Dr. Elio M Rivera
¿Qué ocurrió para transformar de esa manera a los discípulos?
Existe una evidencia de la resurrección que no estaba dentro del sepulcro.
No era la piedra.
No eran los lienzos.
No era el sudario.
Ni siquiera era la tumba vacía.
Esta evidencia comenzó a manifestarse en los propios discípulos.
Porque existe una diferencia extraordinaria entre los hombres que encontramos inmediatamente después de la crucifixión y los hombres que encontramos poco tiempo después proclamando públicamente que Jesucristo había resucitado.
Antes estaban huyendo.
Después estaban predicando.
Antes se escondían.
Después hablaban públicamente.
Antes tenían miedo de ser identificados con Jesús.
Después estaban dispuestos a sufrir por anunciarlo.
La pregunta histórica es inevitable:
¿Qué ocurrió entre esos dos momentos?
Cuando arrestaron a Jesús, huyeron
Los Evangelios no intentan presentar a los discípulos como héroes.
Cuando Jesús fue arrestado, Marcos dice:
“Entonces todos los discípulos, dejándole, huyeron.”
Marcos 14:50
Todos huyeron.
Aquellos hombres habían caminado con Jesús durante años.
Habían escuchado sus enseñanzas.
Habían presenciado sus obras.
Pero cuando llegaron los soldados y Jesús fue arrestado:
Huyeron.
Éste es el grupo que después tendremos que explicar.
Pedro incluso negó conocerlo
El caso de Pedro resulta todavía más dramático.
Cuando comenzaron a identificarlo como uno de los seguidores de Jesús, Pedro respondió:
“No conozco al hombre.”
Mateo 26:72
Y posteriormente:
“Entonces él comenzó a maldecir, y a jurar: No conozco al hombre.”
Mateo 26:74
Pensemos en esto.
Pedro no estaba defendiendo públicamente la causa de Jesús.
Estaba intentando separarse de Él.
Tenía miedo.
Y cuando cantó el gallo comprendió lo que había hecho:
“Y saliendo fuera, lloró amargamente.”
Mateo 26:75
Éste es el Pedro anterior a la resurrección.
Después de la crucifixión seguían teniendo miedo
La muerte de Jesús no produjo inmediatamente una explosión de valentía entre sus discípulos.
Juan nos dice que, aun después de encontrarse vacía la tumba:
“Estando las puertas cerradas en el lugar donde los discípulos estaban reunidos por miedo de los judíos…”
Juan 20:19
Las puertas estaban cerradas.
¿Por qué?
“Por miedo.”
Esto es extraordinariamente importante.
No encontramos a un grupo preparando una campaña para convencer al mundo de que Jesús había resucitado.
Encontramos a hombres encerrados.
Ni siquiera creyeron inmediatamente los primeros testimonios
Esto ya lo hemos mencionado anteriormente y no necesitamos desarrollarlo otra vez, pero forma parte indispensable de la comparación.
Cuando las mujeres regresaron anunciando lo ocurrido:
“Mas a ellos les parecían locura las palabras de ellas, y no las creían.”
Lucas 24:11
Marcos también registra que cuando María Magdalena anunció que Jesús vivía:
“Ellos, cuando oyeron que vivía, y que había sido visto por ella, no lo creyeron.”
Marcos 16:11
Por tanto, el punto de partida está bastante claro.
Huyeron.
Negaron.
Se escondieron.
Tuvieron miedo.
Y al principio no creyeron.
Ahora avancemos.
Poco después encontramos hombres completamente diferentes
Llegamos al libro de los Hechos.
Pedro está en Jerusalén.
Pero ahora no está escondiéndose.
No está negando conocer a Jesús.
Está delante de una multitud proclamando:
“A este Jesús resucitó Dios, de lo cual todos nosotros somos testigos.”
Hechos 2:32
¿Qué ocurrió con Pedro?
Éste es el mismo hombre.
La misma ciudad.
El mismo mensaje acerca de Jesús que anteriormente le producía temor.
Pero su conducta ha cambiado radicalmente.
El hombre que dijo “no lo conozco” ahora decía “somos testigos”
Compare las dos declaraciones.
