02. Hermanos y hermanas — Crecer compartiendo la vida

Dr. Elio M Rivera

Texto clave: Marcos 6:3

“¿No es éste el carpintero, hijo de María, hermano de Jacobo, de José, de Judas y de Simón? ¿No están también aquí con nosotros sus hermanas?”

Jesús no creció solo.

Marcos nos permite mirar por un instante dentro de su familia y menciona cuatro hermanos por nombre:

Jacobo, José, Judas y Simón.

Después añade algo más:

“…¿No están también aquí con nosotros sus hermanas?”

Hermanas.

En plural.

No sabemos cuántas.

Pero el dato es suficiente para cambiar por completo la imagen de aquella casa.

Porque una cosa es imaginar a Jesús con María y José.

Y otra muy diferente es colocar alrededor de ellos a una familia que, con el paso de los años, fue llenándose de hijos.

Más personas.

Más voces.

Más necesidades.

Más ropa.

Más comida.

Más trabajo.

Más personalidades compartiendo el mismo espacio.

Quien haya crecido dentro de una familia numerosa no necesita demasiadas explicaciones.

Sabe perfectamente lo que ocurre cuando son muchos.

Uno aprende muy pronto que el mundo no gira alrededor de uno.

Jesús compartiendo su vida con sus hermanos

Cuando todo tiene que alcanzar

Imagine el momento de comer.

Hay alimento.

Pero también hay muchas personas.

Y cuando son muchos, uno desarrolla una habilidad casi automática:

mirar cuánto hay.

Uno observa la comida.

Después mira a los demás.

Calcula.

No necesariamente porque exista hambre.

Simplemente porque aquello tiene que alcanzar.

Alguien toma una porción.

Después otro.

Después otro.

Y uno aprende que no puede servirse como si estuviera solo.

Quizá todavía tiene hambre.

Pero hay más personas alrededor.

Los pequeños también tienen que comer.

Los adultos también.

Eso enseña algo que difícilmente aprende quien nunca tiene que compartir:

la existencia de los demás pone límites a nuestros deseos.

Y no solamente ocurría con la comida.

Ocurría con casi todo.

La ropa.

El espacio.

Los objetos.

La atención.

El tiempo de los padres.

Los recursos de la familia.

Cuando son muchos, no siempre se puede comprar algo simplemente porque uno lo necesita o lo desea.

A veces hay otra necesidad más urgente.

Una prenda todavía sirve.

Un objeto puede repararse.

Algo puede pasar de un hermano a otro.

Y aparece una frase que millones de niños han escuchado:

“Todavía sirve.”

La ropa podía tener historia

Para nosotros, recibir ropa nueva puede parecer algo normal.

En una familia modesta del mundo antiguo, una prenda representaba mucho trabajo y tenía que aprovecharse.

Eso significa que probablemente una prenda que todavía estuviera en buenas condiciones podía continuar utilizándose.

Quizá había pertenecido antes a otro miembro de la familia.

No necesitamos afirmar qué prendas concretas utilizaron los hermanos de Jesús.

Pero sí podemos comprender la experiencia.

El hermano mayor crece.

La ropa deja de quedarle.

Todavía está buena.

Entonces alguien menor puede utilizarla.

Y el pequeño recibe algo que para él es nuevo…

aunque no sea nuevo.

Quien creció así conoce perfectamente la sensación.

A veces uno estaba contento.

Otras veces no tanto.

Porque quizá la prenda que heredamos no era la que habríamos escogido.

Tal vez tenía una reparación visible.

Quizá ya conocíamos perfectamente quién la había usado antes.

Pero todavía servía.

Y cuando los recursos tienen límites, “todavía sirve” es una razón suficiente.

Jesús creció dentro de una familia donde las cosas tenían valor porque obtenerlas costaba trabajo.

“Espera”

Después estaba la atención.

Éste quizá sea uno de los aprendizajes más difíciles para un niño.

Mamá está ocupada.

Pero uno necesita algo.

Entonces llama.

Y escucha:

“Espera.”

Un hermano está hablando con papá.

Hay que esperar.

El pequeño necesita ayuda.

Hay que esperar.

Alguien está siendo atendido.

Hay que esperar.

Uno quiere contar algo importantísimo que acaba de ocurrir.

Para el niño es urgentísimo.

Pero para los adultos quizá no.

Hay que esperar.

Y esperar cuando se tienen siete años puede sentirse como una eternidad.

Uno vuelve a preguntar.

“¿Ya?”

