Por el Dr. Elio M Rivera
La sorprendente advertencia bíblica acerca de una generación que apartaría sus oídos de la verdad
Durante siglos, una de las grandes preguntas de la humanidad ha sido:
¿Qué es verdad?
La pregunta no es nueva. Pilato se la hizo a Jesucristo hace aproximadamente dos mil años:
“Le dijo Pilato: ¿Qué es la verdad?”
Juan 18:38, RVR1960
Sin embargo, nuestra generación está presenciando un fenómeno particularmente interesante. El debate ya no consiste solamente en determinar cuál es la verdad.
Cada vez resulta más común escuchar una idea diferente:
“Esta es mi verdad.”
La expresión puede parecer inofensiva. Muchas veces simplemente intenta comunicar que cada persona tiene experiencias, sentimientos, opiniones y maneras diferentes de comprender la vida.
Y, por supuesto, debemos respetar a las personas.
No todos pensamos igual.
No todos hemos vivido las mismas experiencias.
No todos tenemos las mismas convicciones.
Una sociedad civilizada debe permitir que personas con ideas diferentes puedan convivir pacíficamente.
El problema aparece cuando pasamos de reconocer que las personas tienen opiniones diferentes a afirmar que cada persona puede determinar qué es verdadero.
Son dos cosas completamente distintas.
“Vive y deja vivir”
Existe una expresión que resume bastante bien una filosofía cada vez más extendida:
“Vive y deja vivir.”
En cierto sentido, contiene un principio valioso. No fuimos llamados a controlar cada decisión de los demás. Podemos tratar con dignidad y respeto a personas que piensan de manera completamente diferente a nosotros.
Pero la expresión también puede adquirir otro significado:
Tú tienes tu verdad.
Yo tengo la mía.
Nadie puede decir que alguna de ellas está equivocada.
Y aquí comienza un cambio mucho más profundo.
Porque si toda persona posee su propia verdad, entonces la verdad deja de encontrarse fuera de nosotros y comienza a determinarse dentro de nosotros.
Ya no preguntamos:
¿Esto es verdadero?
Preguntamos:
¿Esto es verdadero para mí?
Ya no preguntamos:
¿Qué dijo Dios?
Preguntamos:
¿Qué pienso yo?
Ya no preguntamos:
¿Cómo debo vivir?
Preguntamos:
¿Cómo quiero vivir?
Ese cambio puede parecer pequeño.
Pero desde la perspectiva bíblica es enorme.
La Biblia presenta una verdad que no depende de nosotros
Jesucristo no presentó la verdad como algo que cada persona pudiera fabricar de acuerdo con sus preferencias.
Orando al Padre por sus discípulos declaró:
“Santifícalos en tu verdad; tu palabra es verdad.”
Juan 17:17, RVR1960
Observe cuidadosamente la expresión.
Jesús no dijo:
Tu palabra contiene una verdad.
Tampoco dijo:
Tu palabra puede ser verdad para algunas personas.
Declaró:
“Tu palabra es verdad.”
Desde la perspectiva cristiana, por tanto, nosotros no creamos la verdad.
La descubrimos.
No la modificamos para adaptarla a nuestra vida.
Nuestra vida debe ser examinada a la luz de ella.
Esto representa un desafío particular para nuestra generación porque vivimos en una cultura donde la autonomía personal posee un valor extraordinariamente alto.
Queremos decidir qué comprar.
Qué estudiar.
Dónde vivir.
Qué pensar.
Qué creer.
Muchas de esas libertades son legítimas y valiosas.
Pero existe una pregunta que inevitablemente aparece:
¿Podemos también decidir qué es verdad?
Cuando la verdad comienza a resultar incómoda
El apóstol Pablo escribió unas palabras extraordinariamente interesantes a Timoteo:
“Porque vendrá tiempo cuando no sufrirán la sana doctrina, sino que teniendo comezón de oír, se amontonarán maestros conforme a sus propias concupiscencias, y apartarán de la verdad el oído y se volverán a las fábulas.”
2 Timoteo 4:3-4, RVR1960
Hay algo particularmente importante en esta profecía.
Pablo no dijo que la verdad desaparecería.
Dijo que las personas apartarían de la verdad el oído.
La verdad continuaría allí.
El problema estaría en quien escucha.
Y observe otra expresión:
“maestros conforme a sus propias concupiscencias”.
En otras palabras, en lugar de permitir que la enseñanza determine nuestras convicciones, existe el peligro de buscar enseñanzas que confirmen las convicciones que previamente decidimos tener.
Eso resulta extraordinariamente contemporáneo.
Antes buscábamos respuestas; ahora podemos buscar la respuesta que deseamos
Durante gran parte de la historia, el acceso a la información era limitado.
Hoy ocurre exactamente lo contrario.
Tenemos una cantidad casi inimaginable de información.
Si una persona desea encontrar argumentos a favor de prácticamente cualquier posición, probablemente los encontrará.
Puede encontrar un video.
Un artículo.
Un influencer.
Un foro.
Un especialista.
Una comunidad digital.
O miles de personas que piensan exactamente como ella.
Los algoritmos, además, aprenden nuestros intereses y pueden continuar mostrándonos contenidos semejantes a aquellos que anteriormente captaron nuestra atención.
Esto produce una situación peculiar.
Dos personas pueden vivir en la misma ciudad, utilizar el mismo teléfono y conectarse a la misma internet, pero recibir durante meses dos visiones completamente diferentes del mundo.
Cada una puede terminar pensando:
“Todo el mundo sabe que esto es verdad.”
