15. «Y los bendijo Dios»

Dr. Elio M. Rivera

  Adán ya no estaba solo.

  Eva estaba a su lado.

  Por primera vez había sobre la Tierra un hombre y una mujer.

  Y entonces llegamos a unas palabras que durante mucho tiempo había leído demasiado rápido.

  Antes de decirles que se multiplicaran.

  Antes de decirles que llenaran la Tierra.

  Antes de entregarles la responsabilidad de sojuzgarla.

  Antes de hablarles de aquello que tendrían que hacer…

  Dios los bendijo.

  La Escritura dice:

«Y los bendijo Dios, y les dijo…» (Génesis 1:28, RVR1960).

  Detengámonos allí.

  Porque estamos intentando descubrir cómo es Dios observando sus acciones.

  Y una de las primeras acciones de Dios hacia aquella primera pareja fue:

bendecirlos.

  Antes de estudiar lo que Dios esperaba de ellos, necesitamos comprender qué significa esto.

¿Qué significa que Dios bendiga?

  En nuestro lenguaje cotidiano utilizamos la palabra bendición con tanta frecuencia que podemos perder la profundidad de su significado bíblico.

  Decimos:

  «Dios te bendiga».

  «Qué bendición».

  «Recibí una bendición».

  Pero ¿qué significa realmente que Dios bendiga?

  En el Antiguo Testamento, la palabra hebrea que aparece en Génesis 1:28 procede del verbo barak, utilizado ampliamente para hablar de bendecir.

  Cuando Dios bendice, no estamos simplemente ante una expresión amable.

  La bendición de Dios está relacionada con su favor y con el bien que Él concede.

  Esto es especialmente importante porque cuando un ser humano bendice a Dios, evidentemente no le está proporcionando algo que Dios necesite. Lo alaba, lo reconoce, habla bien de Él.

  Pero cuando Dios bendice al ser humano, la dirección es diferente.

  El Creador sí tiene capacidad para hacer bien a la criatura.

  Puede favorecer.

  Puede proveer.

  Puede conceder.

  Puede hacer fructificar.

  Puede acompañar.

  Puede otorgar aquello que permitirá que sus propósitos se desarrollen.

  Por eso, a lo largo de la Biblia, la bendición de Dios frecuentemente aparece acompañada de resultados concretos.

  Cuando Dios bendijo a Abraham, le dijo:

«Y haré de ti una nación grande, y te bendeciré, y engrandeceré tu nombre, y serás bendición» (Génesis 12:2, RVR1960).

  Cuando la Escritura resume posteriormente la vida de Abraham, dice:

«Y Abraham era viejo, y bien avanzado en años; y Jehová había bendecido a Abraham en todo» (Génesis 24:1, RVR1960).

  La bendición bíblica, entonces, no es solamente una palabra bonita pronunciada sobre alguien.

  Cuando procede de Dios, expresa su disposición favorable hacia esa persona y el bien que Él puede obrar en su vida.

  Y eso hace que Génesis 1:28 adquiera una profundidad extraordinaria.

Las primeras palabras sobre aquella pareja fueron de bendición

  Piénselo.

  Adán y Eva acababan de comenzar su historia juntos.

  Todavía no habían construido nada.

  No habían formado una familia.

  No habían llenado la Tierra.

  No habían realizado grandes obras.

  Y Dios ya los estaba bendiciendo.

  La bendición aparece antes de sus logros.

  Eso me parece profundamente significativo.

  Dios no comenzó su relación con aquella pareja diciéndoles:

  «Vamos a ver si se ganan mi favor».

  No encontramos a Adán y Eva intentando convencer a Dios para que quisiera hacerles bien.

  La iniciativa nuevamente procede de Él.

«Y los bendijo Dios».

  Dios quería el bien para ellos.

  Y eso comienza a mostrarnos otra faceta de su carácter.

  Porque algunas personas hemos crecido con una imagen de Dios muy diferente.

  Podemos imaginarlo observándonos desde el cielo, esperando que cometamos un error.

  Un Dios difícil de complacer.

  Un Dios al que hay que convencer para que nos dé algo bueno.

  Un Dios cuya primera disposición hacia nosotros es restringir, castigar o quitar.

  Pero nuevamente tenemos que regresar al principio.

  Antes de la caída.

  Antes del pecado.

