Por el Dr. Elio M Rivera
Existe una idea muy extendida acerca de los últimos tiempos: que, antes del regreso de Jesucristo, el mundo necesariamente tendrá que encontrarse sumido en un caos absoluto.
Algunas personas imaginan ciudades paralizadas, economías completamente destruidas, gobiernos colapsados, guerras en todas partes y una humanidad prácticamente incapaz de continuar con su vida cotidiana. Bajo esa perspectiva, parecería que la señal definitiva de la cercanía del regreso de Cristo sería que la normalidad desapareciera por completo.
Sin embargo, existe una declaración de Jesús que presenta un panorama sorprendentemente diferente.
Cuando el Señor habló acerca de su regreso, comparó aquellos días con una época muy particular de la historia bíblica:
los días de Noé.
Y lo extraordinario es que Jesús no concentró su comparación solamente en la violencia, la corrupción o la maldad de aquella generación.
Llamó la atención sobre algo mucho más cotidiano.
La gente estaba viviendo.
Comiendo.
Bebiendo.
Casándose.
Formando familias.
Haciendo planes.
Continuando con sus actividades habituales.
Hasta que ocurrió aquello que muchos no esperaban.
Jesús declaró:
“Mas como en los días de Noé, así será la venida del Hijo del Hombre. Porque como en los días antes del diluvio estaban comiendo y bebiendo, casándose y dando en casamiento, hasta el día en que Noé entró en el arca, y no entendieron hasta que vino el diluvio y se los llevó a todos, así será también la venida del Hijo del Hombre.”
Mateo 24:37-39, RVR1960
Estas palabras podrían modificar considerablemente la manera en que imaginamos los días anteriores al regreso de Jesucristo.
Quizá el mundo no parecerá estar a punto de terminar
Observe cuidadosamente lo que Jesús describió.
No dijo que todos estarían escondidos esperando una catástrofe.
No dijo que toda actividad humana habría desaparecido.
No dijo que nadie podría trabajar.
No dijo que las personas dejarían de casarse.
Todo lo contrario.
Describió una sociedad funcionando.
La gente continuaba comiendo y bebiendo.
Las familias continuaban formándose.
Los matrimonios continuaban celebrándose.
La vida seguía adelante.
Precisamente allí se encuentra una de las partes más inquietantes de la comparación.
El problema no era que la vida cotidiana continuara.
Comer no era pecado.
Beber, en el sentido ordinario de alimentarse y participar de la vida diaria, no era pecado.
Casarse no era pecado.
Dar hijos en matrimonio tampoco era pecado.
Jesús no estaba condenando esas actividades.
El problema aparece en una pequeña expresión:
“y no entendieron…”
Había una advertencia.
Pero continuaron viviendo como si nunca fuera a suceder nada.
Noé construía mientras los demás continuaban viviendo
Imagine por un momento aquella escena.
Noé construía el arca.
Su sola existencia constituía una advertencia visible.
Hebreos presenta a Noé como un hombre que, advertido por Dios acerca de cosas que todavía no se veían, actuó por fe:
“Por la fe Noé, cuando fue advertido por Dios acerca de cosas que aún no se veían, con temor preparó el arca en que su casa se salvase…”
Hebreos 11:7, RVR1960
Durante algún tiempo tuvieron que coexistir dos realidades.
Por un lado estaba la vida cotidiana.
Por otro estaba la advertencia de Dios.
Las personas podían levantarse por la mañana.
Trabajar.
Comprar.
Vender.
Preparar alimentos.
Hacer planes.
Formar familias.
Mientras tanto, Noé continuaba preparando el arca.
Nada impedía que ambas cosas sucedieran simultáneamente.
Y allí encontramos una enseñanza extraordinaria para comprender las palabras de Jesucristo.
La normalidad no significa necesariamente que nada esté por suceder.
Una sociedad puede continuar funcionando mientras se aproxima un acontecimiento extraordinario.
El gran peligro de acostumbrarnos a las señales
Esta posibilidad resulta especialmente importante después de todo lo que hemos estudiado a lo largo de este libro.
Nuestra generación posee acceso a información como ninguna otra.
Podemos observar una guerra prácticamente en tiempo real.
Podemos ver acontecimientos ocurridos en Jerusalén pocos segundos después de que suceden.
Podemos observar el Monte del Templo desde otro continente.
Podemos conocer movimientos políticos internacionales inmediatamente.
Podemos estudiar las profecías bíblicas desde un teléfono.
Podemos comparar traducciones de la Biblia, consultar mapas, estudiar historia y acceder a enormes bibliotecas sin salir de nuestra casa.
Nunca una generación había tenido tanta información disponible.
Y, paradójicamente, quizá nunca había sido tan fácil acostumbrarse a ella.
Una noticia que hoy parece extraordinaria mañana es reemplazada por otra.
Una crisis internacional ocupa los titulares durante algunos días y después desaparece de nuestra atención.
Un avance tecnológico que habría maravillado al mundo hace veinte años se convierte rápidamente en algo cotidiano.
Aquello que habría parecido imposible a nuestros abuelos puede convertirse para nuestros nietos en algo completamente normal.
Ese fenómeno plantea una pregunta inquietante:
¿Podría ocurrir lo mismo con las señales proféticas?
