Por el Dr. Elio M Rivera
Pocas experiencias humanas son tan universales como la conciencia. No importa el país donde una persona haya nacido, el idioma que hable, la cultura a la que pertenezca o la época en la que haya vivido; tarde o temprano experimentará esa voz interior que aprueba algunas de sus acciones y reprueba otras.
Desde la infancia aprendemos a distinguir, aunque sea de manera elemental, entre lo correcto y lo incorrecto. Un niño que toma algo que no le pertenece suele mirar a su alrededor antes de hacerlo. Cuando miente, con frecuencia procura ocultarlo. Incluso antes de comprender plenamente las leyes de su sociedad, ya percibe que algunas acciones deben esconderse y otras pueden realizarse con tranquilidad. ¿De dónde proviene esa percepción? ¿Quién le enseñó que ciertas conductas son incorrectas?
Esta realidad ha llamado la atención de filósofos, psicólogos, juristas y antropólogos durante siglos. Aunque las culturas difieren en muchas costumbres, prácticamente todas desarrollan normas sobre la honestidad, la justicia, el respeto por la vida, la fidelidad, la protección de la familia y la condena de ciertos actos considerados perversos. Algunas sociedades pueden interpretar estas normas de manera distinta o aplicarlas con diferente rigor, pero ninguna civilización ha podido vivir completamente sin principios morales.
Basta recorrer la historia para comprobarlo. Las leyes de los antiguos egipcios, los códigos de Mesopotamia, la filosofía griega, el derecho romano, las tradiciones de los pueblos indígenas, las culturas orientales y las sociedades modernas poseen diferencias importantes; sin embargo, todas establecen reglas para distinguir entre lo permitido y lo prohibido. Todas castigan, en mayor o menor medida, conductas como el homicidio, el robo, el fraude o la traición, y todas elogian virtudes como la honestidad, la valentía, la lealtad o la compasión.
Esto no significa que todas las culturas sean moralmente iguales ni que siempre hayan actuado correctamente. La historia registra prácticas profundamente injustas, como la esclavitud, los sacrificios humanos, la discriminación racial o el abuso contra los más débiles. Pero precisamente cuando analizamos estos acontecimientos utilizamos un lenguaje moral. Decimos que fueron injustos, crueles o perversos. Es decir, seguimos apelando a un estándar que consideramos superior a las costumbres de cualquier sociedad.

La Palabra de Dios tiene mucho que decir acerca de la conciencia
La gran pregunta es inevitable: ¿de dónde proviene ese sentido moral? ¿Es simplemente el resultado de la educación? ¿Es una costumbre aprendida de nuestros padres? ¿Es un producto de la evolución biológica? ¿O existe una explicación más profunda?
La Biblia responde esta pregunta de una manera extraordinariamente sencilla. Afirma que Dios dejó un testimonio moral dentro del ser humano. Aun aquellas personas que nunca han leído las Escrituras poseen una conciencia que, en mayor o menor grado, les permite distinguir entre el bien y el mal.
El apóstol Pablo escribió:
“Porque cuando los gentiles que no tienen ley, hacen por naturaleza lo que es de la ley, éstos, aunque no tengan ley, son ley para sí mismos, mostrando la obra de la ley escrita en sus corazones, dando testimonio su conciencia, y acusándoles o defendiéndoles sus razonamientos.”
(Romanos 2:14-15)
Estas palabras son de enorme importancia. Pablo está hablando de los gentiles, es decir, de pueblos que no habían recibido la Ley de Moisés ni pertenecían al pueblo de Israel. Sin embargo, afirma que aun ellos poseen una ley escrita en sus corazones. No se refiere a que conozcan todos los mandamientos divinos ni a que comprendan plenamente la voluntad de Dios, sino a que poseen una conciencia capaz de aprobar o condenar sus propias acciones.
Observe cuidadosamente la expresión utilizada por Pablo: “dando testimonio su conciencia”. La conciencia aparece como un testigo. No crea la ley moral, ni decide qué es bueno o malo; simplemente da testimonio de una realidad que ya existe. Así como un testigo declara lo que ha visto, la conciencia declara interiormente que determinadas acciones son correctas y otras incorrectas.
Esto explica por qué, aun cuando nadie nos descubre, muchas veces experimentamos remordimiento después de actuar mal. También explica por qué sentimos paz cuando hacemos lo correcto, incluso si nadie nos felicita. La conciencia continúa hablando, aunque estemos completamente solos.
Es importante aclarar que la Biblia no enseña que la conciencia sea perfecta o infalible. Las Escrituras muestran que puede ser mal orientada, debilitada o incluso endurecida por el pecado. Más adelante estudiaremos este aspecto con mayor detalle. Sin embargo, el hecho de que una brújula pueda dañarse no significa que nunca haya señalado el norte. Del mismo modo, el hecho de que la conciencia pueda deformarse no elimina la realidad de que todos nacemos con ella.
La existencia universal de la conciencia constituye, por tanto, una de las evidencias más profundas de la existencia de Dios. Si el ser humano fuera únicamente el resultado de procesos materiales ciegos, sería difícil explicar por qué posee una percepción moral que constantemente lo impulsa a distinguir entre el bien y el mal. La Biblia responde que esta capacidad existe porque el hombre fue creado a imagen de Dios y porque el Creador dejó impresa en su corazón una huella de su propia justicia.
En los siguientes capítulos profundizaremos en las implicaciones de esta verdad. Descubriremos por qué todos hablamos de justicia, por qué ciertas acciones provocan indignación moral en cualquier parte del mundo y qué nos revela la conciencia acerca del carácter del Dios que la colocó dentro de nosotros.
La creación nos habla de un Dios poderoso. El orden del universo nos habla de un Dios sabio. Pero la conciencia nos habla de algo más: nos revela que el Creador también es un Dios moral, que distingue entre el bien y el mal y que hizo al ser humano capaz de reconocer, aunque sea de manera imperfecta, esa misma diferencia.
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