09. No todos los hombres eran amigos

Dr. Elio M Rivera

Para comprender mejor esta serie y seguir el desarrollo de la vida de Jesús como teckton, le recomendamos comenzar con la introducción y continuar leyendo los artículos en el orden en que fueron publicados.

  David todavía no había recuperado completamente las fuerzas.

  La fiebre había desaparecido y la tos comenzaba a ceder, pero las noches de enfermedad habían dejado su huella. Al despertar, sentía la espalda rígida y los músculos doloridos. Necesitaba unos momentos para incorporarse de la estera y comenzar a moverse con normalidad.

  Después venían los siete kilómetros hasta Séforis.

  Al llegar a la construcción, buena parte de sus energías ya se había consumido en el camino.

  Procuraba disimularlo.

  Natán necesitaba hombres capaces de trabajar, no trabajadores a quienes tuviera que conceder descansos especiales. David había conseguido ganarse su confianza y temía perderla.

  Aquella mañana salió de Nazaret antes del amanecer. Su esposa y los niños finalmente estaban mejor, aunque todavía necesitaban recuperar lo gastado durante la enfermedad. Además, la cubierta de la vivienda requería reparaciones.

  Mientras caminaba, David repasó mentalmente las tareas que esperaba realizar aquel día.

  No imaginaba que pronto tendría que enfrentarse a un peligro que ninguna herramienta podía evitar.

  La mala intención de otro hombre.

El hombre que disfrutaba los errores ajenos

  Cuando David llegó a la construcción, encontró a varios trabajadores reunidos cerca de los materiales.

  Joel conversaba con Simón, mientras Efraín examinaba unas piezas de piedra que debían colocarse junto a uno de los muros.

  A poca distancia había un hombre de hombros anchos, barba oscura y brazos musculosos.

  David lo había visto anteriormente, aunque nunca habían trabajado juntos.

  Se llamaba Malquías.

  Era un carpintero experimentado. Sabía preparar uniones, trabajar vigas y resolver problemas que exigían precisión. Su habilidad era reconocida entre los trabajadores.

  Pero había algo desagradable en su manera de tratar a los demás.

  Cuando alguien cometía un error, Malquías no se apresuraba a ayudarlo. Prefería señalarlo delante de otros, especialmente si Natán se encontraba cerca.

  Aquella mañana David recibió varias piezas de madera que debía preparar para una estructura provisional.

  Comenzó a medir la primera cuando un acceso de tos lo obligó a detenerse.

  Malquías levantó la cabeza.

  —¿Todavía estás enfermo?

  —Estoy mejorando —respondió David.

  El hombre observó sus herramientas.

  —Eso espero. Aquí necesitamos hombres fuertes.

  David continuó trabajando.

  Un poco después, cuando intentó levantar una pieza pesada, sintió una punzada en la espalda y tuvo que apoyarla nuevamente.

  Malquías sonrió.

  —Parece que la madera pesa más para los hombres de Nazaret.

  Simón, que trabajaba cerca, intervino.

  —Ha estado enfermo.

  —Entonces debería quedarse en su casa.

  David levantó la mirada.

  —Puedo hacer mi trabajo.

  —Eso espero —respondió Malquías—. Porque aquí los errores cuestan dinero.

  La referencia al error que David había cometido días atrás era evidente.

  Sintió que la sangre le subía al rostro, pero se contuvo.

  No había caminado siete kilómetros para discutir con aquel hombre.

  Tomó nuevamente la herramienta y continuó preparando la madera.

  Malquías lo observó unos instantes antes de alejarse.

  David comprendió que no sería una jornada agradable.

El rumor

  A media mañana comenzó a notar algo extraño.

  Dos trabajadores interrumpieron su conversación cuando pasó junto a ellos.

  Uno lo miró brevemente y después apartó los ojos.

  David continuó caminando, aunque aquella actitud le resultó incómoda.

  Poco después, mientras buscaba unas piezas detrás de una pila de materiales, escuchó su nombre.

  Reconoció la voz de Malquías.

  —No digo que sea un mal hombre. Solamente que últimamente comete demasiados errores.

  Otro trabajador respondió:

  —Natán parece confiar en él.

  —Ése es precisamente el problema.

  David se quedó inmóvil.

  —Aquí hay hombres que llevan mucho tiempo trabajando —continuó Malquías—. Hombres que conocen el oficio y no desperdician madera porque están demasiado enfermos para concentrarse.