Antes:
“No conozco al hombre.”
Después:
“Todos nosotros somos testigos.”
No estamos hablando de una pequeña modificación en su personalidad.
Estamos observando una transformación extraordinaria.
Pedro pasó de negar su relación con Jesús para protegerse a proclamar públicamente que aquel mismo Jesús había resucitado.
Y lo hicieron precisamente en Jerusalén
Esto también tiene enorme importancia.
Los discípulos no comenzaron proclamando la resurrección exclusivamente en una región distante donde nadie conociera los acontecimientos.
El libro de Hechos coloca la proclamación pública en:
Jerusalén.
La ciudad donde Jesús había sido arrestado.
La ciudad donde había sido juzgado.
La ciudad donde había sido crucificado.
La ciudad donde había sido sepultado.
Y allí Pedro declaró:
“Al cual Dios levantó, sueltos los dolores de la muerte, por cuanto era imposible que fuese retenido por ella.”
Hechos 2:24
Entonces comenzaron las amenazas
La proclamación tuvo consecuencias.
Pedro y Juan fueron llevados delante de las autoridades.
Se les preguntó con qué poder habían actuado.
Pedro respondió hablando nuevamente de Jesucristo:
“A quien vosotros crucificasteis y a quien Dios resucitó de los muertos.”
Hechos 4:10
Éste es el hombre que unas semanas antes había tenido miedo de una criada que lo identificó como discípulo de Jesús.
Ahora está hablando delante de las autoridades.
Las autoridades también notaron el cambio
Hechos registra una reacción extraordinaria:
“Entonces viendo el denuedo de Pedro y de Juan, y sabiendo que eran hombres sin letras y del vulgo, se maravillaban; y les reconocían que habían estado con Jesús.”
Hechos 4:13
La palabra que llama nuestra atención es:
“Denuedo.”
Valor.
Franqueza.
Libertad para hablar.
El temor que caracterizaba a aquellos hombres después de la crucifixión había sido reemplazado por una seguridad extraordinaria.
Les ordenaron que dejaran de hablar
Las autoridades:
“Les intimaron que en ninguna manera hablasen ni enseñasen en el nombre de Jesús.”
Hechos 4:18
Aquí tenían una oportunidad perfecta.
Podían callarse.
Podían regresar a sus hogares.
Podían evitar problemas.
Pedro ya sabía hacerlo.
Lo había hecho durante el juicio de Jesús.
Pero esta vez respondió:
“Porque no podemos dejar de decir lo que hemos visto y oído.”
Hechos 4:20
Observe cuidadosamente la razón que Pedro ofrece.
No dice:
“Tenemos una filosofía que queremos defender.”
Dice:
“Lo que hemos visto y oído.”
Fueron arrestados nuevamente
La oposición continuó.
Los apóstoles fueron encarcelados.
Posteriormente volvieron a presentarse delante del concilio.
El sumo sacerdote les recordó:
“¿No os mandamos estrictamente que no enseñaseis en ese nombre?”
Hechos 5:28
Y Pedro respondió:
“Es necesario obedecer a Dios antes que a los hombres.”
Hechos 5:29
¿Dónde estaba ahora el hombre que había dicho:
“No conozco al hombre”?
Algo había cambiado.
Después fueron azotados
La situación se volvió todavía más seria.
Hechos dice:
“Y convinieron con él; y llamando a los apóstoles, después de azotarlos, les intimaron que no hablasen en el nombre de Jesús, y los pusieron en libertad.”
Hechos 5:40
Ahora ya no estamos hablando solamente de amenazas.
Los golpearon.
La proclamación de la resurrección estaba comenzando a costarles físicamente.
¿Qué hicieron?
Regresaron gozosos
El siguiente versículo es impresionante:
“Y ellos salieron de la presencia del concilio, gozosos de haber sido tenidos por dignos de padecer afrenta por causa del Nombre.”
Hechos 5:41
Y después:
“Y todos los días, en el templo y por las casas, no cesaban de enseñar y predicar a Jesucristo.”
Hechos 5:42
Los amenazaron.
Continuaron.
Los encarcelaron.
