Hasta ahora hemos considerado dos de las grandes evidencias que la Biblia presenta acerca de la existencia de Dios. La primera es la creación misma: el hecho de que el universo existe y tuvo un comienzo. La segunda es el extraordinario orden y diseño que observamos en todas las cosas, desde las inmensas galaxias hasta la complejidad de una sola célula.
Sin embargo, existe una tercera evidencia que no se encuentra sobre nuestras cabezas ni puede observarse con un telescopio o un microscopio. Es una evidencia que cada ser humano lleva consigo desde el momento mismo en que comienza a comprender el mundo que lo rodea. Se encuentra en lo más profundo de nuestra naturaleza y nos acompaña todos los días de nuestra vida. La Biblia la llama, sencillamente, la conciencia.
Antes de continuar, conviene comprender qué significa esta palabra. En español, conciencia proviene del latín conscientia, que significa literalmente “con conocimiento” o “conocer juntamente”. La idea es la de un conocimiento interior que una persona posee acerca de sí misma y de sus propias acciones.
El Nuevo Testamento emplea la palabra griega συνείδησις (syneídēsis), formada por σύν (syn), que significa “juntamente con”, y οἶδα (oída), que significa “saber” o “conocer”. Literalmente puede entenderse como “conocer juntamente con uno mismo”. Describe esa capacidad interior mediante la cual el ser humano evalúa sus propios pensamientos, palabras y acciones, aprobándolos cuando están de acuerdo con el bien o acusándolos cuando se apartan de él.

La Biblia y la conciencia
La Biblia presenta la conciencia como un testigo interior. No crea la ley moral ni decide arbitrariamente qué es bueno y qué es malo. Su función consiste en reconocer esa diferencia y dar testimonio de ella. Es como un juez que aplica una ley, pero no como el legislador que la establece. Esta distinción será muy importante a lo largo de todo nuestro estudio.
Para comprender mejor este tema, conviene distinguir algunos conceptos relacionados. La conciencia es la capacidad de reconocer el bien y el mal; la culpa es el reconocimiento de haber actuado en contra de aquello que sabemos correcto; el remordimiento es el dolor interior que produce esa culpa; el discernimiento moral es la capacidad de distinguir entre lo correcto y lo incorrecto; y la integridad consiste en vivir de acuerdo con aquello que la conciencia reconoce como verdadero y justo.
Pensemos por un momento en algo que todos experimentamos. ¿Por qué, al presenciar un acto de injusticia, sentimos que algo está mal? ¿Por qué nos indignan el abuso contra un niño, la tortura de un inocente, la corrupción, la traición o el asesinato? ¿Por qué, aun cuando existan diferencias culturales, religiosas o políticas, hay acciones que casi toda la humanidad reconoce como moralmente reprobables?
Más aún, ¿por qué esperamos que los demás actúen con honestidad, justicia y compasión? ¿Por qué admiramos el sacrificio, la generosidad y el amor, mientras condenamos la crueldad, el engaño y la violencia? Estas preguntas han acompañado al ser humano desde hace miles de años y continúan siendo objeto de reflexión en la filosofía, el derecho, la psicología y la ética.
La Biblia ofrece una explicación sorprendentemente sencilla y profunda. Afirma que Dios no solo dejó evidencias de su existencia en el universo visible, sino también dentro del propio ser humano. Según las Escrituras, el Creador escribió una ley moral en el corazón del hombre, de tal manera que su conciencia da testimonio continuo de la diferencia entre el bien y el mal.
El apóstol Pablo lo expresó de esta manera:
“Porque cuando los gentiles que no tienen ley, hacen por naturaleza lo que es de la ley, éstos, aunque no tengan ley, son ley para sí mismos, mostrando la obra de la ley escrita en sus corazones, dando testimonio su conciencia, y acusándoles o defendiéndoles sus razonamientos.”
(Romanos 2:14-15).
Estas palabras constituyen una de las afirmaciones más extraordinarias de toda la Biblia. Pablo está hablando de personas que nunca habían leído las Escrituras, que no pertenecían al pueblo de Israel y que desconocían la Ley de Moisés. Sin embargo, afirma que aun ellas poseen un conocimiento básico de lo correcto y lo incorrecto, porque Dios dejó un testimonio moral dentro de cada ser humano.
Esto no significa que todas las personas tengan el mismo grado de sensibilidad moral ni que la conciencia sea infalible. La propia Biblia enseña que la conciencia puede ser educada, ignorada, endurecida e incluso cauterizada. Pero, a pesar de ello, sigue siendo una de las características más universales de la experiencia humana.
