09. Jesús acepta adoración: ¿por qué no la rechazó?

Por el Dr. Elio M Rivera

  Estamos llegando a uno de los momentos más delicados de nuestra investigación acerca de la identidad de Jesús.

  Hasta ahora hemos escuchado sus palabras. Jesús declaró existir antes que Abraham, habló de una extraordinaria unidad con el Padre, se identificó con el Hijo del Hombre de Daniel, reclamó autoridad para perdonar pecados, afirmó ser el camino, la verdad y la vida, y declaró que quien lo había visto a Él había visto al Padre.

  Después encontramos algo todavía más directo.

  Tomás estuvo frente al Jesús resucitado y exclamó:

“¡Señor mío, y Dios mío!”
Juan 20:28, RVR1960

  Jesús no lo corrigió.

  Pero ahora debemos examinar algo diferente.

  ¿Qué sucedió cuando seres humanos se postraron delante de Jesús y lo adoraron?

  La pregunta resulta especialmente importante porque, dentro de las Escrituras, la adoración pertenece a Dios. Cuando hombres piadosos o ángeles reciben equivocadamente esta clase de homenaje, encontramos ocasiones en las que lo rechazan inmediatamente.

  Sin embargo, en los Evangelios encontramos repetidamente personas postrándose delante de Jesús.

  Y Jesús no las detiene.

  ¿Por qué?

La adoración pertenecía a Dios

  Para comprender la importancia de estos episodios necesitamos regresar nuevamente al mundo religioso de Jesús.

  Israel no era un pueblo al que se le permitiera adorar libremente a diferentes seres divinos.

  Uno de los mandamientos fundamentales decía:

“No tendrás dioses ajenos delante de mí.”
Éxodo 20:3, RVR1960

  Y continuaba:

“No te inclinarás a ellas, ni las honrarás…”
Éxodo 20:5, RVR1960

  Deuteronomio declara:

“A Jehová tu Dios temerás, y a él solo servirás…”
Deuteronomio 6:13, RVR1960

  Pero existe algo todavía más importante para nuestro estudio.

  Jesús mismo confirmó este principio.

  Durante las tentaciones, Satanás le dijo:

“Todo esto te daré, si postrado me adorares.”
Mateo 4:9, RVR1960

  Jesús respondió:

“Vete, Satanás, porque escrito está: Al Señor tu Dios adorarás, y a él sólo servirás.”
Mateo 4:10, RVR1960

  Esta declaración resulta fundamental.

  Jesús sabía perfectamente que la adoración pertenece a Dios.

  No estamos frente a alguien que desconocía las Escrituras o que no comprendía el significado de la adoración.

  Jesús mismo había declarado:

  “Al Señor tu Dios adorarás.”

  Guardemos esas palabras.

  Porque posteriormente veremos personas adorando al propio Jesús.

Pedro se negó a recibir un honor indebido

  Existe una comparación particularmente útil en el libro de Hechos.

  Cuando el centurión Cornelio recibió a Pedro:

“Cornelio salió a recibirle, y postrándose a sus pies, adoró.”
Hechos 10:25, RVR1960

  ¿Cómo reaccionó Pedro?

  Inmediatamente:

“Mas Pedro le levantó, diciendo: Levántate, pues yo mismo también soy hombre.”
Hechos 10:26, RVR1960

  Observe la reacción.

  Pedro no permitió que continuara.

  “Levántate.”

  ¿Y cuál fue su explicación?

  “Yo mismo también soy hombre.”

  Pedro conocía su lugar.

  Era apóstol.

  Había caminado con Jesús.

  Había realizado milagros.

  Pero seguía siendo una criatura.

  Y cuando alguien se postró ante él de manera inapropiada, inmediatamente lo levantó.

Los ángeles también rechazan la adoración

  Encontramos algo todavía más impresionante en Apocalipsis.

  Juan queda tan sobrecogido por lo que está contemplando que cae delante de un ángel:

“Yo me postré a sus pies para adorarle.”
Apocalipsis 19:10, RVR1960

  La reacción del ángel es inmediata:

“Y él me dijo: Mira, no lo hagas…”

  Y después:

“Adora a Dios.”
Apocalipsis 19:10, RVR1960

  La situación vuelve a ocurrir al final del libro.