Podemos acostumbrarnos tanto a observar acontecimientos extraordinarios que terminemos considerándolos normales.
El escenario puede prepararse mientras la vida continúa
A lo largo de este libro hemos examinado condiciones que durante siglos parecían extraordinariamente difíciles de imaginar.
Israel volvió a existir como nación.
El pueblo judío regresó desde numerosos lugares del mundo.
Jerusalén volvió a ocupar una posición central.
Existen preparativos relacionados con un posible futuro templo.
La humanidad puede comunicarse instantáneamente alrededor del planeta.
La economía se encuentra profundamente interconectada.
El dinero se digitaliza.
La identificación biométrica permite reconocer personas mediante características físicas.
La inteligencia artificial puede procesar enormes cantidades de información.
Un acontecimiento puede ser observado casi simultáneamente por miles de millones de personas.
Estas son precisamente algunas de las condiciones que hemos venido examinando a lo largo de este libro.
Sin embargo, nada de esto significa necesariamente que mañana por la mañana las personas dejarán de trabajar.
Los restaurantes pueden continuar abiertos.
Las escuelas pueden continuar impartiendo clases.
Las empresas pueden continuar haciendo negocios.
Las parejas pueden continuar casándose.
Las familias pueden continuar planeando vacaciones.
Los inversionistas pueden continuar pensando en el futuro.
Las personas pueden continuar comprando casas.
Los jóvenes pueden continuar planeando sus carreras.
El mundo puede continuar haciendo planes para los próximos diez, veinte o cincuenta años.
Y precisamente eso hace tan impresionante la comparación de Jesús.
La vida puede parecer normal mientras el escenario profético continúa avanzando.
La profecía no fue dada para abandonar la vida cotidiana
Debemos evitar otro extremo.
Las palabras de Jesús no significan que un cristiano deba dejar de trabajar, estudiar, casarse, formar una familia o hacer planes.
La Biblia nunca presenta la vigilancia como irresponsabilidad.
Esperar a Cristo no significa abandonar nuestras obligaciones.
Significa vivirlas conscientes de que esta vida no constituye toda la historia.
Podemos trabajar.
Pero velando.
Podemos formar una familia.
Pero velando.
Podemos construir.
Podemos estudiar.
Podemos desarrollar proyectos.
Podemos disfrutar las bendiciones que Dios nos concede.
Pero sin olvidar que Jesucristo prometió regresar.
Precisamente esta es una de las líneas centrales de este libro: Jesús no llamó a sus discípulos a vivir aterrorizados ni a especular continuamente; los llamó a permanecer despiertos, velar y vivir preparados.
“Y no entendieron…”
Regresemos a las palabras de Jesús.
Probablemente esta sea la expresión más importante de toda la comparación:
“y no entendieron hasta que vino el diluvio…”
El problema fundamental de aquella generación no fue solamente que el juicio llegó.
Fue que llegó mientras ellos continuaban viviendo como si nunca fuera a llegar.
Habían normalizado su mundo.
La vida cotidiana ocupaba toda su atención.
Y entonces ocurrió lo inesperado.
Jesús concluyó:
“…así será también la venida del Hijo del Hombre.”
Mateo 24:39, RVR1960
Quizá, entonces, una de las señales más sorprendentes del tiempo del fin no será únicamente el caos.
Quizá será también la normalidad.
Una humanidad extraordinariamente informada, pero distraída.
Una generación capaz de observar acontecimientos en cualquier lugar del planeta, pero demasiado ocupada para preguntarse qué significan.
Una sociedad rodeada de cambios históricos extraordinarios, pero acostumbrada a ellos.
Personas haciendo planes para mañana sin preguntarse si Dios tiene algo que decir acerca del mañana.
Una generación que lo ve todo… pero continúa viviendo como si nada fuera a suceder
Tal vez hemos cometido un error al imaginar que todos reconocerán fácilmente que el regreso de Cristo está cerca.
Jesús parece advertir exactamente lo contrario.
La humanidad puede continuar viviendo.
Las ciudades funcionando.
Los negocios operando.
Los matrimonios celebrándose.
Las familias haciendo planes.
La tecnología avanzando.
La economía moviéndose.
Y millones de personas pensando que mañana será simplemente otro día.
Hasta que deje de serlo.
Por eso, la pregunta que surge de esta profecía no es:
¿Cuándo desaparecerá la normalidad?
La pregunta es mucho más personal:
¿Podríamos estar viviendo normalmente mientras acontecimientos extraordinarios están preparando el escenario delante de nuestros propios ojos?
No sabemos el día.
No conocemos la hora.
Y precisamente por eso Jesús no terminó su enseñanza entregando un calendario.
La terminó haciendo un llamado:
“Velad, pues, porque no sabéis a qué hora ha de venir vuestro Señor.”
Mateo 24:42, RVR1960
Los días de Noé nos dejan una advertencia extraordinaria.
La ausencia de caos absoluto no significa la ausencia de una profecía próxima a cumplirse.
El mundo puede continuar funcionando.
La humanidad puede continuar haciendo planes.
La vida puede parecer sorprendentemente normal.
Y, mientras todo ello sucede, el reloj de la historia puede continuar avanzando.
La gran pregunta no es solamente si estamos observando las señales.
La verdadera pregunta es:
¿Estamos preparados para Aquel que prometió regresar?
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