En esta sección no estudiaremos la conciencia únicamente desde una perspectiva filosófica o psicológica. Nuestro propósito será descubrir cómo la Biblia la presenta como una evidencia de la existencia de Dios. Examinaremos por qué todos hablamos de justicia, por qué ciertos actos provocan indignación moral en prácticamente todas las culturas, de dónde provienen los conceptos de bien y de mal y qué nos enseña la conciencia acerca de nuestro Creador.
A medida que avancemos, descubriremos que la conciencia no solo influye en nuestras decisiones diarias. También plantea una de las preguntas más profundas que puede enfrentar el ser humano:
Si todos reconocemos, al menos en alguna medida, que existe el bien y el mal, ¿quién estableció esa diferencia y por qué todos llevamos esa ley escrita dentro de nosotros?
La Biblia responde que esa voz interior no es un accidente de la naturaleza ni una simple construcción cultural. Es una de las huellas más profundas que Dios dejó en el corazón del hombre para dar testimonio silencioso de su existencia. Y, como veremos en los capítulos siguientes, esa voz interior no solo señala la diferencia entre el bien y el mal; también apunta hacia la existencia de un Legislador justo, santo y perfecto: el Dios revelado en las Sagradas Escrituras.
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Pocas experiencias humanas son tan universales como la conciencia. No importa el país donde una persona haya nacido, el idioma que hable, la cultura a la que pertenezca o la época en la que haya vivido; tarde o temprano experimentará esa voz interior que aprueba algunas de sus acciones y reprueba otras.
Desde la infancia aprendemos a distinguir, aunque sea de manera elemental, entre lo correcto y lo incorrecto. Un niño que toma algo que no le pertenece suele mirar a su alrededor antes de hacerlo. Cuando miente, con frecuencia procura ocultarlo. Incluso antes de comprender plenamente las leyes de su sociedad, ya percibe que algunas acciones deben esconderse y otras pueden realizarse con tranquilidad. ¿De dónde proviene esa percepción? ¿Quién le enseñó que ciertas conductas son incorrectas?
Esta realidad ha llamado la atención de filósofos, psicólogos, juristas y antropólogos durante siglos. Aunque las culturas difieren en muchas costumbres, prácticamente todas desarrollan normas sobre la honestidad, la justicia, el respeto por la vida, la fidelidad, la protección de la familia y la condena de ciertos actos considerados perversos. Algunas sociedades pueden interpretar estas normas de manera distinta o aplicarlas con diferente rigor, pero ninguna civilización ha podido vivir completamente sin principios morales.
Basta recorrer la historia para comprobarlo. Las leyes de los antiguos egipcios, los códigos de Mesopotamia, la filosofía griega, el derecho romano, las tradiciones de los pueblos indígenas, las culturas orientales y las sociedades modernas poseen diferencias importantes; sin embargo, todas establecen reglas para distinguir entre lo permitido y lo prohibido. Todas castigan, en mayor o menor medida, conductas como el homicidio, el robo, el fraude o la traición, y todas elogian virtudes como la honestidad, la valentía, la lealtad o la compasión.
Esto no significa que todas las culturas sean moralmente iguales ni que siempre hayan actuado correctamente. La historia registra prácticas profundamente injustas, como la esclavitud, los sacrificios humanos, la discriminación racial o el abuso contra los más débiles. Pero precisamente cuando analizamos estos acontecimientos utilizamos un lenguaje moral. Decimos que fueron injustos, crueles o perversos. Es decir, seguimos apelando a un estándar que consideramos superior a las costumbres de cualquier sociedad.

La Palabra de Dios tiene mucho que decir acerca de la conciencia
La gran pregunta es inevitable: ¿de dónde proviene ese sentido moral? ¿Es simplemente el resultado de la educación? ¿Es una costumbre aprendida de nuestros padres? ¿Es un producto de la evolución biológica? ¿O existe una explicación más profunda?
La Biblia responde esta pregunta de una manera extraordinariamente sencilla. Afirma que Dios dejó un testimonio moral dentro del ser humano. Aun aquellas personas que nunca han leído las Escrituras poseen una conciencia que, en mayor o menor grado, les permite distinguir entre el bien y el mal.