  —Pero David corrigió aquella unión que ninguno conseguíamos ajustar.

  Malquías soltó una risa despectiva.

  —Una unión bien hecha no convierte a nadie en maestro.

  David apretó la mandíbula.

  Había reconocido sus errores y procurado corregirlos. Pero Malquías estaba utilizando aquellos tropiezos para sembrar dudas sobre su capacidad.

  Durante unos instantes pensó en salir de detrás de las maderas y enfrentarlo.

  ¿Qué derecho tenía aquel hombre a hablar de él de esa manera?

  ¿Por qué no se lo decía directamente?

  Pero recordó a Natán y la facilidad con que una discusión podía convertirse en motivo para perder el trabajo.

  Se retiró sin hacer ruido.

  Al regresar a sus piezas, descubrió que le costaba concentrarse.

  No era solamente lo que Malquías había dicho.

  Era la posibilidad de que otros comenzaran a creerlo.

  En una construcción donde muchos hombres esperaban ser contratados cada mañana, la reputación podía determinar quién recibiría un jornal y quién tendría que regresar a casa con las manos vacías.

La herramienta desaparecida

  Poco antes del mediodía, David necesitó su escuadra.

  Era una herramienta sencilla, pero indispensable para comprobar los ángulos de ciertas uniones.

  Se inclinó junto a su bolsa.

  No estaba.

  Apartó las demás herramientas, levantó unas piezas pequeñas de madera y revisó el suelo.

  Nada.

  Recordaba perfectamente haberla utilizado aquella misma mañana.

  Joel se acercó.

  —¿Qué buscas?

  —Mi escuadra.

  —¿Dónde la dejaste?

  David señaló el lugar.

  —Aquí, junto a las demás herramientas.

  Joel comenzó a ayudarlo.

  Revisaron debajo de los materiales y alrededor del espacio donde había estado trabajando.

  La herramienta no apareció.

  David sintió una creciente preocupación.

  No podía reemplazarla fácilmente. Había invertido dinero en conseguirla y la había conservado durante años.

  Sin ella, preparar ciertas uniones le exigiría mucho más tiempo.

  Malquías apareció detrás de ellos.

  —¿Qué sucede?

  Joel respondió:

  —David no encuentra su escuadra.

  Malquías levantó las cejas.

  —Primero se equivoca con las medidas y ahora pierde las herramientas.

  David se enderezó.

  —No la perdí. Estaba aquí.

  —Entonces debería seguir aquí.

  —Eso es lo que estoy tratando de averiguar.

  Malquías sonrió.

  —Quizá deberías cuidar mejor tus cosas.

  Joel intervino.

  —Si no vas a ayudar, déjanos buscar.

  El hombre lo miró con desagrado.

  —Solamente digo lo evidente.

  Se alejó.

  David siguió sus movimientos con la mirada.

  Había algo demasiado oportuno en aquellas burlas.

  Pero no podía acusarlo.

  No había visto a nadie tocar la escuadra.

  Y una acusación sin pruebas podía perjudicarlo más que la desaparición de la herramienta.

Una humillación delante de todos

  Natán llegó poco después para revisar las piezas que David debía terminar.

  Encontró el trabajo detenido.

  —¿Qué ocurre?

  David explicó lo sucedido.

  El encargado examinó el lugar.

  —¿Estás seguro de haberla dejado aquí?

  —La utilicé esta mañana. Después la coloqué junto a mi bolsa.

  Malquías, que había regresado, intervino antes de que Natán respondiera.

  —Yo lo vi dejar las herramientas sin recoger cuando fue por agua.

  David volvió la cabeza.

  —Las dejé juntas. No estaban abandonadas.

  —Quizá alguien pensó que no tenían dueño —añadió Malquías.

  Natán miró a ambos.

  —No tenemos tiempo para estas discusiones.

  Después se dirigió a David.

  —Necesito que termines esas piezas.

  —Sin la escuadra tendré que comprobar los ángulos de otra manera.

  Malquías soltó una risa.

  —Un buen constructor debería saber hacerlo.

  David estuvo a punto de responder.

  Natán golpeó con la palma de la mano una de las maderas.

  —¡Basta!

  Los hombres guardaron silencio.

  —Malquías, vuelve a tu trabajo. David, utiliza otro método y termina lo que puedas. Después veremos lo de la herramienta.

