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Museo Vida y Obra de Jesucristo

24. El funeral de Herodes

  • octubre 17, 2026
  • Artículo

Dr. Elio M Rivera

 Herodes había muerto.

 Durante décadas una palabra suya había podido levantar edificios, movilizar soldados, encarcelar hombres o decidir quién viviría y quién moriría.

 Ahora guardaba silencio.

 Pero todavía faltaba una última demostración de grandeza.

 Su funeral.

 Arquelao, su hijo, preparó para su padre unas exequias dignas de un rey. Flavio Josefo describe un cortejo cuidadosamente organizado, casi como si Herodes hubiera querido abandonar este mundo de la misma manera en que había vivido en él: rodeado de poder, riqueza y magnificencia.

 El cuerpo fue colocado sobre un féretro de oro adornado con piedras preciosas.

 Lo cubrieron con púrpura.

 Sobre su cabeza colocaron una diadema y, encima de ella, una corona de oro.

 En su mano derecha pusieron un cetro.

 Muerto, todavía fue vestido para parecer rey.

 Alrededor del féretro caminaron sus hijos y sus familiares. Después avanzaron sus guardias y tropas, incluidos contingentes que Josefo identifica como tracios, germanos y galos, vestidos con sus equipos militares. Detrás marchaba el resto del ejército.

 Y después vinieron los perfumes.

 Josefo habla de quinientos servidores llevando especias aromáticas destinadas a honrar al rey muerto.

 Debió de ser una escena impresionante.

 El brillo del oro.

 La púrpura.

 La corona.

 El cetro.

 Los soldados marchando.

 El olor de las especias.

 Los hijos del rey caminando detrás del cuerpo de su padre.

 Y en medio de toda aquella magnificencia, un cadáver.

 Ya no podía contemplar el cortejo.

 No podía escuchar las pisadas de sus soldados.

 No podía disfrutar el aroma de los perfumes.

 No podía sentir la corona colocada sobre su cabeza.

 No podía sostener el cetro que habían puesto en su mano.

 Aquellos símbolos continuaban diciendo:

 rey.

 Pero el hombre que los había perseguido y defendido durante toda su vida ya no podía hacer nada con ellos.

 El cortejo emprendió entonces el camino hacia el lugar que Herodes había escogido para su sepultura.

 Herodión.

 Qué lugar tan apropiado para terminar su historia.

 Herodes había transformado aquella elevación cerca de Belén hasta convertirla en una montaña monumental. Había levantado allí un palacio-fortaleza, torres, baños, jardines, edificios y espacios destinados a exhibir la grandeza de su reino.

 Incluso el lugar llevaba su nombre.

 Herodión.

 El Herodion, la morada final del rey Herodes

Y allí, según Josefo, fue sepultado.

 El hombre que había puesto su nombre sobre una montaña terminó siendo colocado dentro de ella.

 Pasaron los años.

 Después las décadas.

 Después los siglos.

 Roma cambió.

 Los ejércitos desaparecieron.

 Los descendientes de Herodes dejaron de gobernar.

 Su magnífico Templo fue destruido.

 Sus palacios quedaron abandonados.

 Las paredes comenzaron a caer.

 El viento atravesó habitaciones donde alguna vez caminaron reyes.

 Herodión se convirtió lentamente en ruinas.

 Y durante casi dos mil años nadie supo exactamente dónde dentro de aquel enorme complejo había sido enterrado el hombre que había querido que su nombre fuera recordado.

 Hasta que, en 2007, después de décadas buscando su sepultura, el arqueólogo Ehud Netzer anunció haber localizado en la ladera de Herodión los restos de lo que identificó como el mausoleo de Herodes.

 Allí aparecieron los restos de una construcción funeraria monumental y fragmentos de varios sarcófagos. Uno de ellos, elaborado en piedra caliza rojiza y decorado con rosetas, había sido violentamente destrozado en la antigüedad.

 Netzer consideró que aquel sarcófago había pertenecido al rey.