  Antes de todo aquello que posteriormente distorsionaría la relación entre Dios y el hombre.

  ¿Qué encontramos?

«Y los bendijo Dios».

  Esto también forma parte de la historia.

  Y si estamos tratando de descubrir cómo es Dios, no tenemos derecho a ignorarlo.

Bendecir no significa conceder todos nuestros caprichos

  Aquí necesitamos hacer una aclaración importante.

  Decir que Dios desea bendecir a sus hijos no significa convertirlo en alguien obligado a concedernos todo lo que deseemos.

  La bendición bíblica no significa que Dios tenga que decir sí a cada petición.

  Tampoco significa ausencia de límites.

  Ya hemos visto que en el Edén existía un límite.

  Y, sin embargo, el mismo Dios que estableció aquel límite bendijo al hombre y a la mujer.

  Esto nos enseña algo importante:

la bendición y los límites no son enemigos.

  Un padre puede amar profundamente a sus hijos y precisamente por ese amor decirles que hay cosas que no deben hacer.

  Puede querer su felicidad y al mismo tiempo advertirles de aquello que puede destruirlos.

  Puede dar abundantemente y reservar aquello que sabe que no les conviene.

  Por eso, para comprender la bendición de Dios, tendremos que aprender a definir el bien no solamente desde lo que nosotros deseamos en determinado momento, sino desde aquello que Dios sabe que realmente conduce al bien.

  Eso será importantísimo cuando lleguemos nuevamente al árbol.

  Porque tendremos que preguntarnos si aquel límite era contrario a la bendición…

  o si formaba parte de ella.

La Biblia presenta a Dios como alguien que se complace en hacer bien

  Cuando continuamos recorriendo las Escrituras encontramos algo que me parece precioso.

  La bendición del Edén no fue una anomalía.

  Aparece una y otra vez una disposición de Dios hacia el bien de aquellos que le pertenecen.

  El salmista escribió:

«Porque sol y escudo es Jehová Dios; gracia y gloria dará Jehová. No quitará el bien a los que andan en integridad» (Salmos 84:11, RVR1960).

  Jeremías registra unas palabras todavía más sorprendentes:

«Y me alegraré con ellos haciéndoles bien» (Jeremías 32:41, RVR1960).

  Esta declaración siempre me ha parecido extraordinaria.

  No dice solamente:

«les haré bien».

  Dice:

«me alegraré con ellos haciéndoles bien».

  Hay algo en el corazón de Dios que encuentra agrado en hacer bien.

  Siglos después, Jesucristo utilizaría la relación entre un padre y sus hijos para enseñarnos algo semejante:

«Pues si vosotros, siendo malos, sabéis dar buenas dádivas a vuestros hijos, ¿cuánto más vuestro Padre que está en los cielos dará buenas cosas a los que le pidan?» (Mateo 7:11, RVR1960).

  Jesús quería que comprendiéramos algo acerca del Padre.

  Dios no tiene que ser convencido para ser bueno.

  La bondad pertenece a su carácter.

«Jehová te bendiga»

  Hay una bendición que Dios mismo ordenó pronunciar sobre su pueblo y que nos permite observar algo de lo que la bendición bíblica implica.

  Dios dijo a Moisés:

«Así bendeciréis a los hijos de Israel, diciéndoles: Jehová te bendiga, y te guarde; Jehová haga resplandecer su rostro sobre ti, y tenga de ti misericordia; Jehová alce sobre ti su rostro, y ponga en ti paz» (Números 6:23-26, RVR1960).

  Observe lo que aparece relacionado con la bendición.

  Protección.

  Favor.

  Misericordia.

  Presencia.

  Paz.

  Y después Dios añade:

«Y pondrán mi nombre sobre los hijos de Israel, y yo los bendeciré» (Números 6:27, RVR1960).

  No se trata simplemente de tener cosas.

  La bendición bíblica es mucho más profunda.

  Incluye vivir bajo el favor de Dios.

  Experimentar su cuidado.

  Recibir aquello que procede de su bondad.

  Y caminar dentro del propósito para el cual fuimos creados.

Dios bendijo a ambos

  Hay otro detalle que no quiero pasar por alto.

  El texto no dice:

«Y bendijo Dios a Adán».

  Dice:

«Y los bendijo Dios».

  A Adán.

  Y a Eva.

  La mujer que acababa de ser creada participa de la bendición.

