Por el Dr. Elio M. Rivera
Hay escenas que conmueven profundamente a cualquier ser humano. La imagen de un niño maltratado, una víctima de tortura, un anciano abandonado o una persona asesinada injustamente despierta en nosotros una reacción casi inmediata. Sentimos indignación, tristeza y, muchas veces, un profundo deseo de que se haga justicia.
Esta reacción aparece en personas de diferentes países, idiomas, culturas y religiones. Aunque las costumbres humanas varían considerablemente, existe un reconocimiento casi universal de que ciertas acciones son profundamente perversas. El asesinato deliberado de un inocente, la tortura, el abuso de los más débiles, la traición y la crueldad gratuita provocan rechazo en la inmensa mayoría de las personas.
La pregunta es inevitable: ¿por qué?
Si el universo fuera únicamente materia, energía y procesos naturales sin propósito, ¿por qué deberíamos considerar que estas acciones están mal? La naturaleza no conoce la justicia ni la injusticia. Un terremoto no es malvado; simplemente ocurre. Un león que mata a una gacela no comete un crimen; simplemente actúa conforme a su naturaleza.
Sin embargo, cuando un ser humano asesina deliberadamente a otro, no decimos que simplemente está siguiendo un proceso biológico. Decimos que ha cometido una injusticia. Hablamos de culpa, de responsabilidad y de castigo. Es evidente que juzgamos las acciones humanas con un criterio diferente al que utilizamos para el resto de la naturaleza.
Algunos sostienen que estas reacciones son únicamente el resultado de la educación o de la evolución social. Sin duda, la cultura influye en la manera en que entendemos muchas normas morales. Sin embargo, esta explicación no parece suficiente para responder una pregunta más profunda.
¿Por qué incluso criticamos a culturas enteras cuando aprobaron prácticas terribles? Hoy condenamos la esclavitud, los genocidios, la tortura sistemática, el abuso infantil y muchas otras atrocidades cometidas a lo largo de la historia. No decimos simplemente que aquellas sociedades pensaban diferente; afirmamos que estuvieron moralmente equivocadas.
Eso significa que, consciente o inconscientemente, todos apelamos a un estándar moral superior a las opiniones de cualquier sociedad.
La Biblia explica esta realidad desde las primeras páginas de las Escrituras. Después del diluvio, Dios declaró el enorme valor de la vida humana:
“El que derramare sangre de hombre, por el hombre su sangre será derramada; porque a imagen de Dios es hecho el hombre.”
(Génesis 9:6).
Este pasaje revela por qué el asesinato posee una gravedad tan extraordinaria. La vida humana tiene un valor único porque el hombre fue creado a imagen de Dios. Atentar contra una persona significa atentar contra alguien que refleja, aunque imperfectamente, la dignidad otorgada por su Creador.
Siglos después, Santiago recordó esa misma verdad al hablar del uso de nuestra lengua:
“Con ella bendecimos al Dios y Padre, y con ella maldecimos a los hombres, que están hechos a la semejanza de Dios.”
(Santiago 3:9).
Observe el fundamento que utiliza. Santiago no dice simplemente que debemos respetar a los demás porque así conviene a la sociedad. Afirma que todo ser humano posee una dignidad especial porque lleva la imagen de Dios.
Esta enseñanza ofrece una explicación profunda para nuestra reacción moral. Nos indigna el asesinato porque destruye una vida creada por Dios. Rechazamos la tortura porque degrada a un ser humano hecho a su imagen. Condenamos el abuso porque viola la dignidad que el Creador otorgó a cada persona.
Por supuesto, esto no significa que todos los seres humanos siempre vivan de acuerdo con su conciencia. La historia demuestra lo contrario. El pecado puede endurecer el corazón, deformar la sensibilidad moral y llevar a justificar actos terribles. Personas, pueblos enteros e incluso gobiernos han cometido atrocidades convencidos de que actuaban correctamente.
Sin embargo, aun en esos casos, la conciencia nunca desaparece por completo. Con frecuencia intenta justificar las acciones, ocultarlas o racionalizarlas, precisamente porque existe una percepción interior de que algo no está bien. Nadie busca justificar aquello que considera moralmente correcto; la necesidad de justificar revela que la conciencia continúa hablando.
La existencia de esa voz interior constituye una evidencia notable de la existencia de Dios. Si el bien y el mal fueran únicamente preferencias personales o acuerdos sociales, no tendríamos fundamento para condenar objetivamente las peores atrocidades de la historia. Pero todos sabemos, en lo más profundo de nuestro ser, que existen actos que son verdaderamente malos, aunque una mayoría los apruebe.
La Biblia explica por qué. Dios creó al ser humano a su imagen y escribió una ley moral en su corazón. Esa ley no elimina nuestra libertad para hacer el mal, pero sí hace que nuestra conciencia continúe dando testimonio de la diferencia entre lo correcto y lo incorrecto.
Cada vez que el corazón humano se estremece ante el asesinato de un inocente, la tortura de un prisionero o el abuso de un niño, está manifestando una realidad mucho más profunda que una simple reacción emocional. Está reflejando la huella del Dios justo que imprimió en el ser humano la capacidad de reconocer el valor de la vida y la diferencia entre el bien y el mal.
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