Antes de continuar reconstruyendo el extraordinario mundo en el que vivieron Adán y Eva, quiero hacer un paréntesis.
Es necesario.
Porque existe una pregunta que ha confundido a generaciones enteras de lectores de Génesis:
Si Adán y Eva fueron los primeros seres humanos, y Caín y Abel aparecen como sus primeros hijos mencionados después de la caída, ¿de dónde salió la esposa de Caín?
Y la pregunta se vuelve todavía más difícil cuando leemos que, después de matar a Abel, Caín dice:
«Y sucederá que cualquiera que me hallare, me matará» (Génesis 4:14, RVR1960).
¿Quiénes podían encontrarlo?
¿A quién temía?
¿Quiénes habitaban otras regiones?
Y poco después encontramos:

«Salió, pues, Caín de delante de Jehová, y habitó en tierra de Nod, al oriente de Edén. Y conoció Caín a su mujer, la cual concibió y dio a luz a Enoc; y edificó una ciudad…» (Génesis 4:16-17, RVR1960).
Una esposa.
Personas capaces de encontrarlo.
Una región habitada.
Y una ciudad.
Pero si solamente existían Adán, Eva y Caín, después de la muerte de Abel, ¿cómo explicamos todo aquello?
Este no es un detalle insignificante.
En mi libro Adán y Eva, ¿Culpables o inocentes? explico que precisamente esta pregunta ha sido utilizada muchas veces para atacar la credibilidad de Génesis y para debilitar la fe de personas que nunca recibieron una respuesta que les pareciera coherente.
Yo mismo tuve dificultades con el tema.
Y no tengo problema si usted llega a una conclusión diferente de la mía.
Estamos reconstruyendo acontecimientos de los cuales la Biblia nos proporciona información distribuida en diferentes lugares.
Puede estar de acuerdo.
Puede no estarlo.
Cada uno debe estudiar.
Comparar Escritura con Escritura.
Y llegar a una conclusión delante de Dios.
Yo estoy abierto a cualquier otra explicación que sea bíblica, coherente y capaz de responder todas las piezas del relato.
Lo que no considero suficiente es asumir cosas que la Escritura nunca dice y después utilizarlas para explicar otras cosas que tampoco dice.
Así que hagamos nuevamente lo que hemos venido haciendo.
Reunamos las piezas.
Caín no aparece en una Tierra vacía
Después de matar a Abel, Caín recibe la sentencia de Dios y responde:
«Grande es mi castigo para ser soportado. He aquí me echas hoy de la tierra, y de tu presencia me esconderé, y seré errante y extranjero en la tierra; y sucederá que cualquiera que me hallare, me matará» (Génesis 4:13-14, RVR1960).
Observe sus palabras:
«cualquiera que me hallare».
Caín sabe que existen otras personas.
No parece temer solamente a su padre.
No parece temer solamente a su madre.
Teme encontrarse con otros seres humanos.
Y la respuesta de Dios resulta todavía más interesante:
«Ciertamente cualquiera que matare a Caín, siete veces será castigado. Entonces Jehová puso señal en Caín, para que no lo matase cualquiera que le hallara» (Génesis 4:15, RVR1960).
Dios no corrige la suposición de Caín.
No le dice:
«No existe nadie más».
Al contrario, coloca una señal precisamente:
«para que no lo matase cualquiera que le hallara».
El propio relato presupone otras personas.
Después Caín parte:
«y habitó en tierra de Nod, al oriente de Edén» (Génesis 4:16, RVR1960).
Y allí aparece su esposa.
El texto no dice que Dios la creó especialmente para él.
No dice que apareció misteriosamente.
No dice que pertenecía a una segunda creación humana.
Simplemente dice:

«Y conoció Caín a su mujer» (Génesis 4:17, RVR1960).
Y después:

«edificó una ciudad».
Todo esto indica que el mundo alrededor de Caín era mucho más poblado de lo que una lectura superficial de los nombres registrados puede hacernos pensar.
