Dr. Elio M Rivera
Texto clave: Lucas 2:51-52
“Y descendió con ellos, y volvió a Nazaret, y estaba sujeto a ellos… Y Jesús crecía en sabiduría y en estatura, y en gracia para con Dios y los hombres.”
Todavía no ha salido completamente el sol cuando comienza el movimiento.
Alguien despierta primero.
Después otro.
Una voz baja rompe el silencio.
Una persona se incorpora.
Y poco a poco una familia comienza otro día.

Recreación artística del despertar de una familia judía de la época de Jesús
Pero levantarse después de dormir sobre una superficie sencilla no siempre debía sentirse como despertar después de una noche reparadora.
El cuerpo había permanecido durante horas sobre una estera, una manta o algún otro arreglo modesto para descansar. Había cambiado de posición buscando comodidad. Alguna parte había soportado demasiado peso. Tal vez la noche había sido interrumpida varias veces.
Y entonces llegaba el momento de incorporarse.
Primero sentarse.
Después mover las piernas.
Enderezar la espalda.
Estirar los brazos.
Girar un poco el cuello.
Esperar unos segundos.
Quien ha dormido alguna vez en el suelo conoce esa sensación.
Al principio uno no se levanta.
Uno se despega.
El cuerpo parece reclamar la noche que acaba de pasar.
Una cadera se siente.
Un hombro protesta.
La espalda tarda unos momentos en enderezarse completamente.
Pero después de caminar un poco, moverse y comenzar las primeras actividades, la rigidez va desapareciendo.
El cuerpo despierta trabajando.
Y así comenzaba la jornada.
Antes de salir había que ponerse en condiciones
No pensemos todavía en el trabajo.
Había algo anterior.
Había que poner en marcha el cuerpo.
Levantarse significaba atender necesidades que siguen siendo tan humanas hoy como entonces.
Había que evacuar.
Había que asearse dentro de las posibilidades de la época.
Arreglarse el cabello.
Ponerse la ropa.
Acomodar las prendas.
Calzarse cuando correspondía.
Y todo esto ocurría dentro de una casa que también estaba despertando.
No había un cuarto de baño moderno donde encerrarse durante media hora mientras el resto de la familia esperaba.
La intimidad y los recursos eran diferentes.
Después venía la ropa.
Hoy abrimos un armario y podemos escoger entre muchas prendas.
En una familia común de la Galilea del siglo primero, la ropa representaba trabajo y valor. Las prendas tenían que durar, y precisamente por eso se cuidaban y reparaban.
Vestirse para comenzar el día no era prepararse para verse diferente.
Era prepararse para vivir el día que venía.
Después estaban los pies.
Nosotros los protegemos con zapatos fabricados con materiales modernos, suelas acolchadas y diseños destinados a reducir el impacto.
El mundo antiguo era diferente.
El calzado común era mucho más sencillo, y una parte importante de la población conocía perfectamente lo que significaba caminar largas distancias sobre terreno irregular.
Piedras.
Polvo.
Desniveles.
Después de años haciéndolo, los pies se adaptaban.
La piel se endurecía.
Aparecían callos.
Pero adaptarse no significa dejar de sentir.
Un pequeño corte podía molestar.
Una piedra podía lastimar.
Una sandalia deteriorada necesitaba atención.
Los pies eran demasiado importantes para ignorarlos.
Sobre ellos transcurría buena parte de la vida.

El cuerpo necesitaba combustible y había que cocinar
Y también estaba el hambre.
No necesariamente esa hambre dramática de quien no tiene qué comer.
Sino el hambre normal de un cuerpo que ha pasado la noche sin alimento y sabe que tendrá que trabajar.
El estómago comienza a recordarlo.
Especialmente cuando aparecen los olores de la comida.
El cuerpo sabe antes que nosotros lo que viene.
Necesitará energía.
Las familias rurales no organizaban necesariamente sus comidas de acuerdo con nuestros horarios modernos, y las costumbres podían variar, pero la jornada de trabajo y la disponibilidad de alimentos determinaban buena parte del ritmo cotidiano.
Lo importante es comprender algo sencillo:
trabajar físicamente produce hambre.
Y el hambre cambia mientras pasan las horas.
Al principio puede ignorarse.
Después comienza a sentirse.
Uno continúa trabajando.
Más tarde el cuerpo vuelve a recordarlo.
Quien ha realizado trabajo físico conoce perfectamente esa diferencia.
No es el deseo de comer porque llegó la hora.
Es sentir que el cuerpo está gastando lo que tiene.
Entonces un alimento sencillo adquiere otro sabor.
Pan.
Aceite.
Algún alimento disponible.
Agua.
