Dr. Elio M. Rivera
Llegamos ahora a una pregunta que puede cambiar considerablemente la imagen que tenemos de la vida dentro del huerto del Edén:
¿Tuvieron Adán y Eva hijos antes de pecar?
Mi respuesta es sí.
La Biblia no contiene un versículo que diga literalmente: «Adán y Eva tuvieron hijos antes de la caída». Pero tampoco necesitamos que cada verdad bíblica esté expresada en una sola oración para reconocerla. Muchas veces la Escritura nos proporciona hechos dispersos y nos obliga a colocarlos juntos.
Y cuando reunimos las piezas relacionadas con este tema, la conclusión que encuentro es difícil de evitar.
De hecho, en Adán y Eva, ¿Culpables o inocentes? sostengo precisamente que existe evidencia indirecta de que Adán y Eva vivieron varias décadas dentro del huerto, y presento la multiplicación —tener hijos e hijas— como una de las actividades que realizaron durante aquel periodo.
Veamos las piezas.
Dios no les dijo que se multiplicaran después
La primera evidencia aparece antes de que exista pecado humano.
Dios acaba de crear al hombre y a la mujer.
No existe todavía la caída.
No existe expulsión.
No existe la maldición de Génesis 3.
Y Dios pronuncia sobre ellos una bendición:

«Y los bendijo Dios, y les dijo: Fructificad y multiplicaos; llenad la tierra, y sojuzgadla» (Génesis 1:28, RVR1960).
El orden es extraordinariamente importante.
Dios los bendice.
Y dentro de esa condición de bendición les dice:
«Fructificad y multiplicaos».
No dice:
«Cuando algún día salgan del huerto, multiplíquense».
No dice:
«Después de que pequen tendrán hijos».
No dice:
«Esperen hasta que ocurra algo más».
La orden estaba vigente desde el principio.
Y esto nos presenta una pregunta muy sencilla:
Si Adán y Eva obedecían a Dios antes de la caída, ¿por qué habrían desobedecido precisamente este mandamiento?
Tendrían que haber recibido una orden de Dios y, durante todo el tiempo que permanecieron en el Edén, haber decidido no cumplirla.
Eso no parece concordar con el relato.
Especialmente si, como iremos estudiando, existen razones para pensar que su permanencia allí no fue cuestión de unas cuantas horas o unos cuantos días.
Si estuvieron allí años —y posiblemente décadas— la dificultad se hace todavía mayor.
Imagine la escena.
Un hombre joven.
Una mujer joven.
Perfectamente sanos.
Unidos como marido y mujer.
Viviendo en un mundo sin enfermedad, sin deterioro y sin los efectos de la maldición.
Y además con una orden expresa de Dios:
«Fructificad y multiplicaos».
¿Tendríamos entonces que imaginar que durante años o décadas mantuvieron una abstinencia sexual permanente para evitar tener descendencia?
¿Con qué propósito?
¿Dónde aparece semejante instrucción?
No aparece.
Al contrario, lo que aparece es exactamente lo opuesto:
multiplíquense.
La sexualidad pertenecía al mundo anterior al pecado
Esto también debemos dejarlo claro.
La unión matrimonial y sexual no nació después de la caída.
Forma parte del diseño original.
Antes del pecado, la Escritura dice:
«Por tanto, dejará el hombre a su padre y a su madre, y se unirá a su mujer, y serán una sola carne» (Génesis 2:24, RVR1960).
Y el siguiente versículo añade:
«Y estaban ambos desnudos, Adán y su mujer, y no se avergonzaban» (Génesis 2:25, RVR1960).
Todo esto ocurre antes de Génesis 3.
El matrimonio existía.
La unión existía.
La sexualidad existía.
Y la orden de reproducirse ya había sido dada.
Por eso me resulta difícil imaginar a Adán y Eva viviendo durante un periodo prolongado dentro del Edén como marido y mujer, disfrutando plenamente de su matrimonio, pero evitando sistemáticamente aquello que Dios acababa de ordenarles:
«Fructificad y multiplicaos».