 No apareció una inscripción que dijera «Herodes», por lo que la identificación exacta del sarcófago no puede considerarse absolutamente demostrada y algunos especialistas han expresado reservas. Sin embargo, la localización, monumentalidad y características del conjunto llevaron a Netzer y a otros arqueólogos a identificar el lugar como la probable tumba real que durante siglos se había buscado.

 Y hay algo profundamente conmovedor al contemplar hoy aquellas ruinas.

 Herodes quiso dejar su nombre sobre la tierra.

 Y lo consiguió.

 Todavía pronunciamos su nombre.

 Todavía podemos caminar por Cesarea.

 Todavía podemos subir a Masada.

 Todavía podemos contemplar Herodión.

 Todavía pueden tocarse algunas de las enormes piedras colocadas durante su reinado.

 Pero ya no son palacios llenos de música.

 Son ruinas.

 Las habitaciones están vacías.

 Las columnas están quebradas.

 Los soldados desaparecieron.

 Los jardines se secaron.

 El oro se perdió.

 La corona desapareció.

 El cetro desapareció.

 El féretro desapareció.

 Y del hombre que quiso controlar tantas cosas no quedó ningún poder que pudiera conservar.

 No sabemos qué ocurrió exactamente con sus restos mortales a través de los siglos, por lo que no sería históricamente correcto afirmar literalmente que hoy sólo quedan sus cenizas.

 Pero la realidad es todavía más contundente:

 Herodes volvió al polvo.

 La corona que tanto protegió no pudo acompañarlo.

 El reino que tanto defendió pasó a otras manos.

 Las fortalezas en las que buscó seguridad no pudieron protegerlo de la muerte.

 Y la montaña que levantó para perpetuar su memoria terminó guardando las ruinas de su tumba.

 Tal vez esa sea la última imagen que debemos conservar de Herodes.

 No el rey sentado en su trono.

 No el constructor contemplando sus ciudades.

 No el hombre dando órdenes desde su palacio.

 Sino un cortejo avanzando lentamente hacia Herodión.

 Delante iba el cuerpo de un hombre vestido todavía como rey.

 Detrás marchaban soldados que ya no podían protegerlo.

 Sobre su cabeza llevaba una corona que ya no podía conservar.

 En su mano llevaba un cetro con el que ya no podía gobernar.

 Y delante de todos ellos esperaba una tumba.

 Herodes había pasado su vida intentando que nada le fuera quitado.

 Al final tuvo que dejarlo todo.

 Su palacio.

 Su ejército.

 Sus riquezas.

 Sus fortalezas.

 Su título.

 Su corona.

 Su reino.

 Hasta su propio cuerpo.

 Y después de tanta grandeza, tanto miedo, tanta lucha y tanto esfuerzo por permanecer…

 el rey terminó en una tumba y sus monumentos terminaron en ruinas.

 Las piedras sobrevivieron al hombre que las levantó.

 Y quizá ése sea el último sermón silencioso de Herodión:

 podemos pasar toda una vida construyendo algo para que nuestro nombre permanezca, y descubrir al final que ninguna obra humana puede impedir que volvamos al polvo del que fuimos formados.

Referencias

Flavio Josefo, Antigüedades de los judíos, libro XVII; La guerra de los judíos, libro I. Josefo describe el funeral real de Herodes, el féretro, la púrpura, la corona, el cetro, el cortejo militar, las especias y su sepultura en Herodión.

Arqueología de Herodión. En 2007, Ehud Netzer anunció el descubrimiento de un complejo funerario que identificó como la tumba de Herodes. La identificación general cuenta con apoyo arqueológico importante, aunque la atribución exacta del sarcófago rojizo a Herodes no está demostrada mediante una inscripción.

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Autor

Elio Rivera

El Dr. Elio M. Rivera es médico, pastor, escritor y fundador del Museo La Vida y Obra de Jesucristo, de la casa hogar Manantial de Amor y Comunidad Cristiana Mana. Ha viajado extensamente por Israel estudiando los lugares históricos relacionados con la vida de Jesucristo. Además de su labor ministerial y humanitaria, también es hombre de negocios, autor de más de 60 libros.
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