20. ¿Había dinosaurios en el huerto del Edén?

Dr. Elio M. Rivera

  Hay una pregunta que inevitablemente aparece cuando tratamos de imaginar cómo era el mundo de Adán y Eva:

¿Había dinosaurios en el Edén?

  La respuesta, desde la perspectiva de la creación que hemos venido siguiendo, es:

sí.

  Si los dinosaurios fueron animales reales —y sus restos demuestran indiscutiblemente que lo fueron— entonces también formaban parte del mundo animal creado por Dios.

  Pero inmediatamente aparece otra pregunta.

  Si realmente estuvieron allí:

¿por qué la Biblia nunca utiliza la palabra dinosaurio?

  La respuesta es mucho más sencilla de lo que pudiera parecer.

  Porque cuando la Biblia fue escrita esa palabra todavía no existía.

Cuando nadie los llamaba dinosaurios

  Durante siglos, las personas encontraron huesos enormes sin saber exactamente a qué clase de animales habían pertenecido.

  Pero especialmente durante las primeras décadas del siglo XIX comenzaron a estudiarse científicamente algunos restos extraordinarios encontrados en Inglaterra.

  En 1824, el geólogo y clérigo inglés William Buckland publicó la descripción de Megalosaurus.

  Poco después, Gideon Mantell describió Iguanodon en 1825 y Hylaeosaurus en 1833.

  Algo extraordinario comenzaba a ocurrir.

  Del suelo estaban apareciendo los restos de criaturas enormes que ya no existían en el mundo conocido.

  Los científicos comenzaron a comprender que aquellos huesos no pertenecían simplemente a elefantes, rinocerontes, cocodrilos o lagartos modernos.

  Representaban animales diferentes.

  Entonces apareció un nombre.

  En 1842, el anatomista británico Richard Owen reunió a Megalosaurus, Iguanodon y Hylaeosaurus dentro de un nuevo grupo y acuñó el término:

Dinosauria.

  La palabra procede de términos griegos relacionados con la idea de algo terrible, formidable o temible y lagarto o reptil.

  Habían nacido los “dinosaurios” como categoría científica.

  No habían aparecido los animales.

  Había aparecido el nombre.

  Los animales, naturalmente, habían existido muchísimo antes de que alguien inventara una palabra para clasificarlos.

  Por eso sería injusto preguntarnos:

  ¿Por qué Moisés no escribió la palabra dinosaurio?

  Por la misma razón por la que no utilizó palabras modernas como:

mamífero,

reptil,

genética,

ecosistema

  o:

paleontología.

  Esas son categorías y palabras desarrolladas posteriormente.

  La Biblia utiliza el lenguaje disponible para describir las criaturas del mundo que presenta.

El termino dinosaurio, un término que empezó a utilizarse recientemente.

Génesis sí habla de criaturas extraordinarias

  Cuando llegamos al relato de la creación encontramos algo interesante.

  Génesis no presenta solamente animales pequeños y familiares.

  Dice:

«Y creó Dios los grandes monstruos marinos, y todo ser viviente que se mueve, que las aguas produjeron según su género…»

Génesis 1:21, RVR1960

  La expresión es extraordinaria:

«los grandes monstruos marinos».

  El texto no nos proporciona una lista de especies.

  No dice exactamente cuáles eran aquellas criaturas.

  Por eso debemos tener cuidado de no afirmar que este versículo está utilizando un antiguo nombre para los dinosaurios.

  No necesariamente.

  De hecho, habla específicamente de grandes criaturas relacionadas con las aguas.

  Pero demuestra algo importante:

la Biblia no tiene ningún problema con la existencia de criaturas enormes dentro de la creación original.

  Y cuando llegamos al sexto día encontramos el resto del mundo animal:

«Luego dijo Dios: Produzca la tierra seres vivientes según su género, bestias y serpientes y animales de la tierra según su especie. Y fue así.»

Génesis 1:24, RVR1960

  Aquí tampoco aparece una lista zoológica completa.

  Aparecen grandes categorías.

  Y dentro de esas categorías se encuentran los animales terrestres creados por Dios.

  Si un Triceratops caminó sobre la Tierra, pertenecía a aquella creación.

  Si un Stegosaurus existió, Dios lo creó.

  Si enormes saurópodos caminaron sobre la tierra, también pertenecían al mundo animal que Dios había hecho.

