Dr. Elio M Rivera
Texto clave: Lucas 2:51
“Y descendió con ellos, y volvió a Nazaret, y estaba sujeto a ellos.”
Hay frases de la Biblia que parecen pequeñas hasta que uno se detiene dentro de ellas.
Ésta es una.
“…estaba sujeto a ellos.”
Cuatro palabras capaces de resumir años.
Lucas acaba de mostrarnos a Jesús a los doce años en Jerusalén.
María y José lo han buscado angustiados. Después de tres días lo encuentran en el templo, sentado en medio de los doctores de la ley, escuchándolos y haciéndoles preguntas.
Quienes lo oyen están maravillados de su inteligencia y de sus respuestas.
Cuando María le habla de la angustia con que lo han buscado, Jesús responde:
“¿Por qué me buscabais? ¿No sabíais que en los negocios de mi Padre me es necesario estar?”
—Lucas 2:49.
Es un momento extraordinario.
Por primera vez en los Evangelios escuchamos hablar a Jesús.
Y sus palabras revelan que existe en Él una conciencia extraordinaria de su relación con el Padre.
¿Qué esperamos que ocurra después?
Quizá que permanezca en Jerusalén.
Que los maestros continúen escuchándolo.
Que comience a manifestarse.
Que algo grande esté a punto de suceder.
Pero Lucas nos sorprende.
Jesús se levanta.
Deja Jerusalén.
Desciende con María y José.
Regresa a Nazaret.
Y vuelve a ocupar su lugar dentro de la familia.
“…estaba sujeto a ellos.”

Regresar también fue una decisión y Jesús se sujetó a sus padres terrenales
Pensemos en el camino de regreso.
Jerusalén va quedando atrás.
También el templo.
También aquellos maestros que se habían maravillado al escucharlo.
Delante está nuevamente Nazaret.
La casa.
La familia.
La vida cotidiana.
Y Jesús regresa.
Saber quién era no produjo en Él desprecio por la autoridad de sus padres.
No utilizó su comprensión para colocarse por encima de ellos.
Lucas no registra:
“Ustedes no comprenden.”
Ni:
“Yo sé más.”
Ni:
“Ya no necesito que me digan qué hacer.”
Regresó.
Y esto resulta especialmente significativo porque Jesús ya no era un niño pequeño que obedecía simplemente porque no tenía capacidad para comprender.
Tenía doce años.
Lucas acaba de mostrarnos precisamente su comprensión.
Y después de mostrarnos cuánto comprendía, nos muestra que obedecía.
¿Qué significa estar sujeto?
Aquí debemos abandonar por un momento las grandes palabras religiosas y entrar nuevamente en una casa.
Porque la obediencia familiar rara vez se siente espectacular.
Se parece más a esto:
Uno está haciendo algo que disfruta…
y lo llaman.
Quiere seguir.
Pero tiene que ir.
Está conversando…
y hay algo que hacer.
Tiene sueño…
pero existe una responsabilidad.
Piensa que una tarea puede esperar…
y su padre considera que debe hacerse ahora.
Cree que ya sabe cómo hacer algo…
y alguien mayor vuelve a explicárselo.
Quiere salir…
y escucha que no.
Quiere quedarse…
y le dicen que es hora de irse.
Quien alguna vez tuvo padres entiende inmediatamente la experiencia.
La autoridad interrumpe nuestra voluntad.
Mientras todos quieren lo mismo, casi no sentimos que existe.
La sentimos cuando aparece un límite.
“Todavía no.”
“Primero termina esto.”
“Regresa.”
“Espera.”
“Hazlo nuevamente.”
“Ven.”
No estamos diciendo que José o María pronunciaran específicamente esas palabras a Jesús.
Los Evangelios no conservaron esas conversaciones.
Pero Lucas sí nos dice cuál era la relación:
Jesús estaba sujeto a ellos.
Eso significa que dentro de aquella casa no era Él quien decidía todo simplemente porque sabía quién era.
Aceptó ocupar el lugar de hijo.
José podía decirle qué hacer
Detengámonos aquí porque resulta difícil dimensionarlo.
José era un hombre común.
Un trabajador.
Un padre de familia.
No era uno de los doctores que habían quedado maravillados en Jerusalén.
No era sacerdote.
No pertenecía a la aristocracia.
No ocupaba un puesto importante en Israel.
Y, sin embargo, al regresar a Nazaret, José continuaba siendo el padre dentro de aquella casa.
