Dr. Elio M Rivera
Texto clave: Deuteronomio 15:11
“Porque no faltarán menesterosos en medio de la tierra…”
Uno puede vivir durante años en una población y aprender mucho acerca de sus habitantes sin que nadie se lo explique.
Basta mirar.
Hay familias que viven con tranquilidad.
Otras hacen cuentas antes de comprar.
Hay personas que poseen tierras.
Otras trabajan tierras ajenas.
Hay quienes pueden contratar.
Y quienes necesitan ser contratados.
Algunos tienen reservas para enfrentar un mal año.
Otros viven tan cerca del límite que cualquier problema puede alterar completamente su vida.
Eso también formaba parte del mundo en el que Jesús creció.
Nazaret era una población pequeña, pero no estaba aislada de la realidad económica de Galilea.
Alrededor había campos.
Aldeas.
Propiedades.
Trabajadores.
Ciudades.
Autoridades.
Impuestos.
Comercio.
Y personas situadas en lugares muy diferentes dentro de aquella sociedad.
Jesús creció viendo algo que nosotros seguimos viendo dos mil años después:
la vida no pesa igual cuando se tienen recursos que cuando se carece de ellos.

Los pobres, la clase social predominante en Galilea del siglo primero
No todos comenzaban el día desde el mismo lugar
Dos hombres podían levantarse bajo el mismo cielo de Galilea.
Pero eso no significaba que enfrentaran el mismo día.
Uno podía poseer tierra.
Otro dependía de trabajar para alguien que la poseía.
Uno podía tener producción almacenada.
Otro necesitaba recibir un jornal.
Uno podía soportar que un negocio saliera mal.
Para otro, perder una jornada podía significar un problema inmediato.
Externamente ambos eran hombres trabajando.
Pero su margen para equivocarse era completamente diferente.
Y ésa es una de las realidades más profundas de la desigualdad.
Para quien tiene mucho, un problema puede ser una molestia.
Para quien tiene poco, el mismo problema puede convertirse en una crisis.
El propietario podía esperar
Imagine una mala semana.
Algo no se vendió.
Una cosecha produjo menos de lo esperado.
Un animal se perdió.
Una herramienta se rompió.
Quien poseía suficientes recursos podía sentir la pérdida y continuar.
Quizá tenía reservas.
Otra propiedad.
Productos almacenados.
Dinero disponible.
Personas a quienes recurrir.
Pero para una familia que vivía con muy poco margen, cualquier alteración podía sentirse inmediatamente.
No hacía falta una catástrofe.
A veces bastaba una sucesión de pequeños problemas.
Algo se rompe.
Hay que reemplazarlo.
El trabajo disminuye.
Aparece una obligación.
El alimento sube de precio.
Y de pronto la familia comienza a quitar de un lugar para cubrir otro.
La pobreza muchas veces no llega con un estruendo.
Puede llegar lentamente.
Una necesidad después de otra.
El pobre tenía menos espacio para que algo saliera mal
Ésta es una experiencia que muchas personas comprenden perfectamente.
Cuando hay abundancia, un gasto inesperado irrita.
Cuando apenas alcanza, asusta.
La diferencia no está solamente en cuánto cuesta aquello.
Está en lo que viene después.
“Si pago esto, ¿qué dejo de pagar?”
“Si compro aquello, ¿qué ya no podremos comprar?”
“¿Puede esperar?”
“¿Podemos repararlo?”
“¿Habrá trabajo mañana?”
La preocupación económica tiene una característica agotadora:
obliga a pensar constantemente en el futuro inmediato.
No necesariamente en el próximo año.
A veces en la próxima semana.
O en mañana.

Había hombres que poseían mucho
Los Evangelios reflejan un mundo donde existían personas con propiedades considerables.
Terratenientes.
Hombres capaces de contratar numerosos trabajadores.
Personas con administradores.
Dueños de viñas.
Hombres que podían almacenar grandes cosechas.
Comerciantes con capital.
No debemos convertir automáticamente a todos ellos en personas injustas.
Poseer no era en sí mismo una acusación.
Había propietarios honestos.
Personas generosas.
Hombres que cumplían sus obligaciones.
La cuestión es que su experiencia de la vida era distinta.
Podían decidir contratar.
Comprar.
Prestar.
Invertir.
Almacenar.
Su riqueza les daba opciones que otros no tenían.
Y tener opciones cambia profundamente la manera de enfrentar el mundo.
