14. La conciencia apunta hacia el Gran Legislador

Por el Dr. Elio M. Rivera

  A lo largo de esta sección hemos recorrido un camino fascinante. Comenzamos observando una realidad que todos experimentamos: la existencia de la conciencia. Después descubrimos que todos hablamos de justicia, que distinguimos entre el bien y el mal, que experimentamos culpa cuando actuamos incorrectamente y que, desde los primeros años de la vida, los niños comienzan a manifestar un sorprendente sentido de lo justo y de lo injusto.

  También vimos que la conciencia puede fortalecerse o endurecerse, que las culturas presentan diferencias importantes, pero conservan principios morales fundamentales, y que la conciencia, aunque señala nuestro pecado, no tiene poder para perdonarlo. Esa obra pertenece únicamente a Jesucristo.

  Ahora podemos formular la gran pregunta que resume toda esta serie:

¿Qué nos dice realmente la existencia de la conciencia?

  La respuesta de la Biblia es clara.

  La conciencia constituye uno de los testimonios más profundos de la existencia de Dios.

  Pensemos por un momento en algo muy sencillo.

  Cuando encontramos una ley, inmediatamente suponemos que alguien la estableció. Ninguna ley aparece por sí sola. Toda constitución presupone un legislador. Todo reglamento supone una autoridad que lo promulgó. Todo código de justicia implica la existencia de alguien con autoridad para definir lo correcto y lo incorrecto.

  Lo mismo ocurre con la ley moral.

  Cada vez que hablamos de deber, responsabilidad, justicia, culpa o inocencia, estamos reconociendo la existencia de una norma moral. Y toda norma moral plantea inevitablemente una pregunta:

¿Quién la estableció?

  Si el universo fuera únicamente materia, energía y procesos naturales sin propósito, no existiría ninguna obligación moral objetiva. Las estrellas seguirían su curso, los planetas continuarían girando y las leyes de la física permanecerían inalterables, pero conceptos como justicia, deber, dignidad, culpa o responsabilidad carecerían de fundamento.

  Sin embargo, el ser humano vive como si esas realidades fueran verdaderas.

  Condenamos el asesinato aunque ocurra lejos de nosotros.

  Defendemos al inocente aunque no lo conozcamos.

  Admiramos el sacrificio y la generosidad.

  Rechazamos la crueldad y la traición.

  Nos sentimos culpables cuando hacemos el mal.

  Esperamos justicia cuando somos víctimas de una injusticia.

  Todo esto revela que existe una ley moral que trasciende nuestros gustos personales y las opiniones cambiantes de las sociedades.

  La Biblia afirma que esa ley tiene un origen.

  No nació en los parlamentos.

  No fue creada por los filósofos.

  No surgió por consenso entre las naciones.

  Procede del carácter mismo de Dios.

  Él es santo, justo, bueno y verdadero. Por esa razón, la moral no depende de las preferencias humanas. Refleja la naturaleza del Creador.

  El profeta Isaías declaró:

“Porque Jehová es nuestro juez, Jehová es nuestro legislador, Jehová es nuestro Rey; él mismo nos salvará.”
(Isaías 33:22).

  Este versículo reúne de manera extraordinaria todo lo que hemos estudiado.

  Dios es el Juez, porque conoce perfectamente el bien y el mal.

  Es el Legislador, porque la ley moral tiene su origen en Él.

  Y también es el Salvador, porque el mismo Dios que establece la justicia ofrece misericordia al pecador por medio de Jesucristo.

  Aquí encontramos una diferencia fundamental entre la cosmovisión bíblica y cualquier explicación puramente materialista del ser humano.

  El materialismo puede describir procesos químicos y biológicos. Puede estudiar el funcionamiento del cerebro, las emociones y la conducta humana. Pero no puede explicar satisfactoriamente por qué existe una obligación moral objetiva ni por qué todos distinguimos entre aquello que es y aquello que debe ser.

  La Biblia sí ofrece una respuesta coherente.

  Existe una ley moral porque existe un Legislador moral.

  Existe justicia porque existe un Dios justo.

  Existe culpa porque hemos quebrantado su ley.

  Y existe esperanza porque ese mismo Dios, en su inmenso amor, proveyó un Salvador.

  La conciencia, entonces, no es un accidente de la evolución ni una simple construcción cultural. Es una de las huellas más profundas que Dios dejó en el corazón humano. Es una voz silenciosa que nos recuerda diariamente que fuimos creados para vivir conforme a la verdad, la justicia y el amor de nuestro Creador.

  Tal vez podamos ignorarla durante algún tiempo. Podemos intentar justificar nuestras acciones o procurar silenciarla. Pero allí continúa, llamándonos una y otra vez, recordándonos que somos responsables delante de Aquel que conoce perfectamente nuestro corazón.

  Por eso, la conciencia constituye mucho más que un fenómeno psicológico. Es un testigo permanente de la existencia de Dios.

  Al contemplar el universo descubrimos el poder del Creador.

  Al estudiar el extraordinario diseño de la naturaleza admiramos su sabiduría.

  Y al escuchar la voz de nuestra conciencia encontramos una evidencia aún más cercana: el Dios que hizo las galaxias también escribió su ley en el corazón del ser humano.

  La conciencia no pronuncia su nombre, pero señala hacia Él.

  No puede ofrecer perdón, pero nos muestra que lo necesitamos.

  No puede salvarnos, pero nos conduce hacia Aquel que sí puede hacerlo.

  Por eso, cada vez que la conciencia distingue entre el bien y el mal, cada vez que nos impulsa a hacer justicia, cada vez que nos acusa cuando pecamos y cada vez que anhela lo correcto, está dando un testimonio silencioso, constante y universal de la existencia del Gran Legislador.

  Ese Legislador no es una fuerza impersonal ni una idea filosófica. Es el Dios vivo y verdadero, revelado en las Sagradas Escrituras, el Creador del universo, el Juez justo de toda la humanidad y, por medio de Jesucristo, el único Salvador que puede perdonar nuestros pecados, limpiar nuestra conciencia y reconciliarnos con Él para siempre.

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Autor

Elio Rivera

El Dr. Elio M. Rivera es médico, pastor, escritor y fundador del Museo La Vida y Obra de Jesucristo, de la casa hogar Manantial de Amor y Comunidad Cristiana Mana. Ha viajado extensamente por Israel estudiando los lugares históricos relacionados con la vida de Jesucristo. Además de su labor ministerial y humanitaria, también es hombre de negocios, autor de más de 60 libros.