Dr. Elio M Rivera
Herodes había mandado ejecutar a Mariamne.
Pero Mariamne no desapareció completamente de su vida.
Había dejado hijos.
Dos de ellos crecerían hasta convertirse en jóvenes príncipes:
Alejandro y Aristóbulo.
Eran hijos de Herodes.
Pero también eran hijos de Mariamne.
Por su padre pertenecían a la nueva casa gobernante.
Por su madre llevaban sangre asmonea.
Y precisamente por eso reunían en sus personas dos mundos que nunca terminaron de reconciliarse dentro de Herodes.
Eran sus hijos.
Pero también podían convertirse en sus sucesores.
Y cuando un hombre comienza a mirar a sus propios hijos preguntándose si algún día ocuparán su lugar, el poder ya ha comenzado a devorar los afectos.

Herodes acusa a los hijos de Mariamne de traición
Después de la muerte de su madre, Alejandro y Aristóbulo continuaron creciendo dentro de la familia real.
Herodes procuró para ellos una educación propia de príncipes.
Incluso los envió a Roma, donde estuvieron relacionados con la casa de Augusto.
No eran muchachos insignificantes.
Representaban el futuro de la dinastía.
Herodes también concertó matrimonios importantes para ellos.
Alejandro se casó con Glafira, hija de Arquelao, rey de Capadocia.
Aristóbulo se casó con Berenice, hija de Salomé, hermana del propio Herodes.
Parecía que el rey estaba preparando a sus hijos para ocupar lugares importantes después de su muerte.
En algún momento, incluso anunció públicamente que ellos participarían en la sucesión del reino.
Un padre estaba preparando a sus hijos para el futuro.
Pero dentro del palacio existía una herida que nunca había cerrado.
Su madre había muerto por orden de su padre.
Los muchachos conocían la historia de su madre
Alejandro y Aristóbulo crecieron sabiendo quién había sido Mariamne.
Sabían que pertenecían a una antigua dinastía.
Y sabían cómo había terminado la vida de su madre.
Josefo presenta especialmente a Alejandro como un joven que hablaba con resentimiento acerca de lo ocurrido.
Aquello era peligroso dentro de la corte de Herodes.
Porque el palacio estaba lleno de personas observando quién sería el siguiente rey.
Cada palabra podía ser repetida.
Cada comentario podía ser interpretado.
Cada resentimiento podía convertirse en una acusación.
Y entonces regresó a escena otro hijo de Herodes:
Antípatro.
Antípatro regresa
Antípatro era hijo de Herodes y de Doris, una esposa anterior a Mariamne.
Durante años había quedado desplazado mientras los hijos de Mariamne ocupaban una posición privilegiada.
Pero las tensiones familiares permitieron que Herodes volviera a acercarlo.
Antípatro comprendió perfectamente el problema.
Si Alejandro y Aristóbulo heredaban el reino, sus propias posibilidades disminuían.
Entonces comenzó una lucha por la sucesión.
Josefo acusa a Antípatro de alimentar sistemáticamente las sospechas de su padre contra sus hermanos.
No siempre necesitaba acusarlos directamente.
Podía utilizar intermediarios.
Comentarios.
Rumores.
Personas de confianza.
El objetivo era sencillo:
hacer que Herodes comenzara a preguntarse si los hijos de Mariamne estaban esperando su muerte.
El padre comenzó a escuchar
Las acusaciones encontraron terreno fértil.
Herodes ya había demostrado cuánto podía dominarlo la sospecha.
Comenzaron a llegar historias.
Se decía que Alejandro hablaba contra él.
Que los jóvenes estaban resentidos.
Que criticaban las acciones de su padre.
Que esperaban ocupar el trono.
Finalmente las sospechas llegaron mucho más lejos:
¿querían matarlo?
Herodes comenzó a creer que sus propios hijos podían estar conspirando contra su vida.
Y entonces ocurrió algo extraordinario.
El rey llevó el problema hasta Augusto.
Un padre llevó a sus hijos ante César
Herodes presentó acusaciones contra Alejandro y Aristóbulo ante el emperador.
Augusto escuchó.
Alejandro también pudo defenderse.
Josefo conserva un discurso atribuido al joven en el que reconocía que él y su hermano podían tener razones para estar dolidos, especialmente por lo sucedido con su madre, pero negaba que estuvieran planeando matar a su padre.
La escena terminó de una manera esperanzadora.
Padre e hijos se reconciliaron.
Augusto contribuyó a aquella reconciliación.
Herodes abrazó nuevamente a sus hijos.
Regresaron juntos.
Parecía que la familia había sido salvada.
Herodes incluso habló públicamente acerca de la sucesión.
Antípatro ocuparía un lugar prominente, pero Alejandro y Aristóbulo también participarían del futuro del reino.
El padre había recuperado a sus hijos.
Por un momento, el afecto pareció vencer al miedo.
Pero no duraría.
El palacio volvió a llenarse de voces
Las acusaciones comenzaron otra vez.
