Por el Dr. Elio M Rivera
Hasta ahora hemos escuchado a Jesús realizar afirmaciones extraordinarias acerca de sí mismo.
Declaró existir antes que Abraham.
Afirmó una profunda unidad con el Padre.
Se identificó con el Hijo del Hombre de Daniel.
Perdonó pecados.
Dijo ser el camino, la verdad y la vida.
Aceptó que Tomás lo llamara “Señor mío, y Dios mío”.
Recibió adoración.
Y anunció anticipadamente que moriría y resucitaría.
Pero ahora debemos considerar un hecho que hace que todas esas afirmaciones adquieran un peso todavía mayor:
Jesús estuvo dispuesto a morir sin retractarse de quién decía ser ni de la misión que afirmaba haber recibido.
Y no estamos hablando de una muerte tranquila.
Estamos hablando de crucifixión.
Una de las formas de ejecución más humillantes, dolorosas y aterradoras utilizadas en el mundo romano.
Jesús sabía hacia dónde se dirigía
Según los Evangelios, Jesús no fue sorprendido por completo por los acontecimientos finales.
Había advertido repetidamente a sus discípulos que se dirigía hacia la muerte.
“He aquí subimos a Jerusalén, y el Hijo del Hombre será entregado a los principales sacerdotes y a los escribas, y le condenarán a muerte, y le entregarán a los gentiles; y le escarnecerán, le azotarán, y escupirán en él, y le matarán…”
Marcos 10:33-34, RVR1960
Observe la descripción.
Jesús sabía que se dirigía hacia:
arresto,
condenación,
humillación,
azotes,
maltrato
y:
muerte.
Sin embargo, continuó hacia Jerusalén.
Lucas describe el momento con una expresión notable:
“Cuando se cumplió el tiempo en que él había de ser recibido arriba, afirmó su rostro para ir a Jerusalén.”
Lucas 9:51, RVR1960
Jesús sabía que el conflicto estaba creciendo.
Sabía que existían planes contra Él.
Sabía que Jerusalén podía significar su muerte.
Y aun así:
fue.
Había ocasiones en las que quisieron matarlo antes
La hostilidad no apareció repentinamente durante la última semana.
Los Evangelios describen un conflicto creciente.
“Por esto los judíos aun más procuraban matarle…”
Juan 5:18, RVR1960
En otra ocasión:
“Tomaron entonces piedras para arrojárselas…”
Juan 8:59, RVR1960
Después de la resurrección de Lázaro, Juan registra:
“Así que, desde aquel día acordaron matarle.”
Juan 11:53, RVR1960
Jesús podía ver hacia dónde se dirigían las cosas.
La amenaza era real.
Podía retirarse definitivamente.
Podía desaparecer.
Podía modificar su mensaje.
Podía evitar Jerusalén.
Pero no lo hizo.
La crucifixión no era una manera sencilla de morir
Cuando hoy vemos una cruz, generalmente pensamos en un símbolo religioso.
Pero para una persona del siglo I la imagen era completamente diferente.
La cruz era un instrumento romano de ejecución.
Estaba diseñada no solamente para matar, sino también para humillar, intimidar y exhibir públicamente al condenado.
Antes de la crucifixión, Jesús fue azotado.
Marcos registra sencillamente:
“…después de azotar a Jesús, le entregó para que fuese crucificado.”
Marcos 15:15, RVR1960
Después los soldados se burlaron de Él.
“Y le vistieron de púrpura, y poniéndole una corona tejida de espinas, comenzaron luego a saludarle: ¡Salve, Rey de los judíos!”
Marcos 15:17-18, RVR1960
Y continúa:
“Y le golpeaban en la cabeza con una caña, y le escupían, y puestos de rodillas le hacían reverencias.”
Marcos 15:19, RVR1960
Después:
“Y le sacaron para crucificarle.”
Marcos 15:20, RVR1960
La crucifixión era pública.
Era lenta.
Era degradante.
El condenado quedaba expuesto ante los demás mientras su cuerpo sufría un deterioro extremo.
No era una muerte que alguien pudiera enfrentar ligeramente.
Jesús tuvo oportunidades de evitar el desenlace
Existe otro aspecto importante.
Jesús no fue condenado simplemente porque alguien descubrió accidentalmente algo que Él había hecho.
Durante su interrogatorio tuvo oportunidades de guardar silencio, negar algunas de sus afirmaciones o reformular su identidad.
Cuando el sumo sacerdote le preguntó:
“¿Eres tú el Cristo, el Hijo del Bendito?”
Marcos 14:61, RVR1960
Jesús respondió:
“Yo soy; y veréis al Hijo del Hombre sentado a la diestra del poder de Dios, y viniendo con las nubes del cielo.”
Marcos 14:62, RVR1960
Ya hemos estudiado la enorme carga de esta declaración.
¿Y cuál fue la reacción?
“Entonces el sumo sacerdote, rasgando su vestidura, dijo: ¿Qué más necesidad tenemos de testigos? Habéis oído la blasfemia…”
Marcos 14:63-64, RVR1960
Jesús sabía perfectamente la gravedad de sus palabras.
