Por el Dr. Elio M Rivera
La pregunta que no puede evitarse
El artículo anterior mostró que el templo ocupa un lugar central en la historia de Israel y en las profecías de los últimos tiempos. El tabernáculo, el templo de Salomón y el segundo templo prepararon el trasfondo bíblico necesario para comprender los anuncios de Daniel, Jesús, Pablo y Apocalipsis.
Ahora debemos avanzar hacia una pregunta más específica:
¿Por qué estas profecías requieren que exista nuevamente un templo en Jerusalén?
La respuesta no depende de una sola palabra aislada. Surge de la convergencia de varios elementos:
- sacrificios que serán interrumpidos;
- una abominación colocada en un lugar santo;
- un gobernante que se sentará en el templo de Dios;
- un altar y adoradores que serán medidos;
- una ciudad santa sometida durante un período definido.
Estos elementos no describen únicamente una idea religiosa ni una institución invisible. Presentan un escenario concreto de adoración, sacrificio, profanación y juicio.
Si los pasajes se interpretan de manera natural y futura, la conclusión es directa:
Debe existir nuevamente un templo en Jerusalén.
Daniel 9:27: sacrificios que serán suspendidos
El punto de partida se encuentra en la profecía de las setenta semanas de Daniel.
“Y por otra semana confirmará el pacto con muchos; a la mitad de la semana hará cesar el sacrificio y la ofrenda.”
(Daniel 9:27, RVR1960).
El texto describe a un gobernante relacionado con el pueblo del príncipe que destruiría la ciudad y el santuario. Este personaje confirmará un pacto con muchos y, a la mitad de la semana profética, hará cesar el sacrificio y la ofrenda.
La expresión “hará cesar” es decisiva.
Daniel no anuncia simplemente que no habrá sacrificios. Declara que una actividad ya existente será interrumpida.
Para que algo cese, primero debe estar funcionando.
Para que los sacrificios sean suspendidos, primero deben haber sido reanudados.
Y para que se reanuden conforme al sistema bíblico de Israel, debe existir un lugar reconocido para el altar, el sacerdocio y el culto.
La pregunta fundamental
La pregunta surge inevitablemente:
¿Cómo podrían suspenderse sacrificios que no existen?
En la actualidad, Israel no ofrece los sacrificios prescritos en la Ley de Moisés.
No existe un altar nacional en funcionamiento.
No hay un templo judío en Jerusalén.
No se desarrolla el culto levítico como en los tiempos bíblicos.
Por tanto, Daniel está contemplando una condición futura distinta de la actual.
Antes de la interrupción anunciada, el sistema sacrificial tendrá que ser restaurado.
Esto requiere más que un edificio vacío. Requiere un orden religioso establecido:
Un lugar santo.
Un altar.
Sacrificios.
Ofrendas.
Ministros del culto.
Adoradores.
El pasaje no permite reducirlo todo a una metáfora general del mal. Describe la suspensión de acciones religiosas concretas.
¿Quién es el príncipe que ha de venir?
Daniel 9:26 había anunciado:
“Y el pueblo de un príncipe que ha de venir destruirá la ciudad y el santuario.”
(Daniel 9:26, RVR1960).
La ciudad y el santuario fueron destruidos por los romanos en el año 70 d. C. Sin embargo, el texto distingue entre el pueblo destructor y el príncipe que había de venir.
El pueblo romano destruyó Jerusalén y el templo, pero el gobernante final relacionado con ese poder todavía pertenece al desarrollo futuro de la profecía.
Este príncipe establecerá un pacto, lo quebrantará, interrumpirá los sacrificios y traerá la abominación desoladora.
Daniel presenta, por tanto, una secuencia:
Primero, un pacto.
Después, la restauración del culto.
Luego, la interrupción de los sacrificios.
Finalmente, la profanación.
Cada paso presupone que Israel se encuentra nuevamente en su tierra y que existe un centro religioso en Jerusalén.
La semana final
La “semana” de Daniel representa un período de siete años. A la mitad de ese período, es decir, después de tres años y medio, el gobernante rompe el orden previamente establecido.