Otros solamente tenían sus manos
En el otro extremo estaba quien podía ofrecer fundamentalmente una cosa:
su trabajo.
Su fuerza.
Su habilidad.
Su tiempo.
Mientras pudiera trabajar, podía producir.
Pero eso lo hacía vulnerable.
Porque las manos solamente generan un jornal cuando alguien necesita esas manos.
Ya vimos al jornalero esperando ser contratado.
Ahora observemos lo que significa socialmente.
El propietario podía preguntarse:
“¿Cuántos trabajadores necesito hoy?”
El jornalero se hacía una pregunta completamente diferente:
“¿Alguien necesitará hoy de mí?”
Uno decidía si contrataba.
El otro esperaba ser escogido.
La misma relación económica se veía completamente diferente dependiendo del lado desde donde se viviera.
Después estaban los campesinos
La tierra podía proporcionar alimento.
Pero también exigía muchísimo.
Había que preparar.
Sembrar.
Esperar.
Cuidar.
Cosechar.
Y entre sembrar y cosechar existía una realidad que ningún campesino podía controlar completamente.
El clima.
La cantidad de lluvia.
Las plagas.
Las enfermedades de las plantas.
Una mala temporada podía significar mucho más que una decepción.
Cuando la supervivencia de una familia está relacionada con lo que produce la tierra, mirar el cielo también puede convertirse en una preocupación económica.
Quizá por eso el mundo agrícola aparece con tanta fuerza posteriormente en las enseñanzas de Jesús.
Campos.
Cosechas.
Viñas.
Trabajadores.
Graneros.
Trigo.
Cizaña.
Higueras.
No eran decoraciones poéticas.
Formaban parte del paisaje humano de Galilea.
La viuda podía quedar en una posición especialmente vulnerable
Había personas para quienes la estructura social podía resultar todavía más difícil.
Entre ellas estaban muchas viudas.
La Ley de Moisés había mostrado una preocupación especial por la viuda, el huérfano y el extranjero precisamente porque podían quedar expuestos a abuso y necesidad.
Deuteronomio ordenaba:
“No torcerás el derecho del extranjero ni del huérfano, ni tomarás en prenda la ropa de la viuda.”
—Deuteronomio 24:17.
La existencia misma de esas protecciones revela la vulnerabilidad.
Una mujer que perdía a su marido podía perder también una parte importante de la seguridad económica de su hogar, especialmente si no contaba con hijos adultos, propiedades suficientes o una red familiar capaz de sostenerla.
Por eso, cuando años después Jesús habló de viudas, sus oyentes no escuchaban una categoría abstracta.
Veían un rostro conocido.
La pobreza tenía rostro
Éste es quizá el punto que más necesitamos sentir.
Nosotros hablamos de “los pobres” y podemos convertirlos sin querer en una estadística.
En una comunidad pequeña eso era mucho más difícil.
El pobre podía tener nombre.
Uno sabía dónde vivía.
Conocía a sus hijos.
Había visto lo que le había ocurrido.
Quizá recordaba cuando la familia estaba mejor.
La pobreza no era solamente una condición económica.
Era la situación de alguien conocido.
La mujer que necesitaba ayuda.
El hombre que llevaba tiempo sin encontrar suficiente trabajo.
La familia que había perdido algo.
El anciano que ya no podía producir como antes.
El mendigo que dependía de la generosidad de otros.
Jesús creció en un mundo donde la necesidad humana podía encontrarse caminando.
También había mendigos
La discapacidad, la pérdida de capacidad laboral, la ausencia de apoyo familiar u otras circunstancias podían llevar a algunas personas a depender de la limosna.
Los Evangelios reflejan repetidamente esa realidad.
Personas colocadas en lugares donde podían pedir.
Hombres ciegos.
Personas incapaces de sostenerse mediante un trabajo ordinario.
Gente dependiendo de que alguien se detuviera.
Pensemos en lo que significa vivir así.
Ver pasar personas todo el día.
Escuchar pasos.
Pedir.
Alguien da.
Otro continúa.
Hay que volver a pedir.
La dignidad humana sigue allí.
Los deseos siguen allí.
La personalidad sigue allí.
Pero la supervivencia depende en parte de la decisión de otra persona de abrir la mano.
La Torá había dicho:
“…abrirás a él tu mano liberalmente…”
—Deuteronomio 15:8.
Porque cerrar la mano tenía consecuencias sobre una persona real.
Algunos podían pasar de un lado al otro
Y ésta era quizá una de las realidades más inquietantes.
Las categorías no siempre eran permanentes.