  Malquías se retiró con una expresión de satisfacción apenas disimulada.

  David permaneció junto a sus materiales.

  Le habían quitado una herramienta valiosa y, delante de los demás, había quedado como un hombre descuidado.

  Ahora tendría que trabajar más lentamente.

  Y si no terminaba a tiempo, Malquías tendría otro motivo para desacreditarlo.

  David respiró profundamente.

  Tomó una cuerda y comenzó a preparar una comprobación alternativa.

  No permitiría que aquella dificultad arruinara todo su trabajo.

Lo que Simón había visto

  Durante el descanso, los trabajadores buscaron sombra junto a uno de los muros.

  David sacó su pan y se sentó cerca de Joel.

  Apenas había comenzado a comer cuando Simón se acercó.

  El muchacho parecía inquieto.

  Se sentó junto a ellos y miró hacia el lugar donde descansaba Malquías.

  —Tengo que decirte algo —murmuró.

  David levantó la cabeza.

  —¿Qué sucede?

  —Esta mañana, cuando fuiste por agua, vi a Malquías acercarse a tus herramientas.

  David dejó de masticar.

  —¿Lo viste tomar mi escuadra?

  Simón negó con la cabeza.

  —No pude ver bien sus manos. Había otros hombres pasando, pero se inclinó junto a tu bolsa.

  Joel frunció el ceño.

  —¿Por qué no dijiste nada?

  —Pensé que buscaba alguna herramienta que necesitaba. No imaginé que después desaparecería algo.

  David miró hacia Malquías.

  El hombre conversaba tranquilamente con otros trabajadores.

  —¿Estás seguro de que era él?

  —Completamente.

  —¿Y nadie más se acercó?

  —No lo sé. Tuve que continuar con mi trabajo.

  David permaneció pensativo.

  Aquello aumentaba sus sospechas, pero todavía no demostraba nada.

  Simón bajó la voz.

  —No quiero que te hagan perder el trabajo.

  David lo miró con gratitud.

  Recordó las veces que había compartido su pan con aquel muchacho, que trabajaba para sostener a su madre viuda y a sus hermanos menores.

  Ahora Simón estaba arriesgándose a enemistarse con otro trabajador para advertirle.

  —Gracias por decírmelo.

  Joel observó a Malquías.

  —Será mejor que tengas cuidado.

  David asintió.

  Pero mientras terminaba de comer, comenzó a preguntarse si la desaparición de la escuadra sería el último problema de aquella jornada.

Una trampa entre las maderas

  Después del descanso, Natán ordenó preparar varias piezas destinadas a una estructura provisional que utilizarían los trabajadores.

  David debía revisar las uniones antes de que fueran colocadas.

  La seguridad dependía de que cada superficie apoyara correctamente y pudiera soportar las cargas previstas.

  La ausencia de su escuadra lo obligaba a trabajar con mayor lentitud.

  Malquías estaba cerca.

  En cierto momento se acercó y señaló una de las piezas.

  —Ésa ya está lista.

  David levantó la cabeza.

  —Todavía necesito comprobarla.

  —Ya la revisaron.

  —¿Quién?

  Malquías señaló vagamente hacia los demás trabajadores.

  —Uno de los hombres.

  David dejó la herramienta que sostenía.

  —¿Cuál de ellos?

  —No recuerdo.

  Aquella respuesta le produjo desconfianza.

  Tomó la pieza y examinó sus extremos.

  Al principio no encontró nada extraño.

  Pero cuando comprobó una de las superficies de apoyo, descubrió una diferencia que no recordaba haber dejado.

  La madera había sido rebajada más de lo necesario.

  Era una modificación pequeña.

  Sin embargo, al colocar la pieza en su posición, una parte de la unión quedaría sin el apoyo adecuado.

  David pasó los dedos por la superficie.

  Encontró marcas recientes de herramienta.

  Levantó la mirada.

  —¿Quién trabajó esta pieza?

  Malquías se encogió de hombros.

  —No lo sé.

  —Acabas de decir que alguien la había revisado.

  —Eso escuché.

  David sintió que el corazón comenzaba a latirle con fuerza.

  Había dejado aquella pieza antes del descanso.

  Y estaba seguro de que no tenía ese corte.

  La sostuvo frente a Malquías.

  —¿Ves lo que le hicieron?

  El hombre apenas la miró.

  —Parece un corte mal hecho.

  —No estaba así.