Esto armoniza con otros períodos proféticos:
Cuarenta y dos meses.
Mil doscientos sesenta días.
Un tiempo, tiempos y la mitad de un tiempo.
Estas expresiones aparecen en Daniel y Apocalipsis para describir la segunda mitad del período final de tribulación.
La interrupción de los sacrificios no será un acontecimiento menor. Marcará el comienzo de una etapa de abierta rebelión contra Dios.
La abominación desoladora
Daniel relaciona la suspensión del sacrificio con la abominación desoladora.
“Después con la muchedumbre de las abominaciones vendrá el desolador.”
(Daniel 9:27, RVR1960).
La expresión describe una profanación extrema del lugar dedicado a Dios.
No se trata solamente de una decisión administrativa para suspender ceremonias. Es un acto deliberado de rebelión, usurpación y blasfemia.
El lugar santo será ocupado por aquello que Dios aborrece.
La adoración verdadera será reemplazada por una adoración falsa.
El gobernante que había garantizado un pacto se revelará como enemigo de Dios.
Un antecedente histórico, pero no el cumplimiento final
En el siglo II a. C., Antíoco IV Epífanes profanó el templo de Jerusalén. Prohibió prácticas judías, interrumpió los sacrificios y contaminó el altar.
Aquel acontecimiento fue una manifestación histórica de la abominación desoladora y sirvió como modelo del gobernante final.
Sin embargo, no agotó la profecía.
La razón es clara: siglos después de Antíoco, Jesús habló de la abominación desoladora como un acontecimiento todavía futuro.
Lo ocurrido bajo Antíoco fue una anticipación.
El cumplimiento final todavía se encuentra relacionado con los acontecimientos que precederán al regreso de Cristo.
Mateo 24: Jesús remite directamente a Daniel
Jesús confirmó la importancia futura de la profecía de Daniel.
“Por tanto, cuando veáis en el lugar santo la abominación desoladora de que habló el profeta Daniel…”
(Mateo 24:15, RVR1960).
La declaración de Jesús es fundamental por varias razones.
Primero, reconoce que Daniel habló verdaderamente de una abominación desoladora.
Segundo, coloca su cumplimiento dentro del escenario futuro que estaba explicando a sus discípulos.
Tercero, ubica el acontecimiento en “el lugar santo”.
Cuarto, ordena a quienes estén en Judea que huyan cuando la señal aparezca.
El contexto no es abstracto.
Hay una región: Judea.
Hay una ciudad: Jerusalén.
Hay un lugar sagrado.
Hay una profanación.
Hay una huida.
Hay una tribulación sin precedente.
“Cuando veáis”
Jesús no habló de una idea invisible que solamente pudiera percibirse espiritualmente.
Dijo:
“Cuando veáis…”
El acontecimiento será reconocible.
La profanación tendrá una manifestación concreta.
Los habitantes de Judea sabrán que ha llegado el momento de huir.
Esto requiere un lugar identificable y un acontecimiento visible.
La expresión “lugar santo” encaja naturalmente con el recinto del templo.
Jesús no anuló la profecía de Daniel
Jesús no reinterpretó a Daniel como una referencia exclusiva a acontecimientos pasados.
Tampoco declaró que el lugar santo fuera sustituido por una realidad puramente simbólica.
Por el contrario, tomó la profecía en serio y advirtió que su cumplimiento tendría consecuencias históricas para Judea y Jerusalén.
El templo destruido en el año 70 d. C. no puede ser el escenario final de Mateo 24 si la profecía se relaciona con la tribulación que culmina en la manifestación de Cristo.
Por tanto, debe existir un santuario posterior al segundo templo.
2 Tesalonicenses 2: el hombre de pecado entra en el templo
El apóstol Pablo añade un detalle todavía más específico.
“Nadie os engañe en ninguna manera; porque no vendrá sin que antes venga la apostasía, y se manifieste el hombre de pecado, el hijo de perdición.”
(2 Tesalonicenses 2:3, RVR1960).
Después declara:
“El cual se opone y se levanta contra todo lo que se llama Dios o es objeto de culto; tanto que se sienta en el templo de Dios como Dios, haciéndose pasar por Dios.”