Cuando existe hambre verdadera después del trabajo, no hace falta una mesa extraordinaria para disfrutar una comida.
El cuerpo agradece lo sencillo.

La mañana comenzaba a tomar ritmo y después de desayunar había que dirigirse al trabajo (Recreación artística del calzado del siglo primero)
Mientras tanto, Nazaret despertaba.
Una puerta se abre.
Después otra.
Alguien sale.
Se escuchan voces.
Una herramienta golpea.
Un animal es conducido hacia algún lugar.
Una persona pasa cargando algo.
Otra llama a alguien desde cierta distancia.
Lo que unos minutos antes era una población en silencio comienza a llenarse de actividad.
Cada familia entra en su propio ritmo.
En algunas casas las actividades se concentran alrededor del trabajo doméstico.
En otras, alguien se prepara para salir hacia los campos.
Un artesano comienza su oficio.
Un agricultor mira el cielo antes de comenzar.
Una mujer organiza lo que necesitará durante las siguientes horas.
Los niños reciben instrucciones.
Los mayores saben muchas veces lo que tienen que hacer sin necesidad de que alguien se los recuerde.
Y en medio de esa actividad ocurría algo que todavía sucede en cualquier familia:
no todos comenzaban el día con el mismo ánimo.
Uno podía levantarse dispuesto.
Otro necesitaba unos minutos.
Alguien podía estar preocupado.
Otro estaba distraído.
Un niño quería jugar antes de terminar lo que le habían pedido.
Un adulto podía tener la cabeza ocupada por una deuda, una reparación pendiente o alguna preocupación familiar.
La vida cotidiana no esperaba a que todos estuvieran emocionalmente preparados.
Simplemente comenzaba.
Había que aprender el ritmo
Los niños de una sociedad rural no permanecían separados durante años del funcionamiento de la familia.
Crecían observando.
Primero miraban.
Después imitaban.
Más tarde ayudaban.
Finalmente ciertas tareas podían convertirse en responsabilidad propia.
No sabemos qué labores específicas realizó Jesús durante cada etapa de su niñez y juventud.
Los Evangelios no nos lo dicen.
Pero Lucas sí nos entrega una frase extraordinariamente sencilla:
“…estaba sujeto a ellos…”
—Lucas 2:51.
Jesús creció dentro de una familia donde existían autoridad y responsabilidades.
Eso significa también aprender algo que todos hemos tenido que aprender alguna vez:
no todo lo que debe hacerse produce ganas de hacerlo.
Un niño puede escuchar una instrucción y preferir otra cosa.
Puede estar entretenido.
Puede tener sueño.
Puede querer terminar lo que estaba haciendo.
Pero crecer significa descubrir que existen responsabilidades que no desaparecen porque uno prefiera otra actividad.
Allí se forma algo más profundo que la capacidad de trabajar.
Se forma constancia.
El trabajo tenía un ritmo corporal
Después de las primeras actividades ocurre algo interesante.
El cuerpo cambia.
La rigidez de la mañana comienza a desaparecer.
Los músculos entran en calor.
Los movimientos se vuelven más naturales.
Las manos encuentran su ritmo.
Aquello que durante los primeros minutos costaba un poco más comienza a hacerse casi automáticamente.
Quien trabaja físicamente lo conoce.
Hay un momento en que uno deja de pensar en cada movimiento.
Las manos saben.
El cuerpo sabe.
Se inclina.
Levanta.
Camina.
Empuja.
Jala.
Carga.
Suelta.
Y vuelve a comenzar.
Con la repetición también llegaban las señales del oficio.
Las manos de una persona que trabaja no se parecen siempre a las manos de alguien que no lo hace.
La piel se endurece donde existe fricción constante.
Aparecen callos.
Pequeñas raspaduras.
Uñas golpeadas.
Cortes menores.
Resequedad.
Suciedad que entra en los pliegues de la piel.
El trabajo termina dejando una especie de historia sobre el cuerpo.
No necesitamos afirmar cómo eran exactamente las manos de Jesús durante una edad determinada.
Pero sabemos que los Evangelios lo identifican posteriormente como tekton, trabajador o artesano.
Vivió en una sociedad donde trabajar con las manos era parte natural de la existencia.
La sed llegaba antes que el descanso
Con el movimiento aparecía otra sensación.
La boca comienza a secarse.
La lengua lo nota.
Uno traga y descubre que necesita agua.
La sed ligera puede ignorarse durante un rato.
Después cuesta más hacerlo.
Y beber después de trabajar físicamente es una experiencia completamente diferente a beber simplemente porque hay un vaso sobre la mesa.
Uno se detiene.
Toma el recipiente.
Bebe.
El agua entra fría o fresca en la boca si se ha conservado bien.
