En el capítulo anterior contemplamos, hasta donde nuestras limitaciones humanas nos lo permiten, la grandeza del Dios que la Biblia presenta antes de la aparición del hombre.
Un Dios eterno.
Un Dios poderoso.
Un Dios cuyo Reino ya existía.
Un Dios rodeado de gloria, inteligencia, orden y vida.
Y entonces llegamos a una pregunta que durante mucho tiempo nunca se me había ocurrido hacer:
¿Por qué nos creó?
Piénselo por un momento.
Nosotros damos por sentado nuestra existencia porque ya estamos aquí.
Nacimos.
Abrimos los ojos.
Crecimos.
Y un día comenzamos a preguntarnos qué hacemos en este mundo.
Pero hubo un momento en que usted no existía.
Yo tampoco.
No había humanidad.
No había Adán.
No había Eva.
Y según la Biblia, Dios decidió que existiéramos.
¿Por qué?
¿Qué podía querer de nosotros un Dios que ya lo tenía todo?
Dios no nos creó porque nos necesitara
Esto es importante dejarlo establecido desde el principio.
La Biblia nunca presenta a Dios como un ser solitario que creó al hombre porque necesitaba compañía.
Tampoco como alguien incompleto que necesitaba recibir de nosotros algo que le faltaba.
Pablo lo expresó claramente cuando habló en Atenas:
«El Dios que hizo el mundo y todas las cosas que en él hay […] ni es honrado por manos de hombres, como si necesitase de algo; pues él es quien da a todos vida y aliento y todas las cosas» (Hechos 17:24-25, RVR1960).
Observe cuidadosamente las palabras:
«Como si necesitase de algo».
Dios no nos creó porque estuviera necesitado.
La dirección es exactamente la contraria.
Nosotros necesitamos de Él.
Él no necesita de nosotros.
Entonces la pregunta se vuelve todavía más interesante:
Si Dios no necesitaba al hombre, ¿por qué quiso crearlo?
Y aquí comenzamos a encontrar pequeñas piezas distribuidas por las Escrituras.
No quiero desarrollarlas completamente todavía.
Solamente quiero colocarlas sobre la mesa.
Porque juntas comienzan a sugerir algo extraordinariamente hermoso.
Cuando llegamos a las primeras páginas de Génesis encontramos a Dios diciendo:
«Hagamos al hombre a nuestra imagen, conforme a nuestra semejanza» (Génesis 1:26, RVR1960).
¿Por qué?
¿Por qué crear un ser a su imagen?
¿Por qué no simplemente crear otra estrella?
Otro planeta.
Otro animal.
¿Por qué crear a alguien capaz de conocerlo?
Capaz de hablar con Él.
Capaz de amar.
Capaz de relacionarse.
Capaz incluso de llamarlo Padre.
Mucho después, Jesucristo enseñaría a sus discípulos a dirigirse a Dios con estas palabras:
«Padre nuestro que estás en los cielos» (Mateo 6:9, RVR1960).
Y el apóstol Pablo escribiría:
«Seré para vosotros por Padre, y vosotros me seréis hijos e hijas, dice el Señor Todopoderoso» (2 Corintios 6:18, RVR1960).
Padre.
Hijos.
¿Por qué aparecen estas palabras una y otra vez cuando la Biblia describe la relación que Dios desea tener con el hombre?
Todavía no quiero responder completamente.
Pero sí quiero hacer una pregunta:
¿Será posible que nuestra existencia tenga mucho más que ver con el corazón de Dios de lo que alguna vez imaginamos?
¿Y si Dios quiso compartir?
Existe otra pieza que personalmente me conmueve.
Jesucristo dijo algo extraordinario a sus discípulos:
«Estas cosas os he hablado, para que mi gozo esté en vosotros, y vuestro gozo sea cumplido» (Juan 15:11, RVR1960).
Observe nuevamente la expresión.
«Mi gozo».
Y después:
«en vosotros».
No encuentro allí a un Dios quitándole algo al hombre.