Una familia podía tener cierta estabilidad y después perderla.
Una deuda podía crecer.
Una mala cosecha podía debilitarla.
La pérdida del principal proveedor podía cambiarlo todo.
Una propiedad podía disminuir.
Algo podía tener que venderse.
Después otra cosa.
La distancia entre “tenemos suficiente” y “necesitamos ayuda” podía ser mucho menor de lo que parecía.
Por eso la pobreza no siempre pertenecía a “otros”.
Podía acercarse.
La deuda podía profundizar la diferencia
El que poseía recursos podía prestar.
El que no los tenía podía necesitar pedir.
Y desde ese momento parte del futuro del deudor quedaba comprometida.
Si todo salía bien, pagaba.
Pero si aparecía otro problema, la situación podía complicarse.
La deuda podía aumentar la dependencia y hacer más difícil recuperar estabilidad.
La Ley de Israel había establecido diferentes protecciones precisamente para evitar que la necesidad destruyera completamente a una persona.
Prohibía aprovecharse del pobre.
Regulaba las prendas.
Ordenaba generosidad.
Recordaba constantemente que Israel mismo había conocido la esclavitud.
Porque una sociedad puede acostumbrarse con extraordinaria facilidad a mirar la necesidad…
hasta dejar de verla.
Y estaban quienes cobraban
En medio de aquel mundo aparecían también los cobradores de impuestos.
Ya hablamos del sistema económico que representaban.
Aquí interesa otra cosa:
su posición social.
Un publicano podía tener dinero y, al mismo tiempo, ser despreciado.
Eso nos recuerda que riqueza y aceptación social no son exactamente lo mismo.
Una persona podía prosperar económicamente y perder respeto dentro de su comunidad.
Podía tener recursos…
pero no confianza.
Podía tener dinero…
pero escuchar lo que otros decían de él cuando pasaba.
La desigualdad humana no funciona solamente en una dirección.
Hay personas que carecen de dinero.
Otras carecen de aceptación.
Otras poseen ambas cosas.
Y algunas no tienen ninguna.
Los niños también ven estas diferencias
No hace falta ser adulto para descubrir que algunas familias tienen más.
Los niños lo perciben muy pronto.
Uno tiene algo que otro no.
Una familia puede comprar con mayor facilidad.
Otra tiene que esperar.
Alguien lleva una prenda mejor.
Otro continúa utilizando la anterior.
Uno puede permitirse perder algo.
Al otro le preocupa regresar a casa y explicar que lo perdió.
Los niños observan.
Quizá no conocen las palabras riqueza, pobreza o desigualdad social.
Pero entienden perfectamente:
“Ellos pueden.”
“Nosotros no.”
Y también pueden descubrir lo contrario:
“Nosotros tenemos algo que ellos necesitan.”
Así comienza la conciencia del mundo social.
La riqueza también podía aislar
Tener mucho resolvía problemas reales.
Sería absurdo negarlo.
Permitía mejor alimentación.
Mayor seguridad.
Capacidad para enfrentar pérdidas.
Posibilidad de contratar ayuda.
Más alternativas.
Pero el dinero también podía crear distancia.
Quien posee mucho puede comenzar a vivir rodeado principalmente de personas que también poseen.
Puede dejar de sentir lo que significa esperar un jornal.
Puede olvidar cuánto representa una moneda para quien tiene pocas.
Puede acostumbrarse a ser servido.
Y existe un peligro todavía mayor:
confundir comodidad con superioridad.
La sociedad puede terminar asignando diferente valor a las personas según lo que poseen.
Ésa es una tentación antigua.
El pobre también podía volverse invisible
Hay una escena que Jesús utilizaría posteriormente y que resume de manera estremecedora esa distancia.
Un hombre rico vive con abundancia.
A su puerta está Lázaro.
—Lucas 16:19-21.
No entraremos todavía en la enseñanza de la parábola.
Eso pertenece a otra serie.
Por ahora observemos solamente la imagen.
Una puerta.
De un lado, abundancia.
Del otro, necesidad.
La distancia física puede ser de unos cuantos metros.
La distancia humana puede ser enorme.
Eso es desigualdad.
No solamente que uno tenga más.
Sino que sea posible vivir tan cerca del sufrimiento de otra persona…
y continuar como si no estuviera allí.
Pero Nazaret no era una teoría social
Todo esto debemos devolverlo finalmente a nuestra historia.
Jesús no creció leyendo informes acerca de desigualdad.
La vio.
