02. ¿Cómo era la tumba de Jesús según los Evangelios?

¿Cómo era la tumba de Jesús según los Evangelios?

  Antes de visitar cualquier lugar que afirme estar relacionado con la sepultura y resurrección de Jesucristo, debemos hacer algo muy sencillo: leer primero los documentos antiguos y permitir que ellos nos digan qué debemos buscar.

  No debemos comenzar con una tumba y tratar después de acomodar el relato bíblico a ella. El procedimiento debe ser exactamente al contrario.

  Primero estudiemos los Evangelios.

  ¿Qué dicen acerca del lugar donde fue sepultado Jesús? ¿Dónde estaba? ¿Cómo era? ¿Quién era su propietario? ¿Era una tumba antigua o nueva? ¿Estaba excavada en la tierra o en la roca? ¿Cómo se cerraba? ¿Era posible entrar en ella? ¿Qué podían observar las personas desde su entrada?

  Sorprendentemente, los Evangelios proporcionan muchos detalles.

La tumba se encontraba cerca del lugar de la crucifixión

  El primer dato es extraordinariamente importante. Jesucristo no fue sepultado en algún lugar distante de Jerusalén. Juan establece una relación geográfica directa entre el lugar de la crucifixión y el lugar de la sepultura:

«Y en el lugar donde había sido crucificado, había un huerto, y en el huerto un sepulcro nuevo, en el cual aún no había sido puesto ninguno.»
(Juan 19:41)

  Observe cuidadosamente las palabras utilizadas por Juan:

«En el lugar donde había sido crucificado…»

  Por lo tanto, si buscamos históricamente la tumba de Jesucristo, una de las primeras condiciones que debemos establecer es su proximidad al lugar de la crucifixión.

  La cruz y la tumba no estaban separadas por una gran distancia. Según Juan, en el mismo lugar donde Jesús había sido crucificado había un huerto, y dentro de ese huerto se encontraba el sepulcro.

La tumba estaba dentro de un huerto

  Este segundo detalle reduce todavía más nuestra búsqueda.

  No estamos buscando simplemente cualquier sepulcro antiguo de Jerusalén.

  Estamos buscando una tumba situada dentro de un huerto.

  Juan lo dice expresamente:

«…había un huerto, y en el huerto un sepulcro nuevo…»
(Juan 19:41)

  Esto significa que el entorno también forma parte de la evidencia.

  Si pretendemos identificar un lugar como posible escenario de la sepultura de Jesucristo, debemos preguntarnos si existen evidencias de que aquel sitio pudo haber funcionado como un huerto en la antigüedad.

Era una tumba nueva

  Los Evangelios repiten un detalle que difícilmente puede considerarse accidental: el sepulcro era nuevo.

  Juan declara:

«…un sepulcro nuevo, en el cual aún no había sido puesto ninguno.»
(Juan 19:41)

  Lucas confirma el mismo dato:

«Y quitándolo, lo envolvió en una sábana, y lo puso en un sepulcro abierto en una peña, en el cual aún no se había puesto a nadie.»
(Lucas 23:53)

  Esto es sumamente importante.

  No se trataba de una antigua tumba familiar llena de sepulturas utilizadas durante generaciones. Los Evangelios afirman específicamente que nadie había sido colocado anteriormente en ella.

  Por lo tanto, una posible tumba de Jesús debería presentar características compatibles con un sepulcro nuevo o escasamente utilizado en aquel momento.

La tumba pertenecía a José de Arimatea

  Mateo proporciona otro dato que permite comprender por qué Jesús terminó siendo sepultado allí.

«Cuando llegó la noche, vino un hombre rico de Arimatea, llamado José, que también había sido discípulo de Jesús. Este fue a Pilato y pidió el cuerpo de Jesús. Entonces Pilato mandó que se le diese el cuerpo.»
(Mateo 27:57-58)

  El sepulcro no pertenecía a Jesús ni a su familia. Pertenecía a José de Arimatea, un hombre rico que decidió entregar su propia tumba para sepultarlo.

  Mateo continúa:

«Y tomando José el cuerpo, lo envolvió en una sábana limpia, y lo puso en su sepulcro nuevo, que había labrado en la peña…»
(Mateo 27:59-60)

  Aquí aparece una característica fundamental:

La tumba estaba labrada en la roca.

Era un sepulcro excavado en la roca

  Mateo afirma que José había «labrado» el sepulcro en la peña.

  Marcos confirma este detalle:

«José de Arimatea, miembro noble del concilio, que también esperaba el reino de Dios, vino y entró osadamente a Pilato, y pidió el cuerpo de Jesús… y lo puso en un sepulcro que estaba cavado en una peña…»
(Marcos 15:43, 46)

  Lucas vuelve a decir:

«…lo puso en un sepulcro abierto en una peña…»
(Lucas 23:53)

  Tenemos, por lo tanto, tres testimonios que coinciden en una característica física muy concreta:

No era una tumba excavada simplemente en la tierra. Era un sepulcro trabajado directamente en la roca.