  Malquías sonrió.

  —Entonces tendrás que explicárselo a Natán.

  David comprendió que no podía continuar discutiendo.

  Si alguien colocaba aquella pieza sin corregirla, podía poner en peligro a los trabajadores.

  Llamó al encargado.

  Natán llegó con expresión impaciente.

  —¿Ahora qué sucede?

  David le mostró la superficie.

  El encargado la examinó.

  Después pidió que acercaran la pieza a su posición prevista.

  Al comprobar cómo apoyaba, su expresión cambió.

  —¿Quién preparó esto?

  David respondió:

  —Yo estaba trabajando en ella. Pero cuando regresé del descanso encontré este corte.

  Malquías intervino inmediatamente.

  —Quizá la cortó mal y ahora quiere culpar a otro.

  David volvió hacia él.

  —No he acusado a nadie.

  —Pero dices que alguien la modificó.

  —Porque así fue como la encontré.

  Natán levantó la voz.

  —¡Silencio los dos!

  Examinó nuevamente la unión.

  Después miró a David.

  —¿Estás seguro de que no hiciste este corte?

  David sostuvo su mirada.

  —Completamente.

  Natán permaneció callado unos instantes.

  Finalmente ordenó retirar la pieza.

  —No se colocará hasta que determine si puede aprovecharse de otra manera.

  Después se dirigió a todos.

  —Y escúchenme bien: nadie modificará una pieza que otro hombre esté preparando sin informar al encargado.

  Malquías apartó la mirada.

  David sintió alivio por haber descubierto el problema a tiempo.

  Pero también comprendió algo inquietante.

  Si aquella madera hubiera sido colocada y después hubiera fallado, todos habrían pensado que él era responsable.

  Y alguien podría haber resultado gravemente herido.

El precio de un accidente

  Poco después, varios trabajadores comenzaron a trasladar materiales hacia otra sección de la construcción.

  Uno de ellos llevaba una pieza pesada con ayuda de un compañero.

  Al llegar a un espacio estrecho, intentaron acomodarla sobre unos apoyos.

  Uno de los soportes no estaba bien colocado.

  Cuando la madera recibió el peso, se movió inesperadamente.

  —¡Cuidado!

  El extremo de la pieza descendió con violencia.

  Uno de los hombres consiguió apartarse, pero perdió el equilibrio y cayó de rodillas.

  La madera golpeó contra una piedra con un ruido seco.

  Varios trabajadores corrieron hacia él.

  Natán ordenó detener el movimiento de materiales.

  David se acercó.

  El hombre estaba pálido.

  Tenía una raspadura en la pierna y respiraba agitadamente, pero podía moverla.

  Había escapado por poco.

  Natán examinó los apoyos.

  —¿Quién colocó esto?

  Nadie respondió.

  El encargado levantó la voz.

  —¡Les he dicho que comprueben dónde descansan las piezas antes de soltar una carga!

  Los trabajadores guardaron silencio.

  David observó al hombre que todavía permanecía sentado sobre el suelo.

  Recordó el día en que Joel había estado a punto de sufrir una lesión grave por el desplazamiento de una piedra.

  Aquella vez habían conseguido evitarlo.

  Pero no siempre sería así.

  Una mano aplastada podía dejar a un carpintero sin oficio.

  Una pierna fracturada podía impedir que un jornalero caminara hasta la construcción.

  Y una lesión en la espalda podía privar a una familia de su único ingreso.

  David miró hacia las estructuras de madera.

  Pensó en la pieza alterada que había descubierto poco antes.

  No sabía si ambos acontecimientos tenían alguna relación.

  Pero comprendió que una rivalidad capaz de llegar hasta las herramientas y los materiales podía terminar en una tragedia.

La escuadra apareció

  Cerca del final de la jornada, Efraín encontró la herramienta desaparecida.

  Estaba detrás de unas piezas de madera, lejos del lugar donde David había trabajado aquella mañana.

  El anciano la recogió y la examinó.

  Después llamó a David.

  —Ven a ver esto.

  David se acercó.

  Reconoció inmediatamente su escuadra.

  Tenía una pequeña marca que él mismo había hecho tiempo atrás.

  —Es mía.

  La tomó entre las manos.

  Sintió alivio al recuperarla.

  —¿Dónde estaba?

  Efraín señaló el espacio entre las maderas.

  David observó el lugar.

  No había ninguna razón para que la herramienta hubiera terminado allí.