La sociedad de Galilea tenía propietarios y trabajadores.
Personas con recursos y personas vulnerables.
Viudas.
Campesinos.
Jornaleros.
Mendigos.
Deudores.
Cobradores.
Gente que podía prestar.
Gente que necesitaba pedir.
Y todos compartían el mismo mundo.
Se encontraban en caminos.
Poblaciones.
Campos.
Reuniones.
Mercados.
Jesús creció entre esas diferencias.
El rostro detrás de la condición
Quizá aquí comenzamos a entender algo que más adelante será imposible ignorar en Jesús.
Cuando hablaba de un pobre, nunca parecía estar hablando simplemente de una categoría.
Cuando hablaba de una viuda, podía describir su situación.
Cuando hablaba de un jornalero, entendía su espera.
Cuando hablaba de un rico, conocía sus posibilidades y también sus peligros.
Cuando hablaba de un deudor, sabía lo que significaba tener una obligación encima.
Cuando hablaba de alguien que tenía hambre, no utilizaba una palabra decorativa.
Aquellas realidades pertenecían al mundo que había observado durante años.
No necesitamos adelantar todavía lo que hará con ellas.
Eso vendrá después.
Por ahora basta verlo caminar por una sociedad desigual.
Dos personas podían cruzarse en el mismo camino
Una lleva suficiente.
La otra espera conseguir algo.
Una posee tierras.
La otra busca trabajo.
Una piensa dónde almacenar lo que tiene.
La otra calcula cuánto puede comprar.
Una presta.
La otra pide.
Una teme perder parte de su riqueza.
La otra teme no tener suficiente.
Ambas pasan una junto a la otra.
Ambas son parte de Israel.
Ambas tienen familia.
Ambas tienen preocupaciones.
Ambas tienen nombre.
Y ambas viven delante de Dios.
Ése era el mundo que Jesús veía.
Jesús aprendió a mirar personas
Tal vez ésta sea una de las cosas más importantes que Nazaret y Galilea nos permiten contemplar.
Jesús creció viendo diferencias…
pero delante de Él nunca dejaron de existir personas.
El rico seguía siendo una persona.
El pobre también.
El propietario.
El jornalero.
La viuda.
El cobrador.
El endeudado.
El mendigo.
Después, durante su ministerio, lo veremos entrar en casas de personas con recursos.
También lo veremos rodeado de pobres.
Hablará con cobradores de impuestos.
Defenderá a vulnerables.
Advertirá a quienes confían en sus riquezas.
Pero todavía no lleguemos allí.
Por ahora estamos en Nazaret.
Estamos viendo crecer al muchacho.
Y alrededor de Él hay una sociedad donde unos tienen mucho y otros apenas suficiente.
Donde algunos pueden elegir y otros dependen de que alguien les dé una oportunidad.
Donde una puerta puede separar abundancia de necesidad.
Donde una moneda puede ser insignificante para uno y muy importante para otro.
Jesús vio ese mundo durante años.
Lo observó desde cerca.
Y cuando finalmente comenzó a enseñar, no habló de una humanidad imaginaria.
Habló de propietarios y jornaleros.
De ricos y pobres.
De viudas y administradores.
De acreedores y deudores.
De hombres que construían graneros y de otros que pedían pan.
Porque ésas eran las personas que había visto toda su vida.
Y quizá ahí encontramos una clave para comprender posteriormente su manera de mirar al ser humano:
antes de hablarle a las multitudes, había vivido entre ellas.
No conocía solamente sus diferencias.
Conocía su mundo.
Y el Verbo se hizo carne
El dueño de todas las cosas aceptó vivir en un mundo donde algunos tenían mucho y otros casi nada.
Vio al propietario.
Y al jornalero.
Al que podía prestar.
Y al que necesitaba pedir.
Al que tenía reservas para mañana.
Y al que dependía del trabajo de hoy.
Vio viudas.
Mendigos.
Deudores.
Personas que podían elegir y otras que solamente podían esperar una oportunidad.
El Rey de reyes caminó por caminos donde una persona podía llevar abundancia mientras otra se preguntaba si tendría suficiente para comer.
Y antes de hablarles a las multitudes, vivió entre ellas.
Conoció sus diferencias.
Sus preocupaciones.
Sus necesidades.
Y sus rostros.
Y el Verbo se hizo carne y vivió entre ricos y pobres, propietarios y jornaleros, personas que tenían abundancia y otras que luchaban cada día para tener lo necesario.
Y el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros.
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