(2 Tesalonicenses 2:4, RVR1960).
Pablo identifica a este personaje como el hombre de pecado y el hijo de perdición.
Su rebelión culminará cuando ocupe el templo de Dios y reclame la posición que pertenece solamente al Señor.
Aquí la profanación alcanza su máxima expresión.
No se conformará con controlar el templo.
Se sentará en él.
No se conformará con interrumpir el culto.
Exigirá adoración.
No se presentará únicamente como gobernante.
Se hará pasar por Dios.
El templo como escenario de usurpación
La importancia del templo futuro no radica solamente en que allí se reanudarán los sacrificios.
Será también el escenario donde el gobernante final revelará abiertamente su verdadera naturaleza.
El pacto dará paso a la traición.
La protección dará paso a la persecución.
La tolerancia religiosa dará paso a la adoración obligatoria.
El templo se convertirá en el lugar donde el hombre de pecado desafiará directamente a Dios.
Un templo real
Algunos han interpretado el “templo de Dios” como una referencia a la iglesia. Es cierto que en otros pasajes Pablo llama templo al conjunto de los creyentes.
Sin embargo, en 2 Tesalonicenses 2 el contexto es distinto.
Pablo describe a un individuo que se sienta, se exalta y se presenta como Dios.
La acción encaja directamente con la abominación anunciada por Daniel y confirmada por Jesús.
El hombre de pecado no se sienta simbólicamente dentro de millones de creyentes.
Entra en un lugar concreto de adoración y lo usurpa.
Por eso, el templo de 2 Tesalonicenses 2 debe entenderse como un templo futuro en Jerusalén.
Daniel y Pablo describen al mismo gobernante
Las semejanzas son evidentes.
En Daniel
Un príncipe establece un pacto.
Interrumpe los sacrificios.
Trae la abominación.
Provoca desolación.
En Pablo
El hombre de pecado se manifiesta.
Se opone a Dios.
Entra en el templo.
Se presenta como Dios.
En ambos
Existe un centro de adoración.
Ocurre una profanación.
Aparece un gobernante blasfemo.
La rebelión culmina antes del juicio divino.
Daniel observa la interrupción del culto.
Jesús advierte sobre la señal.
Pablo revela quién ocupará el lugar santo.
Los tres pasajes describen diferentes momentos del mismo acontecimiento.
Apocalipsis 11: el templo entra nuevamente en la visión
Apocalipsis añade una imagen que completa el escenario.
“Entonces me fue dada una caña semejante a una vara de medir, y se me dijo: Levántate, y mide el templo de Dios, y el altar, y a los que adoran en él.”
(Apocalipsis 11:1, RVR1960).
Luego Juan recibe esta instrucción:
“Pero el patio que está fuera del templo déjalo aparte, y no lo midas, porque ha sido entregado a los gentiles; y ellos hollarán la ciudad santa cuarenta y dos meses.”
(Apocalipsis 11:2, RVR1960).
Este pasaje no repite simplemente lo dicho por Daniel. Añade nuevos elementos.
Daniel habló de sacrificios.
Jesús habló del lugar santo.
Pablo habló del hombre de pecado.
Juan presenta la disposición del recinto:
El templo.
El altar.
Los adoradores.
El patio exterior.
La ciudad santa.
El dominio gentil.
El período de cuarenta y dos meses.
¿Por qué se mide el templo?
En las Escrituras, medir puede expresar posesión, separación, evaluación o protección.
Juan no recibe la orden de medir toda Jerusalén. Debe medir el templo, el altar y a quienes adoran allí.
El patio exterior, en cambio, queda fuera de la medición y es entregado a los gentiles.
La distinción demuestra que el templo estará relacionado con una situación de división y conflicto.
Una parte se vincula con el culto.
Otra queda bajo dominio extranjero.
La ciudad santa será hollada durante cuarenta y dos meses.
Este período corresponde a los tres años y medio de la segunda mitad de la semana de Daniel.
El templo de Apocalipsis 11 no es el templo celestial
Apocalipsis menciona en otros lugares el templo celestial. Sin embargo, el templo del capítulo 11 se encuentra conectado directamente con la ciudad santa y con el dominio de los gentiles.