  Joel y Simón se acercaron.

  —Alguien la escondió —dijo Joel.

  Efraín levantó la mano.

  —Eso parece. Pero no sabemos quién.

  El anciano observó a David con seriedad.

  —Escúchame. No acuses a nadie sin pruebas. Pero tampoco vuelvas a dejar tus herramientas donde otro pueda tomarlas fácilmente.

  David asintió.

  —Tienes razón.

  Efraín le devolvió la escuadra.

  —En este oficio necesitas confiar en los hombres que trabajan contigo. Pero también necesitas aprender a distinguir a quién puedes darle la espalda.

  David guardó cuidadosamente la herramienta en el fondo de su bolsa.

  Miró hacia donde trabajaba Malquías.

  El hombre estaba ocupado preparando unas piezas y no parecía prestarles atención.

  David deseó poder preguntarle directamente qué había hecho.

  Pero sabía que todavía no tenía pruebas suficientes.

  Y no estaba dispuesto a convertirse en el hombre que acusaba sin saber.

La conversación con Natán

  Antes de marcharse, David se acercó al encargado.

  Natán estaba revisando el trabajo terminado durante la jornada.

  Levantó la cabeza.

  —¿Qué necesitas?

  —Encontramos mi escuadra.

  —Bien.

  —Estaba escondida detrás de unas maderas, lejos de donde trabajo.

  Natán dejó lo que estaba haciendo.

  David continuó:

  —También encontré una pieza modificada durante el descanso. No sé quién lo hizo, pero me preocupa que alguien termine lastimado.

  El encargado lo observó.

  —¿Estás acusando a alguien?

  David respiró profundamente.

  —No tengo pruebas para acusar a nadie.

  Natán permaneció callado.

  —Pero necesito trabajar —añadió David—. Y no puedo hacerlo si mis herramientas desaparecen o si alguien modifica las piezas que estoy preparando.

  El encargado cruzó los brazos.

  Durante unos instantes pareció considerar sus palabras.

  Finalmente habló.

  —He trabajado con muchos hombres, David. Algunos saben colaborar. Otros creen que para conservar su lugar necesitan perjudicar al compañero.

  David guardó silencio.

  —He visto discusiones por herramientas, peleas por jornales y hombres que culpan a otros cuando algo sale mal.

  Natán señaló hacia la construcción.

  —Pero hay algo que no voy a permitir: que alguien ponga en peligro a los trabajadores.

  —Eso es lo que me preocupa.

  El encargado asintió.

  —Cuida tus herramientas. Revisa cada pieza antes de entregarla. Y si descubres algo concreto, ven directamente a decírmelo.

  David agradeció aquellas palabras.

  No había conseguido resolver el problema.

  Pero Natán había comprendido la gravedad de lo ocurrido.

  Cuando se retiró, el encargado permaneció observando la construcción.

  Su expresión era seria.

El camino con Joel

  David salió de Séforis cuando el sol comenzaba a descender.

  Joel caminó junto a él durante un tramo.

  Ambos llevaban sus herramientas.

  Durante varios minutos permanecieron en silencio.

  Finalmente el muchacho habló.

  —Malquías no te dejará tranquilo fácilmente.

  David lo miró.

  —¿Por qué estás tan seguro?

  Joel se encogió de hombros.

  —Porque Natán ha comenzado a confiar en ti.

  —Yo no he intentado quitarle el trabajo a nadie.

  —Eso no importa.

  David frunció el ceño.

  Joel continuó:

  —Hay hombres que no soportan que otro sea reconocido por hacer bien su trabajo.

  —Todos necesitamos el jornal.

  —Precisamente. Algunos creen que si otro hombre consigue trabajo, ellos terminarán perdiéndolo.

  David miró hacia las colinas.

  Había conocido rivalidades antes, pero nunca había imaginado que alguien pudiera intentar desacreditarlo alterando sus materiales.

  —No quiero problemas —dijo.

  Joel asintió.

  —Entonces no los busques. Pero tampoco permitas que te hagan culpable de lo que no has hecho.

  Caminaron un poco más.

  Cuando llegaron al lugar donde sus caminos se separaban, Joel levantó una mano.

  —Nos vemos mañana.

  David respondió al saludo.

  Después continuó solo hacia Nazaret.

La casa donde nadie competía por su lugar

  Cuando David llegó a casa, sus hijos estaban jugando sobre el suelo.