Podía asignar responsabilidades.
Podía enseñar un trabajo.
Podía establecer horarios y límites propios de la vida familiar.
Podía corregir la manera de realizar una tarea.
Podía decidir que algo debía hacerse antes que otra cosa.
Imagine solamente el contraste.
En Jerusalén, hombres instruidos escuchaban sorprendidos las respuestas de Jesús.
De regreso en Nazaret, José podía enseñarle cómo realizar correctamente un trabajo.
Y Jesús aceptó ambas situaciones.
Eso nos permite comprender algo hermoso:
la autoridad de José no dependía de saber más que Jesús.
Dependía de la responsabilidad que tenía como padre.
José no necesitaba ser perfecto para ser honrado.
También María podía llamarlo
Lucas es muy preciso:
“…estaba sujeto a ellos.”
A ambos.
María seguía siendo su madre.
La misma mujer que lo había llevado en su vientre.
Que lo había alimentado.
Que había huido con Él.
Que había cuidado de Él cuando todavía dependía completamente de otros.
Ahora aquel niño estaba creciendo.
Probablemente ya podía hacer muchas cosas por sí mismo.
Y con cada año que pasa ocurre algo que todos los padres conocen.
El hijo necesita menos ayuda.
Alcanza cosas que antes no alcanzaba.
Puede cargar lo que antes era demasiado pesado.
Comienza a tener opiniones propias.
Toma decisiones pequeñas.
Después mayores.
Y poco a poco aparece esa transición extraña en la que el niño ya no parece niño…
pero todavía está bajo autoridad.
Jesús atravesó ese proceso.
No saltó de Belén directamente a los treinta años.
Creció.
Y mientras crecía, María continuó siendo su madre.
“Pero yo ya sé”
Hay una experiencia particularmente difícil durante el crecimiento.
Descubrir que uno sabe hacer algo…
y aun así tener que obedecer.
Cualquier adolescente puede comprenderlo.
Llega una edad en que comenzamos a pensar:
“Yo puedo.”
“Yo entiendo.”
“Yo sé hacerlo.”
Y muchas veces es verdad.
El problema aparece cuando de ahí pasamos a:
“Entonces nadie tiene derecho a decirme qué hacer.”
Jesús presenta un contraste extraordinario.
Él realmente sabía.
Su comprensión había sorprendido a los maestros del templo.
Sin embargo, conocimiento y obediencia no se convirtieron en enemigos.
Podía comprender más…
y continuar honrando.
Podía crecer…
y continuar sujeto.
Podía saber quién era…
sin utilizar su identidad como privilegio.
Algunos días obedecer resulta fácil
También debemos hacer humana la experiencia.
No toda obediencia cuesta lo mismo.
Hay instrucciones que coinciden con lo que ya queríamos hacer.
Hay responsabilidades que disfrutamos.
Hay días en que tenemos energía.
Nos llaman y respondemos inmediatamente.
Nos piden algo y lo hacemos.
No existe lucha.
Pero otros días son diferentes.
Estamos cansados.
Estamos entretenidos.
Tenemos otro plan.
Pensamos que algo no es urgente.
Queremos terminar primero lo nuestro.
Y precisamente entonces la obediencia adquiere peso.
Porque obedecer no consiste únicamente en realizar una acción.
Muchas veces significa ceder nuestra preferencia.
Dejar algo.
Esperar.
Cambiar el plan.
Aceptar que en ese momento no tendremos la última palabra.
Lucas no nos dice cuáles fueron las situaciones concretas que Jesús vivió durante aquellos años.
No necesitamos inventarlas.
Nos entrega algo mejor:
una descripción de su conducta habitual.
“…estaba sujeto a ellos.”
No una tarde.
No después de una sola conversación.
Era la manera en que vivía dentro de su familia.
La obediencia también podía significar repetir
Hay otra experiencia que todos conocemos.
Uno hace algo.
Termina.
Mira satisfecho.
Y entonces llega alguien con más experiencia.
Lo observa.
Y dice:
“Hay que hacerlo otra vez.”
Pocas cosas prueban tanto la actitud.
Porque uno ya había terminado en su mente.
Ya estaba pensando en lo siguiente.
Quizá hasta había comenzado a descansar.
Y ahora hay que regresar.
Corregir.
Deshacer una parte.
Volver a empezar.
En un hogar donde los hijos aprendían progresivamente las tareas de los adultos, la corrección era inevitable.
Nadie nace sabiendo utilizar una herramienta.