Ese es precisamente el problema que desarrollo en mi libro: si solamente existían Adán, Eva, Caín y Abel, la esposa de Caín y las demás personas presentes en la narración se convierten en un misterio innecesario.
Pero si aceptamos lo que hemos venido estudiando, la dificultad comienza a desaparecer.
Dios había dicho mucho antes:
«Fructificad y multiplicaos; llenad la tierra» (Génesis 1:28, RVR1960).
Esa orden fue dada antes de la caída.
Adán y Eva eran marido y mujer.
Tenían vida matrimonial.
Habían recibido la orden de multiplicarse.
Y cuando salen del huerto, Adán llama a su esposa:
«Eva, por cuanto ella era madre de todos los vivientes» (Génesis 3:20, RVR1960).
No dice:
«será madre».
La RVR1960 dice:
«era madre».
En mi libro utilizo precisamente este detalle como parte de la evidencia de que Eva ya tenía descendencia al momento de la salida del Edén.
Entonces la esposa de Caín deja de ser inexplicable.
Formaba parte de la familia humana que ya existía.
No necesitamos inventar otro origen.
Pero aquellos hijos no salieron inocentes del Edén
Aquí necesito detenerme porque esto es fundamental para comprender correctamente mi planteamiento.
No estoy diciendo que Adán y Eva tuvieron hijos dentro del huerto, que esos hijos permanecieron perfectos e inocentes, y que después fueron castigados únicamente porque su padre pecó.
Eso presentaría un problema muy serio con la justicia de Dios.
Y no es lo que estoy proponiendo.
La evidencia bíblica apunta a que la corrupción de la humanidad ya había comenzado antes de que Adán consumara finalmente su desobediencia.
Pablo escribe:
«Porque la ira de Dios se revela desde el cielo contra toda impiedad e injusticia de los hombres que detienen con injusticia la verdad» (Romanos 1:18, RVR1960).
Y continúa:
«Porque lo que de Dios se conoce les es manifiesto, pues Dios se lo manifestó» (Romanos 1:19, RVR1960).
Después dice:
«Porque las cosas invisibles de él, su eterno poder y deidad, se hacen claramente visibles desde la creación del mundo» (Romanos 1:20, RVR1960).
Y entonces aparece una declaración crucial:
«Pues habiendo conocido a Dios, no le glorificaron como a Dios, ni le dieron gracias, sino que se envanecieron en sus razonamientos, y su necio corazón fue entenebrecido» (Romanos 1:21, RVR1960).
Observe el lenguaje.
«Habiendo conocido a Dios».
Y después:
«no le glorificaron».
Mi libro llama la atención precisamente sobre esto: Pablo se traslada a los comienzos de la humanidad y habla de hombres, en plural, que conocieron a Dios y dejaron de glorificarlo.
Esto encaja extraordinariamente bien con el escenario que hemos venido reconstruyendo.
Una generación podía haber nacido dentro del Edén.
Podía conocer la presencia de Dios.
Podía conocer su gobierno.
Podía haber recibido instrucción directamente de Adán y Eva.
Y aun así podía comenzar a apartarse de Él.
Estar cerca de Dios no elimina el libre albedrío.
Conocer a Dios no obliga a amarlo.
Lucero conoció a Dios.
Adán conoció a Dios.
Y, sin embargo, la rebelión fue posible.
Aquellos descendientes también podían escoger.
Y según la lectura que estoy proponiendo, escogieron mal.
Pablo continúa describiendo el proceso:
«Profesando ser sabios, se hicieron necios» (Romanos 1:22, RVR1960).
Y posteriormente:
«cambiaron la verdad de Dios por la mentira, honrando y dando culto a las criaturas antes que al Creador» (Romanos 1:25, RVR1960).
Aquí debemos entender algo.
Cuando digo que comenzaron a rendir culto a la creación, no estoy diciendo necesariamente que inmediatamente construyeron templos, tallaron ídolos, organizaron sacerdocios y realizaron ceremonias semejantes a las religiones posteriores.
Eso vendría después.
La idolatría empieza mucho antes.
Comienza cuando algo creado ocupa el lugar que solamente le corresponde al Creador.