  Juan dice:

“Me postré para adorar a los pies del ángel que me mostraba estas cosas.”
Apocalipsis 22:8, RVR1960

  Y nuevamente el ángel responde:

“Mira, no lo hagas…”

  Y concluye:

“Adora a Dios.”
Apocalipsis 22:9, RVR1960

  El principio resulta clarísimo.

  Pedro:

  “Levántate.”

  El ángel:

  “No lo hagas.”

  ¿Por qué?

  “Adora a Dios.”

  Ahora estamos preparados para regresar a Jesús.

Los discípulos adoraron a Jesús

  Una de las escenas más impresionantes ocurrió en el mar de Galilea.

  Los discípulos se encontraban en una barca durante una tormenta.

  Jesús se acercó a ellos caminando sobre el agua.

  Pedro incluso salió de la barca e intentó caminar hacia Él. Cuando comenzó a hundirse, Jesús lo rescató.

  Entonces ambos subieron a la embarcación.

  Mateo dice:

“Y cuando ellos subieron en la barca, se calmó el viento.”
Mateo 14:32, RVR1960

  La reacción de los discípulos resulta extraordinaria:

“Entonces los que estaban en la barca vinieron y le adoraron, diciendo: Verdaderamente eres Hijo de Dios.”
Mateo 14:33, RVR1960

  Detengámonos.

  Los discípulos acaban de contemplar a Jesús caminando sobre el mar.

  Lo han visto dominar el viento.

  Entonces:

  “le adoraron”.

  Y dijeron:

  “Verdaderamente eres Hijo de Dios.”

  ¿Y qué hizo Jesús?

  No encontramos:

  “Levántense, yo también soy solamente un hombre.”

  Tampoco:

  “No lo hagan. Adoren solamente a Dios.”

  Jesús recibe aquella acción.

Incluso el escenario tiene un trasfondo sorprendente

  Para nosotros caminar sobre el agua puede ser simplemente un milagro espectacular.

  Pero el Antiguo Testamento utiliza imágenes semejantes al describir el poder de Dios.

  Job declara acerca de Dios:

“Él solo extendió los cielos, y anda sobre las ondas del mar.”
Job 9:8, RVR1960

  El Salmo 77 describe poéticamente:

“En el mar fue tu camino, y tus sendas en las muchas aguas…”
Salmo 77:19, RVR1960

  Ahora Mateo presenta a Jesús caminando sobre las aguas, calmando el viento y recibiendo la respuesta:

  “Verdaderamente eres Hijo de Dios.”

  Y los discípulos:

  “le adoraron”.

Un hombre sanado termina adorando a Jesús

  Juan conserva otro episodio particularmente importante.

  Jesús había sanado a un hombre que había nacido ciego.

  Después de una larga controversia con las autoridades religiosas, aquel hombre fue expulsado.

  Jesús lo encontró y le preguntó:

“¿Crees tú en el Hijo de Dios?”
Juan 9:35, RVR1960

  El hombre respondió:

“¿Quién es, Señor, para que crea en él?”
Juan 9:36, RVR1960

  Jesús contestó:

“Pues le has visto, y el que habla contigo, él es.”
Juan 9:37, RVR1960

  Entonces ocurre algo extraordinario:

“Y él dijo: Creo, Señor; y le adoró.”
Juan 9:38, RVR1960

  La secuencia es muy clara.

  Jesús revela su identidad.

  El hombre responde:

  “Creo, Señor.”

  Y después:

  “le adoró”.

  Nuevamente no aparece ninguna corrección.

  Jesús no le dice:

  “Puedes creer en mí, pero no debes adorarme”.

  La adoración es recibida.

Después de la resurrección ocurre nuevamente

  Quizá las escenas más impresionantes aparecen después de la resurrección.

  Mateo relata que unas mujeres encontraron a Jesús resucitado.

“Y mientras iban a dar las nuevas a los discípulos, he aquí, Jesús les salió al encuentro, diciendo: ¡Salve!”
Mateo 28:9, RVR1960

  ¿Qué hicieron ellas?

“Y ellas, acercándose, abrazaron sus pies, y le adoraron.”
Mateo 28:9, RVR1960

  Observe la descripción física.

  No estamos simplemente ante una emoción interior.

  Las mujeres:

  se acercaron,

  abrazaron sus pies

  y:

  “le adoraron”.

  Jesús no las detuvo.