Nadie realiza perfectamente una responsabilidad la primera vez.
Se aprende intentando.
Equivocándose.
Escuchando.
Corrigiendo.
Repitiendo.
No sabemos qué errores cometió Jesús al aprender habilidades humanas ni debemos inventarlos. La afirmación teológica de su ausencia de pecado tampoco significa que naciera sabiendo cada oficio humano sin aprendizaje; Lucas mismo habla de crecimiento.
Lo importante aquí es algo más sencillo:
aceptó el proceso de crecer.
Y crecer significa también recibir instrucción.
Había que esperar
Quizá ésta sea una de las dimensiones menos consideradas de aquellos años.
Jesús sabía a los doce años que existía una relación única con su Padre.
Sin embargo, el ministerio público no comenzó entonces.
Pasaron años.
Eso significa que durante una parte enorme de su vida terrenal Jesús conoció algo que a nosotros nos cuesta muchísimo:
esperar.
Crecer primero.
Vivir en familia.
Cumplir responsabilidades.
Llegar a la madurez.
No convertir la conciencia de un propósito en una excusa para adelantarse a su tiempo.
Nosotros solemos tener prisa cuando creemos que estamos destinados a algo importante.
Queremos comenzar.
Queremos demostrar.
Queremos que otros lo reconozcan.
Jesús regresó a Nazaret.
No necesitó demostrarle a aquella población lo que los maestros de Jerusalén habían visto.
La autoridad también tenía límites
Pero hay que conservar un equilibrio importante.
Jesús estaba sujeto a María y José.
Sin embargo, María y José no ocupaban el lugar del Padre.
Jesús ya lo había expresado:
“…en los negocios de mi Padre me es necesario estar.”
—Lucas 2:49.
Eso coloca cada autoridad en su sitio.
La autoridad familiar era real.
Pero no era divina.
Jesús podía honrar a sus padres terrenales sin confundirlos con su Padre celestial.
No encontramos desprecio hacia la autoridad humana.
Tampoco encontramos que ésta sustituya a Dios.
Hay orden.
Y quizá por eso la escena de Jerusalén es tan poderosa.
Jesús habla de su Padre…
y después regresa con sus padres.
Conoce la autoridad superior sin utilizarla como pretexto para despreciar la autoridad que legítimamente existía dentro de su hogar.
Los años fueron pasando
Imagine ahora no una escena.
Imagine años.
Jesús tiene doce.
Después trece.
Catorce.
Quince.
Su cuerpo cambia.
Su voz cambia.
Puede asumir mayores responsabilidades.
Aquello que antes necesitaba que alguien le enseñara comienza a hacerlo con seguridad.
Después quizá es Él quien puede ayudar a alguien menor.
Poco a poco deja de parecer un niño.
Se convierte en joven.
Después en hombre.
Y durante ese crecimiento ocurre algo inevitable en toda familia:
la relación también cambia.
Un hijo pequeño necesita instrucciones constantes.
Un joven necesita otras.
Conforme demuestra responsabilidad, recibe responsabilidades mayores.
La obediencia va dejando de ser simplemente “haz esto” y se convierte también en confianza.
No conocemos los detalles de ese proceso dentro de la familia de Jesús.
Pero conocemos su dirección.
Lucas escribe:
“Y Jesús crecía en sabiduría y en estatura, y en gracia para con Dios y los hombres.”
—Lucas 2:52.
No estaba detenido.
Estaba madurando.
Algún día José ya no tendría que decirle qué hacer
Y aquí hay algo profundamente humano.
Llega un momento en toda familia en que el hijo que necesitaba instrucciones comienza a saber lo que debe hacerse sin que nadie se lo recuerde.
Ve una necesidad.
Y responde.
Sabe que algo está pendiente.
Y lo hace.
Comprende la responsabilidad.
Ya no hace falta perseguirlo.
Eso es madurez.
La autoridad no ha desaparecido.
Ha producido responsabilidad interior.
Quizá ésa sea una de las metas más hermosas de la formación de un hijo.
No conseguir que obedezca solamente cuando el padre está mirando.
Sino formar una persona que haga lo correcto cuando nadie tenga que ordenárselo.
Lucas no nos permite reconstruir cómo ocurrió cada etapa en Jesús.
Pero cuando volvemos a encontrarlo como adulto, encontramos a un hombre capaz de asumir responsabilidades enormes.