La criatura empieza a importar más que Dios.
La capacidad que Él nos dio.
La belleza que Él hizo.
El conocimiento que Él permitió.
El placer.
El poder.
La pareja.
La familia.
La creación misma.
Todo eso puede convertirse en un sustituto de Dios.
El problema no era disfrutar la creación.
Dios la había hecho precisamente para ser disfrutada.
El problema era preferir la creación al Creador.
Pablo describe el principio del proceso:
«no le glorificaron como a Dios, ni le dieron gracias».
Primero desaparece la gratitud.
Después desaparece la honra.
Después el razonamiento comienza a corromperse.
Después el corazón se oscurece.
Y finalmente el hombre termina sirviendo aquello que Dios le había dado en lugar de servir a Dios.
Por tanto, no estoy imaginando una multitud de hijos inocentes siendo expulsados injustamente junto con Adán.
Estoy viendo una familia cuya rebelión había comenzado.
Adán era la cabeza, pero todos participaron
Entonces llegamos al momento decisivo.
Adán no era simplemente otro miembro de aquella familia.
Era su cabeza.
Había recibido de Dios la primera autoridad.
Había sido creado para gobernar.
De él procedía aquella descendencia.
Y cuando la cabeza finalmente consumó la rebelión, el juicio cayó sobre la estructura completa.
Este principio aparece repetidamente en la Biblia.
La conducta de la cabeza de una casa puede producir consecuencias sobre toda la familia.
En mi libro utilizo ejemplos bíblicos donde Dios hace responsable a la cabeza familiar y el juicio alcanza la casa que está bajo esa autoridad.
Pero eso no significa que Dios estuviera condenando a una familia inocente por culpa de otro.
Eso es precisamente lo que debemos evitar.
La Biblia establece:
«Por cuanto todos pecaron, y están destituidos de la gloria de Dios» (Romanos 3:23, RVR1960).
En mi libro recalco precisamente el alcance de esa palabra:
«todos».
Desde el primer hombre hasta el último.
Toda la humanidad participó de una manera u otra en la rebelión contra Dios.
Así que cuando Adán peca, no vemos a un solo culpable arrastrando a una familia completamente santa e inocente.
Vemos al representante de una familia que ya estaba alejándose de Dios consumando la rebelión desde la posición de autoridad que había recibido.
Y entonces el juicio se hace efectivo sobre toda aquella estructura.
Pablo lo expresa así:
«Por tanto, como el pecado entró en el mundo por un hombre, y por el pecado la muerte, así la muerte pasó a todos los hombres, por cuanto todos pecaron» (Romanos 5:12, RVR1960).
Observe las dos cosas.
El pecado entra:
«por un hombre».
Pero después:
«todos pecaron».
Ambas realidades aparecen juntas.
Hay una cabeza.
Y hay responsabilidad individual.
Eso protege la justicia de Dios.
Adán tenía una responsabilidad especial.
Pero los demás tampoco eran víctimas morales completamente inocentes.
Participaron de la corrupción.
Y por eso todos necesitarían posteriormente al mismo Redentor.
Los «hijos de Dios» también se corrompieron
Esto nos ayuda a comprender mejor la expresión que estudiamos anteriormente:
«los hijos de Dios».
En la interpretación que venimos desarrollando, eran descendientes relacionados con la humanidad nacida mientras Adán todavía vivía dentro de la condición original de:
«hijo de Dios» (Lucas 3:38, RVR1960).
Pero el nombre de origen no significaba que permanecieran moralmente perfectos.
Génesis 6 dice:
«viendo los hijos de Dios que las hijas de los hombres eran hermosas, tomaron para sí mujeres, escogiendo entre todas» (Génesis 6:2, RVR1960).
No aparecen como una raza santa viviendo separada del pecado.
Ellos también forman parte de la corrupción que terminará caracterizando el mundo anterior al Diluvio.
Eso encaja con Romanos.
Conocieron.
Pero no glorificaron.
Recibieron.
Pero dejaron de agradecer.
Vieron al Creador.
Pero comenzaron a preferir la creación.