El apóstol Pablo escribió:
“Porque cuando los gentiles que no tienen ley, hacen por naturaleza lo que es de la ley, éstos, aunque no tengan ley, son ley para sí mismos, mostrando la obra de la ley escrita en sus corazones, dando testimonio su conciencia, y acusándoles o defendiéndoles sus razonamientos.”
(Romanos 2:14-15)
Estas palabras son de enorme importancia. Pablo está hablando de los gentiles, es decir, de pueblos que no habían recibido la Ley de Moisés ni pertenecían al pueblo de Israel. Sin embargo, afirma que aun ellos poseen una ley escrita en sus corazones. No se refiere a que conozcan todos los mandamientos divinos ni a que comprendan plenamente la voluntad de Dios, sino a que poseen una conciencia capaz de aprobar o condenar sus propias acciones.
Observe cuidadosamente la expresión utilizada por Pablo: “dando testimonio su conciencia”. La conciencia aparece como un testigo. No crea la ley moral, ni decide qué es bueno o malo; simplemente da testimonio de una realidad que ya existe. Así como un testigo declara lo que ha visto, la conciencia declara interiormente que determinadas acciones son correctas y otras incorrectas.
Esto explica por qué, aun cuando nadie nos descubre, muchas veces experimentamos remordimiento después de actuar mal. También explica por qué sentimos paz cuando hacemos lo correcto, incluso si nadie nos felicita. La conciencia continúa hablando, aunque estemos completamente solos.
Es importante aclarar que la Biblia no enseña que la conciencia sea perfecta o infalible. Las Escrituras muestran que puede ser mal orientada, debilitada o incluso endurecida por el pecado. Más adelante estudiaremos este aspecto con mayor detalle. Sin embargo, el hecho de que una brújula pueda dañarse no significa que nunca haya señalado el norte. Del mismo modo, el hecho de que la conciencia pueda deformarse no elimina la realidad de que todos nacemos con ella.
La existencia universal de la conciencia constituye, por tanto, una de las evidencias más profundas de la existencia de Dios. Si el ser humano fuera únicamente el resultado de procesos materiales ciegos, sería difícil explicar por qué posee una percepción moral que constantemente lo impulsa a distinguir entre el bien y el mal. La Biblia responde que esta capacidad existe porque el hombre fue creado a imagen de Dios y porque el Creador dejó impresa en su corazón una huella de su propia justicia.
En los siguientes capítulos profundizaremos en las implicaciones de esta verdad. Descubriremos por qué todos hablamos de justicia, por qué ciertas acciones provocan indignación moral en cualquier parte del mundo y qué nos revela la conciencia acerca del carácter del Dios que la colocó dentro de nosotros.
La creación nos habla de un Dios poderoso. El orden del universo nos habla de un Dios sabio. Pero la conciencia nos habla de algo más: nos revela que el Creador también es un Dios moral, que distingue entre el bien y el mal y que hizo al ser humano capaz de reconocer, aunque sea de manera imperfecta, esa misma diferencia.
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Existe una palabra que aparece constantemente en las conversaciones humanas, en los tribunales, en los periódicos, en las redes sociales y en prácticamente todos los idiomas del mundo: justicia.
Cuando una persona es víctima de un fraude, cuando un niño sufre maltrato, cuando un inocente es condenado o cuando un gobernante abusa de su poder, la reacción casi inmediata de quienes observan estos hechos suele ser la misma:
—”Eso no es justo.”
Curiosamente, incluso quienes niegan la existencia de Dios utilizan ese mismo lenguaje. Hablan de derechos, de dignidad humana, de igualdad, de justicia y de injusticia. Todos esperamos que los demás nos traten con honestidad. Todos exigimos respeto cuando somos ofendidos. Todos reclamamos cuando alguien viola nuestros derechos.
Pero pocas veces nos detenemos a formular una pregunta mucho más profunda:

¿Porque todos queremos justicia?
¿De dónde proviene la idea de justicia?
Si el universo fuera únicamente el resultado de procesos físicos sin propósito, si la materia y la energía fueran todo cuanto existe, ¿por qué hablaríamos de lo justo y de lo injusto? Las leyes de la física describen cómo funcionan los cuerpos, pero no pueden decirnos que asesinar a un inocente sea moralmente incorrecto. La gravedad hace caer una piedra, pero no condena la corrupción. Las reacciones químicas producen sustancias, pero no establecen deberes morales.
La ciencia puede explicar cómo funciona el universo físico, pero no puede responder por sí sola por qué ciertas acciones deberían ser consideradas buenas y otras malas. La pregunta moral pertenece a un ámbito diferente.