  Pero todavía falta otra escena.

  Poco después, los discípulos se encuentran con Jesús en Galilea.

  Mateo escribe:

“Y cuando le vieron, le adoraron; pero algunos dudaban.”
Mateo 28:17, RVR1960

  Otra vez:

  “Le adoraron.”

  Y precisamente después de recibir esa adoración, Jesús declara:

“Toda potestad me es dada en el cielo y en la tierra.”
Mateo 28:18, RVR1960

  La combinación resulta extraordinaria.

  Lo ven.

  Lo adoran.

  Y Jesús declara:

  “Toda potestad me es dada en el cielo y en la tierra.”

  No alguna autoridad.

  Toda potestad.

¿Realmente significa “adorar”?

  Aquí necesitamos introducir una precisión para que nuestro argumento sea sólido.

  La palabra griega utilizada en muchos de estos pasajes es proskynéō (προσκυνέω).

  Puede significar postrarse, rendir homenaje o adorar, dependiendo del contexto.

  Por tanto, sería incorrecto afirmar que cada aparición de proskynéō en la literatura griega significa necesariamente adoración divina.

  Una persona podía postrarse ante un rey o una autoridad sin considerarla Dios.

  La pregunta nuevamente es:

  ¿Cuál es el contexto?

  Y en el caso de Jesús encontramos una acumulación extraordinaria de elementos.

  Jesús mismo había dicho:

  “Al Señor tu Dios adorarás.”

  Pedro rechaza que alguien se postre ante él de manera indebida.

  Los ángeles rechazan adoración y dicen:

  “Adora a Dios.”

  Pero Jesús repetidamente recibe proskynéō.

  Además, algunos de estos episodios aparecen acompañados por confesiones acerca de su identidad:

  “Verdaderamente eres Hijo de Dios.”

  “Creo, Señor.”

  Y después de la resurrección, la adoración aparece junto a la declaración:

  “Toda potestad me es dada en el cielo y en la tierra.”

  Por eso no debemos construir el argumento sobre una sola palabra griega.

  Es el conjunto de la evidencia lo que resulta significativo.

Pedro dice “levántate”; Jesús permite que permanezcan postrados

  La comparación resulta difícil de ignorar.

  Cornelio ante Pedro:

  Se postra.

  Pedro lo levanta.

  “Yo mismo también soy hombre.”

  Juan ante el ángel:

  Se postra para adorarlo.

  El ángel lo detiene.

  “No lo hagas… Adora a Dios.”

  Los discípulos ante Jesús:

  Se postran.

  Lo adoran.

  Jesús lo recibe.

  El hombre que había sido ciego:

  “Creo, Señor.”

  Lo adora.

  Jesús lo recibe.

  Las mujeres ante Jesús resucitado:

  Abrazan sus pies.

  Lo adoran.

  Jesús lo recibe.

  Los discípulos en Galilea:

  Lo ven.

  Lo adoran.

  Jesús declara:

  “Toda potestad me es dada en el cielo y en la tierra.”

  La diferencia merece una explicación.

¿Por qué Jesús no la rechazó?

  Llegamos entonces a nuestra pregunta central.

  Si Jesús era solamente un hombre, ¿por qué permitió acciones que otros siervos de Dios rechazaron?

  Recordemos además que Jesús conocía perfectamente el mandamiento:

“Al Señor tu Dios adorarás, y a él sólo servirás.”

  Él mismo lo había citado.

  Por tanto, difícilmente podemos explicar estos episodios suponiendo que Jesús simplemente desconocía que la adoración pertenecía a Dios.

  Las posibilidades comienzan a reducirse.

  O los Evangelios están presentando equivocadamente lo sucedido.

  O las acciones descritas no significaban adoración divina en esos contextos.

  O Jesús estaba aceptando conscientemente una respuesta hacia su persona que, dentro del marco bíblico, adquiere una dimensión extraordinariamente elevada.

  Y cuando colocamos estos episodios junto con todo lo que ya hemos estudiado, la tercera posibilidad merece ser tomada muy seriamente.

Ahora reunamos las piezas

  Recordemos cómo comenzó nuestra investigación.

  Nos preguntamos:

  Si Dios existe, ¿es posible que haya entrado personalmente en la historia?

  Entonces apareció ante nosotros Jesús de Nazaret.