Además, después de crearlos y darles esa orden, Dios contempla su obra y declara:
«Y vio Dios todo lo que había hecho, y he aquí que era bueno en gran manera» (Génesis 1:31, RVR1960).
La reproducción humana, por tanto, no aparece como una consecuencia vergonzosa del pecado.
Formaba parte del mundo que Dios había llamado:
¿Tuvieron hijos Adán y Eva antes de la caída?
Llegamos ahora a una de las piezas que más cambió mi manera de reconstruir la vida de Adán y Eva dentro del huerto:
¿tuvieron hijos antes de pecar?
Mi conclusión es que sí.
Génesis no contiene una frase aislada que diga: «Adán y Eva tuvieron hijos antes de la caída». Sin embargo, cuando colocamos juntas las diferentes piezas del relato, encontramos una cantidad considerable de evidencia indirecta que apunta en esa dirección.
De hecho, esta es una de las tesis que desarrollo en Adán y Eva, ¿Culpables o inocentes?. Allí parto de que Adán tenía ciento treinta años cuando engendró a Set y sostengo que existe evidencia indirecta para considerar una permanencia prolongada —posiblemente de varias décadas— dentro del huerto. Además, entre las actividades que reconstruyo para ese periodo incluyo expresamente que «se multiplicaron», es decir, tuvieron hijos e hijas.
¿Por qué llegué a esta conclusión?
Comencemos por el principio.
Antes de que existiera pecado, antes de la serpiente, antes de la expulsión y antes de cualquier maldición, Dios dijo:
«Y los bendijo Dios, y les dijo: Fructificad y multiplicaos; llenad la tierra, y sojuzgadla» (Génesis 1:28, RVR1960).
Observe algo fundamental.
Aquello no fue simplemente una predicción.
Fue un mandamiento.
«Fructificad».
«Multiplicaos».
«Llenad la tierra».
Dios no dijo:
«algún día, después de salir del Edén, multiplíquense».
No dijo:
«esperen hasta que suceda algo más».
No existe en Génesis ninguna orden que suspenda temporalmente el mandamiento.
Desde el principio, Adán y Eva sabían lo que Dios esperaba de ellos.
Debían formar una familia.
Y aquella familia debía crecer hasta llenar la Tierra.
Una pareja joven bajo la orden de multiplicarse
Ahora coloquemos la orden dentro de la vida que hemos venido reconstruyendo.
Adán y Eva eran una pareja.
La Biblia dice:
«Por tanto, dejará el hombre a su padre y a su madre, y se unirá a su mujer, y serán una sola carne» (Génesis 2:24, RVR1960).
Y enseguida añade:
«Y estaban ambos desnudos, Adán y su mujer, y no se avergonzaban» (Génesis 2:25, RVR1960).
Todo esto sucede antes del pecado.
Por tanto, la sexualidad matrimonial no apareció después de la caída.
La unión entre hombre y mujer pertenecía al mundo que Dios había llamado:
«bueno en gran manera» (Génesis 1:31, RVR1960).
Entonces pensemos en lo que tendríamos que creer para sostener que nunca tuvieron hijos dentro del Edén.
Tendríamos que imaginar a una pareja joven, perfectamente sana, creada para ser marido y mujer, viviendo posiblemente durante años o incluso décadas bajo bendición, manteniendo una vida matrimonial y, al mismo tiempo, evitando permanentemente la reproducción.
¿Para qué?
¿Quién se lo ordenó?
¿Dónde está el mandamiento para abstenerse?
No existe.
El único mandamiento que tenemos dice exactamente lo contrario:
«Fructificad y multiplicaos».
Si permanecieron en el Edén durante un periodo prolongado —algo que estudiaremos más adelante—, la idea de que nunca tuvieron descendencia exige introducir en el relato una restricción que Dios nunca menciona.
Y todavía hay algo más.
No solamente debían multiplicarse.
El mandato continuaba:
«llenad la tierra».
La reproducción no era un detalle secundario.
Formaba parte del enorme proyecto que Dios había puesto en sus manos.
Gobernar una Tierra requería una humanidad.
Adán y Eva eran el comienzo.
Vendrían hijos.
Después nietos.
Después familias.
Después generaciones.
