicen simplemente que Pilato mandó azotar a Jesús, esas pocas palabras pueden impedirnos comprender la magnitud de lo que realmente estaba ocurriendo.

  Mateo escribe:

“Entonces les soltó a Barrabás; y habiendo azotado a Jesús, le entregó para ser crucificado.”
Mateo 27:26

  Juan lo resume todavía más:

“Así que, entonces tomó Pilato a Jesús, y le azotó.”
Juan 19:1

  Pero aquel azote romano no debe imaginarse como un látigo ordinario.

  El instrumento que describo en mi libro estaba formado por varias correas de cuero, y en sus extremos podían colocarse objetos duros y cortantes capaces de golpear, penetrar y desgarrar los tejidos.

  Su propósito no era simplemente producir dolor.

Era destruir físicamente el cuerpo del condenado.

No era un látigo común

  Cuando escuchamos la palabra látigo, podríamos imaginar una sola tira larga de cuero golpeando la espalda.

  Pero el instrumento romano podía ser mucho más destructivo.

  En mi libro explico que estaba compuesto por varias correas de cuero que terminaban en elementos capaces de aumentar considerablemente el daño producido por cada golpe.

  Esto hacía que una sola descarga pudiera impactar simultáneamente diferentes puntos del cuerpo.

  Y cuando los golpes se repetían, las lesiones se acumulaban.

Primero golpeaba la piel

  Pensemos médicamente en lo que ocurría.

  Los primeros golpes traumatizaban la superficie del cuerpo.

  Aparecía inflamación.

  Se rompían pequeños vasos sanguíneos.

  Comenzaban las heridas.

  Pero los golpes continuaban.

  Y el siguiente impacto ya no caía necesariamente sobre piel intacta.

  Podía golpear sobre tejido que acababa de ser lesionado.

  Una y otra vez.

  Por eso el daño se hacía progresivamente mayor.

Las correas podían rodear parcialmente el cuerpo

  Al tratarse de correas flexibles, el impacto no tenía que limitarse necesariamente al punto directamente frente al soldado.

  Las tiras podían extenderse alrededor de la superficie corporal y producir lesiones en un área considerable.

  Esto ayuda a comprender por qué una flagelación severa podía producir un traumatismo mucho más extenso de lo que normalmente imaginamos.

  No debemos visualizar solamente unas cuantas líneas rojas sobre la espalda de Jesús.

  Estamos hablando de un cuerpo sometido repetidamente a un instrumento diseñado para castigar brutalmente.

Los elementos duros aumentaban el daño

  Las piezas incorporadas a las correas convertían el golpe en algo mucho más destructivo.

  Al impactar podían producir contusiones y heridas.

  Con los golpes repetidos, las lesiones podían hacerse progresivamente más profundas.

  Y cada nueva lesión significaba también nuevos puntos de sangrado.

  Aquí encontramos la conexión directa entre el flagrum y la condición médica de Jesucristo antes de llegar a la cruz.

Cada golpe contribuía a la pérdida de sangre

  Desde el punto de vista médico, la sangre que se pierde deja de participar en la circulación.

  Y nuestro organismo necesita mantener un volumen sanguíneo suficiente para transportar oxígeno y conservar la función de los órganos.

  Por eso la hemorragia producida por la flagelación no era simplemente una consecuencia visual del castigo.

  Podía comenzar a comprometer progresivamente todo el organismo.

  El corazón tendría que compensar.

  La frecuencia cardiaca aumentaría.

  La circulación periférica comenzaría a modificarse.

  La persona se debilitaría.

  Aumentaría la sed.

  Y si la pérdida de volumen continuaba, aparecería el peligro del choque hipovolémico.

Y todavía no había comenzado la crucifixión

  Éste es quizá el punto que más quiero que el lector comprenda.

  Mientras estamos describiendo todo esto:

Jesús todavía no está clavado en la cruz.

  Todavía no hemos llegado al Gólgota.

  Todavía no hemos estudiado los clavos.

  Todavía no hemos estudiado la posición del cuerpo.

  Todavía no hemos estudiado las dificultades respiratorias.

  Todavía no hemos llegado a la lanza.

  Estamos solamente en la flagelación.

  Por eso es incorrecto analizar la posibilidad de supervivencia de Jesús imaginando a un hombre sano que comenzó a sufrir cuando fue colocado sobre una cruz.

  Su organismo ya había sido severamente castigado.

Después vino la corona de espinas

  El flagrum tampoco fue la última agresión antes de la crucifixión.

  Los soldados continuaron.

  Mateo dice:

“Y pusieron sobre su cabeza una corona tejida de espinas…”
Mateo 27:29

  Después:

“Tomaban la caña y le golpeaban en la cabeza.”
Mateo 27:30

  Es decir, sobre un hombre que acababa de ser flagelado añadieron nuevas heridas y nuevos traumatismos.

  Todo formaba parte de un deterioro físico progresivo.

Después colocaron ropa sobre las heridas

  Mateo también registra que los soldados colocaron sobre Jesús un manto y posteriormente volvieron a quitárselo.

  Esto significa que el tejido entró en contacto con una superficie corporal recién lesionada.

