00. Introducción — ¿Los años del silencio? No existe tal cosa

Dr. Elio M Rivera

Durante generaciones se ha utilizado una expresión para referirse a una gran parte de la vida de Jesús:

“Los años del silencio.”

La frase parece lógica.

Después de los acontecimientos relacionados con su nacimiento y de aquella breve escena en Jerusalén cuando tenía doce años, los Evangelios dicen muy poco acerca de su vida hasta el comienzo de su ministerio público.

Y entonces aparece una pregunta inevitable:

¿Qué hizo Jesús durante todos aquellos años?

Pero quizá hemos formulado mal la pregunta.

Porque aquellos años solamente fueron silenciosos en cuanto a la manifestación pública de su ministerio.

No tenemos sermones registrados.

No tenemos multitudes siguiéndolo.

No tenemos todavía el relato de milagros.

No tenemos discípulos caminando detrás de Él.

Pero eso no significa que Jesús estuviera viviendo fuera de la sociedad, esperando simplemente que llegara el momento de aparecer.

Lucas dice algo mucho más sencillo:

“Y descendió con ellos, y volvió a Nazaret, y estaba sujeto a ellos…”

Reproducción artística de Nazaret

—Lucas 2:51.

Volvió a Nazaret.

Allí está nuestra respuesta.

El silencio que nosotros hemos creado

Cuando faltan detalles, la imaginación humana siente la tentación de llenarlos.

Y alrededor de aquellos años de Jesús han aparecido durante siglos toda clase de historias y especulaciones.

Se ha dicho que viajó a lugares lejanos.

Que estuvo en la India.

Que aprendió de maestros orientales.

Que perteneció a comunidades esotéricas.

Que recibió conocimientos secretos.

Incluso circulan afirmaciones modernas acerca de cuevas, lugares con supuestas propiedades especiales, energías o experiencias mediante las cuales habría adquirido poderes.

El problema es sencillo:

no necesitamos ninguna de esas historias para explicar al Jesús que aparece en los Evangelios.

Y existe una razón extraordinaria.

Cuando finalmente Jesús comienza a hablar públicamente, podemos escuchar el mundo del que viene.

Escuche a Jesús

No mire todavía sus milagros.

Escuche sus palabras.

Jesús habla de un sembrador que salió a sembrar.

Habla de semillas cayendo junto al camino.

De tierra pedregosa.

De espinos.

De cosechas.

Habla de trigo y cizaña.

De viñas.

De trabajadores esperando ser contratados.

De jornaleros que reciben su salario.

De un pastor que pierde una oveja.

De pescadores que echan una red.

De peces buenos y malos.

Habla de construir una casa.

De poner un fundamento.

De una lámpara que se enciende dentro de una vivienda.

De una mujer que pierde una moneda y barre hasta encontrarla.

De otra mujer que coloca levadura en la harina.

Habla de pan.

Sal.

Aceite.

Vino.

Vestidos.

Remiendos.

Odres.

Banquetes.

Bodas.

Invitados.

Vecinos.

Padres.

Hijos.

Hermanos.

Deudas.

Acreedores.

Administradores.

Sirvientes.

Compradores.

Vendedores.

Ricos.

Pobres.

Personas enfermas.

Personas cansadas.

Gente que trabaja.

Gente que espera.

Gente que debe dinero.

Gente que tiene hambre.

Gente que pierde cosas y las busca.

Ése es su mundo.

No necesitamos inventarlo.

Jesús mismo lo dejó esparcido por sus enseñanzas.

Sus palabras tienen polvo

Esto es algo que fácilmente pasamos por alto porque hemos leído las parábolas tantas veces.

Pero vuelva a escucharlas como si fuera la primera vez.

Las enseñanzas de Jesús tienen tierra.

Tienen polvo.

Tienen semillas.

Tienen sudor.

Tienen olor a pan.

Tienen lámparas que necesitan aceite.

Tienen ropa que se rompe y necesita remiendo.