Todavía no.

Se va.

Regresa.

“¿Ahora?”

Quien creció con muchos hermanos probablemente recuerda algo parecido.

No porque sus padres no lo amaran.

Precisamente porque tenían que amar y atender a varios al mismo tiempo.

El amor podía ser abundante.

El tiempo no.

Y los hijos tenían que aprender esa diferencia.

Algunas veces parecía injusto

Y entonces llegamos a una de las experiencias universales de tener hermanos.

“No es justo.”

El otro recibió primero.

El otro recibió más.

A él lo dejaron.

A mí no.

Yo estaba aquí primero.

Él lo tomó.

Yo no fui.

Él empezó.

¿Por qué yo?

Los padres conocen esas frases.

Los hermanos también.

No necesitamos imaginar discusiones concretas dentro de la familia de Jesús.

Los Evangelios no las cuentan.

Pero sus hermanos y hermanas eran personas reales.

No personajes colocados inmóviles alrededor del Hijo de Dios.

Eran niños que crecieron.

Tenían personalidades.

Necesidades.

Deseos.

Limitaciones.

Podían equivocarse.

Podían ser impacientes.

Podían tomar algo que otro estaba utilizando.

Podían hacer ruido cuando alguien quería tranquilidad.

Podían necesitar corrección.

Y podían sentir que una decisión de sus padres no había sido justa.

Porque hay algo que todo hijo termina descubriendo:

los padres no lo ven todo.

“¡Yo no fui!”

Quien creció con hermanos probablemente sonrió al leerlo.

Porque existe una injusticia pequeña, doméstica y antiquísima.

Algo aparece roto.

Mamá o papá llegan.

Preguntan:

“¿Quién hizo esto?”

Silencio.

Nadie sabe.

Nadie vio.

Nadie fue.

Y algunas veces la persona que termina recibiendo la corrección realmente no fue quien comenzó el problema.

Los padres humanos toman decisiones con la información que tienen.

José no era omnisciente.

María tampoco.

Podían no haber visto lo ocurrido.

Podían escuchar versiones diferentes.

Podían equivocarse al interpretar una situación.

No necesitamos afirmar que una escena determinada ocurrió con Jesús.

Pero sí hay algo profundamente conmovedor en comprender la clase de familia que aceptó habitar:

el único perfecto vivió entre personas imperfectas.

No personas malas.

Personas humanas.

Y la convivencia con seres humanos inevitablemente significa encontrarse alguna vez con decisiones que no nos favorecen.

No había dónde esconderse

Ahora agreguemos algo que ya conocemos de las viviendas de aquella época.

El espacio era limitado.

Pero no volvamos a describir la casa.

Pensemos solamente en lo que eso significaba cuando dentro vivían muchas personas.

Era difícil desaparecer.

Hoy alguien puede molestarse y encerrarse en su habitación.

Cerrar la puerta.

Ponerse audífonos.

Pedir que nadie entre.

En una vivienda familiar pequeña, eso podía ser mucho más difícil.

Uno podía querer estar solo…

y alguien estaba allí.

Cambiar de lugar…

y encontrar a otro.

Querer descansar…

y escuchar voces.

Intentar concentrarse…

y un niño comenzar a jugar.

Si alguien estaba molesto, probablemente los demás lo notaban.

Si alguien lloraba, podían escucharlo.

Si dos hermanos habían discutido, no podían pasar tres días evitándose cómodamente.

Seguirían encontrándose.

En la comida.

En las tareas.

Al entrar.

Al salir.

Al acostarse.

La cercanía obligaba a resolver muchas cosas simplemente porque mañana todos seguirían allí.

Los hermanos saben exactamente cómo molestarnos

Hay otra realidad familiar que resulta casi divertida con los años.

Los extraños conocen nuestra versión pública.

Los hermanos no.

Ellos saben qué nos molesta.

Saben qué nos hace reír.

Conocen nuestros hábitos.

Saben qué objeto cuidamos.

Saben dónde acostumbramos sentarnos.

Conocen aquello que hemos repetido cien veces que no hagan.

Y precisamente por conocerlo…

algunas veces lo hacen.

Eso forma parte de la intimidad familiar.

Las personas que más amamos pueden ser también quienes más fácilmente consiguen irritarnos.

Porque están suficientemente cerca para conocer nuestros botones.

Y no podemos simplemente marcharnos de la familia cada vez que alguien los oprime.

Hay que aprender algo mucho más difícil:

convivir.