Algunas personas sostienen que la moral surgió únicamente como resultado de la evolución o del desarrollo social. Según esta idea, los seres humanos aprendieron que ciertas conductas favorecían la supervivencia del grupo y otras la perjudicaban. Sin embargo, esta explicación enfrenta una dificultad importante.
Si la moral fuera solamente una estrategia evolutiva o una costumbre social, entonces no existiría una justicia verdadera, sino únicamente comportamientos que una sociedad considera convenientes en determinado momento. En ese caso, no podríamos afirmar objetivamente que la esclavitud fue mala, que el genocidio fue perverso o que torturar a un niño es injusto. Solo podríamos decir que hoy no nos gustan esas prácticas.
Pero nadie habla de esa manera. Cuando contemplamos los grandes crímenes de la historia, no decimos simplemente que fueron “socialmente inconvenientes”. Decimos que fueron profundamente injustos. Creemos que estuvieron mal, aunque millones de personas los aprobaran en su momento.
Esto revela algo extraordinario: todos actuamos como si existiera un estándar moral superior a las opiniones humanas.
Precisamente eso enseña la Biblia. La justicia no nació en las sociedades humanas. Tiene su origen en el carácter mismo de Dios. Él es perfectamente santo, recto y justo; por ello, el bien y el mal no dependen de las preferencias de una cultura, sino de la naturaleza del propio Creador.
El profeta Miqueas resumió esta verdad con palabras sencillas y profundas:
“Oh hombre, él te ha declarado lo que es bueno; y qué pide Jehová de ti: solamente hacer justicia, y amar misericordia, y humillarte ante tu Dios.”
(Miqueas 6:8).
Observe que Dios no presenta la justicia como una invención humana. Él declara lo que es bueno porque Él mismo es la fuente del bien.
Esta realidad también explica por qué nuestra conciencia reacciona cuando contemplamos la injusticia. No se trata únicamente de una emoción pasajera. Es el eco de una ley moral que Dios escribió en el corazón del ser humano. Cuando vemos la crueldad, sentimos indignación; cuando presenciamos un acto de amor sacrificial, sentimos admiración. Nuestra conciencia reconoce, aunque de manera imperfecta, la diferencia entre el bien y el mal.
El apóstol Pablo expresó esta verdad al enseñar que aun quienes nunca recibieron la Ley de Moisés poseen una ley escrita en su interior:
“Porque cuando los gentiles que no tienen ley, hacen por naturaleza lo que es de la ley… mostrando la obra de la ley escrita en sus corazones, dando testimonio su conciencia…”
(Romanos 2:14-15).
La conciencia no crea esa ley moral; simplemente da testimonio de ella. Del mismo modo que nuestros ojos perciben la luz sin haberla creado, la conciencia reconoce la justicia sin ser su origen.
Cada vez que pronunciamos palabras como justicia, derechos, deber, culpa, inocencia o responsabilidad, estamos reconociendo implícitamente que existe una diferencia objetiva entre el bien y el mal. Esa diferencia exige una fuente que la sustente.
La Biblia afirma que esa fuente es Dios.
Por eso, la existencia universal del sentido de justicia constituye una de las evidencias más profundas de la existencia del Creador. El universo físico puede explicar cómo viven los seres humanos, pero solamente un Dios moral explica por qué todos sabemos, en lo más profundo de nuestro corazón, que algunas cosas simplemente deben hacerse y otras nunca deberían hacerse.
Cada vez que el ser humano clama por justicia, aunque no lo advierta, está dando testimonio de la existencia de un Legislador supremo, cuya justicia trasciende las culturas, las épocas y las opiniones humanas.
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Por el Dr. Elio M. Rivera
Hay escenas que conmueven profundamente a cualquier ser humano. La imagen de un niño maltratado, una víctima de tortura, un anciano abandonado o una persona asesinada injustamente despierta en nosotros una reacción casi inmediata. Sentimos indignación, tristeza y, muchas veces, un profundo deseo de que se haga justicia.
Esta reacción aparece en personas de diferentes países, idiomas, culturas y religiones. Aunque las costumbres humanas varían considerablemente, existe un reconocimiento casi universal de que ciertas acciones son profundamente perversas. El asesinato deliberado de un inocente, la tortura, el abuso de los más débiles, la traición y la crueldad gratuita provocan rechazo en la inmensa mayoría de las personas.
La pregunta es inevitable: ¿por qué?