La expansión familiar y el gobierno de la Tierra estaban unidos dentro del mismo mandamiento.
Precisamente por eso en mi libro describo el huerto como un lugar de trabajo, aprendizaje, vida familiar y actividad constante, no como un escenario estático donde dos personas esperaron brevemente hasta ser tentadas.
Las palabras pronunciadas a Eva después del pecado
Pero quizá una de las piezas que más me hizo pensar aparece después de la desobediencia.
Dios le dice a Eva:
«Multiplicaré en gran manera los dolores en tus preñeces; con dolor darás a luz los hijos» (Génesis 3:16, RVR1960).
Leamos la declaración lentamente.
«dolores».
«preñeces».
«darás a luz».
«hijos».
¿Por qué utilizar semejante lenguaje con Eva?
Las palabras tenían que significar algo para ella.
Dios no estaba pronunciando sonidos incomprensibles.
Estaba comunicándole una consecuencia que Eva debía ser capaz de entender.
Y esto es especialmente significativo porque la sentencia consiste precisamente en contrastar el mundo anterior con el que comenzaría después del pecado.
Lo mismo sucede con Adán.
Dios le dice:
«Maldita será la tierra por tu causa; con dolor comerás de ella todos los días de tu vida» (Génesis 3:17, RVR1960).
Después:
«Espinos y cardos te producirá» (Génesis 3:18, RVR1960).
Y:
«Con el sudor de tu rostro comerás el pan» (Génesis 3:19, RVR1960).
¿Por qué podía Adán comprender aquella sentencia?
Porque ya sabía lo que era trabajar.
Dios no necesitaba explicarle qué significaba labrar.
No necesitaba explicarle qué era obtener alimento de la tierra.
Adán ya había experimentado el trabajo bajo bendición:
«para que lo labrara y lo guardase» (Génesis 2:15, RVR1960).
Ahora Dios le estaba explicando que una actividad que ya conocía iba a cambiar dramáticamente.
El trabajo continuaría.
Pero ahora habría:
dolor, resistencia, espinos, cardos y sudor.
En mi libro desarrollo exactamente este contraste: Adán conocía un trabajo bendecido, y la sentencia de Génesis 3 anunciaba que aquello que había conocido de una manera pasaría a experimentarse bajo condiciones completamente diferentes.
Entonces pregunto:
¿por qué no aplicar la misma lógica a Eva?
A Adán:
Ya conocías el trabajo; ahora conocerás el trabajo bajo dolor y maldición.
A Eva:
Ya conoces la maternidad y aquello relacionado con traer hijos al mundo; ahora esa experiencia estará acompañada por dolor.
La estructura de las dos sentencias resulta muy semejante.
No aparece una nueva función para Adán.
El trabajo ya existía.
Lo que cambia es cómo lo experimentará.
Y tampoco aparece una nueva función para Eva.
La reproducción ya había sido ordenada desde Génesis 1:28.
Lo que cambia es cómo la experimentará.
Por eso me parece sumamente significativo que Dios diga:
«Multiplicaré en gran manera los dolores en tus preñeces».
No le está diciendo:
«Ahora conocerás por primera vez lo que significa tener hijos».
Le está diciendo que algo relacionado con sus embarazos y partos será diferente.
Eva debía comprender la diferencia entre lo que había sido y lo que ahora sería.
Y para comprender realmente un contraste, es natural pensar que debía tener un punto de referencia.
Antes: bendición.
Después: dolor.
Exactamente como ocurrió con Adán.
¿Qué sentido tendría hablarle de parto, hijos y dolor?
Aquí quiero profundizar un poco más.
Imagine que alguien jamás hubiera visto agua, jamás hubiera tocado agua y ni siquiera supiera qué significa la palabra «agua».
Decirle:
«A partir de mañana el agua estará mucho más fría»
tendría muy poco sentido hasta que primero entendiera qué es el agua y qué significa frío.
Una advertencia funciona porque las palabras comunican conceptos que la persona puede entender.
Dios estaba hablando con Eva para que comprendiera la magnitud de lo que acababa de ocurrir.
Habla de:
dolor,
parto,
hijos.
Estos conceptos no podían ser sonidos vacíos para ella.