Ceder algunas veces.

Hablar otras.

Perdonar.

Dejar pasar.

Poner límites.

Volver a sentarse juntos.

Eso no ocurre en un día.

Se aprende durante años.

Jesús era el mayor

Y aquí la historia adquiere otra dimensión.

Jesús era el primogénito de María.

Quien haya sido el mayor dentro de una familia numerosa sabe que ese título no siempre viene acompañado de privilegios.

Muchas veces viene acompañado de una frase:

“Tú eres el mayor.”

El pequeño todavía no puede.

Tú sí.

El pequeño no entiende.

Tú debes entender.

El pequeño necesita ayuda.

Tú puedes ayudar.

El pequeño está cansado.

Tú puedes aguantar un poco más.

No sabemos qué responsabilidades concretas recibió Jesús respecto de sus hermanos y hermanas.

No debemos inventarlas.

Pero en una familia numerosa del mundo antiguo, los hijos mayores participaban progresivamente de las responsabilidades familiares.

Conforme un niño crecía, dejaba de ser solamente alguien a quien cuidaban.

Comenzaba también a ser útil para otros.

Podía llevar algo.

Traer algo.

Acompañar.

Vigilar.

Ayudar en una tarea.

Entender una instrucción más compleja.

Esperar más que un niño pequeño.

Y allí aparece una de las primeras lecciones del hermano mayor:

ser capaz de hacer más significa que también pueden pedirte más.

Algunas veces el pequeño se sale con la suya

Ésta también es una experiencia conocida.

El pequeño hace algo.

El mayor responde.

Llegan los padres justo en ese momento.

¿A quién ven?

Al mayor.

Y aparece otra vez aquella frase:

“Pero tú eres el grande.”

Desde la perspectiva del mayor puede sentirse profundamente injusto.

“¡Pero él empezó!”

Quizá tenga razón.

Sin embargo, conforme crecemos aparece una expectativa nueva.

Ya no basta decir:

“Él lo hizo primero.”

Se espera que el mayor tenga mayor dominio.

Mayor comprensión.

Mayor responsabilidad.

No afirmamos que una escena específica como ésta ocurriera con Jesús.

Lo importante es comprender el mundo familiar en el que creció.

Ser primogénito significaba ocupar una posición particular dentro de una casa que continuaba llenándose de hermanos menores.

Y mientras ellos crecían, Jesús también.

Cuando uno de los demás necesitaba más

También había momentos en que la atención de la familia inevitablemente tenía que concentrarse en una persona.

Un hermano podía lastimarse.

Otro podía tener fiebre.

Un pequeño podía necesitar cuidados especiales durante algunos días.

María podía estar agotada.

José podía atravesar alguna dificultad que afectara el funcionamiento de la casa.

Y cuando alguien necesita más, los demás reciben menos.

Menos tiempo.

Menos atención.

Quizá más responsabilidades.

Eso puede ser difícil para un niño.

Pero también enseña una de las lecciones más importantes de una familia:

hoy no soy yo quien más necesita.

Hay otro.

Y ahora le toca a él.

Una familia numerosa enseña que la atención no siempre se distribuye de manera idéntica.

Algunas veces quien está más vulnerable necesita más.

Y los demás tienen que hacer espacio.

Pero ser muchos también era maravilloso

Hasta aquí podríamos dar la impresión de que una familia numerosa es solamente ruido, escasez y discusiones.

No.

Quien creció entre muchos conoce también la otra cara.

Siempre había alguien.

Alguien con quien hablar.

Alguien con quien jugar.

Alguien a quien molestar.

Alguien que podía defendernos.

Alguien que sabía exactamente por qué nos estábamos riendo sin necesidad de explicarlo.

Una familia desarrolla su propio lenguaje.

Una palabra puede hacer reír a todos porque recuerda algo ocurrido años atrás.

Un extraño no entiende.

La familia sí.

Hay historias que se cuentan tantas veces que todos saben cómo terminan…

pero vuelven a escucharlas.

“¿Te acuerdas cuando…?”

Y antes de terminar la frase, alguien ya está riéndose.

Eso también es crecer juntos.

Los pequeños miraban a los grandes

En una familia con varios hijos existe además una cadena invisible de aprendizaje.

Los pequeños observan.

Miran cómo hace algo el hermano mayor.

Después intentan hacerlo.

Quieren caminar con los grandes.

Sentarse con ellos.

Participar en sus conversaciones aunque no entiendan todo.