  El hecho de que nosotros posteriormente los agrupáramos bajo la palabra dinosaurios no cambia su origen.

Entonces Adán debió conocerlos

  Esto produce una consecuencia fascinante.

  Dios dijo al hombre:

«…señoree en los peces del mar, en las aves de los cielos, en las bestias, en toda la tierra, y en todo animal que se arrastra sobre la tierra.»

Génesis 1:26, RVR1960

  Y posteriormente encontramos a Adán observando y nombrando animales.

  Génesis dice:

«Jehová Dios formó, pues, de la tierra toda bestia del campo, y toda ave de los cielos, y las trajo a Adán para que viese cómo las había de llamar…»

Génesis 2:19, RVR1960

  Esto significa que Adán estaba familiarizándose con el mundo animal que Dios había creado.

  No sabemos cuántas especies vio personalmente durante aquel episodio.

  Tampoco podemos afirmar que cada dinosaurio existente entró delante de él en una especie de desfile.

  El texto no lo dice.

  Pero dentro del modelo de creación descrito por Génesis existe una conclusión natural:

Adán y los grandes animales terrestres pertenecieron al mismo mundo creado.

  Eso cambia radicalmente la imagen que muchas veces tenemos del Edén.

  Quizá hemos hecho el paisaje demasiado pequeño.

  Pensamos en Adán.

  Eva.

  Algunos venados.

  Conejos.

  Aves.

  Un río.

  Árboles frutales.

  Pero el mundo animal descrito en Génesis era muchísimo más amplio.

  Había criaturas pequeñas.

  Criaturas voladoras.

  Criaturas acuáticas.

  Bestias terrestres.

  Y enormes criaturas.

Pero ¿no serían peligrosos?

  Ésta es probablemente la siguiente pregunta.

  ¿Cómo podían Adán y Eva vivir en un mundo donde existían animales gigantescos?

  Aquí debemos recordar cómo describe Génesis aquel mundo.

  Antes de la caída, Dios observó su creación y declaró:

«Y vio Dios todo lo que había hecho, y he aquí que era bueno en gran manera

Génesis 1:31, RVR1960

  Además, encontramos un detalle extraordinario acerca de la alimentación:

«Y a toda bestia de la tierra, y a todas las aves de los cielos, y a todo lo que se arrastra sobre la tierra, en que hay vida, toda planta verde les será para comer.»

Génesis 1:30, RVR1960

  Dentro de una lectura creacionista del texto, esto presenta un mundo original profundamente diferente del que conocemos después.

  No debemos imaginar automáticamente el comportamiento de todos aquellos animales a partir de lo que observamos hoy en un mundo marcado por muerte, competencia, enfermedad y violencia.

  El Génesis comienza con otra realidad.

  Una creación que Dios llamó:

«bueno en gran manera».

  Por eso un animal gigantesco no tenía necesariamente que representar una amenaza para el hombre.

  Grande no significa malo.

  Poderoso no significa violento.

  Impresionante no significa peligroso.

  Un elefante puede pesar varias toneladas y alimentarse de vegetación.

  Una ballena azul puede superar en tamaño a cualquier animal terrestre actual y no anda persiguiendo seres humanos para devorarlos.

  El tamaño por sí solo no determina el comportamiento.

  Quizá el problema es que cuando pensamos en dinosaurios inmediatamente recordamos películas.

  Dientes.

  Persecuciones.

  Rugidos.

  Sangre.

  Depredadores.

  Pero Hollywood no estuvo en el Edén.

  Génesis sí nos dice cómo Dios evaluó originalmente su creación:

«bueno en gran manera».

Una criatura extraordinaria llamada Behemot y Levitan

  Y aquí la Biblia nos reserva algo todavía más interesante.

  Mucho después de Génesis, en el libro de Job, Dios habla acerca de una criatura enorme.

  La llama:

Behemot.

  Y dice:

«He aquí ahora behemot, al cual yo hice contigo; hierba come como buey.»

Job 40:15, RVR1960

  Observe primero algo extraordinario.

  Dios dice:

«al cual yo hice contigo».

  El hombre y aquella criatura pertenecían a la creación de Dios.

  Después comienza la descripción:

«He aquí ahora que su fuerza está en sus lomos, y su vigor en los músculos de su vientre.»

Job 40:16, RVR1960

  Pero después aparece uno de los detalles más llamativos:

«Su cola mueve como un cedro…»

Job 40:17, RVR1960

  Un cedro no evoca precisamente algo pequeño.

