04. Jesús habló el lenguaje de la vida — Cuando Nazaret comienza a explicar las parábolas

Dr. Elio M Rivera

Texto clave: Mateo 13:34

“Todo esto habló Jesús por parábolas a la gente, y sin parábolas no les hablaba.”

Hemos recorrido Nazaret.

Entramos en una casa.

Vimos amanecer.

Imaginamos el momento en que había que levantarse porque comenzaba otro día.

Observamos el trabajo necesario para mantener una familia.

El pan que había que preparar.

La ropa que había que lavar.

Las cosas que se rompían y debían repararse.

Las monedas que había que contar.

Los jornaleros que esperaban trabajo.

Los campos.

Las semillas.

Las viñas.

Los pastores.

Las ovejas.

Las bodas.

Los funerales.

Los caminos.

El sábado.

La sinagoga.

La vida de una pequeña población de Galilea.

Durante muchos capítulos hemos recorrido todo aquello intentando responder una pregunta:

¿Cómo era el mundo en el que Jesús creció?

Pero ahora podemos hacer otra pregunta.

Una pregunta que quizá solamente podemos responder después de haber recorrido todo lo anterior:

¿Qué hizo Jesús con todo aquel mundo cuando comenzó a enseñar?

La respuesta es extraordinaria.

Lo convirtió en lenguaje.

Cuando Jesús comenzó a hablar, Nazaret apareció en sus palabras

Años después, las multitudes comenzaron a reunirse alrededor de Jesús.

Ahora había personas esperando escucharlo.

Algunas recorrían distancias para encontrarlo.

Había discípulos.

Había enfermos.

Había curiosos.

Había religiosos.

Había personas que lo seguían porque habían escuchado acerca de sus milagros.

Y entonces Jesús comenzó a hablarles acerca de algunas de las verdades más grandes que un ser humano puede escuchar.

El reino de Dios.

El perdón.

La misericordia.

La justicia.

La fe.

El juicio.

La obediencia.

La gracia.

La eternidad.

Pero resulta sorprendente observar cómo decidió hablar de ellas.

No utilizó normalmente el lenguaje de los filósofos.

No construyó sus enseñanzas alrededor de conceptos incomprensibles para la gente común.

Miró el mundo de quienes estaban delante de Él.

Y comenzó a hablar.

“He aquí, el sembrador salió a sembrar.”

—Mateo 13:3.

Un campesino podía comprender aquella primera frase.

Había visto sembradores.

Quizá él mismo había sembrado.

Después Jesús habló de semilla.

Camino.

Pedregales.

Espinos.

Buena tierra.

Todo estaba allí.

El campo se había convertido en una puerta hacia el corazón humano.

Pero Jesús no se quedó en el campo.

En otra ocasión dijo:

“El reino de los cielos es semejante a la levadura que tomó una mujer, y escondió en tres medidas de harina, hasta que todo fue leudado.”

—Mateo 13:33.

Ahora no estamos afuera.

Estamos dentro de la casa.

Una mujer.

Harina.

Levadura.

Una tarea doméstica.

Nada espectacular.

Nada que normalmente aparecería en los libros de los grandes acontecimientos de la historia.

Pero Jesús la miró…

y vio allí una manera de hablar del Reino de Dios.

Dios también podía ser explicado desde una cocina.

El Reino estaba escondido dentro de escenas conocidas

Jesús habló de una mujer que perdió una moneda.

“¿O qué mujer que tiene diez dracmas, si pierde una dracma, no enciende la lámpara, y barre la casa, y busca con diligencia hasta encontrarla?”

—Lucas 15:8.

Otra vez estamos dentro de una casa.

Una lámpara.

Una escoba.

Una moneda.

Una mujer buscando.

El lector moderno puede pasar rápidamente sobre la escena.

Pero nosotros ya hemos recorrido ese mundo.

Sabemos que una moneda podía representar mucho.

Sabemos que una casa necesitaba luz artificial cuando caía la noche.

Sabemos que había que limpiar.

Sabemos que cuando se tiene poco, perder algo pequeño puede sentirse enorme.

Jesús tomó esa experiencia y habló acerca del valor de lo perdido.

Después salió nuevamente al campo.

Una oveja desapareció.

El pastor la buscó.

“¿Qué hombre de vosotros, teniendo cien ovejas, si pierde una de ellas, no deja las noventa y nueve en el desierto, y va tras la que se perdió, hasta encontrarla?”

—Lucas 15:4.

Nosotros ya conocemos esa escena.

Sabemos que perder una oveja significaba preocupación.

Había que contar.

Descubrir que faltaba una.

Pensar dónde pudo haberse separado.

Regresar.

Buscar.

Escuchar.

Caminar.

Y continuar hasta encontrarla.

Jesús tomó aquella preocupación de un pastor…

y mediante ella mostró algo del corazón de Dios.