Sin embargo, no se retractó.
No respondió:
“Me entendieron mal”.
No dijo:
“Solamente quise decir que soy un maestro”.
No negó aquello que acababa de afirmar.
Continuó hacia la condenación.
¿Morir por algo demuestra que es verdadero?
Aquí debemos ser extremadamente cuidadosos.
No.
El simple hecho de que una persona muera por una creencia no demuestra que la creencia sea verdadera.
A lo largo de la historia seres humanos han muerto por ideas religiosas, políticas y filosóficas que probablemente eran falsas.
Una persona puede estar sinceramente equivocada.
Por tanto, el argumento no debe formularse así:
“Jesús murió por lo que creía, entonces necesariamente era Dios.”
Eso sería demasiado.
Pero el caso de Jesús plantea una pregunta diferente.
Si Jesús inventó conscientemente sus afirmaciones acerca de sí mismo, entonces Él sabría que eran falsas.
No sería simplemente una persona engañada por otros.
Sería el autor de la supuesta mentira.
Y entonces debemos preguntar:
¿Por qué permanecer fiel a una mentira que Él mismo habría fabricado cuando abandonarla podía significar escapar de una muerte brutal?
Ahí está la fuerza del argumento.
Una mentira conocida es diferente de una creencia equivocada
Imaginemos a una persona que recibe información falsa y sinceramente cree que es verdadera.
Puede estar dispuesta a sufrir por ella.
Puede incluso morir convencida de que tiene razón.
Pero supongamos ahora que esa misma persona inventó personalmente la historia.
Sabe exactamente que es falsa.
Sabe que jamás ocurrió.
Y entonces comienzan:
las amenazas,
los golpes,
la tortura,
y finalmente la perspectiva de una ejecución dolorosa.
En algún momento esperaríamos que dijera:
“No es verdad. Yo lo inventé.”
Especialmente si la mentira no le está proporcionando riqueza, seguridad o poder.
En el caso de Jesús ocurre exactamente lo contrario.
Sus afirmaciones le producen creciente oposición.
Pierde seguidores.
Es acusado.
Es arrestado.
Es golpeado.
Es humillado.
Y finalmente es crucificado.
Sin embargo, no encontramos una retractación.
“Yo pongo mi vida”
El Evangelio de Juan presenta la muerte de Jesús como algo que Él asume voluntariamente dentro de su misión.
Jesús declara:
“Por eso me ama el Padre, porque yo pongo mi vida, para volverla a tomar.”
Juan 10:17, RVR1960
Después dice:
“Nadie me la quita, sino que yo de mí mismo la pongo.”
Juan 10:18, RVR1960
Y añade:
“Tengo poder para ponerla, y tengo poder para volverla a tomar.”
Juan 10:18, RVR1960
Según el relato, Jesús no se entiende simplemente como una víctima atrapada accidentalmente por las circunstancias.
Ve su muerte como parte de su misión.
Esto aparece también en Marcos:
“Porque el Hijo del Hombre no vino para ser servido, sino para servir, y para dar su vida en rescate por muchos.”
Marcos 10:45, RVR1960
Observe las palabras:
“para dar su vida”.
Para Jesús, su muerte tenía significado.
Formaba parte de aquello para lo cual había venido.
Getsemaní demuestra que no era indiferente al sufrimiento
Existe algo que hace este argumento todavía más humano y convincente.
Los Evangelios no presentan a Jesús caminando hacia la crucifixión como alguien insensible al dolor.
En Getsemaní vemos exactamente lo contrario.
Jesús dice:
“Mi alma está muy triste, hasta la muerte…”
Mateo 26:38, RVR1960
Después ora:
“Padre mío, si es posible, pase de mí esta copa; pero no sea como yo quiero, sino como tú.”
Mateo 26:39, RVR1960
Esto es importantísimo.
Jesús no deseaba el sufrimiento por el sufrimiento mismo.
Sabía lo que se acercaba.
Experimentó angustia.
No era una representación teatral.
Y aun así decidió continuar:
“No sea como yo quiero, sino como tú.”
Su disposición a morir no parece surgir de indiferencia hacia la vida.
Surge de una convicción profunda acerca de su misión.
Podía haber huido
Cuando llegaron a arrestarlo, Jesús incluso dejó claro que no se consideraba completamente indefenso.
Cuando uno de sus discípulos intentó defenderlo con una espada, Jesús respondió:
“Vuelve tu espada a su lugar…”
Mateo 26:52, RVR1960
Y añadió:
“¿Acaso piensas que no puedo ahora orar a mi Padre, y que él no me daría más de doce legiones de ángeles?”
Mateo 26:53, RVR1960
Después explica:
“¿Pero cómo entonces se cumplirían las Escrituras, de que es necesario que así se haga?”
Mateo 26:54, RVR1960
Dentro del relato evangélico, Jesús no va hacia la cruz porque perdió completamente el control.