Un hermano mayor puede descubrir de pronto que alguien pequeño lo está imitando.

Su manera de hacer algo.

Una expresión.

Una costumbre.

Y quizá eso resulta divertido al principio.

Hasta que uno comprende que el pequeño está mirando de verdad.

Jesús creció no solamente siendo hijo.

También siendo hermano mayor.

Otra vez, no sabemos las conversaciones concretas.

Pero sí sabemos que había ojos más pequeños creciendo dentro de la misma familia.

Y los hermanos también se protegen

Hay peleas entre hermanos que parecen enormes…

hasta que alguien de afuera se mete con uno de ellos.

Entonces ocurre algo curioso.

El que hace diez minutos estaba discutiendo con su hermano puede convertirse ahora en quien lo defiende.

Porque una cosa es que yo me moleste con él.

Y otra que alguien de afuera venga contra él.

Eso es pertenencia.

Podemos discutir.

Podemos cansarnos unos de otros.

Podemos desear estar solos.

Pero seguimos siendo familia.

Cuando uno sufre, los demás lo sienten.

Cuando alguien tarda demasiado en regresar, se nota.

Cuando uno falta a la comida, su lugar se siente.

Cuando vuelve después de haber estado fuera, algo cambia dentro de la casa.

Ya estamos todos.

También se aprende a perder

En una familia numerosa no siempre ganamos.

Y eso puede ser una extraordinaria escuela para el carácter.

No siempre somos primeros.

No siempre escogemos.

No siempre recibimos la porción que queríamos.

No siempre se hace lo que propusimos.

No siempre nos creen.

No siempre nos toca el objeto mejor.

No siempre recibimos atención cuando la pedimos.

Y descubrimos algo que quizá un niño no puede expresar todavía con palabras:

puedo no obtener lo que quiero y seguir estando bien.

Eso es enorme.

Porque poco a poco uno aprende a soportar frustración.

A esperar.

A compartir.

A reconocer que los demás también existen.

A alegrarse cuando algo bueno le ocurre a otro.

Y algunas veces…

a no alegrarse al principio, pero aprender a hacerlo.

La casa tenía días buenos y días difíciles

No todas las jornadas familiares son iguales.

Hay días en que todo parece fluir.

Los niños están de buen humor.

El trabajo avanza.

La comida alcanza.

Alguien cuenta algo gracioso.

Se escucha risa.

La casa está llena, pero esa plenitud se siente agradable.

Y existen otros días.

Alguien amaneció irritado.

Otro está preocupado.

Un pequeño necesita más atención.

Algo se rompió.

Falta dinero para algo.

Dos hermanos están disgustados.

Uno hace ruido.

Otro quiere silencio.

María tiene muchas cosas que atender.

José llega con alguna preocupación.

Y la misma casa que ayer parecía llena de vida hoy puede sentirse demasiado pequeña.

Eso también es familia.

Las personas que amamos no siempre llegan a nosotros en su mejor día.

Y nosotros tampoco llegamos siempre en el nuestro.

Por eso convivir durante años significa conocer muchas versiones de la misma persona.

Alegre.

Cansada.

Impaciente.

Generosa.

Preocupada.

Divertida.

Callada.

Y seguir perteneciendo unos a otros.

Sus hermanos lo conocieron durante años

Aquí aparece algo extraordinario.

Cuando Jesús comenzó su ministerio, para muchas personas era alguien nuevo.

Para sus hermanos, no.

Ellos lo habían conocido durante años.

Habían compartido casa con Él.

Habían comido con Él.

Habían crecido cerca de Él.

Y, sin embargo, Juan registra algo sorprendente:

“Porque ni aun sus hermanos creían en él.”

—Juan 7:5.

La cercanía no siempre produce comprensión.

A veces ocurre exactamente lo contrario.

Quienes nos conocieron desde pequeños pueden tener más dificultad para aceptar aquello en lo que nos hemos convertido.

Para ellos seguimos siendo:

“Mi hermano.”

“El que creció conmigo.”

“El que estaba en casa.”

Quizá por eso resulta tan humano que sus propios hermanos no comprendieran inmediatamente quién era.

Habían estado demasiado cerca de su vida cotidiana.

Y Jesús conoció también esa experiencia:

ser conocido y no ser completamente comprendido.

Hay personas que sirven dentro de su casa y nadie lo nota

Esto puede tocar especialmente a muchos lectores.

Hay quienes hacen mucho por su familia…

y la familia apenas lo percibe.

Ayudan.

Ceden.