Después apareció un hombre endeudado.

Un acreedor.

Un administrador.

Un propietario.

Un trabajador esperando ser contratado.

Un hombre calculando cuánto costaría construir.

Otro almacenando una cosecha.

Una viuda con unas pequeñas monedas.

Un comerciante buscando buenas perlas.

Un hombre que encontró un tesoro.

Un padre y sus hijos.

Un rey.

Un siervo.

Una boda.

Una lámpara esperando durante la noche.

Una casa construida sobre roca.

Otra construida sobre arena.

El mundo entero de la gente común comenzó a aparecer en sus palabras.

Y ahora nosotros podemos comenzar a comprender por qué.

Jesús hablaba el lenguaje de la vida.

No necesitaba sacar a las personas de su mundo

Ésta quizá sea una de las características más hermosas de su manera de enseñar.

Jesús no decía:

“Olviden su vida cotidiana para poder comprender a Dios.”

Hacía prácticamente lo contrario.

Parecía decir:

“Miren mejor.”

¿Ve aquella semilla?

Mírela otra vez.

¿Ve al sembrador?

Hay algo que quiero enseñarle.

¿Conoce una mujer preparando harina?

Mire lo que ocurre cuando la levadura comienza a extenderse.

¿Ha perdido alguna vez algo que realmente necesitaba?

Entonces sabe lo que significa buscar.

¿Ha tenido una deuda?

Entonces comprende el peso de deber.

¿Ha esperado alguna vez que alguien lo contrate?

Entonces conoce la incertidumbre del jornalero.

¿Ha visto a un pastor buscando una oveja?

¿Ha asistido a una boda?

¿Ha encendido una lámpara?

¿Ha construido una casa?

¿Ha visto crecer una planta?

¿Ha esperado una cosecha?

Entonces ya posee dentro de su propia vida imágenes que pueden ayudarlo a comprender algo del Reino de Dios.

Eso es extraordinario.

Porque significa que Jesús dignificó la vida ordinaria convirtiéndola en vehículo de verdades eternas.

La cocina podía enseñar.

El campo podía enseñar.

Una moneda podía enseñar.

Una deuda podía enseñar.

Una lámpara podía enseñar.

Una boda podía enseñar.

Una oveja podía enseñar.

Una construcción podía enseñar.

La vida estaba llena de puertas.

Jesús sabía abrirlas.

Después de escucharlo, el mundo ya no se veía igual

Imagine por un momento lo que podía ocurrir después.

Un campesino escucha a Jesús hablar del sembrador.

Regresa a su trabajo.

Días después vuelve a tomar semilla en sus manos.

La ha tomado muchas veces.

Pero ahora puede recordar:

“He aquí, el sembrador salió a sembrar.”

La semilla sigue siendo semilla.

El campo sigue siendo campo.

Pero ahora también puede recordarle algo acerca de su corazón.

Una mujer prepara harina.

Añade levadura.

Observa cómo aquello comienza a extenderse.

Lo ha hecho muchas veces.

Pero ahora recuerda que Jesús dijo:

“El reino de los cielos es semejante a la levadura…”

Un pastor escucha una oveja.

La conoce.

Sabe cómo se comporta.

Pero quizá ahora recuerda al pastor que buscó la que se había perdido.

Una mujer enciende una lámpara.

Un hombre paga un jornal.

Otro cobra una deuda.

Una familia asiste a una boda.

Un trabajador coloca una piedra sobre otra.

Y de pronto algo que pertenecía a la vida cotidiana podía traer nuevamente a la memoria una enseñanza de Jesús.

Ésa era una fuerza extraordinaria de las parábolas.

Jesús terminaba de hablar, pero la parábola continuaba hablando.

El mundo se encargaba de repetirla.

Cada nueva siembra podía recordarla.

Cada cosecha.

Cada lámpara.

Cada moneda.

Cada oveja.

Cada deuda.

Cada boda.

Cada casa.

Las enseñanzas podían caminar de regreso con las personas hasta sus hogares.

Las parábolas tenían polvo en los pies

A veces podemos cometer un error al leerlas.

Las encontramos impresas en una Biblia.

Las estudiamos dentro de una iglesia.

Las dividimos en puntos.

Las analizamos palabra por palabra.

Todo eso puede ser útil.

Pero las parábolas no nacieron originalmente sobre una página impresa.

Nacieron en un mundo vivo.

Tenían tierra.

Polvo.

Sudor.

Hambre.

Dinero.

Trabajo.

Animales.

Casas.

Familias.

Conflictos.

Alegrías.

Pérdidas.

Esperas.

Preocupaciones.

Una parábola acerca de un jornalero tenía detrás a hombres que necesitaban trabajar.

Una parábola acerca de una deuda tenía detrás la angustia real de deber.