Se siente bajar.
Durante unos segundos todo el cuerpo parece agradecerlo.
Después se limpia uno la boca con la mano o con la manga y continúa.
En un mundo donde el agua había costado esfuerzo conseguirla, ese momento sencillo tenía otro valor.
Y después aparecía el sudor
Conforme el sol subía y el cuerpo trabajaba, comenzaba a aparecer.
Primero quizá en la frente.
Después alrededor del cabello.
En el cuello.
La ropa empieza a adherirse en algunos lugares.
El polvo del camino encuentra la piel húmeda.
Las manos se pasan por la frente.
Uno sigue.
Después vuelve a hacerlo.
Al terminar varias horas de trabajo, el cuerpo no solamente está cansado.
Se nota que ha trabajado.
Hay polvo en los pies.
Sudor seco sobre la piel.
La ropa ha perdido la frescura con la que comenzó el día.
Las manos están sucias.
El cabello puede tener polvo.
Y todavía no es mediodía.
Ésa es una diferencia importante.
Nosotros solemos pensar en el cansancio como el final del día.
Para muchas personas de una sociedad rural, el cansancio podía aparecer mucho antes.
Cuando algo pequeño se convertía en una gran molestia
También existían esas pequeñas cosas que no incapacitan a una persona, pero pueden convertir un día en algo mucho más largo.
Una ampolla.
Una astilla.
Una raspadura.
Una uña lastimada.
Una rozadura producida por el calzado.
Una pequeña cortada en un dedo.
Nada de eso constituye una tragedia.
Precisamente por eso resulta tan humano.
Uno puede continuar trabajando.
Pero cada vez que utiliza aquella mano…
lo recuerda.
Cada vez que pisa…
lo siente.
Cada vez que la ropa roza cierto lugar…
molesta.
Todos conocemos algo semejante.
No estamos enfermos.
No necesitamos acostarnos.
Podemos continuar.
Pero el cuerpo no deja que olvidemos completamente que algo duele.
En una vida física, esas pequeñas molestias debieron ser compañeras frecuentes de trabajadores, agricultores, mujeres ocupadas en las labores domésticas y niños que comenzaban a participar de las responsabilidades familiares.
No conocemos las heridas concretas de Jesús.
Pero conocemos el mundo de trabajo manual en el que creció.
El cansancio tampoco era una sola cosa
Hay diferentes maneras de estar cansado.
Está el sueño de la mañana.
Está la rigidez de haber dormido mal.
Está el cansancio muscular después de repetir un movimiento muchas veces.
Está el cansancio de caminar.
El de cargar.
El de permanecer inclinado.
El de estar de pie.
Y existe también otro:
el cansancio de saber que todavía falta mucho.
Ése puede ser especialmente pesado.
Uno mira cuánto ha avanzado.
Después mira lo que falta.
Respira.
Y continúa.
Las personas de Nazaret no eran máquinas.
Necesitaban detenerse.
Beber.
Comer.
Sentarse cuando era posible.
Buscar sombra.
Cambiar de postura.
Estirar una espalda cansada.
Apoyarse durante unos instantes.
Esos pequeños descansos tenían valor precisamente porque no duraban demasiado.
A veces bastaba sentarse unos minutos para sentir cómo las piernas comenzaban a relajarse.
Pero entonces ocurría algo curioso.
Había que levantarse otra vez.
Y después de haber descansado unos minutos, el cuerpo podía sentirse incluso más pesado durante los primeros pasos.
Uno se incorpora.
Estira la espalda.
Da dos o tres pasos.
Y vuelve al trabajo.
El día tenía también contratiempos
No todas las mañanas salían bien.
Una herramienta podía romperse.
Algo podía derramarse.
Un recipiente podía caer.
Un animal podía resistirse.
Una tarea podía tomar más tiempo de lo esperado.
Algo que parecía terminado tenía que hacerse nuevamente.
Alguien podía equivocarse.
Otro podía impacientarse.
Una instrucción podía entenderse mal.
Y entonces aparecía una de las frustraciones más antiguas de la humanidad:
tener que repetir un trabajo que uno pensaba que ya había terminado.
Eso también desgasta.
No solamente los músculos.
El ánimo.
Pero la familia necesitaba continuar.
Se corregía.
Se recogía.
Se reparaba.
Se empezaba otra vez.
La vida cotidiana estaba llena de pequeñas victorias que nadie registró y pequeños contratiempos que ningún historiador consideró importantes.
Pero precisamente de eso está hecha gran parte de una vida.
Y también había momentos buenos
Ahora se escucha una risa.
Quizá alguien dijo algo.
Otro responde.
Por unos segundos el trabajo parece más ligero.
Esto también importa.
