Por el Dr. Elio M. Rivera
Hasta este momento hemos visto que la Biblia presenta la creación como la primera evidencia de la existencia de Dios. Hemos descubierto que el universo tuvo un comienzo, que fue creado por la palabra del Dios eterno y que continúa proclamando silenciosamente la gloria de su Creador. Sin embargo, el apóstol Pablo añade una afirmación aún más sorprendente. La creación no solo revela que Dios existe; también hace responsable al ser humano delante de Él.
Esta es, probablemente, una de las enseñanzas más contundentes de toda la Biblia acerca de la revelación de Dios en la naturaleza. Pablo dedica el inicio de su carta a los romanos a explicar que Dios no ha permanecido oculto. Por el contrario, ha dado suficiente testimonio de sí mismo para que toda la humanidad pueda reconocer que existe un Creador.
El pasaje central dice así:
“Porque la ira de Dios se revela desde el cielo contra toda impiedad e injusticia de los hombres que detienen con injusticia la verdad; porque lo que de Dios se conoce les es manifiesto, pues Dios se lo manifestó. Porque las cosas invisibles de él, su eterno poder y deidad, se hacen claramente visibles desde la creación del mundo, siendo entendidas por medio de las cosas hechas, de modo que no tienen excusa.”
(Romanos 1:18-20)
Estas palabras contienen una verdad de enorme importancia. Observe quién toma la iniciativa. Pablo no dice que el ser humano descubrió por sí mismo la existencia de Dios. Dice exactamente lo contrario:
“…Dios se lo manifestó.”
Fue Dios quien decidió revelarse. Desde el principio quiso dejar un testimonio permanente de su existencia. El universo no fue creado únicamente para ser habitado; también fue creado para revelar la gloria, el poder y la majestad de su Autor.
Pablo afirma que mediante la creación pueden conocerse dos atributos fundamentales de Dios:
“…su eterno poder y deidad…”

La creación deja al hombre si excusa delante de Dios.
La creación no revela todos los aspectos del carácter divino. No nos explica el plan de salvación, ni el amor manifestado en la cruz, ni la persona de Jesucristo. Para conocer esas verdades Dios nos dio las Escrituras y, finalmente, a su Hijo. Sin embargo, la creación sí revela algo suficiente para que el hombre comprenda que existe un Ser eterno, infinitamente poderoso y distinto de todo cuanto ha sido creado.
Pablo utiliza una expresión muy interesante:
“…las cosas invisibles de él… se hacen claramente visibles…”
Aunque Dios es invisible, parte de su grandeza puede percibirse a través de sus obras. Nadie ha visto directamente al Creador, pero todos podemos contemplar aquello que Él hizo. Así como una pintura revela el talento del artista o una composición musical refleja el genio de su autor, la creación manifiesta la existencia del Dios que le dio origen.
Observe también que Pablo dice que estas evidencias son “claramente visibles”. No afirma que sean confusas, ocultas o reservadas para un pequeño grupo de personas. Dios no escondió el testimonio de su existencia. Lo colocó delante de toda la humanidad.
Cada amanecer.
Cada montaña.
Cada océano.
Cada estrella.
Cada ser viviente.
Todo forma parte de ese inmenso testimonio que Dios ha dejado ante los ojos del mundo.
Pero Pablo llega a una conclusión aún más fuerte:
“…de modo que no tienen excusa.”
Estas palabras han sido objeto de reflexión durante siglos. ¿Qué quiere decir el apóstol? ¿Está afirmando que la creación basta para salvar al ser humano? La respuesta es no. La propia carta a los Romanos deja claro que la salvación se encuentra únicamente por medio de la fe en Jesucristo.
Entonces, ¿qué significa que el hombre “no tiene excusa”?
Significa que nadie podrá decir delante de Dios: “Jamás tuve ningún testimonio de que Tú existías.” Según Pablo, Dios ya dio ese testimonio por medio de la creación. El problema no es la falta de evidencia, sino la respuesta del corazón humano frente a esa evidencia.
De hecho, Pablo continúa explicando cuál fue la reacción de la humanidad:
“Pues habiendo conocido a Dios, no le glorificaron como a Dios, ni le dieron gracias…”
(Romanos 1:21)
Observe cuidadosamente estas palabras. El problema descrito por Pablo no es principalmente intelectual, sino espiritual. El ser humano contempló el testimonio de Dios en la creación, pero decidió no honrar al Creador. En lugar de dirigir su adoración hacia Dios, la dirigió hacia las cosas creadas.
Más adelante escribe:
“…cambiaron la gloria del Dios incorruptible en semejanza de imagen de hombre corruptible, de aves, de cuadrúpedos y de reptiles.”
(Romanos 1:23)
¡Qué descripción tan precisa de la historia de la humanidad! En lugar de adorar al Creador, muchos pueblos terminaron adorando el sol, la luna, las estrellas, los animales, los árboles o incluso a otros seres humanos. Cambiaron al Autor por su obra.
Por eso Pablo concluye con otra afirmación contundente:
“…honrando y dando culto a las criaturas antes que al Creador…”
(Romanos 1:25)
Aquí encontramos una de las grandes diferencias entre la cosmovisión bíblica y muchas religiones antiguas. La Biblia nunca invita a adorar la naturaleza. La creación es maravillosa, pero no es divina. Es un testigo, no el objeto de nuestra adoración. Su función consiste en señalar hacia Dios, no reemplazarlo.
Este pasaje también nos recuerda que la evidencia, por sí sola, no obliga al ser humano a creer. Dos personas pueden contemplar el mismo cielo estrellado. Una de ellas reconocerá la gloria del Creador; la otra afirmará que todo es producto del azar. La diferencia no está en el universo que observan, sino en la disposición con la que responden al testimonio que Dios ha colocado delante de ellos.
Romanos uno constituye, sin duda, uno de los textos más importantes de toda la Biblia sobre la existencia de Dios. Allí aprendemos que la creación no solo manifiesta el poder y la deidad del Creador, sino que también establece la responsabilidad moral del ser humano. Dios ha hablado por medio de sus obras. La pregunta ya no es si Él ha dado testimonio de sí mismo, sino cómo responderemos a ese testimonio.
Por ello, la creación no es simplemente el escenario donde transcurre nuestra vida. Es el primer gran mensaje que Dios dirigió a toda la humanidad. Un mensaje silencioso, universal y permanente que sigue proclamando, día tras día, que detrás del universo existe un Creador eterno, poderoso y digno de toda gloria. Y precisamente porque Dios ha dejado ese testimonio al alcance de todos, la Biblia concluye con una afirmación solemne: el hombre no tiene excusa.
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