  Y decidimos no comenzar aceptando una doctrina.

  Decidimos simplemente escucharlo y observarlo.

  ¿Qué hemos encontrado?

  Jesús declaró:

  “Antes que Abraham fuese, YO SOY.”

  Después:

  “Yo y el Padre uno somos.”

  Se identificó con el Hijo del Hombre de Daniel que viene con las nubes y recibe dominio eterno.

  Perdonó pecados y, cuando cuestionaron su autoridad, realizó un milagro para demostrar que:

  “El Hijo del Hombre tiene potestad en la tierra para perdonar pecados.”

  Después declaró:

  “Yo soy el camino, y la verdad, y la vida.”

  A Felipe le dijo:

  “El que me ha visto a mí, ha visto al Padre.”

  Tomás estuvo frente a Él y exclamó:

  “¡Señor mío, y Dios mío!”

  Jesús aceptó aquella confesión.

  Y ahora encontramos algo más:

  las personas lo adoraron.

  No una sola vez.

  En diferentes momentos.

  Antes y después de la resurrección.

  Y Jesús no respondió como Pedro:

  “Levántate, yo también soy hombre.”

  Ni como el ángel:

  “Mira, no lo hagas… Adora a Dios.”

  Jesús recibió aquella respuesta.

¿Qué hacemos entonces con Jesús?

  Hace aproximadamente dos mil años apareció en Galilea un hombre.

  Sus contemporáneos podían tocarlo.

  Podían escucharlo.

  Podían verlo comer y dormir.

  Sabían de dónde procedía.

  Y sin embargo, alrededor de aquel hombre comenzaron a ocurrir cosas extraordinarias.

  Habló como ningún maestro ordinario.

  Reclamó autoridad que sus propios adversarios relacionaban con Dios.

  Aceptó que lo llamaran Señor y Dios.

  Y permitió que seres humanos se postraran delante de Él.

  Si Jesús fuera solamente un hombre, todo esto resulta profundamente desconcertante.

  Pero existe otra posibilidad.

  Quizá la pregunta no sea:

  ¿Por qué Jesús permitió que lo adoraran si era solamente un hombre?

  Quizá debamos preguntarnos:

  ¿Y si precisamente la razón por la que no rechazó la adoración es que no era solamente un hombre?

  No necesitamos apresurarnos.

  Todavía debemos examinar más evidencia.

  Pero después de todo lo que hemos visto, una conclusión comienza a resultar difícil de evitar:

  Jesús de Nazaret ciertamente no habló ni actuó como alguien que se considerara simplemente un maestro religioso más.

  La verdadera pregunta continúa frente a nosotros:

  ¿Era realmente quien afirmaba ser?

Referencias

  Biblia Reina-Valera 1960: Éxodo 20:1-6; Deuteronomio 6:13; Job 9:8; Salmo 77:16-20; Mateo 4:8-10; Mateo 14:22-33; Mateo 28:8-10, 16-20; Juan 5:18-23; Juan 9:35-38; Juan 20:24-29; Hechos 10:25-26; Apocalipsis 19:9-10; Apocalipsis 22:8-9.

  France, R. T. The Gospel of Matthew. New International Commentary on the New Testament. Eerdmans, 2007.

  Carson, D. A. The Gospel According to John. The Pillar New Testament Commentary. Eerdmans, 1991.

  Keener, Craig S. The Gospel of John: A Commentary. Baker Academic, 2003.

  Bauckham, Richard. Jesus and the God of Israel: God Crucified and Other Studies on the New Testament’s Christology of Divine Identity. Eerdmans, 2008.

  Hurtado, Larry W. Lord Jesus Christ: Devotion to Jesus in Earliest Christianity. Eerdmans, 2003.

  Liddell, H. G., Scott, R. y Jones, H. S. A Greek-English Lexicon. Entrada προσκυνέω (proskynéō), para el rango semántico de postrarse, rendir homenaje y adorar.

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Autor

Elio Rivera

El Dr. Elio M. Rivera es médico, pastor, escritor y fundador del Museo La Vida y Obra de Jesucristo, de la casa hogar Manantial de Amor y Comunidad Cristiana Mana. Ha viajado extensamente por Israel estudiando los lugares históricos relacionados con la vida de Jesucristo. Además de su labor ministerial y humanitaria, también es hombre de negocios, autor de más de 60 libros.