6. Dios creó por medio de su palabra

Por el Dr. Elio M. Rivera

  Si existe una expresión que se repite una y otra vez en el relato de la creación, es esta: “Y dijo Dios…”. Aunque pudiera parecer una frase sencilla, encierra una de las verdades más profundas de toda la Biblia. El universo no nació como resultado de una lucha entre dioses, ni fue producto del azar, ni surgió por la acción de fuerzas impersonales. La creación comenzó cuando Dios habló.

  El primer capítulo del Génesis presenta una secuencia extraordinaria. Cada nueva etapa de la creación inicia con las mismas palabras:

“Y dijo Dios: Sea la luz; y fue la luz.”
(Génesis 1:3)

“Y dijo Dios: Haya expansión en medio de las aguas…”
(Génesis 1:6)

“Y dijo Dios: Júntense las aguas…”
(Génesis 1:9)

“Y dijo Dios: Produzca la tierra hierba verde…”
(Génesis 1:11)

“Y dijo Dios: Haya lumbreras en la expansión de los cielos…”
(Génesis 1:14)

“Y dijo Dios: Produzcan las aguas seres vivientes…”
(Génesis 1:20)

“Y dijo Dios: Produzca la tierra seres vivientes…”
(Génesis 1:24)

“Y dijo Dios: Hagamos al hombre a nuestra imagen…”
(Génesis 1:26)

  Esta repetición no es casual. El Espíritu Santo desea que el lector comprenda que la creación responde a la autoridad de la palabra divina. Dios no necesita herramientas, maquinaria, materiales ni esfuerzo. Su palabra posee un poder creador absoluto. Lo que Él ordena, simplemente llega a existir.

  Esta verdad distingue al Dios de la Biblia de todos los dioses imaginados por las antiguas culturas. En muchas mitologías, la creación surge después de guerras entre divinidades o del triunfo de un dios sobre otro. En las Escrituras ocurre exactamente lo contrario. El Dios verdadero crea con absoluta tranquilidad y autoridad. No encuentra resistencia. No enfrenta oposición. Basta con que hable, y el universo responde inmediatamente a su voz.

  El salmista describe esta realidad con extraordinaria belleza:

“Por la palabra de Jehová fueron hechos los cielos, y todo el ejército de ellos por el aliento de su boca.”
(Salmo 33:6)

  Observe la sencillez y, al mismo tiempo, la grandeza de esta afirmación. Los cielos, con sus incontables galaxias, estrellas y planetas, no fueron producto de un largo esfuerzo divino. Fueron hechos por la palabra de Jehová. El universo entero obedece a la voz de su Creador.

  Dios creo todo con el poder de su Palabra

Unos versículos más adelante, David añade:

“Porque él dijo, y fue hecho; él mandó, y existió.”
(Salmo 33:9)

  Estas palabras resumen toda la doctrina bíblica de la creación. Dios habla y las cosas suceden. Su palabra no expresa únicamente deseos o intenciones; expresa autoridad. Cuando el Creador habla, la realidad misma responde a su mandato.

  El autor de la carta a los Hebreos confirma esta enseñanza:

“Por la fe entendemos haber sido constituido el universo por la palabra de Dios, de modo que lo que se ve fue hecho de lo que no se veía.”
(Hebreos 11:3)

  El universo existe porque Dios habló. Esta afirmación tiene profundas implicaciones. Significa que el origen de todo cuanto vemos no se encuentra en la materia, sino en la voluntad soberana del Creador. Antes de que existieran el espacio, el tiempo o la energía, existía la palabra de Dios.

  Esta verdad también revela el inmenso poder de la palabra divina. Las palabras humanas pueden informar, persuadir, consolar o enseñar, pero no tienen poder creador. Ningún ser humano puede decir: “Exista una montaña”, y verla aparecer delante de sus ojos. Ningún científico, por brillante que sea, puede ordenar la existencia de una estrella o de una célula. Solo Dios posee una palabra capaz de transformar la nada en existencia.

  Por esta razón, la Biblia presenta la palabra de Dios como una manifestación de su omnipotencia. Aquello que para el hombre resulta imposible, para Dios ocurre con absoluta facilidad. Él no necesita luchar contra el caos, porque toda la creación está sujeta a su autoridad.

  Pero existe un aspecto aún más profundo. La palabra mediante la cual Dios creó el universo no fue únicamente eficaz en el pasado; continúa siendo poderosa en el presente. El mismo Dios que dijo: “Sea la luz”, es el Dios cuya palabra sostiene todas las cosas y jamás deja de cumplir aquello que Él determina.

  El profeta Isaías escribió:

“Así será mi palabra que sale de mi boca; no volverá a mí vacía, sino que hará lo que yo quiero, y será prosperada en aquello para que la envié.”
(Isaías 55:11)

  Aunque este pasaje se refiere al cumplimiento de la voluntad de Dios en la historia, revela un principio que armoniza perfectamente con el relato de la creación: la palabra de Dios nunca fracasa. Siempre cumple el propósito para el cual fue pronunciada.

  El Nuevo Testamento añade una dimensión aún más extraordinaria. El evangelio de Juan identifica al Señor Jesucristo como el Verbo, la Palabra eterna de Dios:

“En el principio era el Verbo, y el Verbo era con Dios, y el Verbo era Dios.”
(Juan 1:1)

“Todas las cosas por él fueron hechas, y sin él nada de lo que ha sido hecho, fue hecho.”
(Juan 1:3)

  No es casualidad que Juan utilice el término Verbo o Palabra. El mismo Dios que habló en el Génesis para dar origen al universo se reveló plenamente en Jesucristo. La Palabra creadora y la Palabra encarnada pertenecen al mismo Dios eterno.

  Al contemplar la inmensidad del universo resulta difícil imaginar el poder necesario para producirlo. Sin embargo, la Biblia dirige nuestra atención no hacia la fuerza de una explosión, ni hacia procesos impersonales, sino hacia la voz del Creador. El universo existe porque Dios habló. Las estrellas brillan porque Dios habló. La vida apareció porque Dios habló. Todo cuanto existe responde, en última instancia, a la autoridad de su palabra.

  Por ello, cada vez que leemos las sencillas palabras “Y dijo Dios…”, no estamos ante una simple expresión literaria. Estamos contemplando la manifestación del poder creador más grande imaginable. Es la voz del Dios eterno llamando a la existencia un universo que antes no existía.

  La creación comenzó con una palabra. Y esa palabra nos recuerda, todavía hoy, que el Dios de la Biblia posee un poder que ningún otro ser ha tenido jamás: el poder de hablar, y hacer que la realidad misma obedezca su voz.

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Autor

Elio Rivera

El Dr. Elio M. Rivera es médico, pastor, escritor y fundador del Museo La Vida y Obra de Jesucristo, de la casa hogar Manantial de Amor y Comunidad Cristiana Mana. Ha viajado extensamente por Israel estudiando los lugares históricos relacionados con la vida de Jesucristo. Además de su labor ministerial y humanitaria, también es hombre de negocios, autor de más de 60 libros.