3. ¿Por qué todos hablamos de justicia?

Por el Dr. Elio M. Rivera

  Existe una palabra que aparece constantemente en las conversaciones humanas, en los tribunales, en los periódicos, en las redes sociales y en prácticamente todos los idiomas del mundo: justicia.

  Cuando una persona es víctima de un fraude, cuando un niño sufre maltrato, cuando un inocente es condenado o cuando un gobernante abusa de su poder, la reacción casi inmediata de quienes observan estos hechos suele ser la misma:

—”Eso no es justo.”

  Curiosamente, incluso quienes niegan la existencia de Dios utilizan ese mismo lenguaje. Hablan de derechos, de dignidad humana, de igualdad, de justicia y de injusticia. Todos esperamos que los demás nos traten con honestidad. Todos exigimos respeto cuando somos ofendidos. Todos reclamamos cuando alguien viola nuestros derechos.

  Pero pocas veces nos detenemos a formular una pregunta mucho más profunda:

¿Porque todos queremos justicia?

¿De dónde proviene la idea de justicia?

  Si el universo fuera únicamente el resultado de procesos físicos sin propósito, si la materia y la energía fueran todo cuanto existe, ¿por qué hablaríamos de lo justo y de lo injusto? Las leyes de la física describen cómo funcionan los cuerpos, pero no pueden decirnos que asesinar a un inocente sea moralmente incorrecto. La gravedad hace caer una piedra, pero no condena la corrupción. Las reacciones químicas producen sustancias, pero no establecen deberes morales.

  La ciencia puede explicar cómo funciona el universo físico, pero no puede responder por sí sola por qué ciertas acciones deberían ser consideradas buenas y otras malas. La pregunta moral pertenece a un ámbito diferente.

  Algunas personas sostienen que la moral surgió únicamente como resultado de la evolución o del desarrollo social. Según esta idea, los seres humanos aprendieron que ciertas conductas favorecían la supervivencia del grupo y otras la perjudicaban. Sin embargo, esta explicación enfrenta una dificultad importante.

  Si la moral fuera solamente una estrategia evolutiva o una costumbre social, entonces no existiría una justicia verdadera, sino únicamente comportamientos que una sociedad considera convenientes en determinado momento. En ese caso, no podríamos afirmar objetivamente que la esclavitud fue mala, que el genocidio fue perverso o que torturar a un niño es injusto. Solo podríamos decir que hoy no nos gustan esas prácticas.

  Pero nadie habla de esa manera. Cuando contemplamos los grandes crímenes de la historia, no decimos simplemente que fueron “socialmente inconvenientes”. Decimos que fueron profundamente injustos. Creemos que estuvieron mal, aunque millones de personas los aprobaran en su momento.

  Esto revela algo extraordinario: todos actuamos como si existiera un estándar moral superior a las opiniones humanas.

  Precisamente eso enseña la Biblia. La justicia no nació en las sociedades humanas. Tiene su origen en el carácter mismo de Dios. Él es perfectamente santo, recto y justo; por ello, el bien y el mal no dependen de las preferencias de una cultura, sino de la naturaleza del propio Creador.

  El profeta Miqueas resumió esta verdad con palabras sencillas y profundas:

“Oh hombre, él te ha declarado lo que es bueno; y qué pide Jehová de ti: solamente hacer justicia, y amar misericordia, y humillarte ante tu Dios.”
(Miqueas 6:8).

  Observe que Dios no presenta la justicia como una invención humana. Él declara lo que es bueno porque Él mismo es la fuente del bien.

  Esta realidad también explica por qué nuestra conciencia reacciona cuando contemplamos la injusticia. No se trata únicamente de una emoción pasajera. Es el eco de una ley moral que Dios escribió en el corazón del ser humano. Cuando vemos la crueldad, sentimos indignación; cuando presenciamos un acto de amor sacrificial, sentimos admiración. Nuestra conciencia reconoce, aunque de manera imperfecta, la diferencia entre el bien y el mal.

  El apóstol Pablo expresó esta verdad al enseñar que aun quienes nunca recibieron la Ley de Moisés poseen una ley escrita en su interior:

“Porque cuando los gentiles que no tienen ley, hacen por naturaleza lo que es de la ley… mostrando la obra de la ley escrita en sus corazones, dando testimonio su conciencia…”
(Romanos 2:14-15).

  La conciencia no crea esa ley moral; simplemente da testimonio de ella. Del mismo modo que nuestros ojos perciben la luz sin haberla creado, la conciencia reconoce la justicia sin ser su origen.

  Cada vez que pronunciamos palabras como justicia, derechos, deber, culpa, inocencia o responsabilidad, estamos reconociendo implícitamente que existe una diferencia objetiva entre el bien y el mal. Esa diferencia exige una fuente que la sustente.

  La Biblia afirma que esa fuente es Dios.

  Por eso, la existencia universal del sentido de justicia constituye una de las evidencias más profundas de la existencia del Creador. El universo físico puede explicar cómo viven los seres humanos, pero solamente un Dios moral explica por qué todos sabemos, en lo más profundo de nuestro corazón, que algunas cosas simplemente deben hacerse y otras nunca deberían hacerse.

  Cada vez que el ser humano clama por justicia, aunque no lo advierta, está dando testimonio de la existencia de un Legislador supremo, cuya justicia trasciende las culturas, las épocas y las opiniones humanas.

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Autor

Elio Rivera

El Dr. Elio M. Rivera es médico, pastor, escritor y fundador del Museo La Vida y Obra de Jesucristo, de la casa hogar Manantial de Amor y Comunidad Cristiana Mana. Ha viajado extensamente por Israel estudiando los lugares históricos relacionados con la vida de Jesucristo. Además de su labor ministerial y humanitaria, también es hombre de negocios, autor de más de 60 libros.