Va porque considera que aquello forma parte de su misión.
Incluso en la cruz no retiró su mensaje
La burla continuó durante la crucifixión.
Mateo registra que algunos decían:
“Si eres Hijo de Dios, desciende de la cruz.”
Mateo 27:40, RVR1960
Y los líderes religiosos se burlaban:
“Confió en Dios; líbrele ahora si le quiere; porque ha dicho: Soy Hijo de Dios.”
Mateo 27:43, RVR1960
Observe el punto.
Incluso mientras Jesús está crucificado, su identidad está en el centro de la burla.
“Ha dicho: Soy Hijo de Dios.”
Si todo hubiera sido una fabricación, aquel habría sido el momento de abandonarla.
Pero no encontramos ninguna retractación.
¿Qué ganó Jesús humanamente con esa supuesta mentira?
Esta pregunta también merece consideración.
Si alguien sostiene que Jesús deliberadamente engañó a las personas acerca de su identidad, debemos preguntar:
¿qué estaba intentando obtener?
¿Riqueza?
No parece haberla acumulado.
¿Una posición política?
No terminó en un palacio.
¿Seguridad?
Terminó arrestado.
¿Prestigio entre las autoridades?
Fue condenado.
¿Una vida cómoda?
Fue crucificado.
La hipótesis de un engaño consciente debe explicar por qué un hombre construiría semejantes afirmaciones, perseveraría en ellas mientras aumentaba el peligro y finalmente soportaría una ejecución brutal sin retractarse.
Esto no prueba por sí solo que Jesús sea Dios.
Pero hace que la explicación:
“Jesús simplemente era un mentiroso que sabía que todo era falso”
sea mucho más difícil de sostener.
La muerte de Jesús demuestra al menos algo importante
Existe una conclusión que podemos formular con bastante prudencia.
Si los relatos evangélicos conservan correctamente el núcleo de estas afirmaciones y de la conducta de Jesús, entonces su disposición a enfrentar la muerte proporciona evidencia importante de que Jesús parece haber sido profundamente sincero acerca de su misión y de su identidad.
Eso no resuelve todavía toda la cuestión.
Una persona sincera puede estar equivocada.
Por eso todavía debemos preguntar:
¿Estaba Jesús equivocado?
Pero la alternativa del fraude consciente comienza a tener dificultades.
Jesús no solamente enseñó sus afirmaciones cuando las multitudes lo seguían.
Las sostuvo cuando comenzó la oposición.
Las sostuvo cuando aparecieron amenazas.
Las sostuvo durante su interrogatorio.
Y no las abandonó cuando el precio llegó a ser:
la cruz.
Intente imaginar aquella noche
Regresemos nuevamente a nuestra investigación como si estuviéramos allí.
Sabemos que quieren arrestarnos.
Sabemos que puede haber azotes.
Sabemos que Roma crucifica.
Sabemos que los enemigos están conspirando.
Si toda nuestra historia fuera una mentira inventada personalmente, ¿cuánto tardaríamos en decir:
“Está bien, lo inventé”?
¿Después del primer golpe?
¿Después del azote?
¿Cuando viéramos la cruz?
¿Cuando llegaran los clavos?
Sin embargo, Jesús continúa.
Y eso obliga a tomar en serio una posibilidad:
Él realmente creía ser quien decía ser.
Entonces nuestra investigación se vuelve todavía más inquietante.
Porque si Jesús no parece comportarse como un engañador consciente, quedan otras posibilidades.
Podría haber estado profundamente equivocado acerca de sí mismo.
O podría haber estado diciendo la verdad.
Y entonces aparece una evidencia que puede ayudarnos a decidir entre ambas:
Jesús no solamente dijo que moriría.
También dijo que:
resucitaría.
Por eso la cruz no constituye el final de nuestra investigación.
Nos conduce directamente hacia la pregunta decisiva:
¿Qué ocurrió con Jesús después de su muerte?
Referencias
Biblia Reina-Valera 1960: Mateo 16:21-23; Mateo 20:17-19; Mateo 26:36-54; Mateo 27:27-50; Marcos 8:31-33; Marcos 10:32-45; Marcos 14:53-65; Marcos 15:15-39; Lucas 9:51; Juan 5:18; Juan 8:58-59; Juan 10:17-18; Juan 11:45-53; Juan 18:1-11.
Hengel, Martin. Crucifixion in the Ancient World and the Folly of the Message of the Cross. Fortress Press. Estudio clásico sobre la crucifixión romana y su carácter humillante y brutal.
Cook, John Granger. Crucifixion in the Mediterranean World. Mohr Siebeck, 2014. Amplio estudio histórico sobre la práctica de la crucifixión en el mundo antiguo.
Keener, Craig S. The Historical Jesus of the Gospels. Eerdmans, 2009.
Evans, Craig A. Jesus and His World: The Archaeological Evidence. Westminster John Knox Press, 2012.
Wright, N. T. Jesus and the Victory of God. Fortress Press, 1996.
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