Tienen peces dentro de redes.

Tienen trabajadores esperando recibir un salario.

Tienen mujeres ocupadas dentro de una casa.

Tienen hombres trabajando en los campos.

Tienen familias.

Tienen conflictos.

Tienen cuentas que pagar.

Tienen hambre.

Tienen fiesta.

Tienen dolor.

Tienen vida.

Cuando Jesús necesitaba explicar una verdad extraordinaria, una y otra vez tomaba algo que la gente podía reconocer inmediatamente.

“El sembrador salió a sembrar…”

“El reino de los cielos es semejante a la levadura…”

“¿Qué mujer que tiene diez dracmas, si pierde una dracma, no enciende la lámpara, y barre la casa…?”

“El reino de los cielos es semejante a una red…”

¿Por qué aquellas imágenes aparecen con tanta naturalidad?

Porque pertenecían al mundo de quienes lo escuchaban.

Y también al mundo en el que Él había vivido.

No necesitamos un Jesús escondido en una cueva

Quizá aquí encontramos uno de los errores producidos por llamar a este período “los años del silencio”.

La palabra silencio deja un espacio vacío.

Y los espacios vacíos invitan a la especulación.

Entonces comenzamos a preguntarnos dónde estuvo.

Con quién estudió.

Qué conocimientos secretos recibió.

Dónde adquirió su poder.

Pero el Evangelio no coloca a Jesús en un lugar misterioso.

Lo coloca en Nazaret.

“…volvió a Nazaret, y estaba sujeto a ellos…”

Y después añade:

“Y Jesús crecía en sabiduría y en estatura, y en gracia para con Dios y los hombres.”

—Lucas 2:52.

Observe la última expresión:

“…y los hombres.”

Jesús estaba creciendo entre personas.

Dentro de una familia.

Dentro de una población.

Dentro de una cultura.

Dentro de la vida judía de Galilea.

No necesitamos enviarlo a un mundo desconocido para comprender aquellos años.

Tenemos que hacer exactamente lo contrario.

Tenemos que entrar en Nazaret.

Entonces cambia nuestra pregunta

Ya no preguntaremos:

“¿Qué misterios ocurrieron durante los años perdidos de Jesús?”

Preguntaremos:

¿Cómo vivía una familia judía de Galilea durante el siglo primero?

¿Cómo era despertarse en una casa de Nazaret?

¿Qué se comía?

¿Cómo se conseguía el agua?

¿Cómo se hacía el pan?

¿Cómo se lavaba la ropa?

¿Cómo se vestían?

¿Cómo trabajaban?

¿Qué hacía un niño dentro de una familia?

¿Qué responsabilidades adquiría conforme crecía?

¿Qué significaba vivir con hermanos y hermanas?

¿Cómo aprendía un niño judío acerca de Dios?

¿Qué lugar ocupaban las Escrituras?

¿Qué ocurría en la sinagoga?

¿Cómo se celebraba el sábado?

¿Qué fiestas guardaban?

¿Cómo era viajar a Jerusalén?

¿Qué veía una persona al caminar por Galilea?

¿Cómo funcionaban los campos, los oficios, los mercados y las relaciones entre vecinos?

Y poco a poco comenzará a ocurrir algo fascinante.

Las palabras de Jesús empezarán a adquirir paisaje.

Cuando hable de un sembrador, sabremos cómo se veía un campo.

Cuando mencione una lámpara, habremos estado dentro de una casa iluminada por una.

Cuando hable de una mujer amasando harina, comprenderemos el trabajo de sus manos.

Cuando mencione jornaleros, sabremos lo que significaba depender del trabajo de aquel día.

Cuando hable de un pastor, una boda, una deuda, una cosecha o un camino, esas palabras dejarán de ser objetos religiosos colocados dentro de una parábola.

Volverán a ser vida.

Ése es el propósito de esta serie

No pretendemos escribir lo que los Evangelios no escribieron.