  Continúa:

«Sus huesos son fuertes como bronce, y sus miembros como barras de hierro.»

Job 40:18, RVR1960

  Estamos contemplando una criatura:

  enorme,

  poderosa,

  herbívora,

  con una cola impresionante,

  huesos extraordinariamente fuertes,

  y una constitución formidable.

  Job continúa diciendo que los montes producían hierba para ella y describe a esta criatura moviéndose cerca de ríos y vegetación.

  ¿Qué animal era?

  Se han propuesto diferentes identificaciones.

  Algunos han sugerido el hipopótamo.

  Otros el elefante.

  Y dentro del pensamiento creacionista algunos han observado que determinados aspectos de la descripción recuerdan mucho más a un enorme animal semejante a los grandes dinosaurios herbívoros.

  No podemos tomar el texto y escribir encima de la palabra Behemot:

«dinosaurio saurópodo»

  como si Job nos hubiera proporcionado una clasificación paleontológica.

  Eso sería ir más allá de lo escrito.

  Pero tampoco debemos ignorar lo sorprendente de la descripción.

  La Biblia presenta una criatura terrestre gigantesca que come vegetación, posee una fuerza extraordinaria y cuya cola es comparada con un cedro.

  Eso merece nuestra atención.

Y después aparece Leviatán

  Pero Dios no termina allí.

  Después habla de otra criatura.

Leviatán.

  El capítulo 41 de Job contiene una de las descripciones animales más impresionantes de toda la Biblia.

  Dios pregunta:

«¿Sacarás tú al leviatán con anzuelo, o con cuerda que le eches en su lengua?»

Job 41:1, RVR1960

  La criatura es presentada como formidable.

  Difícil de capturar.

  Terrible de enfrentar.

  Protegida por una extraordinaria estructura corporal.

  El texto describe sus fuertes escamas:

«La gloria de su vestido son escudos fuertes, cerrados entre sí estrechamente.»

Job 41:15, RVR1960

  Y continúa con imágenes todavía más sorprendentes.

  Job habla de resplandores, humo y fuego relacionados con su boca y nariz.

  ¿Cómo debemos entender todos esos detalles?

  Nuevamente debemos ser prudentes.

  Existen diferentes interpretaciones de Leviatán.

  Algunos entienden que se trata de una criatura conocida descrita mediante lenguaje poético intensificado.

  Otros creen que la descripción preserva el recuerdo de una criatura hoy extinta.

  Y otros reconocen además elementos simbólicos en el uso bíblico posterior de Leviatán.

  No necesitamos resolver aquí cada detalle para reconocer algo evidente:

la Biblia describe criaturas cuya apariencia y poder debieron resultar extraordinarios para el ser humano.

No solamente Job

  Leviatán aparece también en otros lugares de la Escritura.

  El Salmo 104, mientras celebra la creación de Dios, habla del mar:

«Allí está el grande y anchuroso mar, en donde se mueven seres innumerables, seres pequeños y grandes.»

Salmo 104:25, RVR1960

  Y después añade:

«Allí andan las naves; allí este leviatán que hiciste para que jugase en él.»

Salmo 104:26, RVR1960

  Me encanta esa imagen.

  El hombre observa una criatura impresionante.

  Pero Dios contempla una criatura que Él hizo.

  Una criatura moviéndose dentro del enorme escenario de su creación.

  El Salmo no la presenta como rival de Dios.

  Dice sencillamente:

«que hiciste».

  Eso coloca incluso a las criaturas más extraordinarias en su lugar correcto.

  Son grandes.

  Pero son criaturas.

  Dios es el Creador.

Los huesos comenzaron a contar una historia

  Siglos después de que Job hablara de Behemot y Leviatán, los seres humanos comenzaron a excavar sistemáticamente la tierra.

  Y comenzaron a aparecer huesos.

  Enormes.

  Vértebras gigantescas.

  Dientes.

  Mandíbulas.

  Fémures.

  Costillas.

  Cráneos.

  Huellas fosilizadas.

  Esqueletos que revelaban criaturas que ningún zoológico moderno poseía.

  Finalmente comprendimos algo:

nuestro mundo había contenido una diversidad de animales mucho mayor de la que actualmente contemplamos.

  Y entonces les pusimos nombres.

  Megalosaurus.

  Iguanodon.

