05. Cuando el agua se convirtió en vino: autoridad sobre la quimica

Dr. Elio M Rivera

El día en que una sustancia se convirtió en otra

  A lo largo de esta serie estamos examinando diferentes manifestaciones de la autoridad de Jesucristo. Ya vimos que habló acerca de acontecimientos futuros, que el viento y el mar obedecieron su palabra y que caminó sobre las aguas del mar de Galilea.

  Ahora llegamos a un acontecimiento diferente y, desde el punto de vista de la materia, extraordinariamente interesante.

  Jesús no calmó una tormenta.

  No caminó sobre el agua.

  Esta vez hizo algo completamente distinto:

transformó el agua en vino.

  Estamos tan familiarizados con la historia de las bodas de Caná que podemos perder de vista la magnitud de lo ocurrido.

  El agua posee determinadas características.

  El vino posee otras.

  No tienen la misma composición.

  No tienen el mismo sabor.

  No tienen el mismo aroma.

  No contienen las mismas sustancias.

  Para obtener vino normalmente necesitamos uvas y una serie de procesos físicos, químicos y biológicos que requieren tiempo.

  Pero en Caná no hubo viñedo.

  No hubo cosecha.

  No hubo uvas exprimidas.

  No hubo fermentación esperando su proceso natural.

  Había agua.

  Y después:

había vino.

Todo comenzó durante una boda

  Juan sitúa el acontecimiento en Caná de Galilea.

“Al tercer día se hicieron unas bodas en Caná de Galilea; y estaba allí la madre de Jesús.”
Juan 2:1

  Jesús y sus discípulos también fueron invitados.

  Entonces surgió un problema:

“Y faltando el vino, la madre de Jesús le dijo: No tienen vino.”
Juan 2:3

  Para nosotros podría parecer simplemente un inconveniente.

  Pero dentro de aquella cultura, una boda constituía una celebración social de enorme importancia que podía prolongarse durante varios días. La hospitalidad de la familia era parte fundamental de la celebración.

  Quedarse sin vino frente a los invitados representaba una situación profundamente vergonzosa para los anfitriones.

  María informó a Jesús.

  Después dijo a quienes servían:

“Haced todo lo que os dijere.”
Juan 2:5

  Aquellas palabras prepararon el escenario para el primer milagro que Juan identifica como una señal realizada por Jesucristo.

Seis tinajas llenas de agua

  Juan proporciona un detalle que resulta muy importante:

“Y estaban allí seis tinajas de piedra para agua, conforme al rito de la purificación de los judíos, en cada una de las cuales cabían dos o tres cántaros.”
Juan 2:6

  Jesús ordenó:

“Llenad estas tinajas de agua.”
Juan 2:7

  Y Juan añade:

“Y las llenaron hasta arriba.”

  Este pequeño detalle tiene enorme importancia.

  Las tinajas no quedaron medio llenas.

  No había espacio considerable para añadir otra sustancia.

  Las llenaron hasta arriba.

  Lo que entró en ellas fue agua.

  Los sirvientes lo sabían porque ellos mismos las habían llenado.

  Entonces Jesús dijo:

“Sacad ahora, y llevadlo al maestresala.”
Juan 2:8

  Y lo hicieron.

El agua ya no era agua

  Cuando el encargado del banquete recibió lo que habían sacado de las tinajas ocurrió algo extraordinario.

  Juan dice:

“Cuando el maestresala probó el agua hecha vino…”
Juan 2:9

  Observe cuidadosamente las palabras:

“el agua hecha vino.”

  No dice que el agua parecía vino.

  No dice que adquirió simplemente el color del vino.

  No dice que alguien añadió saborizante.

  Juan afirma directamente que:

el agua se había convertido en vino.

  Y existe un detalle todavía más importante.

  El producto fue probado.

  Esto significa que el milagro no consistió solamente en una modificación visual.

  El maestresala lo llevó a su boca.

  Percibió su sabor.

  Evaluó su calidad.

  Y llegó a una conclusión.

No solamente era vino: era buen vino

  El encargado del banquete llamó al esposo y le dijo:

“Todo hombre sirve primero el buen vino, y cuando ya han bebido mucho, entonces el inferior; mas tú has reservado el buen vino hasta ahora.”
Juan 2:10

  Esto hace todavía más extraordinario el acontecimiento.

  Jesús no produjo simplemente una sustancia que pudiera confundirse vagamente con vino.

  El resultado fue suficientemente auténtico como para que una persona familiarizada con la bebida pudiera probarlo y evaluar su calidad.

  Y su conclusión fue que era bueno.

  Muy bueno.

  El agua había adquirido las propiedades necesarias para ser reconocida como vino.

¿Qué significa convertir agua en vino?

  Aquí podemos observar el acontecimiento desde una perspectiva particularmente interesante.

  El agua es una sustancia relativamente sencilla, formada fundamentalmente por moléculas de H₂O.

  El vino es enormemente más complejo.

  Además de agua, contiene numerosas sustancias procedentes de las uvas y de los procesos que intervienen en su elaboración: azúcares residuales, ácidos orgánicos, compuestos aromáticos, pigmentos, minerales y muchas otras moléculas que contribuyen a su sabor, aroma y características.