No vamos a inventar conversaciones de Jesús.

No vamos a fabricar milagros infantiles.

No diremos dónde estuvo una mañana determinada si las fuentes no lo dicen.

Y cuando algo sea históricamente posible pero no pueda demostrarse específicamente acerca de Jesús, lo diremos con claridad.

Nuestro propósito será diferente.

Vamos a reconstruir, hasta donde permiten la Biblia, la historia y la arqueología, el mundo en el que Jesús vivió.

Pero tampoco queremos observarlo desde la distancia.

Queremos sentirlo.

Queremos entrar en una casa.

Despertar cuando todavía hace frío.

Sentir lo que significa levantarse después de dormir sobre una superficie sencilla.

Ver cómo llega el agua hasta la vivienda.

Escuchar el molino.

Sentir el humo del fuego en los ojos.

Observar unas manos preparando pan.

Caminar por un sendero.

Sentir polvo en los pies.

Escuchar una población despertando.

Ver regresar a los trabajadores al final del día.

Sentarnos alrededor de una comida sencilla.

Ver cómo se apaga una lámpara.

Después iremos más lejos.

Entraremos en la sinagoga.

Escucharemos las Escrituras.

Conoceremos las fiestas.

Los viajes.

Los oficios.

Los campos.

Las relaciones familiares.

Las responsabilidades.

La vida religiosa.

La vida social.

No para afirmar que conocemos cada movimiento de Jesús.

Sino para comprender el mundo que Él decidió habitar.

“Y habitó entre nosotros”

Entonces quizá podamos volver a leer una de las declaraciones más extraordinarias del Evangelio de Juan:

“Y aquel Verbo fue hecho carne, y habitó entre nosotros…”

—Juan 1:14.

Hemos leído tantas veces esas palabras que podemos perder la fuerza que contienen.

Habitó entre nosotros.

No significa solamente que nació.

Significa que vivió.

Tuvo una casa.

Tuvo una familia.

Tuvo vecinos.

Creció dentro de una comunidad.

Aprendió dentro de una cultura.

Conoció el trabajo.

Vio sembrar.

Vio cosechar.

Vio cocinar.

Vio lavar.

Vio comprar.

Vio vender.

Vio prestar.

Vio cobrar.

Vio celebrar.

Vio llorar.

Vio enfermar.

Vio morir.

Vio a las personas intentar sacar adelante a sus familias.

Y cuando años después comenzó a enseñar…

habló de ese mundo.

Quizá por eso no deberíamos llamar a aquellos años “los años del silencio”.

Silenciosos fueron los Evangelios acerca de muchos de sus detalles.

Jesús no estuvo ausente de la vida.

Estuvo en Nazaret.

Creciendo.

Observando.

Participando.

Viviendo entre personas.

Y ése será nuestro viaje.

No iremos en busca del Jesús de las leyendas.

Iremos a Nazaret.

Entraremos en una casa judía del siglo primero.

Caminaremos por Galilea.

Observaremos la vida que lo rodeó.

Y quizá, cuando terminemos, aquellas palabras nunca vuelvan a sonar igual:

“Y aquel Verbo fue hecho carne, y habitó entre nosotros.”

Porque habremos comprendido un poco mejor lo que significó realmente:

habitar entre nosotros.

NUEVO EN CRISTOPEDIA

     Descubre las nuevas series, libros y recursos que hemos añadido al Museo y a la Biblioteca de Cristopedia.

WhatsApp
Facebook
X
LinkedIn
Email

Autor

Elio Rivera

El Dr. Elio M. Rivera es médico, pastor, escritor y fundador del Museo La Vida y Obra de Jesucristo, de la casa hogar Manantial de Amor y Comunidad Cristiana Mana. Ha viajado extensamente por Israel estudiando los lugares históricos relacionados con la vida de Jesucristo. Además de su labor ministerial y humanitaria, también es hombre de negocios, autor de más de 60 libros.