Por supuesto, Eva podía conocer intelectualmente conceptos que Dios le hubiera enseñado sin haber experimentado todavía cada uno de ellos. Pero cuando colocamos esta posibilidad junto con el mandamiento anterior de multiplicarse, la vida matrimonial ya establecida y la posible duración prolongada de su estancia en el huerto, el argumento adquiere mucho más peso.
No tenemos una pieza.
Tenemos varias.
Dios les había ordenado reproducirse.
Eran marido y mujer.
La sexualidad pertenecía al diseño original.
Posiblemente pasaron un periodo considerable dentro del Edén.
Después de pecar, Dios habla con Eva de embarazo, hijos y parto como realidades comprensibles para ella.
Y la sentencia no elimina la reproducción.
Introduce dolor en ella.
Eso, para mí, apunta con fuerza hacia una experiencia previa de maternidad bajo bendición.
Esta misma tesis aparece explícitamente en mi libro cuando planteo que Eva estaba familiarizada con el parto y que, hasta ese momento, lo habría conocido sin el dolor que aparecería después.
Una maldición transforma algo que antes era bendición
Hay un patrón en Génesis 3 que considero importantísimo.
La maldición no aparece creando desde cero todas las experiencias humanas.
Aparece alterando cosas que ya existían.
El trabajo existía.
Ahora habría dolor y sudor.
La tierra producía.
Ahora produciría también espinos y cardos.
El matrimonio existía.
Ahora aparecerían tensiones dentro de la relación.
La reproducción había sido bendecida.
Ahora el parto estaría acompañado de dolor.
La vida existía.
Ahora aparecería la muerte.
Esto es exactamente lo que expreso en el libro cuando digo, en esencia, que una maldición sustituye una condición de bendición por otra dolorosa.
Y si entendemos eso, Génesis 3:16 deja de parecer el momento en que Dios inventó el sufrimiento reproductivo sin un antecedente.
Se convierte en una sentencia devastadora porque Eva podía reconocer lo que estaba perdiendo.
Quizá había traído hijos al mundo sin miedo.
Sin dolor.
Sin complicaciones.
Sin el temor de morir en el parto.
Sin enfermedad.
Sin la ansiedad que las generaciones posteriores conocerían.
Y ahora Dios le estaba diciendo:
eso cambiará.
Una experiencia que había pertenecido a la bendición sería alcanzada por las consecuencias de la caída.
Eso hace que la sentencia resulte mucho más comprensible y también muchísimo más dolorosa.
¿Y entonces Caín?
Naturalmente aparece una pregunta.
Génesis 4 comienza diciendo:
«Conoció Adán a su mujer Eva, la cual concibió y dio a luz a Caín» (Génesis 4:1, RVR1960).
Después nació Abel.
Entonces algunos concluyen inmediatamente:
Caín fue el primer hijo de Adán y Eva.
Pero Génesis nunca dice eso.
No dice:
«Y Eva dio a luz a su primer hijo».
No dice:
«Caín, primogénito de Adán».
Simplemente comienza a seguir la historia de Caín y Abel porque sus vidas serán relevantes para lo que el autor quiere narrar.
La Biblia hace esto constantemente.
No registra a todas las personas que nacieron.
Selecciona aquellas que forman parte de la línea narrativa.
Génesis 5 lo demuestra cuando dice:
«Y fueron los días de Adán después que engendró a Set, ochocientos años, y engendró hijos e hijas» (Génesis 5:4, RVR1960).
¿Cuántos hijos?
No dice.
¿Cuántas hijas?
No dice.
¿Cómo se llamaban?
No lo sabemos.
¿En qué lugar exacto de la secuencia de nacimientos se encontraba cada uno?
No lo sabemos.
El silencio no significa inexistencia.
Significa simplemente que Génesis no pretende proporcionarnos un registro civil completo de la familia de Adán.
Y esto será crucial cuando estudiemos posteriormente:
¿de dónde salió la esposa de Caín?
Mi libro dedica precisamente un capítulo a la descendencia de Adán y Eva «dentro y fuera del huerto», porque el propio desarrollo posterior de Génesis exige reconocer una población mayor que los pocos nombres que el texto decide registrar.