  Después el manto fue retirado y volvieron a colocarle sus vestidos.

  Y entonces comenzó el camino hacia la crucifixión.

  No había descanso.

  No había tratamiento médico.

  No había reposición de líquidos.

  No había control de la hemorragia.

  El proceso continuaba.

El cuerpo comenzó a mostrar las consecuencias

  Durante el camino hacia el lugar de ejecución aparece Simón de Cirene.

  Lucas dice:

“Y llevándole, tomaron a cierto Simón de Cirene, que venía del campo, y le pusieron encima la cruz para que la llevase tras Jesús.”
Lucas 23:26

  El Evangelio no nos da un diagnóstico médico explicando por qué ocurrió esto.

  Pero nosotros conocemos la secuencia anterior.

  Arresto.

  Golpes.

  Flagelación.

  Heridas.

  Pérdida de sangre.

  Corona de espinas.

  Nuevos golpes.

  Y después el camino hacia el Gólgota.

  Todo aquello había ocurrido antes de que comenzara propiamente la crucifixión.

¿Podía la flagelación matar?

  Una flagelación suficientemente severa podía producir lesiones extremadamente graves.

  Pero en el caso de Jesucristo no necesitamos afirmar que murió durante la flagelación.

  Los Evangelios dicen que llegó vivo al Gólgota y fue crucificado.

  Lo que necesitamos comprender es otra cosa:

El flagrum preparó un cuerpo ya profundamente traumatizado para la siguiente etapa de la ejecución.

  Jesús no tendría que sobrevivir solamente a los clavos y a las horas sobre la cruz.

  Para sostener la teoría de que nunca murió, tenemos que sumar todo lo que sufrió.

No podemos estudiar las lesiones por separado

  Éste es un principio médico fundamental para comprender el caso.

  No podemos decir:

“¿Puede una persona sobrevivir a una herida producida por un látigo?”

  Después:

“¿Puede sobrevivir a un clavo?”

  Después:

“¿Puede sobrevivir a una herida en el costado?”

  Y tratar cada lesión como si hubiera ocurrido en una persona diferente.

  Todas ocurrieron en el mismo cuerpo.

  El hombre que posteriormente fue clavado en la cruz era el mismo que había sido flagelado.

  El hombre que después sufrió deshidratación ya había perdido sangre.

  El hombre cuyo costado posteriormente fue atravesado por una lanza ya había soportado todo lo anterior.

  La evidencia debe estudiarse acumulativamente.

Imagine nuevamente nuestro tribunal

  Supongamos que estamos presentando el caso ante un juez.

  Alguien propone:

“Jesús solamente se desmayó.”

  Entonces yo colocaría el flagrum sobre la mesa como una de las primeras piezas de evidencia.

  Y preguntaría:

  ¿Ha considerado usted este instrumento?

  ¿Ha considerado las múltiples correas?

  ¿Ha considerado los elementos incorporados a ellas?

  ¿Ha considerado los golpes repetidos?

  ¿Ha considerado las heridas?

  ¿Ha considerado la hemorragia?

  ¿Ha considerado que todo esto ocurrió antes de la crucifixión?

  Porque no podemos evaluar seriamente la teoría de la supervivencia mientras ignoremos aquello que el cuerpo había sufrido antes de llegar al Gólgota.

Quiero que el lector vea el instrumento

  Éste sería uno de los artículos en los que considero especialmente útil utilizar una imagen del flagrum.

  No para convertir el sufrimiento de Jesucristo en un espectáculo.

  Sino porque ver la estructura del instrumento ayuda a comprender lo que una sola palabra del Evangelio significa.

  Cuando Mateo dice:

“Habiendo azotado a Jesús…”

  quiero que el lector comprenda que detrás de esa frase existe una realidad física.

  Correas.

  Impactos.

  Heridas.

  Sangre.

  Dolor.

  Y un organismo comenzando a deteriorarse antes siquiera de llegar a la cruz.

Esto apenas comienza

  El flagrum explica una parte importante de la condición física de Jesucristo.

  Pero ahora debemos preguntarnos:

¿Qué ocurre dentro del organismo cuando comienza a perder cantidades importantes de sangre?

  Aquí nuestra investigación se vuelve todavía más médica.

  Porque la pérdida de sangre afecta la presión arterial, el corazón, los riñones, el cerebro y finalmente la capacidad del organismo para conservar la vida.

  Y existe un nombre para la condición que puede desarrollarse cuando el volumen circulante disminuye peligrosamente:

Choque hipovolémico.

  Ese será nuestro siguiente tema:

La pérdida de sangre y el choque hipovolémico

Referencias bíblicas

Mateo 27:26-31.
Marcos 15:15-20.
Lucas 23:26.
Juan 19:1-3.
Juan 19:16-18.

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Autor

Elio Rivera

El Dr. Elio M. Rivera es médico, pastor, escritor y fundador del Museo La Vida y Obra de Jesucristo, de la casa hogar Manantial de Amor y Comunidad Cristiana Mana. Ha viajado extensamente por Israel estudiando los lugares históricos relacionados con la vida de Jesucristo. Además de su labor ministerial y humanitaria, también es hombre de negocios, autor de más de 60 libros.