20. La estrella de Belén: Dios señaló dónde encontrar a su Hijo

Dr. Elio M Rivera

«¿Dónde está el rey de los judíos, que ha nacido? Porque su estrella hemos visto en el oriente, y venimos a adorarle.»
Mateo 2:2, RVR1960

 Dios había enviado a su Hijo al mundo.

 Pero hizo algo más.

 Comenzó a señalar dónde encontrarlo.

 Mientras Jesús permanecía todavía desconocido para la mayor parte del mundo, hombres que se encontraban lejos de Israel levantaron los ojos al cielo y vieron algo que los puso en movimiento.

 Mateo lo llama:

 «Su estrella».

 No sabemos exactamente qué vieron.

 Pero sabemos lo que aquella señal consiguió:

 hombres que estaban lejos comenzaron a buscar al Hijo de Dios.

¿Qué fue la estrella de Belén?

 Durante siglos se han propuesto numerosas explicaciones.

 Algunos han intentado relacionarla con conjunciones planetarias u otros acontecimientos astronómicos.

 Otros consideran que Mateo describe un fenómeno sobrenatural creado específicamente por Dios para aquella ocasión.

 La Biblia no nos proporciona suficiente información para identificar con seguridad el fenómeno.

 Y quizá debemos respetar ese silencio.

 Mateo está mucho más interesado en decirnos para qué sirvió la estrella que en explicarnos su composición.

 Los magos la vieron.

 Comprendieron que estaba relacionada con el nacimiento de un rey.

 Y comenzaron a caminar.

El Creador utilizó el cielo

 Aquí aparece una imagen bellísima.

 David había escrito siglos antes:

 «Los cielos cuentan la gloria de Dios,
 
Y el firmamento anuncia la obra de sus manos» (Salmo 19:1).

 Ahora unos hombres miraban precisamente hacia los cielos y encontraban allí una razón para buscar.

 El Dios que había creado las estrellas podía utilizar una de ellas —o un fenómeno que ellos identificaron de esa manera— para llamar su atención.

 No debemos convertir Salmo 19 en una profecía específica de la estrella de Belén; el salmo no está hablando directamente de aquel acontecimiento.

 Pero el principio es hermoso:

 la creación puede señalar hacia su Creador.

 Y en Belén, el cielo participó de una manera extraordinaria en aquella búsqueda.

Pero la estrella no les dijo todo

 Aquí encontramos un detalle todavía más interesante.

 La señal consiguió llevar a los magos hasta Judea.

 Pero cuando llegaron a Jerusalén todavía tenían una pregunta:

 «¿Dónde está?»

 Sabían que había nacido.

 No sabían exactamente dónde encontrarlo.

 Entonces ocurrió algo fundamental.

 Herodes reunió a los principales sacerdotes y escribas y preguntó:

 «Dónde había de nacer el Cristo» (Mateo 2:4).

 Y ellos respondieron utilizando la profecía:

 Belén.

 La estrella había despertado la búsqueda.

 La Escritura proporcionó la dirección.

 La creación llamó su atención.

 La revelación escrita precisó el lugar.

 Una no necesitó competir con la otra.

 Las dos terminaron apuntando hacia el mismo niño.

Dios se comunicó con ellos de una manera que podían reconocer

 También hay algo profundamente humano en la manera en que Dios trató con aquellos hombres.

 Eran magos provenientes de Oriente.

 Observaban el cielo.

 Y fue precisamente allí donde apareció la primera señal que llamó su atención.

 Dios comenzó a conducirlos desde un punto que ellos podían reconocer.

 Después los llevó más adelante.

 De la estrella a Jerusalén.

 De Jerusalén a las Escrituras.

 De las Escrituras a Belén.

 Y de Belén:

 al niño.

 La señal no era el destino.

 La estrella no era el objeto de la adoración.

 Solamente estaba indicando el camino.

 El destino era Jesús.

«Al ver la estrella, se regocijaron con muy grande gozo»

 Después de recibir en Jerusalén la indicación de Belén, Mateo dice:

 «Y he aquí la estrella que habían visto en el oriente iba delante de ellos, hasta que llegando, se detuvo sobre donde estaba el niño» (Mateo 2:9).

 Entonces registra una reacción extraordinaria:

 «Y al ver la estrella, se regocijaron con muy grande gozo» (Mateo 2:10).

 ¿Por qué semejante alegría?

 Porque la búsqueda estaba llegando a su destino.

 La señal que había iniciado su viaje aparecía nuevamente cuando estaban cerca de encontrar aquello que buscaban.

 Mateo utiliza un lenguaje difícil de reducir a un fenómeno astronómico ordinario: la estrella aparece, va delante de ellos y finalmente se detiene sobre el lugar donde estaba el niño.