El tiempo también importa
Y todavía queda una pieza que estudiaremos con detenimiento más adelante.
¿Cuánto tiempo permanecieron Adán y Eva dentro del huerto?
Durante muchos años imaginé que habían sido creados, tentados casi inmediatamente y expulsados.
Esa idea tuvo consecuencias profundas en mi percepción de Dios.
Me parecía que Dios había colocado a dos seres inocentes delante de una prueba demasiado pronto y después los había castigado severamente.
Pero cuando comencé a estudiar cuánto tuvieron que aprender, trabajar, gobernar y experimentar, aquella imagen comenzó a derrumbarse.
Mi libro explica precisamente que pensar que Adán y Eva fueron creados y pecaron prácticamente al día siguiente me llevaba a imaginar a Dios como injusto; por ello considero esencial reconstruir qué hicieron realmente durante su estancia en el Edén.
Si la estancia fue larga —como creo que la evidencia indirecta permite sostener—, entonces la idea de que nunca tuvieron descendencia se vuelve todavía más difícil.
Una pareja joven.
Casada.
Saludable.
Fértil.
Sin enfermedad.
Sin maldición.
Viviendo probablemente durante años o décadas.
Y con una orden directa de Dios:
«Fructificad y multiplicaos».
Para que no hubieran tenido hijos tendríamos que suponer que durante todo aquel periodo decidieron abstenerse o evitar sistemáticamente la reproducción.
Pero nuevamente pregunto:
¿por qué?
No hay prohibición.
No hay espera ordenada.
No hay fecha futura.
Hay un mandamiento presente:
«Multiplicaos».
Por eso, cuando reúno las piezas, encuentro mucho más coherente concluir que la familia comenzó dentro del Edén, no después de perderlo.
¿Qué aprendimos de Dios?
Esta conclusión cambia otra vez el retrato de la vida original.
El Edén no era simplemente un lugar donde vivían dos adultos.
Era el comienzo de una sociedad.
De generaciones.
De familias.
De hijos naciendo bajo bendición.
De padres enseñándoles.
De una humanidad destinada a crecer mientras permanecía dentro del Reino y del propósito de Dios.
Y eso también nos dice algo acerca del Padre.
Dios no creó a Adán y Eva para mantenerlos solos.
Quiso que compartieran la vida.
Quiso familia.
Quiso hijos.
Quiso generaciones.
Quiso una Tierra llena de seres creados a su imagen.
Y originalmente la llegada de un hijo no estaba asociada con terror, enfermedad o muerte.
Estaba contenida dentro de una palabra:
bendición.
Después del pecado, Dios no tuvo que explicarle a Adán qué era trabajar.
Adán ya lo sabía.
Le explicó que el trabajo que conocía cambiaría.
Y creo que ocurre lo mismo con Eva.
No necesitaba explicarle qué eran los hijos, el embarazo o el parto como si estuviera introduciendo conceptos completamente ajenos al propósito que ya les había dado.
Le estaba anunciando que aquello que conocía bajo bendición ahora sería experimentado bajo dolor.
Eso hace que Génesis 3 sea mucho más trágico.
Porque Adán y Eva no perdieron un futuro que jamás habían probado.
Comenzaron a perder una manera de vivir que ya conocían.
Trabajo bendecido.
Relación bendecida.
Familia bendecida.
Partos sin la condición dolorosa que vendría después.
Vida bajo la presencia de Dios.
Y si además ya había hijos dentro de aquel mundo, entonces la caída adquiere una dimensión todavía mayor.
Porque Adán y Eva no estaban decidiendo solamente por ellos mismos.
Había una familia detrás.
Posiblemente hijos que habían conocido el mundo antes de la maldición.
Y entonces aparece una pregunta estremecedora:
¿qué significó para aquellos hijos ver cambiar el mundo en el que habían nacido?
Todavía no vayamos allí.
Pero guardemos la pieza.
Porque cuanto más descubrimos acerca de lo que existía antes de la caída, más comenzamos a comprender cuánto había realmente para perder.
Libro recomendado

Escuche música con propósito
