13. ¿Por qué incluso los ateos apelan constantemente a la moral?

Por el Dr. Elio M. Rivera

  Uno de los hechos más interesantes del debate sobre la existencia de Dios es que las personas que niegan su existencia también hablan continuamente de moral.

  Con frecuencia escuchamos expresiones como:

  ”Eso es injusto.”

  ”Todos los seres humanos tienen derechos.”

  ”La discriminación está mal.”

  ”Debemos proteger a los más débiles.”

  ”La corrupción es inmoral.”

  ”La tortura nunca debería permitirse.”

  Estas afirmaciones no son exclusivas de quienes creen en Dios. También las encontramos en personas que se consideran ateas, agnósticas o no religiosas.

  Esto nos lleva a una pregunta muy interesante.

  ¿Por qué ocurre esto?

  Antes de responder, conviene aclarar algo muy importante.

  La Biblia nunca enseña que un ateo sea incapaz de actuar con bondad, honestidad o compasión. La experiencia demuestra lo contrario. Existen personas no creyentes que aman profundamente a su familia, ayudan a los necesitados, defienden la justicia y realizan grandes sacrificios por los demás.

  Los cristianos no sostienen que la moral sea exclusiva de quienes creen en Dios.

  Lo que la Biblia afirma es algo diferente.

  Todo ser humano fue creado a imagen de Dios y posee una conciencia que da testimonio de la ley moral escrita en su corazón. Esa realidad alcanza tanto al creyente como al no creyente.

  Por eso, aun quienes niegan la existencia del Creador continúan distinguiendo entre el bien y el mal.

  El apóstol Pablo escribió:

“Porque cuando los gentiles que no tienen ley, hacen por naturaleza lo que es de la ley… mostrando la obra de la ley escrita en sus corazones, dando testimonio su conciencia…”
(Romanos 2:14-15).

  Observe que Pablo no limita esta afirmación a quienes creen en Dios. Habla de la humanidad en general. La conciencia continúa dando testimonio de la ley moral, aun cuando una persona no reconozca el origen de esa ley.

  Aquí aparece una cuestión profundamente filosófica.

  Cuando alguien afirma que la tortura de un niño es objetivamente mala, que la esclavitud fue una injusticia o que todo ser humano posee una dignidad que debe ser respetada, está haciendo algo más que expresar una preferencia personal.

  Está afirmando que esas cosas son verdaderamente correctas o incorrectas.

  No está diciendo simplemente: “A mí no me gustan.”

  Está diciendo: “Eso está mal.”

  Esa diferencia es muy importante.

  Si la moral fuera únicamente una cuestión de gustos personales o de costumbres sociales, nadie tendría derecho a condenar objetivamente las acciones de otra cultura o de otra época. Solo podría decir que piensa diferente.

  Sin embargo, prácticamente nadie razona de esa manera.

  Cuando contemplamos un genocidio, la trata de personas, el abuso infantil o la tortura, no afirmamos simplemente que esas prácticas nos desagradan. Decimos que son injustas y que nunca debieron ocurrir.

  Ese lenguaje presupone que existe una diferencia objetiva entre el bien y el mal.

  La Biblia ofrece una explicación coherente para esta experiencia universal.

  Dios creó al ser humano con una conciencia capaz de reconocer, aunque sea imperfectamente, la ley moral escrita en su corazón. Por ello, creyentes y no creyentes pueden coincidir en muchas convicciones morales fundamentales.

  Esto no significa que todos estén de acuerdo en cada decisión ética. Existen profundas diferencias acerca de numerosos temas. Sin embargo, el hecho de que casi todos utilicemos continuamente palabras como justicia, derechos, deber, responsabilidad, dignidad y culpa demuestra que vivimos como si existiera una moral objetiva.

  Y precisamente ahí surge la gran pregunta.

  ¿Cuál es el fundamento último de esa moral objetiva?

  La Biblia responde que ese fundamento no se encuentra en las mayorías, en los gobiernos ni en las preferencias personales.

  Se encuentra en Dios.

  Él es el Legislador cuya naturaleza santa, justa y buena constituye el fundamento de toda obligación moral.

  Por esa razón, la existencia de personas moralmente sensibles que no creen en Dios no contradice la enseñanza bíblica. Más bien, confirma lo que las Escrituras han afirmado desde hace siglos: la ley moral fue escrita en el corazón humano.

  Muchas personas reconocen la existencia de esa ley antes de reconocer al Autor que la escribió.

  Es parecido a contemplar una pintura extraordinaria sin conocer todavía el nombre del artista. La belleza de la obra continúa señalando hacia quien la realizó, aunque el observador todavía ignore su identidad.

  De la misma manera, cada vez que una persona —creyente o no creyente— defiende la justicia, condena la crueldad, protege al inocente o afirma la dignidad de todo ser humano, está apelando a una realidad moral que trasciende las opiniones individuales.

  La Biblia identifica el origen de esa realidad.

  El Dios que creó el universo también escribió su ley en el corazón del hombre. Por eso la conciencia continúa hablando a toda la humanidad. Algunos reconocen inmediatamente la voz del Legislador. Otros escuchan la ley antes de descubrir a quien la promulgó. Pero, en ambos casos, la conciencia sigue señalando silenciosamente hacia el mismo Dios justo, santo y verdadero.

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Autor

Elio Rivera

El Dr. Elio M. Rivera es médico, pastor, escritor y fundador del Museo La Vida y Obra de Jesucristo, de la casa hogar Manantial de Amor y Comunidad Cristiana Mana. Ha viajado extensamente por Israel estudiando los lugares históricos relacionados con la vida de Jesucristo. Además de su labor ministerial y humanitaria, también es hombre de negocios, autor de más de 60 libros.