Por el Dr. Elio M. Rivera
Después de contemplar el extraordinario orden que gobierna las leyes de la naturaleza, surge una pregunta inevitable: ¿por qué el universo parece estar tan cuidadosamente preparado para permitir la existencia de la vida? Esta es una de las cuestiones más fascinantes de la ciencia moderna y, al mismo tiempo, una de las que mejor armoniza con la enseñanza de las Escrituras.
En las últimas décadas, los científicos han descubierto que el universo depende de un conjunto de constantes físicas extraordinariamente precisas. Estas constantes determinan el comportamiento de la gravedad, la luz, la materia, la energía y las fuerzas fundamentales que gobiernan toda la naturaleza. Lo sorprendente es que muchas de ellas poseen valores tan exactos que una variación extremadamente pequeña habría hecho imposible la existencia del universo tal como lo conocemos.
La Biblia, naturalmente, no utiliza expresiones como “constantes físicas” o “ajuste fino del universo”. Esos conceptos pertenecen al lenguaje de la ciencia moderna. Sin embargo, desde hace miles de años afirma una verdad que armoniza admirablemente con estos descubrimientos: Dios creó todas las cosas con infinita sabiduría.
“Jehová con sabiduría fundó la tierra; afirmó los cielos con inteligencia.”
(Proverbios 3:19)
Este versículo no describe los mecanismos físicos mediante los cuales funciona el universo, pero sí señala su origen. La creación no es presentada como el resultado de la improvisación o del caos, sino como la obra de un Dios infinitamente sabio.
Para comprender la importancia de este tema, imaginemos por un momento un enorme panel de control con cientos de perillas. Cada una regula un aspecto esencial del universo: la intensidad de la gravedad, la velocidad de expansión del cosmos, la fuerza que mantiene unidos los núcleos atómicos o la interacción entre las partículas fundamentales de la materia. Si cualquiera de esas perillas cambiara apenas una fracción de su valor, las consecuencias serían extraordinarias.
Por ejemplo, si la fuerza de gravedad hubiera sido ligeramente diferente, las estrellas podrían no haberse formado o habrían agotado su combustible demasiado rápido. Si la fuerza nuclear fuerte hubiera variado mínimamente, muchos de los elementos químicos indispensables para la vida jamás habrían existido. Si la expansión inicial del universo hubiera sido apenas distinta, la materia nunca se habría agrupado para formar galaxias, planetas y sistemas solares.
No es necesario comprender todos los detalles de la física para apreciar la idea central: el universo depende de un equilibrio extraordinariamente delicado. Las leyes que lo gobiernan no parecen arbitrarias, sino sorprendentemente precisas.
Esta realidad llevó al rey David, muchos siglos antes del desarrollo de la ciencia moderna, a contemplar el cielo con profundo asombro:

¿por qué el universo parece estar tan cuidadosamente preparado para permitir la existencia de la vida?
“Cuando veo tus cielos, obra de tus dedos, la luna y las estrellas que tú formaste…”
(Salmo 8:3)
David no conocía las leyes de la gravitación ni las constantes fundamentales de la física. Sin embargo, comprendió algo esencial: el universo refleja la sabiduría de su Creador.
El Salmo ciento cuatro expresa esa misma idea:
“¡Cuán innumerables son tus obras, oh Jehová! Hiciste todas ellas con sabiduría…”
(Salmo 104:24)
Observe que el salmista no dice únicamente que Dios hizo muchas cosas. Afirma que las hizo con sabiduría. Esa palabra resume admirablemente lo que la ciencia continúa descubriendo. El universo no solo existe; funciona de una manera extraordinariamente ordenada y precisa.
El profeta Isaías también invitó al pueblo a levantar la vista hacia el cielo:
“Levantad en alto vuestros ojos, y mirad quién creó estas cosas; él saca y cuenta su ejército; a todas llama por sus nombres; ninguna faltará; tal es la grandeza de su fuerza, y el poder de su dominio.”
(Isaías 40:26)
Isaías dirige nuestra atención hacia el mismo punto al que conduce toda la Biblia. El orden del universo no pretende atraer la admiración hacia sí mismo, sino hacia el Dios que lo estableció. La precisión de la creación señala hacia la sabiduría del Creador.
Es importante hacer una aclaración. La Biblia no enseña física, astronomía o cosmología en el sentido moderno de estas disciplinas. Su propósito es mucho más profundo. Las Escrituras revelan quién creó el universo y por qué existe. La ciencia, por su parte, estudia cómo funciona ese universo. Lejos de contradecirse, ambas perspectivas pueden complementarse. Cuanto más comprendemos la extraordinaria precisión del cosmos, mayor puede ser nuestro asombro ante la sabiduría de Dios.
Por supuesto, algunas personas interpretan estas observaciones de una manera diferente y consideran que esta precisión puede explicarse sin recurrir a un Creador. Otras ven en ella una poderosa evidencia de diseño. En esta serie nuestro propósito no es presentar todos los debates científicos y filosóficos, sino mostrar cómo la Biblia interpreta el orden del universo: como la manifestación de la sabiduría del Dios que hizo todas las cosas.
Cada amanecer que ocurre con puntualidad, cada estrella que permanece en su órbita, cada ley física que continúa actuando con precisión y cada condición que hace posible la vida recuerdan una verdad proclamada por las Escrituras desde hace miles de años:
“Jehová con sabiduría fundó la tierra; afirmó los cielos con inteligencia.”
Al contemplar esa extraordinaria precisión, la Biblia nos invita a hacer la misma pregunta que hizo Isaías: “¿Quién creó estas cosas?” Y responde con absoluta claridad: el Dios eterno, cuya sabiduría es infinita y cuya obra continúa maravillando a toda la creación.
En el próximo capítulo dirigiremos nuestra atención a una de las evidencias más sorprendentes de esa sabiduría: la información contenida en el ADN, un verdadero lenguaje biológico que hace posible la existencia y el funcionamiento de todos los seres vivos.
Referencias:
- The Creator and the Cosmos
- The Privileged Planet
- Just Six Numbers — Martin Rees
- The Goldilocks Enigma — Paul Davies
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