Josefo describe una corte convertida prácticamente en una fábrica de sospechas.
Salomé mantenía hostilidad hacia los hijos de Mariamne.
Antípatro tenía interés en apartarlos de la sucesión.
Aparecieron aduladores, informantes y personas dispuestas a llevar hasta Herodes cualquier comentario que pudiera interpretarse contra ellos.
Un personaje llamado Euricles, procedente de Esparta, consiguió ganarse la confianza de diferentes miembros de la familia.
Se presentó ante Alejandro como amigo.
Escuchó sus quejas.
Después llevó información a Herodes de una manera que agravó todavía más las sospechas.
El palacio ya no parecía una familia.
Parecía una red de espionaje.
Entonces comenzaron las torturas
Herodes quería pruebas.
Personas cercanas a Alejandro fueron interrogadas.
Algunas fueron torturadas.
Josefo relata que bajo tormento comenzaron a aparecer declaraciones que implicaban a Alejandro en supuestos planes contra su padre.
Unos afirmaron que existía un proyecto para matar a Herodes durante una cacería.
Otros hablaron de fortalezas, armas o posibles huidas.
Aparecieron incluso documentos.
Pero también había problemas graves con aquellas pruebas.
Josefo menciona que algunas confesiones fueron obtenidas mediante tortura y que existieron acusaciones de documentos falsificados. Un escriba llamado Diofanto fue posteriormente descubierto como falsificador de otros escritos.
El propio Herodes, en ciertos momentos, dudaba.
Quería creer.
Después desconfiaba.
Se reconciliaba.
Volvía a sospechar.
Era un padre atrapado entre sus hijos y sus temores.
Todavía hubo otra oportunidad
La historia pudo haber terminado de otra manera.
Arquelao de Capadocia, suegro de Alejandro, intervino personalmente.
Era un rey.
Era padre de Glafira.
Y comprendía que la situación estaba destruyendo a la familia.
Josefo relata que utilizó gran habilidad para conseguir una nueva reconciliación entre Herodes y Alejandro.
Otra vez pareció que el desastre había sido detenido.
Otra vez Herodes recuperó a su hijo.
Otra vez hubo oportunidad para detenerse.
Pero el miedo regresó.
Y cada vez que regresaba parecía más fuerte.
Ya no veía hijos: veía posibles sucesores
Aquí ocurre la verdadera tragedia.
Alejandro y Aristóbulo podían cometer errores.
Podían hablar imprudentemente.
Podían estar resentidos.
Podían sentirse superiores por su linaje asmoneo.
No necesitamos convertirlos en jóvenes perfectos.
Pero tampoco necesitamos hacerlo para comprender lo que estaba sucediendo dentro de Herodes.
El problema era que el rey estaba comenzando a imponerse sobre el padre.
Cuando miraba a Alejandro ya no veía solamente:
mi hijo.
Veía:
posible conspirador.
Cuando miraba a Aristóbulo ya no veía solamente:
mi hijo.
Veía:
posible sucesor.
Cuando escuchaba una crítica no oía solamente el enojo de un muchacho.
Podía escuchar una amenaza contra su corona.
El poder había cambiado la manera en que miraba a sus propios hijos.
El juicio
Finalmente Herodes obtuvo autorización de Augusto para resolver judicialmente el asunto.
Se convocó un tribunal en Berito, la actual Beirut.
Josefo habla de aproximadamente ciento cincuenta hombres reunidos para considerar las acusaciones.
Pero existe un detalle impresionante:
Alejandro y Aristóbulo no estuvieron allí para defenderse personalmente.
Herodes presentó las acusaciones contra sus propios hijos.
Josefo lo describe vehemente, dominado por la pasión mientras hablaba contra ellos.
Algunos de los jueces consideraban culpables a los jóvenes, pero no todos creían que debían morir.
Un antiguo cónsul romano llamado Saturnino argumentó que debían ser castigados, pero no ejecutados.
Él también tenía hijos.
Y comprendía la enormidad de lo que estaba ocurriendo.
Otros votaron por la muerte.
La sentencia terminó imponiéndose.
Sebaste
Los hijos fueron llevados a Sebaste, la antigua Samaria.
Y allí llegó el final.
Por orden de Herodes, Alejandro y Aristóbulo fueron estrangulados.
Era aproximadamente el año 7 a. C.
Después sus cuerpos fueron llevados durante la noche a Alexandrium, donde descansaban miembros de su familia materna.
Los hijos de Mariamne regresaban muertos junto a los antepasados de Mariamne.
Su padre continuaba vivo.
Su reino continuaba intacto.
Su corona continuaba sobre su cabeza.
Pero dos de sus hijos habían desaparecido.
Josefo pronuncia una sentencia terrible
En este punto, Josefo hace algo importante.
No presenta a Alejandro y Aristóbulo como absolutamente irreprochables. Reconoce su juventud, orgullo, resentimientos y palabras imprudentes.
