01. Jesús sabía que nuestro pecado nos había separado de Dios

Dr. Elio M. Rivera

  Antes de que Jesucristo naciera en Belén, antes de que caminara por los caminos de Galilea, antes de que tocara a un enfermo, abrazara a un rechazado o pronunciara una sola de sus enseñanzas, Él sabía perfectamente cuál era nuestra condición.

  Sabía que la humanidad tenía problemas.

  Pero nuestro problema más grave no era la enfermedad.

  No era la pobreza.

  No era la violencia.

  Ni siquiera era la muerte física.

  Había ocurrido algo mucho más profundo y terrible:

el pecado nos había separado de Dios.

Jesús sabia, que el verdadero problema del hombre

  Muchos siglos antes de que Jesucristo viniera a la Tierra, el profeta Isaías había descrito nuestra condición con palabras contundentes:

«Pero vuestras iniquidades han hecho división entre vosotros y vuestro Dios, y vuestros pecados han hecho ocultar de vosotros su rostro para no oír» (Isaías 59:2, RVR1960).

  El pecado había producido una división.

  Esto comenzó en el Edén.

  Adán y Eva habían disfrutado de una relación extraordinaria con su Creador. No tenían que esconderse de Él. No existían culpa, vergüenza ni temor que los hicieran huir de su presencia.

  Pero después de pecar ocurrió algo que nunca antes había sucedido:

el hombre se escondió de Dios.

  «Y el hombre y su mujer se escondieron de la presencia de Jehová Dios entre los árboles del huerto» (Génesis 3:8).

  Algo se había quebrado.

  Y las consecuencias de aquella ruptura alcanzarían a toda la humanidad.

Él sabía dónde estábamos

  Jesucristo no vino a la Tierra ignorando lo que había sucedido.

  Sabía que nos habíamos alejado.

  Isaías lo había anunciado cientos de años antes:

«Todos nosotros nos descarriamos como ovejas, cada cual se apartó por su camino» (Isaías 53:6).

  Observe las palabras:

«nos descarriamos».

  Nosotros fuimos quienes nos alejamos.

  Nosotros tomamos nuestro propio camino.

  Nosotros rompimos aquella relación.

  Y, sin embargo, ocurrió algo extraordinario.

El que no se había alejado decidió venir a buscar a los que se habían alejado.

Sabía quiénes éramos… y vino

  Aquí comienza a revelarse el corazón de Jesucristo.

  Él no vino porque nosotros hubiéramos encontrado la manera de regresar.

  No vino porque hubiéramos reparado el daño.

  No vino porque finalmente nos hubiéramos convertido en una humanidad digna de recibirlo.

  Vino sabiendo que estábamos separados de Dios.

  Sabía de nuestra rebelión.

  Sabía de nuestra desobediencia.

  Sabía que cada uno había tomado su propio camino.

  Y aun conociendo perfectamente nuestra condición, decidió venir.

  Eso cambia profundamente la manera en que contemplamos Belén.

  El niño acostado en aquel pesebre no había llegado simplemente para enseñarnos cómo vivir.

  Había comenzado una misión de rescate.

  Dios estaba acercándose al hombre que se había alejado de Él.

Él conocía también el precio

  Pero Isaías 53 contiene algo todavía más impresionante.

  El mismo versículo que dice que nosotros nos apartamos termina diciendo:

«Mas Jehová cargó en él el pecado de todos nosotros» (Isaías 53:6).

  Cristo sabía cuál era nuestra enfermedad espiritual.

  Pero también sabía cuál sería el costo de curarla.

  Sabía que nuestra reconciliación no sería gratuita para Él.

  Sabía que para acercarnos nuevamente a Dios tendría que cargar aquello mismo que nos había separado de Dios:

nuestro pecado.

  Y aun así vino.

¿Qué nos dice esto acerca de su corazón?

  Nos dice que Dios no contempló nuestra tragedia desde lejos.

  Nosotros nos alejamos.

  Él se acercó.

  Nosotros nos escondimos.

  Él vino a buscarnos.

  Nosotros escogimos nuestro propio camino.

  Él comenzó el camino hacia nosotros.

  Mucho antes de Belén, las Escrituras ya habían revelado nuestra condición y habían anunciado el precio que el Siervo de Dios tendría que pagar.

  Por eso, cuando Jesucristo decidió venir a este mundo, sabía perfectamente a quién venía a rescatar.

  No vino engañado.

  No vino esperando encontrar una humanidad diferente.

  No descubrió nuestra condición cuando llegó aquí.

La conocía desde antes de venir.

  Sabía que nuestro pecado nos había separado de Dios.

  Sabía que nos habíamos descarriado.

  Sabía que tendría que cargar con nuestro pecado para traernos de regreso.

Lo sabía.

Y aun así vino.

  Tal vez esa sea una de las primeras ventanas que esta serie nos permite abrir hacia el corazón de Jesucristo:

nosotros fuimos quienes nos alejamos de Dios, pero fue Dios quien dio el primer paso para venir a buscarnos.

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Autor

Elio Rivera

El Dr. Elio M. Rivera es médico, pastor, escritor y fundador del Museo La Vida y Obra de Jesucristo, de la casa hogar Manantial de Amor y Comunidad Cristiana Mana. Ha viajado extensamente por Israel estudiando los lugares históricos relacionados con la vida de Jesucristo. Además de su labor ministerial y humanitaria, también es hombre de negocios, autor de más de 60 libros.