  Por tanto, convertir agua en vino no significa simplemente cambiar su color.

  Significa producir materia organizada de una composición diferente.

  Allí donde antes no estaban presentes los componentes característicos del vino, ahora tenían que estar presentes.

  Donde había agua, ahora había una bebida que podía ser servida, probada y reconocida como vino.

  Desde nuestra perspectiva moderna, esto hace que el milagro resulte todavía más impresionante.

Jesús realizó en un instante lo que normalmente requiere una larga cadena de procesos

  Pensemos por un momento en todo lo que normalmente tendría que ocurrir para producir vino.

  Primero necesitamos una vid.

  La vid necesita crecer.

  Necesita desarrollar hojas.

  Necesita recibir agua y nutrientes del suelo.

  Necesita luz.

  Tiene que producir uvas.

  Las uvas deben madurar.

  Después deben ser cosechadas.

  Su jugo debe ser extraído.

  Y posteriormente intervienen procesos de fermentación y elaboración hasta obtener vino.

  Todo esto requiere materia.

  Energía.

  Procesos biológicos.

  Reacciones químicas.

  Y tiempo.

  En Caná, Jesús omitió toda esa cadena visible de procesos.

  No necesitó una viña.

  No necesitó esperar una cosecha.

  No necesitó uvas.

  No necesitó una prensa.

  No necesitó esperar la fermentación.

  El proceso que normalmente requiere numerosos pasos quedó sustituido por la autoridad de Jesucristo.

Pensemos en la magnitud de lo ocurrido

  Juan menciona seis tinajas.

  Cada una podía contener dos o tres medidas.

  Las estimaciones exactas varían debido a las antiguas unidades utilizadas, pero estamos hablando de una cantidad considerable de líquido, probablemente del orden de cientos de litros en total.

  No fue simplemente un vaso.

  No fue una pequeña muestra.

  Seis grandes recipientes habían sido llenados hasta arriba.

  El volumen del milagro hace todavía más impresionante la transformación.

  Una enorme cantidad de agua fue convertida en vino.

Materia que antes no estaba allí

  Aquí llegamos al punto central de nuestro estudio.

  ¿De dónde procedieron los componentes que ahora formaban el vino?

  Antes había agua.

  Después había vino.

  No hubo uvas introducidas en las tinajas.

  No hubo ingredientes añadidos por los sirvientes.

  No hubo un proceso natural visible mediante el cual aquellos componentes aparecieran.

  Jesús manifestó autoridad sobre la materia misma.

  Aquello que no estaba presente en la composición inicial apareció en el producto final.

  Esta observación nos acerca inevitablemente a una característica que en el primer artículo dijimos que esperaríamos encontrar en Dios:

poder creador.

La Biblia presenta a Dios como Creador de la materia

  La primera frase de la Biblia declara:

“En el principio creó Dios los cielos y la tierra.”
Génesis 1:1

  El Salmo 33 describe el poder creador de Dios de una manera extraordinaria:

“Porque él dijo, y fue hecho;
Él mandó, y existió.”

Salmo 33:9

  La materia no representa una dificultad para Dios.

  Él es su Creador.

  Y cuando llegamos al Nuevo Testamento encontramos una declaración sorprendente acerca de Jesucristo:

“Todas las cosas por él fueron hechas, y sin él nada de lo que ha sido hecho, fue hecho.”
Juan 1:3

  Esto aparece precisamente en el mismo Evangelio que poco después nos llevará a Caná.

  Juan comienza presentando al Verbo como participante en la creación.

  Después nos muestra al Verbo hecho carne.

  Y entonces, en el capítulo dos, nos presenta a Jesús transformando la materia.

El Creador conocía perfectamente su creación

  Hay algo hermoso en este acontecimiento.

  Para nosotros, la química del vino es compleja.

  Tenemos que estudiar sus moléculas.

  Analizar sus componentes.

  Comprender sus reacciones.

  Pero para el Creador no existe misterio alguno en la estructura de la materia.

  Cada átomo.

  Cada molécula.

  Cada enlace.

  Cada propiedad.

  Todo existe dentro de un universo cuya existencia depende finalmente de Dios.

  La carta a los Colosenses declara acerca de Cristo:

“Porque en él fueron creadas todas las cosas, las que hay en los cielos y las que hay en la tierra.”
Colosenses 1:16

  Y después añade:

“Y todas las cosas en él subsisten.”
Colosenses 1:17

  El milagro de Caná adquiere entonces una profundidad extraordinaria.

  El que creó la materia manifestó autoridad sobre ella.

Jesús ni siquiera tocó el agua

  Otro detalle resulta sorprendente.

  El relato no dice que Jesús introdujera sus manos en las tinajas.

  No mezcló ingredientes.

  No realizó movimientos especiales.

  No pronunció una fórmula.

  Los sirvientes llenaron las tinajas.

  Jesús simplemente ordenó:

“Sacad ahora, y llevadlo al maestresala.”

  Eso fue todo.

  Cuando llegó al encargado:

era vino.

  La sencillez con la que Jesús realiza el milagro constituye parte de su grandeza.