Una parábola acerca de una oveja perdida tenía detrás el trabajo de un pastor.

Una parábola acerca de una cosecha tenía detrás meses de espera.

Una parábola acerca de una boda tenía detrás una celebración que todo el pueblo podía comprender.

Una parábola acerca de una lámpara tenía detrás una casa donde la oscuridad llegaba cada noche.

Las parábolas tenían polvo en los pies porque habían nacido entre personas que caminaban sobre la tierra.

Jesús había vivido entre esas imágenes

Aquí regresamos finalmente a Nazaret.

No necesitamos afirmar que conocemos el momento exacto en que Jesús observó por primera vez un sembrador.

No sabemos qué mujer vio preparar determinada masa.

No sabemos qué pastor conoció.

No sabemos qué mercado visitó en un día específico.

No sabemos qué construcción observó.

No sabemos qué boda de su juventud quedó en su memoria.

Y no necesitamos inventarlo.

Sabemos algo mucho más importante.

Vivió durante años dentro de ese mundo.

Había campos alrededor.

Había casas.

Había trabajadores.

Había animales.

Había matrimonios.

Había niños.

Había comerciantes.

Había propietarios.

Había jornaleros.

Había pobres.

Había personas endeudadas.

Había familias contando monedas.

Había mujeres preparando alimento.

Había hombres construyendo.

Había pastores cuidando rebaños.

Había semillas desapareciendo bajo la tierra.

Y todo aquello pasó durante años delante de sus ojos.

Por eso, cuando finalmente comenzó a enseñar, sus palabras no parecían desprendidas de la vida.

Estaban llenas de ella.

Nazaret comienza a explicar las parábolas

Ahora comprendemos por qué necesitábamos caminar durante tanto tiempo por aquella pequeña población.

Quizá al principio algunos detalles parecían demasiado ordinarios.

¿Por qué hablar del pan?

¿Por qué detenernos en una lámpara?

¿Por qué hablar del trabajo?

¿Por qué contar monedas?

¿Por qué entrar en el campo?

¿Por qué observar una oveja?

¿Por qué pensar en una boda?

¿Por qué detenernos en la construcción de una casa?

Porque años después, cuando Jesús abrió su boca para enseñar, todo ese mundo comenzó a aparecer nuevamente.

Nazaret había sido una aldea pequeña.

Pero las imágenes de aquella vida terminarían viajando por todo el mundo.

El sembrador sigue sembrando cada vez que alguien lee la parábola.

La mujer todavía busca su moneda.

El pastor todavía sale detrás de la oveja.

Los jornaleros todavía esperan en la plaza.

Las vírgenes todavía esperan al esposo con sus lámparas.

La semilla todavía cae en diferentes terrenos.

La casa sobre la roca todavía permanece cuando llega la tormenta.

Dos mil años después seguimos viendo aquellas escenas.

Y seguimos comprendiendo.

Porque aunque nuestro mundo ha cambiado enormemente, todavía conocemos muchas de las experiencias humanas que existen detrás de ellas.

Sabemos lo que significa perder.

Esperar.

Trabajar.

Deber.

Buscar.

Celebrar.

Construir.

Sembrar.

Tener miedo.

Tener esperanza.

Y por eso las parábolas siguen encontrándonos.

Jesús tomó lo cotidiano…

y lo hizo eterno.

Tomó cosas que desaparecían todos los días…

y mediante ellas habló de cosas que nunca desaparecerán.

Tomó la tierra…

y habló del cielo.

Y el Verbo se hizo carne

El que conocía los misterios del Reino aceptó vivir durante años entre las cosas sencillas de nuestra vida.

Vio campos.

Casas.

Semillas.

Lámparas.

Monedas.

Viñas.

Jornaleros.

Pastores.

Ovejas.

Bodas.

Niños.

Deudas.

Construcciones.

Vio la vida que nosotros vivimos.

Y cuando llegó el momento de hablarnos de las cosas del cielo, no despreció las cosas de la tierra.

Las tomó en sus manos.

Y mediante ellas nos enseñó.

El Verbo eterno aprendió nuestro lenguaje cotidiano.

Y después utilizó ese lenguaje para hablarnos de verdades eternas.

Y el Verbo se hizo carne y convirtió el mundo cotidiano que había conocido durante años en el lenguaje con el que enseñó las verdades del Reino de Dios.

Y el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros.

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Autor

Elio Rivera

El Dr. Elio M. Rivera es médico, pastor, escritor y fundador del Museo La Vida y Obra de Jesucristo, de la casa hogar Manantial de Amor y Comunidad Cristiana Mana. Ha viajado extensamente por Israel estudiando los lugares históricos relacionados con la vida de Jesucristo. Además de su labor ministerial y humanitaria, también es hombre de negocios, autor de más de 60 libros.