Antes de verlo dirigiendo discípulos, Lucas quiso que supiéramos algo mucho más doméstico:
supo ser hijo.
El perfecto dentro de una familia imperfecta
Y entonces llegamos quizá al contraste más profundo.
José era humano.
María era humana.
Ambos podían cansarse.
Ambos tenían limitaciones.
No comprendieron completamente lo ocurrido en Jerusalén. Lucas lo dice expresamente:
“Mas ellos no entendieron las palabras que les habló.”
—Lucas 2:50.
Eso hace todavía más significativa la frase siguiente.
Ellos no comprendieron completamente.
Y Jesús regresó con ellos.
Ésta es quizá una de las escenas más extraordinarias de humildad en los Evangelios, precisamente porque casi no parece extraordinaria.
El que comprendía regresó con quienes todavía no comprendían.
El Hijo de Dios aceptó la autoridad de padres humanos.
No porque fueran omniscientes.
No porque nunca se equivocaran.
No porque fueran superiores a Él.
Sino porque ése era el lugar que había aceptado ocupar dentro de aquella familia.
La humildad que nadie aplaude
Hay una humildad pública.
La gente puede verla.
Puede admirarla.
Puede hablar de ella.
Pero existe otra mucho más difícil.
La humildad de casa.
La que nadie aplaude.
La de aceptar una corrección sin necesidad de demostrar que sabemos más.
La de hacer algo que no escogimos.
La de esperar nuestro turno.
La de respetar un límite.
La de cumplir una responsabilidad aunque nadie vaya a felicitarnos.
La de vivir con personas imperfectas sin exigirles perfección para tratarlas con respeto.
Esa humildad ocurre lejos de las multitudes.
Y durante años, la vida de Jesús ocurrió precisamente allí.
En Nazaret.
Sin audiencia.
Sin discípulos tomando notas.
Sin multitudes observándolo.
Solamente una familia viviendo junta.
Antes de decir “sígueme”, supo obedecer
Muchos años después, Jesús diría a otros:
“Sígueme.”
Y hombres dejarían cosas para caminar detrás de Él.
Hablaría con autoridad.
Enseñaría con autoridad.
Daría instrucciones a sus discípulos.
Pero antes de verlo ejerciendo autoridad pública, Lucas nos permite contemplarlo bajo autoridad familiar.
Eso nos muestra algo acerca de su corazón.
Jesús no consideró la obediencia una condición indigna de su grandeza.
No necesitó estar siempre arriba.
No necesitó tener siempre la última palabra.
No necesitó demostrar constantemente quién era.
A los doce años sabía que debía estar en los asuntos de su Padre.
Y, sin embargo, descendió de Jerusalén.
Volvió a Nazaret.
Entró otra vez en aquella casa.
Continuó creciendo.
Pasaron los años.
Y Lucas dejó para nosotros una pequeña frase que quizá diga mucho más de lo que parece:
“…estaba sujeto a ellos.”
No sabemos cuántas instrucciones recibió.
No sabemos cuántas veces tuvo que esperar.
No sabemos cuántas responsabilidades familiares cumplió.
No sabemos las conversaciones.
Y no vamos a inventarlas.
Pero sabemos suficiente.
El Hijo que un día tendría toda autoridad…
primero aceptó vivir bajo autoridad.
El que sería llamado Maestro…
aceptó ser enseñado dentro de una familia.
El que llamaría a otros a obedecer…
conoció la obediencia desde dentro.
Y quizá allí, en una casa de Nazaret donde nadie estaba mirando, vemos una de las expresiones más hermosas de su carácter:
Jesús sabía quién era.
Y no necesitaba demostrarlo para obedecer.
Y el Verbo se hizo carne
El que tenía toda autoridad aceptó vivir bajo autoridad.
El que sabía quién era aceptó que María lo llamara y que José pudiera decirle que había algo que hacer.
El que un día diría “Sígueme” aceptó primero seguir.
El Maestro aceptó ser enseñado.
El Rey aceptó ocupar el lugar de hijo.
Y cuando una instrucción interrumpía lo que estaba haciendo, cuando tenía que esperar, cuando debía dejar su propia preferencia o aceptar un límite, no utilizó su identidad para colocarse por encima de sus padres.
Durante años, en una casa donde nadie aplaudía su obediencia, el Hijo de Dios estuvo sujeto a ellos.
Y el Verbo se hizo carne y aceptó que María y José le dijeran qué hacer, cuándo esperar y cuándo obedecer.
Y el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros.