Y terminaron participando de la misma condición moral del resto de la humanidad.
Por eso no necesitamos imaginar que Dios expulsó del Edén a una población justa que no había hecho nada.
La rebelión era familiar.
Adán la consumó como cabeza.
Pero no estaba solo moralmente.
Entonces la esposa de Caín comienza a encajar
Ahora regresemos a Caín.
Si Adán y Eva ya habían tenido descendencia dentro del huerto…
si aquella descendencia había crecido…
si la humanidad había comenzado a multiplicarse…
si algunos podían haberse desplazado hacia otras regiones…
y si todos ellos salieron afectados por el juicio porque aquella familia ya participaba del alejamiento de Dios…
entonces el mundo de Caín ya no necesita ser imaginado como un planeta vacío.
Podían existir familias.
Parientes.
Descendientes.
Grupos humanos establecidos en distintos lugares.
Y Caín podía tener una esposa perteneciente a esa misma humanidad.
Por eso podía decir:
«cualquiera que me hallare, me matará».
Había alguien que podía hallarlo.
Por eso Dios le colocó una señal.
Por eso podía trasladarse a Nod.
Por eso tenía esposa.
Y por eso podía:
«edificar una ciudad».
Una comunidad humana ya existía.
Mi libro sostiene precisamente que la esposa de Caín procedía de aquella población humana vinculada con la descendencia que salió del Edén junto con Adán y Eva.
Esto no requiere una segunda humanidad.
No requiere otra creación.
No requiere seres mitad ángeles y mitad hombres.
No requiere inventar personas que aparecieron repentinamente.
Tenemos una familia humana.
Y una familia que había tenido tiempo para multiplicarse.
¿Por qué Génesis no registra a toda esa gente?
Porque ese nunca fue su propósito.
La Biblia no está escribiendo un registro civil de cada ser humano.
Génesis selecciona personas que son importantes para la historia que quiere contar.
Esto se hace evidente cuando dice de Adán:
«Y fueron los días de Adán después que engendró a Set, ochocientos años, y engendró hijos e hijas» (Génesis 5:4, RVR1960).
¿Quiénes eran?
No sabemos.
¿Cuántos?
No sabemos.
¿Cómo se llamaban las hijas?
No sabemos.
¿Con quién se casaron todos?
Tampoco.
Eso no significa que no existieran.
Significa que sus nombres no eran necesarios para la línea narrativa que la Escritura estaba siguiendo.
Después de la caída aparece una nueva prioridad.
Dios promete:
«Y pondré enemistad entre ti y la mujer, y entre tu simiente y la simiente suya; ésta te herirá en la cabeza…» (Génesis 3:15, RVR1960).
Desde entonces surge una pregunta que recorrerá toda la Biblia:
¿de qué línea vendrá el Redentor?
Y allí comienzan a adquirir importancia las genealogías.
Set.
Enós.
Noé.
Sem.
Isaac.
Judá.
David.
Hasta llegar a Jesucristo.
Mi libro conecta expresamente el registro de las genealogías con la promesa de un Mesías que vendría por una línea determinada.
Por eso la Biblia no necesita contarnos la historia completa de cada familia que existió.
Está siguiendo una pista.
La pista del Redentor.
Una sola humanidad, un solo problema y un solo Redentor
Esto también es importante para mantener coherente toda la historia bíblica.
No había una humanidad pura procedente del huerto y otra humanidad pecadora fuera de él.
No.
Había una sola familia humana.
Toda ella procedía de Adán.
Toda ella terminó participando del pecado.
Y toda ella quedó necesitada de redención.
Pablo dice:
«Por cuanto todos pecaron…»
Y después:
«Porque así como en Adán todos mueren, también en Cristo todos serán vivificados» (1 Corintios 15:22, RVR1960).
Ese paralelismo es extraordinario.
Adán representa a la humanidad caída.
Cristo aparece como:
«el postrer Adán» (1 Corintios 15:45, RVR1960).
No necesitamos otro redentor para los descendientes del huerto.
No necesitamos uno para los hijos de los hombres y otro para los hijos de Dios.