Encuentro a alguien hablando de compartir algo que posee.
Su gozo.
Y Jesús dijo algo parecido cuando habló con el Padre:
«Pero ahora voy a ti; y hablo esto en el mundo, para que tengan mi gozo cumplido en sí mismos» (Juan 17:13, RVR1960).
Otra vez aparece el gozo.
Su gozo compartido con otros.
Y esto me obliga a regresar a nuestra pregunta:
¿Por qué nos creó Dios?
¿Quería compartir con nosotros su vida?
¿Su gozo?
¿Su creación?
¿Su Reino?
¿Su amor?
¿Quería hijos con quienes pudiera compartir aquello que Él disfrutaba?
No adelantemos demasiado.
Pero existe un pasaje que no puedo dejar fuera de esta conversación.
Jesús dijo a sus discípulos:
«No temáis, manada pequeña, porque a vuestro Padre le ha placido daros el reino» (Lucas 12:32, RVR1960).
Siempre me ha impresionado la manera en que está redactada esa declaración.
No dice simplemente que el Padre tiene un Reino.
Dice:
«le ha placido daros el reino».
Hay algo que le place dar.
Quizá esa sea una pieza que tendremos que recordar conforme avancemos.
Porque una cosa es crear porque necesitamos algo.
Y otra completamente diferente es crear porque tenemos algo que queremos compartir.
Durante mucho tiempo yo no quería el regalo de la vida
Esta pregunta acerca de por qué Dios nos creó no es solamente teológica para mí.
Es profundamente personal.
Hubo una época de mi vida en la que yo aborrecía vivir.
No podía comprender por qué tenía que existir.
La vida, con sus dolores, pérdidas, injusticias, decepciones y sufrimientos, no me parecía necesariamente un regalo.
Y por eso la pregunta:
«¿Por qué me dio Dios la vida?»
no era para mí una pregunta bonita.
Era casi un reclamo.
Yo no le había pedido existir.
Nadie me había preguntado si quería venir a este mundo.
Simplemente aparecí aquí.
Y después tuve que enfrentar todo lo que significa ser humano.
Quizá alguien que está leyendo estas palabras haya sentido alguna vez algo parecido.
Quizá usted ha mirado su propia historia y se ha preguntado:
¿Para qué nací?
¿Por qué estoy aquí?
¿Por qué Dios quiso que yo existiera?
¿Realmente existe alguna razón para todo esto?
Comprendo esas preguntas.
Porque yo también las hice.
Pero mientras estudiaba las Escrituras ocurrió algo que nunca esperaba.
Comencé a descubrir que quizá estaba juzgando el regalo de la vida solamente por la pequeña porción que había experimentado.
La Biblia comenzó a hablarme de cosas que yo no había considerado.
Jesús dijo:
«Yo he venido para que tengan vida, y para que la tengan en abundancia» (Juan 10:10, RVR1960).
Y Pablo escribió:
«Cosas que ojo no vio, ni oído oyó, ni han subido en corazón de hombre, son las que Dios ha preparado para los que le aman» (1 Corintios 2:9, RVR1960).
¿Qué significa todo eso?
Todavía tenemos muchísimo que investigar.
No quiero resolverlo aquí.
Pero puedo decir algo acerca de mi propia historia.
Cuando comencé a comprender lo que la Biblia dice acerca del propósito de nuestra existencia y, particularmente, cuando comencé a experimentar a Dios y a comprender lo que, según sus promesas, todavía me espera, algo cambió profundamente dentro de mí.
La persona que alguna vez se preguntó por qué había tenido que nacer comenzó a decir algo completamente diferente:
Gracias, Dios, por haberme dado la oportunidad de vivir.
Para mí, ese cambio fue enorme.
Porque las circunstancias de mi pasado no cambiaron.
Lo vivido seguía siendo lo vivido.
Lo que comenzó a cambiar fue mi comprensión de para qué existo.
Y quizá por eso este tema me importa tanto.
No quiero que estudiemos a Adán y Eva solamente para saber qué ocurrió hace mucho tiempo.