 Sea cual haya sido la naturaleza exacta del fenómeno, el mensaje del relato es claro:

 Dios estaba guiando aquella búsqueda.

Ellos buscaban a Jesús, pero Dios también los estaba buscando a ellos

 Aquí podemos mirar la historia desde una perspectiva diferente.

 Normalmente decimos:

 Los magos buscaron a Jesús.

 Y es verdad.

 Pero detrás de su búsqueda encontramos una iniciativa anterior.

 ¿Quién puso la señal en el cielo?

 ¿Quién había dejado la profecía que señalaba Belén?

 ¿Quién hizo aparecer nuevamente la estrella?

 Antes de que aquellos hombres supieran dónde estaba Jesús, Dios ya estaba colocando señales en el camino que los conduciría hasta Él.

 Ellos estaban buscando.

 Pero Dios estaba guiando.

 Ellos estaban acercándose.

 Pero Dios había comenzado a llamar su atención desde lejos.

 Eso nos permite descubrir algo hermoso acerca del corazón del Padre:

 Dios quería que encontraran a su Hijo.

Dios no escondió a su Hijo

 Jesús había nacido en circunstancias sencillas y lejos de los grandes centros del poder.

 Sin embargo, el Padre no convirtió aquella sencillez en un escondite imposible de penetrar.

 A los pastores les envió un ángel.

 A Simeón lo condujo por medio del Espíritu.

 A los magos les proporcionó una señal que los puso en camino.

 No todos recibieron la misma clase de orientación.

 Pero diferentes personas fueron conducidas hacia la misma persona.

 Jesús.

 El Padre parecía estar diciendo de diferentes maneras:

 Aquí está mi Hijo.

¿Dios guía a quien busca sinceramente?

 Aquí debemos ser cuidadosos.

 La historia de los magos no significa que toda persona que busque a Dios recibirá una estrella, un sueño o una señal sobrenatural.

 La Biblia no promete eso.

 Pero sí encontramos repetidamente una invitación extraordinaria.

 «Y me buscaréis y me hallaréis, porque me buscaréis de todo vuestro corazón» (Jeremías 29:13).

 Jesús diría posteriormente:

 «Buscad, y hallaréis» (Mateo 7:7).

 Y Pablo explicaría en Atenas que Dios hizo las naciones:

 «Para que busquen a Dios, si en alguna manera, palpando, puedan hallarle, aunque ciertamente no está lejos de cada uno de nosotros» (Hechos 17:27).

 No debemos convertir estos textos en una fórmula mecánica.

 Pero juntos revelan algo consistente acerca del carácter de Dios:

 Dios no se complace en permanecer inaccesible para quien verdaderamente desea encontrarlo.

La estrella desaparece cuando encuentran al Hijo

 Y aquí encontramos quizá la enseñanza más hermosa.

 Después de Mateo 2, la estrella deja de ocupar el centro de la historia.

 ¿Por qué?

 Porque había cumplido su función.

 Los había llevado hasta Jesús.

 La señal nunca fue más importante que aquel a quien señalaba.

 Los magos no se postraron delante de la estrella.

 No abrieron sus tesoros delante del cielo.

 No adoraron el fenómeno que habían observado.

 Mateo dice:

 «Y al entrar en la casa, vieron al niño con su madre María, y postrándose, lo adoraron» (Mateo 2:11).

 La estrella señaló.
 
Jesús recibió la adoración.

 Ésa es la función correcta de toda señal que procede de Dios:

 no detener al hombre en la señal,

 sino conducirlo hacia Dios.

El cielo estaba señalando hacia una casa

 La escena final resulta extraordinaria.

 Arriba, una señal.

 Abajo, una casa.

 Dentro de ella, un niño.

 Los hombres que habían observado los cielos tuvieron finalmente que bajar la mirada.

 Ya no necesitaban continuar buscando arriba.

 Aquel a quien buscaban estaba delante de ellos.

 El Creador de las estrellas había entrado en nuestra historia.

 Y utilizó incluso los cielos para conducir a unos extranjeros hasta donde podían encontrarlo.

 Eso nos muestra algo profundamente hermoso acerca del corazón de Dios.

 El Padre no solamente quiso darnos a su Hijo.

 Quiso mostrarnos dónde encontrarlo.

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Autor

Elio Rivera

El Dr. Elio M. Rivera es médico, pastor, escritor y fundador del Museo La Vida y Obra de Jesucristo, de la casa hogar Manantial de Amor y Comunidad Cristiana Mana. Ha viajado extensamente por Israel estudiando los lugares históricos relacionados con la vida de Jesucristo. Además de su labor ministerial y humanitaria, también es hombre de negocios, autor de más de 60 libros.