La entrada se cerraba con una gran piedra

  Mateo nos proporciona otra característica física:

«…y después de hacer rodar una gran piedra a la entrada del sepulcro, se fue.»
(Mateo 27:60)

  Marcos también afirma:

«…y puso una piedra a la entrada del sepulcro.»
(Marcos 15:46)

  Y cuando las mujeres se dirigieron hacia la tumba el domingo por la mañana, había algo que les preocupaba:

«Pero decían entre sí: ¿Quién nos removerá la piedra de la entrada del sepulcro? Pero cuando miraron, vieron removida la piedra, que era muy grande.»
(Marcos 16:3-4)

  El texto no habla de una pequeña roca que pudiera retirarse fácilmente.

  Marcos enfatiza:

«Era muy grande.»

  Por consiguiente, otra característica que debemos buscar es una tumba cuya entrada pudiera ser cerrada mediante una piedra de considerable tamaño.

Era posible entrar en el sepulcro

  Otro detalle que a veces pasa inadvertido es que la tumba tenía suficiente espacio interior para que varias personas pudieran entrar.

  Marcos relata:

«Y cuando entraron en el sepulcro, vieron a un joven sentado al lado derecho, cubierto de una larga ropa blanca; y se espantaron.»
(Marcos 16:5)

  Observe que las mujeres entraron en el sepulcro.

  No estaban simplemente observando una pequeña cavidad desde el exterior.

  Juan proporciona todavía más información. Cuando Pedro y Juan llegaron al lugar, Juan relata:

«Y bajándose a mirar, vio los lienzos puestos allí, pero no entró. Luego llegó Simón Pedro tras él, y entró en el sepulcro, y vio los lienzos puestos allí.»
(Juan 20:5-6)

  Tenemos aquí dos detalles físicos interesantes.

  Primero, era posible entrar dentro del sepulcro.

  Segundo, para mirar hacia su interior, Juan tuvo que bajarse.

  Esto nos proporciona información acerca de la propia entrada.

Dentro existía un lugar identificable donde había estado el cuerpo

  Los Evangelios también indican que dentro de la tumba podía identificarse claramente el lugar donde había sido colocado el cuerpo de Jesucristo.

  Marcos declara:

«Mas él les dijo: No os asustéis; buscáis a Jesús nazareno, el que fue crucificado; ha resucitado, no está aquí; mirad el lugar en donde le pusieron.»
(Marcos 16:6)

  El ángel podía señalar físicamente «el lugar en donde le pusieron».

  Juan proporciona un detalle todavía más extraordinario:

«Y vieron a dos ángeles con vestiduras blancas, que estaban sentados el uno a la cabecera, y el otro a los pies, donde el cuerpo de Jesús había sido puesto.»
(Juan 20:12)

  Por lo tanto, dentro del sepulcro existía un espacio suficientemente definido para distinguir la cabecera y los pies del lugar donde había reposado el cuerpo.

¿Qué estamos buscando entonces?

  Si reunimos exclusivamente la información proporcionada por los Evangelios, obtenemos una descripción bastante específica.

  La tumba de Jesucristo:

  • Se encontraba muy cerca del lugar de la crucifixión.
  • Estaba situada dentro de un huerto.
  • Pertenecía a José de Arimatea.
  • Era un sepulcro nuevo.
  • Nadie había sido sepultado anteriormente en él.
  • Había sido excavado directamente en la roca.
  • Su entrada se cerraba mediante una gran piedra.
  • La piedra era lo suficientemente grande como para preocupar a varias mujeres acerca de quién podría removerla.
  • Las personas podían entrar físicamente en el sepulcro.
  • Para mirar desde el exterior hacia dentro era necesario bajarse.
  • En su interior podía identificarse el lugar donde había sido colocado el cuerpo.
  • Existía suficiente espacio junto a ese lugar para que alguien pudiera estar sentado a la cabecera y a los pies.

  Estas no son características que nosotros hayamos inventado.

  Están escritas en los Evangelios.

  Y fueron escritas muchos siglos antes de que nosotros llegáramos al lugar.

Ahora podemos hacer la comparación

  En el artículo anterior vimos cómo los documentos antiguos pueden utilizarse para orientar una investigación histórica y arqueológica. Ahora hemos hecho exactamente eso con los Evangelios.

  Ya tenemos nuestra descripción.

  Ya sabemos qué debemos buscar.

  Por lo tanto, no necesitamos modificar las características de una tumba para hacerlas coincidir con la Biblia. El procedimiento correcto es exactamente el contrario:

Tomemos las características que los Evangelios establecieron desde el principio y comparemos con ellas el lugar que tenemos delante.

  Existe en Jerusalén una tumba excavada en la roca, situada en un lugar conocido actualmente como la Tumba del Huerto.

  La pregunta que debemos hacernos ahora es inevitable:

¿Coincide la Tumba del Huerto con la descripción que acabamos de obtener de los Evangelios?

  Eso es precisamente lo que examinaremos en el siguiente artículo.

  Y esta vez no solamente tendremos palabras.

  Iremos al lugar, observaremos las evidencias y veremos las fotografías.

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Autor

Elio Rivera

El Dr. Elio M. Rivera es médico, pastor, escritor y fundador del Museo La Vida y Obra de Jesucristo, de la casa hogar Manantial de Amor y Comunidad Cristiana Mana. Ha viajado extensamente por Israel estudiando los lugares históricos relacionados con la vida de Jesucristo. Además de su labor ministerial y humanitaria, también es hombre de negocios, autor de más de 60 libros.