Si el universo fuera únicamente materia, energía y procesos naturales sin propósito, ¿por qué deberíamos considerar que estas acciones están mal? La naturaleza no conoce la justicia ni la injusticia. Un terremoto no es malvado; simplemente ocurre. Un león que mata a una gacela no comete un crimen; simplemente actúa conforme a su naturaleza.
Sin embargo, cuando un ser humano asesina deliberadamente a otro, no decimos que simplemente está siguiendo un proceso biológico. Decimos que ha cometido una injusticia. Hablamos de culpa, de responsabilidad y de castigo. Es evidente que juzgamos las acciones humanas con un criterio diferente al que utilizamos para el resto de la naturaleza.
Algunos sostienen que estas reacciones son únicamente el resultado de la educación o de la evolución social. Sin duda, la cultura influye en la manera en que entendemos muchas normas morales. Sin embargo, esta explicación no parece suficiente para responder una pregunta más profunda.
¿Por qué incluso criticamos a culturas enteras cuando aprobaron prácticas terribles? Hoy condenamos la esclavitud, los genocidios, la tortura sistemática, el abuso infantil y muchas otras atrocidades cometidas a lo largo de la historia. No decimos simplemente que aquellas sociedades pensaban diferente; afirmamos que estuvieron moralmente equivocadas.
Eso significa que, consciente o inconscientemente, todos apelamos a un estándar moral superior a las opiniones de cualquier sociedad.
La Biblia explica esta realidad desde las primeras páginas de las Escrituras. Después del diluvio, Dios declaró el enorme valor de la vida humana:
“El que derramare sangre de hombre, por el hombre su sangre será derramada; porque a imagen de Dios es hecho el hombre.”
(Génesis 9:6).
Este pasaje revela por qué el asesinato posee una gravedad tan extraordinaria. La vida humana tiene un valor único porque el hombre fue creado a imagen de Dios. Atentar contra una persona significa atentar contra alguien que refleja, aunque imperfectamente, la dignidad otorgada por su Creador.
Siglos después, Santiago recordó esa misma verdad al hablar del uso de nuestra lengua:
“Con ella bendecimos al Dios y Padre, y con ella maldecimos a los hombres, que están hechos a la semejanza de Dios.”
(Santiago 3:9).
Observe el fundamento que utiliza. Santiago no dice simplemente que debemos respetar a los demás porque así conviene a la sociedad. Afirma que todo ser humano posee una dignidad especial porque lleva la imagen de Dios.
Esta enseñanza ofrece una explicación profunda para nuestra reacción moral. Nos indigna el asesinato porque destruye una vida creada por Dios. Rechazamos la tortura porque degrada a un ser humano hecho a su imagen. Condenamos el abuso porque viola la dignidad que el Creador otorgó a cada persona.
Por supuesto, esto no significa que todos los seres humanos siempre vivan de acuerdo con su conciencia. La historia demuestra lo contrario. El pecado puede endurecer el corazón, deformar la sensibilidad moral y llevar a justificar actos terribles. Personas, pueblos enteros e incluso gobiernos han cometido atrocidades convencidos de que actuaban correctamente.
Sin embargo, aun en esos casos, la conciencia nunca desaparece por completo. Con frecuencia intenta justificar las acciones, ocultarlas o racionalizarlas, precisamente porque existe una percepción interior de que algo no está bien. Nadie busca justificar aquello que considera moralmente correcto; la necesidad de justificar revela que la conciencia continúa hablando.
La existencia de esa voz interior constituye una evidencia notable de la existencia de Dios. Si el bien y el mal fueran únicamente preferencias personales o acuerdos sociales, no tendríamos fundamento para condenar objetivamente las peores atrocidades de la historia. Pero todos sabemos, en lo más profundo de nuestro ser, que existen actos que son verdaderamente malos, aunque una mayoría los apruebe.
La Biblia explica por qué. Dios creó al ser humano a su imagen y escribió una ley moral en su corazón. Esa ley no elimina nuestra libertad para hacer el mal, pero sí hace que nuestra conciencia continúe dando testimonio de la diferencia entre lo correcto y lo incorrecto.
Cada vez que el corazón humano se estremece ante el asesinato de un inocente, la tortura de un prisionero o el abuso de un niño, está manifestando una realidad mucho más profunda que una simple reacción emocional. Está reflejando la huella del Dios justo que imprimió en el ser humano la capacidad de reconocer el valor de la vida y la diferencia entre el bien y el mal.
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