  Su esposa preparaba la comida.

  La pequeña corrió hacia él.

  David dejó las herramientas y la levantó en brazos.

  Su hijo mayor se acercó con una pequeña construcción de madera.

  —Padre, mira lo que hice.

  David se sentó sobre una estera.

  Examinó la pieza.

  —Está mejor que la anterior.

  El niño sonrió orgulloso.

  —Porque hice lo que me enseñaste.

  David sintió una satisfacción que contrastaba profundamente con lo ocurrido durante la jornada.

  Había pasado el día rodeado de sospechas.

  Ahora estaba junto a un niño que confiaba en él y que deseaba aprender de sus manos.

  Su esposa se acercó.

  —¿Cómo estuvo el día?

  David pensó en responder que había sido normal.

  Pero decidió contarle lo sucedido.

  —Difícil.

  Ella se sentó cerca.

  —¿Qué pasó?

  David le habló de Malquías, de los comentarios que había escuchado, de la escuadra desaparecida y de la pieza de madera que alguien había modificado.

  Su esposa lo escuchó sin interrumpirlo.

  Cuando terminó, permaneció pensativa.

  —¿Crees que quiere quitarte el trabajo?

  David bajó la mirada.

  —No lo sé. Pero parece decidido a conseguir que Natán deje de confiar en mí.

  Ella observó las herramientas.

  Después tomó una de sus manos.

  La piel estaba áspera y los dedos tenían pequeñas heridas.

  —Entonces tendrás que ser más cuidadoso.

  David asintió.

  Su esposa apretó suavemente su mano.

  —Estas manos han trabajado demasiado para que otro hombre destruya tu reputación con mentiras.

  David la miró.

  —Haré todo lo posible por impedirlo.

  Ella se acercó un poco más.

  —Pero prométeme algo.

  —¿Qué cosa?

  —Que no permitirás que te provoque hasta hacer algo de lo que después puedas arrepentirte.

  David permaneció callado.

  Había sentido deseos de enfrentarse a Malquías en varias ocasiones.

  Y sabía que, si aquello continuaba, podría llegar un momento en que le resultara difícil contenerse.

  Finalmente respondió:

  —Te lo prometo.

La noche de las preguntas

  Más tarde, cuando los niños se acostaron, David permaneció despierto.

  Su esposa dormía cerca.

  La pequeña tenía una mano extendida sobre la manta de su madre.

  El hijo mayor descansaba profundamente.

  David observó la bolsa de herramientas junto a la entrada.

  La escuadra había regresado a su lugar.

  Pero la tranquilidad no.

  Hasta entonces había pensado que los mayores peligros de su oficio estaban en las cargas pesadas, las herramientas afiladas, las caídas y los accidentes.

  Ahora comprendía que un hombre también podía perder su sustento por una mentira.

  Si Natán dejaba de confiar en él, quizá no volvería a contratarlo.

  Y si una pieza alterada provocaba un accidente, las consecuencias podían ser mucho peores que perder un jornal.

  David se acomodó sobre la estera.

  Recordó la sonrisa de Malquías cuando Natán lo había reprendido.

  Aquella expresión le había revelado algo que todavía le costaba aceptar.

  No todos los hombres que trabajaban juntos eran amigos.

  Y algunos podían ser más peligrosos que las piedras que levantaban.

  Al día siguiente tendría que regresar a Séforis.

  Malquías probablemente estaría allí.

  Y David todavía no sabía hasta dónde estaría dispuesto a llegar para verlo perder su trabajo.

Y el Verbo fue hecho carne

  «Y aquel Verbo fue hecho carne, y habitó entre nosotros» (Juan 1:14).

Y aquel Verbo fue hecho carne, y también tuvo queTrabajar entre hombres de carne y hueso, en un mundo donde existían la envidia, las rivalidades, las mentiras y las injusticias. La encarnación no lo colocó al margen de aquella realidad humana.

Continuara en el capitulo 10

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Autor

Elio Rivera

El Dr. Elio M. Rivera es médico, pastor, escritor y fundador del Museo La Vida y Obra de Jesucristo, de la casa hogar Manantial de Amor y Comunidad Cristiana Mana. Ha viajado extensamente por Israel estudiando los lugares históricos relacionados con la vida de Jesucristo. Además de su labor ministerial y humanitaria, también es hombre de negocios, autor de más de 60 libros.