  Dios no coloca toda su atención sobre el hombre mientras Eva permanece como una figura secundaria.

  La bendición cae sobre ambos.

  Y las palabras que siguen serán dirigidas a ambos.

  Esto confirma algo que venimos descubriendo.

  Eva no había sido creada simplemente para facilitar la vida de Adán.

  Ella también estaba dentro del propósito de Dios.

  Ella también recibió su bendición.

  Ella también participaría en aquello que Dios estaba a punto de encomendarles.

  Antes de ser padres…

  antes de llenar la Tierra…

  antes de ejercer la responsabilidad que recibirían…

  los dos fueron bendecidos.

Antes de la tarea vino la bendición

  Esto quizá sea lo que más me conmueve de todo el pasaje.

  El orden.

  La Biblia pudo haber dicho:

  «Fructifiquen, multiplíquense, llenen la Tierra, sojúzguenla, hagan todo lo que les estoy mandando y después veremos si los bendigo».

  Pero no fue así.

  Primero:

«los bendijo Dios».

  Después:

«y les dijo…»

  Y entonces vendría la misión.

  Primero recibieron.

  Después serían enviados a hacer.

  Primero la bendición.

  Después la responsabilidad.

  Eso comienza a mostrarnos que el proyecto de Dios para el hombre no estaba basado solamente en exigencias.

  Dios no estaba enviándolos a realizar su propósito abandonados a sus propias fuerzas.

  El Dios que les daría una tarea era también el Dios que había pronunciado su bendición sobre ellos.

  Y eso cambia la manera en que podemos leer lo que sigue.

  Cuando Dios les diga:

«Fructificad y multiplicaos; llenad la tierra, y sojuzgadla»,

  no estará hablando un amo que solamente exige producción.

  Estará hablando el Dios que acaba de bendecirlos.

¿Qué aprendimos de Dios?

  Esta pieza añade algo particularmente hermoso al retrato que estamos construyendo.

  Estamos descubriendo que Dios tiene una disposición favorable hacia sus hijos.

  No encontramos a un Dios al que el hombre tenga que arrancarle reluctantemente cada cosa buena.

  Encontramos a un Dios que toma la iniciativa para bendecir.

  Y la Escritura llegará incluso a decir que se alegra haciendo bien.

  Podemos entonces añadir nuevas características:

Dios desea el bien.

Dios se complace en hacer bien.

Dios bendice antes de encomendar.

Dios acompaña sus propósitos con su favor.

Dios bendice al hombre y a la mujer.

  Pero hay algo todavía más profundo que quiero guardar de este capítulo.

  La bendición nos muestra que la voluntad de Dios no debe imaginarse automáticamente como enemiga de nuestra felicidad.

  Aquel que establecía el propósito para Adán y Eva era el mismo que quería su bien.

  Eso será crucial cuando lleguemos a los acontecimientos más difíciles del Edén.

  Porque más adelante alguien presentará ante Eva una imagen completamente diferente de Dios.

  La serpiente intentará sembrar una sospecha:

  que quizá Dios estaba reteniendo algo bueno.

  Que quizá sus palabras no eran confiables.

  Que quizá detrás del límite había egoísmo.

  Cuando lleguemos allí tendremos que recordar todo lo que hemos descubierto antes de escuchar a la serpiente.

  El Dios que puso el límite era el Dios que había preparado.

  El Dios que había dado.

  El Dios que había cuidado.

  Y ahora descubrimos algo más:

era el Dios que los había bendecido.

  Esta pieza será fundamental.

  Porque para decidir si podemos confiar en alguien no debemos escuchar solamente lo que otro dice acerca de él.

  También debemos observar cómo nos ha tratado.

  Y hasta este momento de la historia, antes de que aparezca una sola acusación contra Dios, sus acciones ya han comenzado a hablar.

  Ahora sí estamos preparados para escuchar las palabras que siguieron inmediatamente a aquella bendición.

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Autor

Elio Rivera

El Dr. Elio M. Rivera es médico, pastor, escritor y fundador del Museo La Vida y Obra de Jesucristo, de la casa hogar Manantial de Amor y Comunidad Cristiana Mana. Ha viajado extensamente por Israel estudiando los lugares históricos relacionados con la vida de Jesucristo. Además de su labor ministerial y humanitaria, también es hombre de negocios, autor de más de 60 libros.