El texto habla de un patio exterior.
Habla de adoradores.
Habla de Jerusalén.
Habla de cuarenta y dos meses de opresión.
Estas características corresponden a un escenario terrenal.
El templo medido por Juan está dentro de la ciudad que será hollada por las naciones.
Por tanto, Apocalipsis 11 confirma la existencia de un templo futuro en Jerusalén durante la tribulación.
Cuatro pasajes, una misma realidad
La fuerza de esta interpretación no depende únicamente de Daniel 9:27.
Se encuentra en la convergencia de cuatro testimonios.
Daniel 9:27
Los sacrificios serán suspendidos.
Mateo 24:15
La abominación aparecerá en el lugar santo.
2 Tesalonicenses 2:3-4
El hombre de pecado se sentará en el templo de Dios.
Apocalipsis 11:1-2
El templo, el altar y los adoradores existirán en la ciudad santa.
No son cuatro profecías separadas sin conexión.
Son cuatro ventanas que permiten observar el mismo escenario desde diferentes ángulos.
Daniel muestra el pacto y la interrupción.
Jesús muestra la señal que desencadena la huida.
Pablo muestra al usurpador dentro del templo.
Juan muestra el templo funcionando durante la tribulación.
¿Puede tratarse del segundo templo?
Algunos relacionan estos pasajes exclusivamente con la destrucción de Jerusalén en el año 70 d. C.
Sin embargo, esa explicación no satisface todos los elementos.
El ejército romano destruyó el segundo templo, pero no existe evidencia de que un gobernante romano entrara en él, se sentara como Dios y exigiera adoración en el cumplimiento pleno descrito por Pablo.
Tampoco la destrucción del año 70 completa el período profético que Apocalipsis relaciona con la manifestación final del poder anticristiano.
La caída de Jerusalén fue un juicio verdadero y una anticipación de acontecimientos futuros.
Pero no agotó la profecía.
Daniel, Jesús, Pablo y Juan describen un escenario final que todavía requiere otro templo.
El templo será reconstruido antes de la profanación
La profecía no se concentra principalmente en la ceremonia de inauguración del templo.
Tampoco explica cada etapa de su construcción.
Lo presenta ya existente cuando comienzan los acontecimientos decisivos.
Por tanto, el orden lógico es el siguiente:
Israel existe nuevamente.
Jerusalén ocupa el centro del escenario.
Se establece un acuerdo que permite el culto.
Los sacrificios son reanudados.
El templo funciona.
A la mitad del período, el gobernante rompe el pacto.
Los sacrificios son interrumpidos.
El lugar santo es profanado.
El hombre de pecado reclama adoración.
Comienza la gran tribulación.
La construcción del templo no será el final de la profecía.
Será el comienzo visible de una etapa que desembocará en una crisis mundial.
Un templo construido en medio de un pacto
Daniel declara que el príncipe confirmará un pacto con muchos.
Esto indica que el restablecimiento del culto estará relacionado con un acuerdo político o religioso de gran importancia.
La situación actual del Monte del Templo parece humanamente difícil de resolver. Allí convergen intereses judíos, musulmanes, palestinos, israelíes e internacionales.
Precisamente por eso, un gobernante capaz de establecer un acuerdo relacionado con Jerusalén podría ser recibido como un extraordinario negociador.
El pacto generará una apariencia de paz.
Permitirá la restauración del culto.
Dará la impresión de haber resuelto un conflicto imposible.
Pero la profecía declara que el acuerdo será quebrantado.
La paz aparente desembocará en profanación y persecución.
No todo entusiasmo por el templo será espiritual
La reconstrucción del templo será un acontecimiento de enorme importancia profética, pero no debe confundirse con la conversión espiritual de Israel.
El culto restaurado seguirá perteneciendo a un sistema que no reconoce todavía el sacrificio definitivo de Jesucristo.
La carta a los Hebreos declara que Cristo ofreció un solo sacrificio para siempre.
“Porque con una sola ofrenda hizo perfectos para siempre a los santificados.”