Porque una vida exigente no es necesariamente una vida triste.
Las personas conversaban mientras trabajaban.
Los niños encontraban oportunidades para jugar.
Los adultos podían bromear.
Había satisfacción cuando algo quedaba bien hecho.
Existía el placer de terminar.
El gusto de beber cuando se tiene sed.
Sentarse cuando duelen las piernas.
Encontrar sombra cuando el sol comienza a sentirse.
Comer cuando se tiene hambre.
Escuchar a alguien conocido acercarse.
Son placeres pequeños.
Pero cuando la vida tiene menos comodidades, algunas cosas sencillas pueden sentirse enormemente buenas.
Dios dentro del día común
Y en medio de todo aquello estaba la fe.
Una de las confesiones centrales de Israel decía:
“Oye, Israel: Jehová nuestro Dios, Jehová uno es.”
—Deuteronomio 6:4.
El Shemá pertenecía profundamente a la identidad judía y estaba relacionado con la oración cotidiana.
Más adelante entraremos en ese mundo con mayor profundidad.
Por ahora basta observar el contraste.
Dios no pertenecía solamente a los grandes acontecimientos.
También estaba presente en la jornada común.
El mismo hombre que oraba tenía después que trabajar.
La misma mujer que confiaba en Dios tenía que preparar lo necesario para su familia.
El mismo niño que aprendía acerca de Jehová tenía responsabilidades dentro de su casa.
La espiritualidad no ocurría fuera de la vida.
Ocurría dentro de ella.
Cerca del mediodía
Ahora el sol está alto.
Han pasado horas desde que aquella familia comenzó a levantarse.
El cuerpo que al amanecer estaba rígido ahora está caliente.
Pero también está cansado.
La espalda ya se ha inclinado muchas veces.
Las manos han trabajado.
Los pies han recorrido terreno.
Ha aparecido sed.
Ha aparecido hambre.
Quizá alguna pequeña molestia comenzó temprano y todavía sigue allí.
El sudor se ha secado y vuelto a aparecer.
Alguien busca sombra.
Otro termina una tarea antes de detenerse.
Una persona se sienta y durante unos segundos no hace absolutamente nada.
Simplemente descansa.
Mira.
Respira.
Quizá bebe.
Y ése puede ser uno de los mejores momentos de toda la mañana.
Porque cuando el cuerpo ha trabajado, sentarse también se convierte en placer.
Y Jesús crecía
Lucas resume aquellos años con una expresión sencilla:
“Y Jesús crecía…”
No necesitamos inventar una mañana específica de su infancia.
El Evangelio no nos la proporciona.
Pero sí podemos comprender el mundo en el que ocurrió aquel crecimiento.
Jesús no creció dentro de una existencia suspendida esperando el comienzo de su ministerio.
Mientras crecía, Nazaret trabajaba.
Las personas envejecían.
Los niños asumían nuevas responsabilidades.
Los cuerpos se fortalecían.
Las manos aprendían oficios.
Los padres enseñaban.
Los hijos obedecían.
Había errores que corregir.
Cosas que terminar.
Días fáciles.
Días pesados.
Y una mañana detrás de otra.
Eso quizá sea lo extraordinario.
Durante años, la vida del Hijo de Dios transcurrió dentro del ritmo de la vida ordinaria.
No necesitamos convertir cada mañana en una lección espiritual.
Basta dejarla ser lo que fue:
vida.
Ahora alguien se limpia el sudor.
Otro bebe.
Una persona estira la espalda.
El sol está cerca de su punto más alto.
El hambre comienza a anunciar la siguiente parte del día.
Nazaret lleva horas despierta.
Y nuestra mañana termina aquí.
Porque todavía no hemos visto lo que ocurría cuando el sol comenzaba a descender.
Todavía quedaba medio día por vivir.
Y el Verbo se hizo carne
El Hijo de Dios también aceptó el comienzo de cada día.
El que nunca se cansa aceptó un cuerpo que necesitaba dormir.
El que no necesitaba recuperar fuerzas conoció el descanso y el momento de tener que terminarlo.
Llegaba la mañana.
Había que levantarse.
Había responsabilidades.
Había un día por vivir.
Y aun cuando el lugar donde dormía estuviera tibio y afuera hiciera frío, había que dejarlo.
Aun cuando el cuerpo estuviera cansado, había que incorporarse.
Aun cuando todavía hubiera sueño, el día comenzaba.
Durante años, el Eterno aceptó algo tan sencillo y tan humano como levantarse una mañana detrás de otra y vivir el día que tenía delante.
Y el Verbo se hizo carne y tuvo que dejar el lugar donde dormía, aun cuando tuviera frío, sueño o cansancio.
Y el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros.
