Por el Dr. Elio M. Rivera
Hasta ahora hemos considerado dos de las grandes evidencias que la Biblia presenta acerca de la existencia de Dios. La primera es la creación misma: el hecho de que el universo existe y tuvo un comienzo. La segunda es el extraordinario orden y diseño que observamos en todas las cosas, desde las inmensas galaxias hasta la complejidad de una sola célula.
Sin embargo, existe una tercera evidencia que no se encuentra sobre nuestras cabezas ni puede observarse con un telescopio o un microscopio. Es una evidencia que cada ser humano lleva consigo desde el momento mismo en que comienza a comprender el mundo que lo rodea. Se encuentra en lo más profundo de nuestra naturaleza y nos acompaña todos los días de nuestra vida. La Biblia la llama, sencillamente, la conciencia.
Antes de continuar, conviene comprender qué significa esta palabra. En español, conciencia proviene del latín conscientia, que significa literalmente “con conocimiento” o “conocer juntamente”. La idea es la de un conocimiento interior que una persona posee acerca de sí misma y de sus propias acciones.
El Nuevo Testamento emplea la palabra griega συνείδησις (syneídēsis), formada por σύν (syn), que significa “juntamente con”, y οἶδα (oída), que significa “saber” o “conocer”. Literalmente puede entenderse como “conocer juntamente con uno mismo”. Describe esa capacidad interior mediante la cual el ser humano evalúa sus propios pensamientos, palabras y acciones, aprobándolos cuando están de acuerdo con el bien o acusándolos cuando se apartan de él.

La Biblia y la conciencia
La Biblia presenta la conciencia como un testigo interior. No crea la ley moral ni decide arbitrariamente qué es bueno y qué es malo. Su función consiste en reconocer esa diferencia y dar testimonio de ella. Es como un juez que aplica una ley, pero no como el legislador que la establece. Esta distinción será muy importante a lo largo de todo nuestro estudio.
Para comprender mejor este tema, conviene distinguir algunos conceptos relacionados. La conciencia es la capacidad de reconocer el bien y el mal; la culpa es el reconocimiento de haber actuado en contra de aquello que sabemos correcto; el remordimiento es el dolor interior que produce esa culpa; el discernimiento moral es la capacidad de distinguir entre lo correcto y lo incorrecto; y la integridad consiste en vivir de acuerdo con aquello que la conciencia reconoce como verdadero y justo.
Pensemos por un momento en algo que todos experimentamos. ¿Por qué, al presenciar un acto de injusticia, sentimos que algo está mal? ¿Por qué nos indignan el abuso contra un niño, la tortura de un inocente, la corrupción, la traición o el asesinato? ¿Por qué, aun cuando existan diferencias culturales, religiosas o políticas, hay acciones que casi toda la humanidad reconoce como moralmente reprobables?
Más aún, ¿por qué esperamos que los demás actúen con honestidad, justicia y compasión? ¿Por qué admiramos el sacrificio, la generosidad y el amor, mientras condenamos la crueldad, el engaño y la violencia? Estas preguntas han acompañado al ser humano desde hace miles de años y continúan siendo objeto de reflexión en la filosofía, el derecho, la psicología y la ética.
La Biblia ofrece una explicación sorprendentemente sencilla y profunda. Afirma que Dios no solo dejó evidencias de su existencia en el universo visible, sino también dentro del propio ser humano. Según las Escrituras, el Creador escribió una ley moral en el corazón del hombre, de tal manera que su conciencia da testimonio continuo de la diferencia entre el bien y el mal.
El apóstol Pablo lo expresó de esta manera:
“Porque cuando los gentiles que no tienen ley, hacen por naturaleza lo que es de la ley, éstos, aunque no tengan ley, son ley para sí mismos, mostrando la obra de la ley escrita en sus corazones, dando testimonio su conciencia, y acusándoles o defendiéndoles sus razonamientos.”
(Romanos 2:14-15).
Estas palabras constituyen una de las afirmaciones más extraordinarias de toda la Biblia. Pablo está hablando de personas que nunca habían leído las Escrituras, que no pertenecían al pueblo de Israel y que desconocían la Ley de Moisés. Sin embargo, afirma que aun ellas poseen un conocimiento básico de lo correcto y lo incorrecto, porque Dios dejó un testimonio moral dentro de cada ser humano.
Esto no significa que todas las personas tengan el mismo grado de sensibilidad moral ni que la conciencia sea infalible. La propia Biblia enseña que la conciencia puede ser educada, ignorada, endurecida e incluso cauterizada. Pero, a pesar de ello, sigue siendo una de las características más universales de la experiencia humana.
En esta sección no estudiaremos la conciencia únicamente desde una perspectiva filosófica o psicológica. Nuestro propósito será descubrir cómo la Biblia la presenta como una evidencia de la existencia de Dios. Examinaremos por qué todos hablamos de justicia, por qué ciertos actos provocan indignación moral en prácticamente todas las culturas, de dónde provienen los conceptos de bien y de mal y qué nos enseña la conciencia acerca de nuestro Creador.
A medida que avancemos, descubriremos que la conciencia no solo influye en nuestras decisiones diarias. También plantea una de las preguntas más profundas que puede enfrentar el ser humano:
Si todos reconocemos, al menos en alguna medida, que existe el bien y el mal, ¿quién estableció esa diferencia y por qué todos llevamos esa ley escrita dentro de nosotros?
La Biblia responde que esa voz interior no es un accidente de la naturaleza ni una simple construcción cultural. Es una de las huellas más profundas que Dios dejó en el corazón del hombre para dar testimonio silencioso de su existencia. Y, como veremos en los capítulos siguientes, esa voz interior no solo señala la diferencia entre el bien y el mal; también apunta hacia la existencia de un Legislador justo, santo y perfecto: el Dios revelado en las Sagradas Escrituras.
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