Todos eran humanos.
Todos pecaron.
Todos quedaron bajo muerte.
Y todos necesitarían al mismo Cristo.
Eso, para mí, hace que la historia sea mucho más coherente.
Entonces, ¿de dónde salió la esposa de Caín?
Mi respuesta continúa siendo sencilla:
de la familia humana que ya se había multiplicado.
Muy probablemente pertenecía a aquella descendencia de Adán y Eva que ya existía antes de que Génesis comenzara a seguir específicamente la historia de Caín y Abel.
No tenemos su nombre.
No tenemos el nombre de sus padres.
No tenemos su genealogía.
Pero tampoco necesitamos tenerla para reconocer que el propio texto presupone más personas.
Caín las teme.
Dios reconoce el peligro.
Caín tiene esposa.
Habita otra región.
Y edifica una ciudad.
Para mí, esta explicación conecta esas piezas sin violentar el resto de las Escrituras.
¿Existe otra explicación?
Estoy dispuesto a escucharla.
Pero debe ser bíblica.
Debe explicar todas las piezas.
Debe respetar:
«Fructificad y multiplicaos».
Debe explicar:
«era madre de todos los vivientes».
Debe explicar:
«cualquiera que me hallare».
Debe explicar a la esposa.
Debe explicar la ciudad.
Debe explicar a los «hijos de Dios».
Debe mantener una sola humanidad descendiente de Adán.
Debe respetar:
«todos pecaron».
Y debe conservar la estructura de la redención en la que un solo Cristo viene a rescatar a la raza humana.
Si aparece una explicación mejor que cumpla con todo eso, no tengo ningún problema en examinarla.
La verdad no necesita que le tengamos miedo a las preguntas.
¿Qué aprendimos de Dios?
Este paréntesis nos deja también una enseñanza muy importante acerca de Dios.
Dios no juzgó arbitrariamente a seres humanos inocentes simplemente porque su padre tomó una mala decisión.
La corrupción ya estaba penetrando a la familia.
Habían conocido a Dios.
Habían recibido muchísimo.
Pero comenzaron a dejar de glorificarlo.
Dejaron de agradecer.
Comenzaron a preferir la creación sobre el Creador.
Y finalmente la cabeza de la familia consumó aquella rebelión.
Entonces llegó el juicio.
Esto me muestra nuevamente a un Dios justo.
Un Dios que da conocimiento antes de exigir responsabilidad.
Un Dios que advierte.
Un Dios que permite decidir.
Y un Dios que no llama inocente al culpable ni culpable al inocente.
Pero también veo otra cosa.
A pesar de que:
«todos pecaron»,
Dios no abandonó a la familia.
Desde el mismo momento de la caída comenzó a hablar de:
«la simiente»
que un día aplastaría la cabeza de la serpiente.
La humanidad podía alejarse.
Podía multiplicarse.
Podía dispersarse.
Podía construir ciudades.
Podía rendir su corazón a la creación.
Pero Dios ya estaba preparando la redención.
Por eso las genealogías continuaron.
Porque una línea tenía que llegar hasta Cristo.
Y por eso, cuando finalmente apareció el Redentor, no vino solamente por Adán.
No vino solamente por Caín.
No vino solamente por los llamados «hijos de los hombres».
Vino por una humanidad completa que desde sus primeros días había tomado una decisión terrible:
conoció a Dios, pero comenzó a apartarse de Él.
Ahora sí podemos cerrar este paréntesis.
Tenemos una explicación para la población que rodeaba a Caín.
Tenemos una explicación para su esposa.
Tenemos una explicación para el temor que sentía.
Y, sobre todo, podemos continuar nuestra historia sin imaginar que una multitud de inocentes fue expulsada injustamente del Edén.
Todos habían recibido luz.
Todos podían escoger.
Y, como terminaría diciendo Pablo:
«todos pecaron».
Ahora regresemos al huerto.
Porque todavía tenemos mucho que descubrir acerca del mundo extraordinario que aquella primera familia conoció antes de que su rebelión terminara destruyéndolo todo.
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