5. ¿De dónde vienen el bien y el mal?

Por el Dr. Elio M. Rivera

  Desde que el ser humano tiene memoria, ha hablado del bien y del mal. Estas dos palabras aparecen en las conversaciones cotidianas, en los tribunales de justicia, en las leyes de las naciones, en la literatura, en la filosofía y, por supuesto, en la Biblia.

  Decimos que es bueno ayudar al necesitado, proteger a los débiles, cumplir la palabra dada y actuar con honestidad. Del mismo modo, afirmamos que es malo asesinar, torturar, abusar de un niño, traicionar la confianza de un amigo o destruir deliberadamente la vida de un inocente.

  Pero pocas veces nos detenemos a formular una pregunta fundamental:

El bien y el mal, una realidad en nuestras vidas

¿De dónde provienen el bien y el mal?

  Muchos responden que son simplemente el resultado de la educación, de la cultura o de los acuerdos sociales. Sin embargo, esta explicación presenta una dificultad importante.

  Si el bien y el mal dependieran únicamente de la opinión de cada persona o de las costumbres de una sociedad, entonces no existiría una moral objetiva. Lo que hoy una mayoría considera bueno, mañana podría considerarlo malo, y viceversa. En ese caso, ningún comportamiento sería realmente correcto o incorrecto; solo existirían preferencias cambiantes.

  Pero nuestra experiencia diaria contradice esa idea.

  Cuando escuchamos acerca de un genocidio, de la explotación de menores o de la tortura de personas indefensas, no pensamos simplemente: “Esa era la opinión de aquella sociedad”. Decimos que estuvo mal. Y afirmamos que estuvo mal aunque quienes lo cometieron lo aprobaran y aunque millones de personas lo aceptaran.

  Esto revela que todos creemos, consciente o inconscientemente, que existe un estándar moral superior a las opiniones humanas.

  La Biblia enseña precisamente eso. El bien y el mal no nacen de la voluntad del hombre, sino del carácter de Dios. Él es perfectamente santo, justo, verdadero y bueno. Por ello, aquello que es bueno está en armonía con su naturaleza, mientras que el mal representa todo aquello que se opone a su carácter.

  Cuando la sociedad intenta redefinir el bien y el mal según sus propios intereses, inevitablemente termina confundiendo ambos conceptos. El profeta Isaías advirtió este peligro hace más de dos mil setecientos años:

“¡Ay de los que a lo malo dicen bueno, y a lo bueno malo; que hacen de la luz tinieblas, y de las tinieblas luz; que ponen lo amargo por dulce, y lo dulce por amargo!”
(Isaías 5:20).

  Estas palabras parecen describir muchas situaciones de nuestra propia época. Con frecuencia vemos cómo acciones que antes eran reconocidas como destructivas ahora son presentadas como virtuosas, mientras que principios morales que durante siglos fueron considerados buenos son ridiculizados o rechazados.

  Sin un fundamento moral absoluto, cada generación termina definiendo el bien según sus propios deseos.

  Sin embargo, Dios no dejó al ser humano sin dirección. Desde el principio le mostró que sus decisiones tienen consecuencias reales y lo llamó a escoger el camino correcto.

“A los cielos y a la tierra llamo por testigos hoy contra vosotros, que os he puesto delante la vida y la muerte, la bendición y la maldición; escoge, pues, la vida, para que vivas tú y tu descendencia.”
(Deuteronomio 30:19).

  Observe que Dios no presenta el bien y el mal como simples preferencias personales. Son caminos distintos que conducen a resultados distintos. El hombre posee libertad para decidir, pero no libertad para cambiar la naturaleza moral de sus actos.

  Esta misma enseñanza aparece repetidamente en el Nuevo Testamento. El apóstol Pablo escribió:

“Aborreced lo malo, seguid lo bueno.”
(Romanos 12:9).

  Estas palabras solo tienen sentido si el bien y el mal existen objetivamente. Nadie puede ordenar que se rechace lo malo si cada individuo tiene derecho a inventar su propia moral. Pablo presupone que existe una diferencia real entre ambos porque esa diferencia tiene su origen en Dios.

  Esto también explica el funcionamiento de nuestra conciencia. Cuando hacemos el bien experimentamos paz interior; cuando actuamos contra aquello que sabemos correcto, sentimos culpa o remordimiento. La conciencia no crea el bien y el mal; simplemente reconoce la ley moral que Dios escribió en el corazón humano.

  Por supuesto, la conciencia puede debilitarse o deformarse por el pecado, la costumbre o la influencia del ambiente. Sin embargo, aun en esos casos continúa existiendo un sentido profundo de responsabilidad moral que lleva al ser humano a justificar sus acciones, a ocultarlas o a intentar silenciar esa voz interior.

  Si Dios no existiera, el universo sería moralmente indiferente. Las estrellas seguirían brillando, los planetas continuarían su movimiento y las leyes de la física permanecerían inalterables, sin importar si un hombre salva la vida de un niño o asesina a un inocente. La naturaleza no emitiría ningún juicio moral.

  Pero el corazón humano sí lo hace.

  Todos sabemos que existen acciones que deben realizarse y otras que nunca deberían cometerse. Esa convicción no puede pesarse, medirse ni explicarse únicamente mediante procesos físicos. Apunta hacia una realidad mucho más profunda: existe una Ley moral porque existe un Legislador moral.

  La Biblia identifica claramente a ese Legislador. El Dios que creó el universo es también el Dios que define el bien y el mal. Él no inventa arbitrariamente la moral; la moral refleja su propio carácter santo, justo y perfecto.

  Cada vez que distinguimos entre lo correcto y lo incorrecto, cada vez que condenamos la injusticia y admiramos la bondad, estamos reconociendo, aunque muchas veces no lo advirtamos, una verdad que trasciende al ser humano. Estamos respondiendo al testimonio de la ley moral que Dios ha dejado escrita en nuestro corazón.

  Por ello, la existencia del bien y del mal constituye una de las evidencias más profundas de la existencia de Dios. No solo vivimos en un universo ordenado; vivimos en un universo moral, gobernado por un Creador cuya justicia permanece para siempre.

Escuche música con propósito:

Descubre el museo la vida y obra de Jesucristo:

WhatsApp
Facebook
X
LinkedIn
Email

Autor

Elio Rivera

El Dr. Elio M. Rivera es médico, pastor, escritor y fundador del Museo La Vida y Obra de Jesucristo, de la casa hogar Manantial de Amor y Comunidad Cristiana Mana. Ha viajado extensamente por Israel estudiando los lugares históricos relacionados con la vida de Jesucristo. Además de su labor ministerial y humanitaria, también es hombre de negocios, autor de más de 60 libros.