  Triceratops.

  Stegosaurus.

  Tyrannosaurus.

  Brachiosaurus.

  Y miles de formas fósiles comenzaron a estudiarse y clasificarse.

  Desde la perspectiva científica convencional, estos restos son interpretados dentro de una cronología de millones de años y de una historia evolutiva de la vida.

  Ésa no es la perspectiva que estamos siguiendo en esta obra.

  Aquí estamos observando la evidencia desde una cosmovisión creacionista y preguntándonos:

¿cómo encajan estas criaturas dentro del relato bíblico de la creación?

  Y la existencia misma de dinosaurios no representa ningún problema para Génesis.

  Al contrario.

  Génesis ya presenta un mundo rebosante de vida.

  Un mundo con animales terrestres.

  Animales acuáticos.

  Animales voladores.

  Criaturas pequeñas.

  Criaturas grandes.

  Y criaturas que el texto mismo llama:

«grandes monstruos marinos».

¿Por qué ya no están con nosotros?

  Entonces surge otra pregunta inevitable:

  Si los dinosaurios formaban parte de la creación:

¿qué ocurrió con ellos?

  Ésa es una pregunta diferente y merece su propio estudio.

  La Tierra que contemplamos actualmente no conserva todas las especies que alguna vez vivieron en ella.

  La extinción es una realidad.

  Muchas criaturas desaparecieron.

  Desde una perspectiva bíblica, además, entre el mundo original y nuestro mundo actual ocurrieron acontecimientos enormes.

  La caída.

  La entrada de la muerte.

  La transformación de las relaciones dentro de la creación.

  Y posteriormente:

el diluvio.

  Por eso no debemos tomar automáticamente las condiciones actuales y proyectarlas hacia atrás sobre el mundo de Génesis 1 y 2.

  Algo cambió.

  Y mucho.

Quizá nuestro Edén era demasiado pequeño

  Después de todo esto, quisiera regresar al huerto.

  Porque quizá necesitamos ampliar nuestra imaginación.

  Cuando pensamos en el Edén solemos imaginar un hermoso jardín.

  Y está bien.

  Pero aquel jardín formaba parte de una Tierra llena de criaturas extraordinarias.

  Quizá había animales que hoy reconoceríamos inmediatamente.

  Otros nos resultarían completamente desconocidos.

  Algunos pequeños.

  Otros enormes.

  Algunos delicados.

  Otros capaces de hacernos sentir diminutos con sólo contemplarlos.

  Y entre ellos se encontraban criaturas que muchos siglos después nosotros clasificaríamos bajo un nombre que Adán jamás necesitó conocer:

dinosaurios.

  Adán no necesitaba llamarlos así.

  Richard Owen todavía no había nacido para inventar la palabra.

  Pero Dios conocía perfectamente cada criatura.

  Había diseñado su cuerpo.

  Su tamaño.

  Su fuerza.

  Su alimentación.

  Su capacidad de reproducirse.

  Su lugar dentro de la creación.

  Y cuando terminó de contemplar aquel mundo extraordinario —un mundo mucho más diverso y sorprendente del que nosotros conocemos actualmente— la evaluación del Creador quedó registrada:

«Y vio Dios todo lo que había hecho, y he aquí que era bueno en gran manera.»

Génesis 1:31, RVR1960

  Los dinosaurios no necesitan estar fuera de aquella declaración.

  También podían formar parte de ella.

  Y quizá, cuando imaginemos nuevamente a Adán caminando por aquella creación extraordinaria, deberíamos recordar que el Edén pudo haber sido mucho más impresionante de lo que nuestras ilustraciones infantiles nos hicieron pensar.

  Porque el Dios que creó al pequeño colibrí también pudo crear al gigantesco saurópodo.

  El Dios que diseñó una mariposa pudo diseñar una criatura de muchas toneladas.

  Y ambas, cada una a su manera, podían declarar exactamente lo mismo:

la extraordinaria imaginación, poder y grandeza de su Creador.

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Autor

Elio Rivera

El Dr. Elio M. Rivera es médico, pastor, escritor y fundador del Museo La Vida y Obra de Jesucristo, de la casa hogar Manantial de Amor y Comunidad Cristiana Mana. Ha viajado extensamente por Israel estudiando los lugares históricos relacionados con la vida de Jesucristo. Además de su labor ministerial y humanitaria, también es hombre de negocios, autor de más de 60 libros.