Continuaron.
Los azotaron.
Continuaron.
Esto exige una explicación.
¿Qué había convertido a aquellos hombres aterrorizados en hombres imposibles de silenciar?
“Estaban dispuestos a morir” debe entenderse correctamente
Aquí quiero hacer una distinción importante.
No necesitamos afirmar que poseemos documentación histórica igualmente sólida sobre la forma exacta en que murió cada uno de los doce apóstoles. Algunas tradiciones sobre sus muertes son antiguas; otras son posteriores y tienen diferentes grados de evidencia.
No necesitamos exagerar el caso.
El Nuevo Testamento ya demuestra algo suficiente:
Los apóstoles estaban dispuestos a sufrir por su testimonio.
Fueron amenazados.
Arrestados.
Azotados.
Perseguidos.
Y continuaron proclamando la resurrección.
Además, el Nuevo Testamento registra explícitamente la muerte de Jacobo, hermano de Juan, por orden de Herodes:
“Y mató a espada a Jacobo, hermano de Juan.”
Hechos 12:2
El sufrimiento dejó de ser una posibilidad teórica.
Morir por una creencia no demuestra que esa creencia sea verdadera
Aquí debemos ser intelectualmente honestos.
A lo largo de la historia muchas personas han estado dispuestas a morir por ideas falsas.
Por tanto, no podemos argumentar:
“Los discípulos sufrieron, por lo tanto la resurrección ocurrió.”
Ese razonamiento sería insuficiente.
Pero existe una diferencia extraordinariamente importante en el caso de los primeros testigos.
Ellos estaban en posición de saber si su historia era inventada
Una persona puede morir por una mentira que cree sinceramente que es verdad.
Pero los discípulos estaban proclamando acontecimientos que, según ellos, habían experimentado personalmente.
Decían:
“Lo vimos.”
“Lo escuchamos.”
“Estuvimos con Él.”
“Comimos con Él.”
Si ellos mismos hubieran fabricado deliberadamente la historia, entonces sabrían que era falsa.
Y aquí se encuentra la fuerza del argumento.
El sufrimiento no demuestra que estaban en lo correcto; demuestra poderosamente que estaban convencidos de que lo estaban.
Ésta es una distinción fundamental
Supongamos que alguien muere por una historia religiosa que recibió de otras personas.
Su sacrificio demuestra sinceridad.
Pero no demuestra que personalmente comprobó el acontecimiento original.
El caso de los apóstoles es diferente porque ellos se presentaron como:
Testigos.
Pedro dijo:
“A este Jesús resucitó Dios, de lo cual todos nosotros somos testigos.”
Hechos 2:32
Y también:
“No podemos dejar de decir lo que hemos visto y oído.”
Hechos 4:20
No estaban diciendo:
“Alguien nos contó que Jesús resucitó.”
Estaban diciendo:
“Nosotros lo vimos.”
Si inventaron la resurrección, conocían el fraude
Volvamos por un momento a nuestra investigación anterior.
Supongamos que los discípulos hubieran robado el cadáver.
Entonces sabrían perfectamente dónde estaba.
Sabrían que Jesús seguía muerto.
Sabrían que las apariciones eran inventadas.
Sabrían que su predicación era una mentira.
Y sin embargo tendríamos que creer que esos mismos hombres:
Aceptaron amenazas.
Aceptaron cárcel.
Aceptaron azotes.
Continuaron predicando.
Y algunos terminaron muriendo.
¿Para proteger qué?
Una historia que ellos mismos sabían que habían fabricado.
Eso resulta extraordinariamente difícil de sostener.
El dinero tampoco explica su conducta
No encontramos a los apóstoles enriqueciéndose con la proclamación de la resurrección.
Pedro incluso dijo:
“No tengo plata ni oro.”
Hechos 3:6
El mensaje les produjo oposición, no comodidad.
No parece que la proclamación de la resurrección les ofreciera aquello que normalmente esperaríamos como motivación para mantener conscientemente un fraude:
Dinero.
Poder.
Seguridad.
Prestigio político.
En cambio recibieron:
Amenazas.
Cárcel.
Azotes.