Pero cuando llega a la decisión de Herodes, su juicio es severo.
Sostiene que el rey había matado a sus propios hijos sin evidencia cierta de que hubieran preparado realmente el complot del que eran acusados.
Ese detalle cambia toda la escena.
Herodes no estaba respondiendo a dos hijos sorprendidos con una espada sobre su cama.
Había rumores.
Había acusaciones.
Había declaraciones obtenidas bajo tortura.
Había intrigas.
Había resentimientos reales.
Pero también había dudas.
Y cuando llegó el momento de elegir entre esas dudas y sus hijos,
Herodes eligió proteger el trono.
El poder había comenzado a devorarlo todo
Primero Herodes había sacrificado enemigos.
Después personas que consideraba rivales.
Después a Mariamne.
Ahora había llegado hasta sus hijos.
Ese es el peligro del poder cuando deja de ser una responsabilidad y se convierte en nuestra identidad.
Al principio utilizamos el poder para proteger aquello que amamos.
Después comenzamos a proteger el poder.
Y finalmente podemos terminar sacrificando aquello que amábamos para conservar el poder.
Herodes había llegado allí.
Tenía un reino.
Pero cada vez tenía menos familia.
Y después llegaron los nietos
Hay un detalle posterior que hace todavía más dolorosa la historia.
Alejandro y Aristóbulo dejaron hijos.
Herodes quedó frente a sus nietos, ahora huérfanos por una decisión que él mismo había tomado.
Josefo cuenta que posteriormente se preocupó por su educación y procuró organizar sus futuros matrimonios.
Incluso lamentó públicamente la desgracia que había sufrido con sus propios hijos.
Es difícil imaginar una contradicción más profunda.
El abuelo cuidaba a los hijos de los hombres que el padre había mandado matar.
Podía proteger a los nietos.
Pero ya no podía devolverles a sus padres.
Dos maneras de ser padre
Y aquí el contraste con Dios comienza a adquirir una belleza extraordinaria.
Herodes miraba a sus hijos y terminó preguntándose:
«¿Me quitarán el reino?»
El Padre mira al Hijo y declara:
«Este es mi Hijo amado, en quien tengo complacencia.» — Mateo 3:17.
Herodes temía compartir su autoridad.
El Padre exalta al Hijo.
Herodes sospechaba del futuro de sus hijos.
Del Hijo, la Escritura declara:
«Tu trono, oh Dios, por el siglo del siglo.» — Hebreos 1:8.
No existe rivalidad dentro de Dios.
No encontramos a un Padre protegiendo celosamente su posición frente al Hijo.
Encontramos amor.
Complacencia.
Unidad.
Gloria compartida.
Jesús mismo hablaría de «aquella gloria que tuve contigo antes que el mundo fuese» (Juan 17:5).
Qué diferente del palacio de Herodes.
En un palacio, un padre podía mirar el crecimiento de sus hijos y sentir amenazada su corona.
En el corazón de Dios encontramos a un Padre que se complace en el Hijo.
Herodes tenía miedo de que sus hijos ocuparan su trono.
El Padre quería que contempláramos la gloria de su Hijo.
Y quizá ahí encontramos una de las diferencias más profundas entre el poder humano corrompido y el corazón de Dios:
el poder enfermo necesita disminuir a otros para permanecer arriba; el amor verdadero puede levantar al otro sin sentirse amenazado.
Alejandro y Aristóbulo murieron porque, al final, para Herodes la corona pesó más que la sangre.
Y todavía faltaba una última ironía.
Después de eliminar a los hijos que temía que quisieran arrebatarle el reino, Herodes descubriría que el hijo en quien había decidido confiar podía representar un peligro mucho más real.
Referencias bíblicas
Salmo 2:6–8; Mateo 3:16–17; Juan 3:35; 5:19–23; 17:5; Hebreos 1:5–8.
Referencias históricas
Flavio Josefo, Antigüedades de los judíos, libro XVI. Fuente principal para la historia de Alejandro y Aristóbulo: su regreso de Roma, los conflictos familiares, las acusaciones promovidas contra ellos, las reconciliaciones con Herodes, la intervención de Augusto y de Arquelao de Capadocia, los interrogatorios, torturas, nuevas acusaciones y el juicio final.
Flavio Josefo, Antigüedades de los judíos, XVI.11. Relata el tribunal reunido en Berito, la ausencia de los jóvenes durante su propia defensa, las diferentes opiniones de los jueces y la posterior ejecución de Alejandro y Aristóbulo por estrangulamiento en Sebaste.
Flavio Josefo, Antigüedades de los judíos, libro XVII. Describe las consecuencias familiares de sus muertes y el posterior cuidado de Herodes por los hijos que Alejandro y Aristóbulo habían dejado huérfanos.
Flavio Josefo, La guerra de los judíos, libro I. Presenta el relato paralelo de las intrigas dentro de la casa de Herodes y del conflicto que terminó con la ejecución de sus hijos.
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