  No vemos esfuerzo.

  Vemos autoridad.

El milagro ocurrió delante de personas que conocían el origen del agua

  El maestresala no sabía de dónde había salido aquel vino.

  Pero había personas que sí lo sabían.

  Juan añade:

“Aunque no sabía él de dónde era, aunque lo sabían los sirvientes que habían sacado el agua.”
Juan 2:9

  Los sirvientes eran testigos privilegiados.

  Ellos habían llevado el agua.

  Ellos habían llenado las tinajas.

  Ellos sabían que habían colocado agua dentro de aquellos recipientes.

  Después sacaron el contenido.

  Y ahora era vino.

  No necesitaban que alguien les explicara lo ocurrido.

  Lo habían visto desde el principio.

Juan no lo llamó simplemente milagro: lo llamó señal

  El Evangelio termina el episodio con una declaración fundamental:

“Este principio de señales hizo Jesús en Caná de Galilea, y manifestó su gloria; y sus discípulos creyeron en él.”
Juan 2:11

  Juan utiliza una palabra profundamente significativa:

señal.

  Una señal apunta hacia algo.

  El propósito del acontecimiento no era simplemente solucionar el problema de una boda.

  Aquella transformación revelaba algo acerca de quién era Jesús.

  Juan lo dice directamente:

“manifestó su gloria.”

  Los discípulos no contemplaron simplemente vino extraordinario.

  Contemplaron una manifestación de la gloria de Cristo.

¿Qué esperaríamos de un Dios?

  Regresemos nuevamente a nuestra pregunta.

  Si Dios creó la materia, ¿esperaríamos que tuviera autoridad sobre ella?

  Sí.

  Si creó los elementos y las propiedades mediante las cuales interactúan, ¿esperaríamos que pudiera transformarlos?

  Sí.

  Si es el Creador de las uvas, de sus moléculas, de sus azúcares, de sus ácidos y de todos los procesos mediante los cuales se produce naturalmente el vino, ¿sería extraño que pudiera producir directamente aquello que normalmente requiere esos procesos?

  No.

  Eso es precisamente lo que esperaríamos del Creador.

  Y eso es lo que Jesús hizo en Caná.

De agua a vino

  Detengámonos finalmente frente a aquellas seis tinajas.

  Los sirvientes las llenaron hasta arriba.

  Sabían lo que habían colocado dentro:

agua.

  Después Jesús intervino.

  Sacaron nuevamente el contenido.

  El maestresala lo probó.

  Reconoció inmediatamente lo que tenía delante.

Vino.

  Y no cualquier vino.

  Buen vino.

  Algo había sucedido con la materia contenida en aquellas tinajas.

  Su composición había cambiado.

  Aquello que no estaba allí ahora estaba presente.

  Y Juan nos dice por qué aquel acontecimiento era importante:

“manifestó su gloria.”

  En el artículo anterior vimos a Jesucristo caminando sobre el agua.

  Ahora lo hemos visto hacer algo todavía diferente:

transformarla.

  Y nuevamente encontramos aquello que hemos estado buscando desde el comienzo de esta serie:

una autoridad que pertenece al Creador sobre su propia creación.

Referencias bíblicas

  • Juan 2:1-11 — Relato completo de las bodas de Caná. Jesús ordena llenar seis tinajas de agua; el agua es transformada en vino, el maestresala lo prueba y reconoce su calidad. Juan declara que mediante esta señal Jesús “manifestó su gloria”.
  • Juan 1:1-3 — “Todas las cosas por él fueron hechas, y sin él nada de lo que ha sido hecho, fue hecho.”
  • Juan 1:14 — “Y aquel Verbo fue hecho carne, y habitó entre nosotros… y vimos su gloria.”
  • Génesis 1:1 — “En el principio creó Dios los cielos y la tierra.”
  • Salmo 33:6 — “Por la palabra de Jehová fueron hechos los cielos, y todo el ejército de ellos por el aliento de su boca.”
  • Salmo 33:9 — “Porque él dijo, y fue hecho; él mandó, y existió.”
  • Colosenses 1:16 — “Porque en él fueron creadas todas las cosas, las que hay en los cielos y las que hay en la tierra.”
  • Colosenses 1:17 — “Y él es antes de todas las cosas, y todas las cosas en él subsisten.”
  • Hebreos 1:2-3 — Dios hizo el universo por medio del Hijo, quien sustenta “todas las cosas con la palabra de su poder”.

Libro recomendado

Escucha música con propósito:

NUEVO EN CRISTOPEDIA

     Descubre las nuevas series, libros y recursos que hemos añadido al Museo y a la Biblioteca de Cristopedia.

WhatsApp
Facebook
X
LinkedIn
Email

Autor

Elio Rivera

El Dr. Elio M. Rivera es médico, pastor, escritor y fundador del Museo La Vida y Obra de Jesucristo, de la casa hogar Manantial de Amor y Comunidad Cristiana Mana. Ha viajado extensamente por Israel estudiando los lugares históricos relacionados con la vida de Jesucristo. Además de su labor ministerial y humanitaria, también es hombre de negocios, autor de más de 60 libros.