(Hebreos 10:14, RVR1960).
Los sacrificios futuros no podrán quitar el pecado.
Tendrán importancia profética, pero no poder redentor.
El templo mostrará que la historia ha llegado al escenario anunciado, pero solamente Cristo puede reconciliar al ser humano con Dios.
La gran contradicción del templo futuro
El tercer templo representará una de las mayores contradicciones de los últimos tiempos.
Será presentado como un triunfo religioso, pero terminará siendo profanado.
Parecerá una señal de paz, pero se convertirá en el centro de una crisis.
Permitirá la reanudación del culto, pero allí mismo el hombre de pecado exigirá adoración.
Será llamado templo de Dios, pero será invadido por quien se opone a Dios.
Su existencia confirmará la exactitud de la profecía, pero su profanación revelará la profundidad de la rebelión humana.
¿Qué debe observar el creyente?
El creyente no necesita inventar fechas ni convertir cada noticia de Jerusalén en un cumplimiento inmediato.
Pero tampoco debe ignorar la dirección general de los acontecimientos.
Israel ya existe.
Jerusalén volvió al centro del mundo.
El lugar del antiguo templo continúa siendo objeto de tensión.
Existe nuevamente interés judío en el templo.
La posibilidad de restaurar el culto ha vuelto a discutirse.
La pieza que durante siglos parecía imposible ya no puede descartarse como una fantasía.
El escenario está mucho más cerca de la descripción profética que en cualquier otro período desde la destrucción del segundo templo.
La respuesta a la pregunta principal
Volvamos a la pregunta con la que comenzamos:
¿Cómo podrían suspenderse sacrificios que no existen?
No podrían.
Por eso, deberán comenzar nuevamente.
¿Cómo podría aparecer la abominación en un lugar santo inexistente?
No podría.
Por eso, deberá existir nuevamente un lugar santo.
¿Cómo podría el hombre de pecado sentarse en un templo que no existe?
No podría.
Por eso, deberá levantarse un templo.
¿Cómo podría Juan medir un templo, un altar y adoradores si todo fuera únicamente una institución invisible?
La descripción natural del pasaje requiere una realidad física en Jerusalén.
Conclusión
Daniel anunció que los sacrificios serían suspendidos.
Jesús anunció que la abominación aparecería en el lugar santo.
Pablo anunció que el hombre de pecado se sentaría en el templo de Dios.
Juan contempló un templo, un altar y adoradores dentro de la ciudad santa.
Estos pasajes no dependen unos de otros por casualidad.
Forman una secuencia profética coherente.
Templo reconstruido.
Culto restaurado.
Pacto confirmado.
Sacrificios reanudados.
Pacto quebrantado.
Sacrificios suspendidos.
Lugar santo profanado.
Gobernante adorado.
Tribulación desatada.
La conclusión es firme:
Las profecías requieren un templo futuro en Jerusalén.
No sabemos todavía cómo será construido.
No conocemos el acuerdo que lo hará posible.
No podemos establecer la fecha de su edificación.
Pero sí sabemos que no puede suspenderse un sacrificio inexistente, profanarse un lugar santo inexistente ni sentarse alguien en un templo inexistente.
El segundo templo fue destruido en el año 70 d. C.
Por tanto, el templo descrito en estas profecías debe ser futuro.
La pregunta profética ya no es si hará falta un templo.
La profecía declara que hará falta.
La pregunta es:
¿Cuánto falta para que el escenario que durante siglos parecía imposible se convierta en realidad?
Y aún más importante:
¿Estamos preparados espiritualmente para los acontecimientos que comenzarán cuando estas profecías entren en su cumplimiento final?
“Por tanto, también vosotros estad preparados; porque el Hijo del Hombre vendrá a la hora que no pensáis.”
(Mateo 24:44, RVR1960).
Textos principales
- Daniel 9:24-27.
- Daniel 11:31.
- Daniel 12:11.
- Mateo 24:15-22.
- 2 Tesalonicenses 2:1-12.
- Apocalipsis 11:1-3.
- Apocalipsis 13:1-18.
- Hebreos 9:11-28.
- Hebreos 10:1-18.
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