Resuelven.

Se quedan cuando otros salen.

Dan algo que querían conservar.

Se levantan porque alguien los necesita.

Y nadie dice:

“Gracias por todo lo que haces.”

Porque cuando alguien sirve constantemente, existe el peligro de que los demás comiencen a considerarlo normal.

Lo extraordinario se vuelve cotidiano.

Y lo cotidiano deja de notarse.

No sabemos cuántas veces Jesús ayudó a sus hermanos ni de qué manera.

No inventaremos esas escenas.

Pero conocemos algo de su carácter y conocemos el ambiente familiar en que vivió.

Durante años estuvo entre personas que todavía no comprendían plenamente quién estaba a su lado.

Y no necesitó que lo comprendieran para permanecer entre ellas.

Quizá aquí vemos algo de su corazón

No en un milagro.

No frente a una multitud.

No pronunciando un sermón.

Sino dentro de una casa llena de personas.

Jesús pudo haber venido al mundo como hijo único.

Pudo haber vivido apartado.

Pudo haber tenido espacio.

Silencio.

Atención exclusiva.

Pero la historia que recibimos es diferente.

Tuvo hermanos.

Tuvo hermanas.

Compartió la vida.

Y compartir la vida significa mucho más que compartir una casa.

Significa que nuestros deseos tienen que convivir con los deseos de otros.

Nuestro cansancio con el cansancio de otros.

Nuestros planes con las necesidades de otros.

Nuestro espacio con sus cuerpos.

Nuestro tiempo con sus urgencias.

Nuestra personalidad con personalidades que no escogimos.

Eso es familia.

Quien creció entre muchos puede comprenderlo

Quien esperó turno.

Quien escuchó:

“No alcanza.”

Quien recibió algo que antes había pertenecido a su hermano.

Quien tuvo que compartir aunque no quería.

Quien quiso estar solo y no encontró dónde.

Quien estaba dormido y otro hizo ruido.

Quien alguna vez dijo:

“¡Yo no fui!”

Quien sintió que a otro lo trataban mejor.

Quien tuvo que ceder porque era el mayor.

Quien cuidó al pequeño.

Quien discutió con un hermano y unas horas después estaba sentado junto a él comiendo.

Quien se rió hasta que le dolió el estómago por algo que solamente sus hermanos podían entender.

Quien alguna vez quiso alejarse de todos…

y después los extrañó.

Quien vio a sus padres esforzarse para que hubiera suficiente.

Quien entendió, muchos años después, cosas que cuando era niño le parecieron injustas.

Ése conoce algo del mundo familiar de Nazaret.

El Verbo habitó también de esta manera

Cuando Juan escribió:

“Y aquel Verbo fue hecho carne, y habitó entre nosotros…”

quizá ahora podemos escuchar una dimensión más de aquellas palabras.

Habitar entre nosotros no significó solamente ocupar un cuerpo humano.

Significó vivir suficientemente cerca de seres humanos para tener que compartir la vida con ellos.

Jesús conoció una casa llena.

Conoció hermanos y hermanas.

Conoció lo que significa que otra persona también necesite algo.

Que otro tenga hambre.

Que otro quiera hablar.

Que otro necesite atención.

Que otro ocupe espacio.

Que otro tenga una personalidad diferente.

Y nunca encontramos que utilizara su identidad para reclamar una excepción.

No pidió una vida separada de las molestias de la convivencia.

Permaneció dentro de ella.

Años.

Mientras sus hermanos crecían.

Mientras Él crecía.

Mientras aquella familia atravesaba sus días buenos y sus días difíciles.

Quizá ésa sea una de las formas más profundas en que podemos entender la encarnación.

El Hijo de Dios no solamente aceptó nuestra carne.

Aceptó nuestra cercanía.

Aceptó vivir rodeado de personas reales.

Y allí, entre hermanos y hermanas que todavía no comprendían completamente quién estaba creciendo junto a ellos, Jesús vivió una parte enorme de su existencia terrenal.

No como visitante.

No como huésped.

Como miembro de la familia.

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Autor

Elio Rivera

El Dr. Elio M. Rivera es médico, pastor, escritor y fundador del Museo La Vida y Obra de Jesucristo, de la casa hogar Manantial de Amor y Comunidad Cristiana Mana. Ha viajado extensamente por Israel estudiando los lugares históricos relacionados con la vida de Jesucristo. Además de su labor ministerial y humanitaria, también es hombre de negocios, autor de más de 60 libros.