Persecución.
Algo ocurrió entre el miedo y el valor
Aquí llegamos al centro del artículo.
Tenemos dos fotografías del mismo grupo.
Antes
Jesús es arrestado.
Huyen.
Pedro niega conocerlo.
Jesús muere.
Se esconden.
Cierran las puertas.
Tienen miedo.
No creen inicialmente los primeros informes.
Después
Pedro se levanta públicamente en Jerusalén.
Proclama que Jesús resucitó.
Los apóstoles afirman ser testigos.
Las autoridades los amenazan.
Continúan.
Los encarcelan.
Continúan.
Los azotan.
Continúan.
¿Qué ocurrió en medio?
Ellos mismos dieron la respuesta
No tenemos que inventar cuál era su explicación.
Ellos la dieron.
Pedro dijo:
“A este Jesús resucitó Dios, de lo cual todos nosotros somos testigos.”
Y cuando intentaron silenciarlos:
“No podemos dejar de decir lo que hemos visto y oído.”
Según ellos, la explicación de su transformación era sencilla:
Habían visto vivo a Jesucristo.
La transformación no prueba por sí sola todos los detalles de la resurrección
Nuevamente debemos ser cuidadosos.
Un cambio psicológico no demuestra automáticamente un milagro.
Pero una investigación histórica debe preguntarse cuál explicación da mejor cuenta del cambio.
¿Por qué estos hombres llegaron a estar tan convencidos?
¿Por qué proclamaron precisamente la resurrección corporal de Jesús?
¿Por qué mantuvieron esa proclamación cuando comenzó a costarles?
¿Por qué no regresaron a su vida anterior cuando aparecieron las amenazas?
Su transformación se convierte en otra pieza que necesita explicación.
Pedro es quizá el ejemplo más extraordinario
Personalmente, cuando observo todo el cuadro, Pedro me parece uno de los casos más impresionantes.
En una noche escuchamos:
“No conozco al hombre.”
Poco tiempo después:
“A este Jesús resucitó Dios, de lo cual todos nosotros somos testigos.”
¿Qué convierte una frase en la otra?
Pedro habría respondido:
Lo vi vivo.
Mi conclusión
Los discípulos no comenzaron como hombres valientes que necesitaban inventar una historia para continuar un movimiento religioso.
Los Evangelios los presentan derrotados.
Huyeron.
Negaron.
Lloraron.
Se escondieron.
Tuvieron miedo.
Y algunos inicialmente se negaron a creer.
Pero después encontramos a esos mismos hombres proclamando públicamente:
“Jesucristo ha resucitado.”
Y cuando las autoridades les ordenaron guardar silencio:
“No podemos dejar de decir lo que hemos visto y oído.”
Cuando los amenazaron:
Continuaron.
Cuando los encarcelaron:
Continuaron.
Cuando los azotaron:
Continuaron.
El sufrimiento no demuestra por sí mismo que una creencia sea verdadera.
Pero sí nos deja frente a una pregunta extraordinariamente difícil:
¿Qué pudo convencer de tal manera a aquellos hombres que habían huido aterrorizados?
Ellos mismos dejaron su respuesta:
“Somos testigos.”
No dijeron simplemente:
“Esperamos que esté vivo.”
No dijeron:
“Sentimos que continúa con nosotros.”
Dijeron:
“Lo hemos visto.”
Y estuvieron dispuestos a pagar un precio enorme por continuar diciéndolo.
La transformación de los discípulos no debe estudiarse separada de la tumba vacía, los lienzos y las apariciones. Forma parte del mismo caso.
Porque después de la resurrección no solamente encontramos:
Una tumba transformada de ocupada a vacía.
Encontramos también:
Hombres transformados de aterrorizados en testigos imposibles de silenciar.
Referencias bíblicas
Mateo 26:69-75.
Marcos 14:43-50.
Marcos 16:9-14.
Lucas 24:9-12.
Juan 20:19-29.
Hechos 2:22-36.
Hechos 3:1-16.
Hechos 4:1-22.
Hechos 5:17-42.
Hechos 12:1-2.
Libro recomendado

Escucha música con propósito