Quiero descubrir por qué Dios quiso que ellos existieran.
Porque posiblemente allí encontremos también algunas pistas acerca de por qué quiso que nosotros existiéramos.
Hay todavía una declaración de Jesús que tendremos que guardar para nuestro recorrido.
Mientras oraba al Padre dijo:
«Padre, aquellos que me has dado, quiero que donde yo estoy, también ellos estén conmigo» (Juan 17:24, RVR1960).
No explicaré todavía todas las implicaciones de esas palabras.
Solamente quiero dejarlas allí.
«Quiero que donde yo estoy, también ellos estén conmigo».
¿Por qué?
¿Por qué un Dios que no necesita nada quiso crear seres humanos?
¿Por qué quiso hijos?
¿Por qué quiso compartir su Reino?
¿Por qué quiso compartir su gozo?
¿Por qué quiso que estuviéramos con Él?
¿Por qué quiso que usted existiera?
Todavía no tenemos todas las respuestas.
Apenas estamos reuniendo las piezas.
Pero por primera vez, cuando yo comencé a hacer estas preguntas, la existencia dejó de parecerme un accidente que tenía que soportar.
Comenzó a parecerme una invitación que necesitaba comprender.
Y para comprenderla tendremos que regresar nuevamente al principio.
Porque la siguiente pieza del rompecabezas es extraordinaria.
Dios no solamente decidió crear al hombre.
Antes de hacerlo pronunció unas palabras que nos obligarán a detenernos:
«Hagamos al hombre a nuestra imagen, conforme a nuestra semejanza» (Génesis 1:26, RVR1960).
¿Por qué a su imagen?
Eso será lo siguiente que tendremos que investigar.
¿Qué aprendimos de Dios?
Antes de continuar nuestra investigación, hagamos algo que repetiremos a lo largo de esta serie.
Detengámonos y preguntemos:
¿Qué hemos aprendido de Dios hasta aquí?
Todavía estamos al principio y quedan muchas piezas por colocar. Pero este capítulo ya nos ha permitido observar algo importante.
Dios no creó al hombre porque estuviera solo, incompleto o necesitara algo de nosotros.
La Escritura dice que Él no es servido:
«como si necesitase de algo» (Hechos 17:25, RVR1960).
Por tanto, nuestra existencia no nació de una necesidad de Dios.
Nació de su voluntad.
Y cuando observamos las palabras de Jesucristo comenzamos a encontrar algo muy hermoso en esa voluntad.
Encontramos a un Dios que quiere compartir.
Quiere compartir su gozo.
Quiere compartir su Reino.
Quiere relacionarse con nosotros como Padre.
Quiere que sus hijos estén con Él.
Jesús dijo:
«Padre, aquellos que me has dado, quiero que donde yo estoy, también ellos estén conmigo» (Juan 17:24, RVR1960).
Así que podemos colocar algunas de las primeras palabras en el retrato que estamos construyendo:
Dios es generoso.
Dios es dador.
Dios desea compartir.
Dios encuentra placer en dar.
Dios quiere relacionarse con el ser humano.
Y quizá la conclusión más conmovedora de este capítulo sea también la más sencilla:
Dios quiso que existiéramos.
Usted no decidió venir a la existencia.
Yo tampoco.
Pero aquí estamos.
Y según la historia bíblica que estamos investigando, detrás de nuestra existencia no encontramos a un Dios necesitado buscando qué obtener de nosotros, sino a un Dios que ya poseía vida, gozo, gloria y Reino, y que decidió compartir.
Eso, por sí solo, comienza a cambiar la imagen de Dios.
Y en mi caso cambió también la manera de mirar mi propia existencia.
Alguna vez pregunté:
«¿Por qué me diste la vida?»
Hoy puedo decir:
«Gracias, Dios, por haber querido que yo existiera».
Apenas hemos colocado unas cuantas piezas sobre la mesa.
Sigamos investigando.
Libro recomendado

Escuche música con propósito