Porque casi todo lo que observa confirma lo que ya piensa.
Una generación inundada de información
Aquí aparece una de las grandes paradojas de nuestro tiempo.
Nunca habíamos tenido tanta información.
Y quizá nunca había resultado tan difícil determinar qué creer.
Imágenes pueden ser fabricadas.
Voces pueden ser clonadas.
Videos pueden ser alterados.
Noticias falsas pueden difundirse mundialmente en cuestión de minutos.
La inteligencia artificial puede producir textos, fotografías, grabaciones y videos extraordinariamente convincentes.
Pero el problema es todavía más profundo que la tecnología.
Como ya hemos analizado en este libro, las herramientas modernas pueden personalizar mensajes, repetirlos incansablemente y contribuir a crear un ambiente donde las personas lleguen incluso a desconfiar de la posibilidad de conocer la verdad.
La tecnología puede amplificar el problema.
Pero el problema fundamental continúa estando en el corazón humano.
No se trata de atacar a quienes piensan diferente
Debemos detenernos aquí para hacer una aclaración importante.
Defender la existencia de una verdad objetiva no nos concede permiso para despreciar, humillar o maltratar a quienes no comparten nuestras convicciones.
Jesucristo llamó a sus seguidores a amar.
Podemos disentir sin odiar.
Podemos defender nuestras convicciones sin deshumanizar a quien piensa diferente.
Podemos afirmar lo que creemos que enseña la Escritura y, al mismo tiempo, tratar con dignidad a quien lo rechaza.
De hecho, si creemos que Jesucristo es la verdad, nuestra manera de defenderla debería reflejar también el carácter de Jesucristo.
El problema que estamos examinando no es la existencia de personas diferentes.
Tampoco es la libertad de conciencia.
La cuestión es otra:
¿Existe una verdad que esté por encima de todos nosotros?
¿Qué sucede cuando desaparece una referencia común?
Imagine una brújula.
Una brújula solamente resulta útil porque el norte no cambia dependiendo de quién la sostiene.
Una persona puede encontrarse al norte.
Otra al sur.
Otra al este.
Pero ninguna puede decidir dónde está el norte simplemente porque prefiera que esté en otra dirección.
La verdad funciona de manera semejante.
Si cada individuo puede determinarla completamente por sí mismo, dejamos de tener una referencia exterior con la cual examinar nuestras propias conclusiones.
Y eso también puede introducirse dentro de la iglesia.
Este punto es especialmente importante porque Pablo estaba escribiendo a Timoteo acerca de personas que no sufrirían la sana doctrina.
Por eso sería un error aplicar estas palabras solamente a “la sociedad”.
La advertencia comienza también con nosotros.
Un cristiano puede leer la Biblia buscando descubrir lo que Dios dice.
Pero también puede caer en la tentación de buscar solamente aquellos pasajes que confirmen lo que ya desea creer.
Podemos querer un Dios que nunca contradiga nuestras preferencias.
Un evangelio que nunca nos confronte.
Una Biblia que siempre confirme nuestras decisiones.
Una iglesia que solamente nos diga aquello que deseamos escuchar.
Y precisamente allí las palabras de Pablo se vuelven incómodamente cercanas:
“se amontonarán maestros conforme a sus propias concupiscencias”.
La verdadera pregunta: ¿quién tiene la última palabra?
Al final, todo este asunto puede reducirse a una pregunta extraordinariamente sencilla:
¿Quién tiene la última palabra sobre mi vida?
¿Mis sentimientos?
¿La cultura?
¿La mayoría?
¿Las redes sociales?
¿Lo que está de moda?
¿Lo que personalmente deseo?
¿O Dios?
El cristianismo realiza una afirmación radical.
Jesucristo no dijo solamente que enseñaba verdades.
Declaró:
“Yo soy el camino, y la verdad, y la vida; nadie viene al Padre, sino por mí.”
Juan 14:6, RVR1960
Para el cristiano, entonces, la verdad finalmente no es una construcción personal.
Tiene su fundamento en Dios.
Cuando la humanidad ya no sepa qué creer
Quizá una de las condiciones más significativas de nuestra época no sea solamente que existan mentiras.
Las mentiras siempre han existido.
Tampoco que existan personas con opiniones diferentes.
Eso ha ocurrido durante toda la historia.
Lo verdaderamente diferente podría ser una sociedad que progresivamente pierda confianza en que existe una verdad objetiva que pueda conocerse y a la cual debamos someternos.
Una generación con acceso a cantidades inimaginables de información, pero sin saber en quién confiar.
Una generación capaz de escuchar miles de voces, pero cada vez menos dispuesta a aceptar una voz que pueda decirle:
“Estás equivocado.”
Una generación donde cada persona pueda construir un pequeño universo informativo alrededor de sus propias convicciones.
Y una generación que finalmente llegue a decir:
“Tú tienes tu verdad. Yo tengo la mía.”
Entonces las palabras escritas por Pablo hace casi dos mil años adquieren una fuerza extraordinaria:
“…apartarán de la verdad el oído…”
2 Timoteo 4:4, RVR1960
Tal vez la señal no sea que la verdad haya desaparecido.
Tal vez sea algo mucho más inquietante:
que llegue un momento en que ya no queramos escucharla.
Y por eso, antes de mirar hacia afuera y preguntarnos si nuestra generación está cumpliendo estas palabras, quizá deberíamos formularnos una pregunta mucho más personal:
Cuando la Palabra de Dios contradice lo que yo quiero creer, ¿cambio mi manera de pensar… o intento cambiar la verdad?
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