02. La atmósfera: El escudo invisible que hace posible la vida

Por el Dr. Elio M. Rivera

  Cuando levantamos la vista hacia el cielo, solemos contemplar las nubes, el azul del firmamento o el resplandor del Sol. Sin embargo, rara vez pensamos en una de las mayores bendiciones que Dios ha concedido a nuestro planeta: la atmósfera. Aunque es invisible para nuestros ojos, constituye uno de los elementos más indispensables para la existencia de la vida.

  La atmósfera es una envoltura de gases que rodea la Tierra y la protege continuamente. Gracias a ella podemos respirar, mantener una temperatura adecuada, recibir la cantidad necesaria de luz solar y estar protegidos de gran parte de la peligrosa radiación procedente del espacio. Si desapareciera, la vida terrestre sería imposible.

Sin la atmósfera, la vida no seria posible.

  La Biblia no utiliza la palabra atmósfera, pues pertenece al lenguaje científico moderno. Sin embargo, desde el relato de la creación presenta a Dios preparando cuidadosamente un mundo apto para ser habitado por los seres vivos.

“Y dijo Dios: Haya expansión en medio de las aguas, y separe las aguas de las aguas.”
(Génesis 1:6)

  Más adelante añade:

“Llamó Dios a la expansión Cielos.”
(Génesis 1:8)

  Aunque este pasaje no pretende ofrecer una explicación científica de la atmósfera, sí nos muestra que Dios estableció el espacio donde posteriormente volarían las aves, se formarían las nubes y ocurrirían los fenómenos meteorológicos que sostienen la vida sobre la Tierra.

  La ciencia moderna ha permitido comprender la enorme importancia de esta envoltura gaseosa. La atmósfera contiene el oxígeno indispensable para la respiración de la mayoría de los seres vivos y el dióxido de carbono necesario para la fotosíntesis de las plantas. Además, regula la temperatura del planeta, distribuye el calor mediante los vientos y participa continuamente en el ciclo del agua.

  Pero sus funciones van mucho más allá. La atmósfera actúa como un verdadero escudo protector. Cada día miles de pequeños meteoritos ingresan a nuestro planeta. La inmensa mayoría se desintegra al atravesar las capas superiores de la atmósfera antes de alcanzar la superficie terrestre. De igual manera, la capa de ozono absorbe gran parte de la radiación ultravioleta del Sol que, de llegar directamente a la Tierra en grandes cantidades, produciría graves daños a los seres vivos.

  También contribuye a mantener una temperatura adecuada para la vida. Sin la atmósfera, durante el día el calor sería extremo y durante la noche el frío sería intenso, como ocurre en muchos cuerpos celestes que carecen de una envoltura atmosférica semejante.

  Resulta extraordinario pensar que respiramos aproximadamente veinte mil veces cada día sin detenernos a reflexionar sobre el delicado equilibrio que hace posible cada inspiración. Cada bocanada de aire constituye un regalo silencioso del Creador.

  El profeta Isaías escribió:

“Porque así dijo Jehová, que creó los cielos; él es Dios, el que formó la tierra, el que la hizo y la compuso; no la creó en vano, para que fuese habitada la creó.”
(Isaías 45:18)

  Observe cuidadosamente estas palabras. Dios no creó la Tierra al azar. La preparó “para que fuese habitada”. Esta declaración armoniza admirablemente con todo lo que hoy conocemos acerca de las condiciones necesarias para la vida. Nuestro planeta posee una combinación extraordinaria de características que permiten la existencia de organismos vivos, y la atmósfera constituye una de las más importantes.

  El rey David también contempló la grandeza de la creación y escribió:

“Los cielos cuentan la gloria de Dios, y el firmamento anuncia la obra de sus manos.”
(Salmo 19:1)

  El término firmamento dirige nuestra atención hacia ese inmenso espacio que rodea nuestro planeta. Cada amanecer, cada nube impulsada por el viento, cada lluvia que riega los campos y cada arcoíris nos recuerdan que vivimos bajo un cielo cuidadosamente preparado por Dios.

  El Salmo ciento cuatro también celebra el cuidado constante del Creador sobre su obra.

“Él hace a los vientos sus mensajeros, y a las flamas de fuego sus ministros.”
(Salmo 104:4)

  Los vientos, las lluvias y los fenómenos atmosféricos forman parte del funcionamiento normal del planeta. A través de ellos se distribuye el calor, se transporta la humedad y se mantiene el ciclo del agua que sostiene la vida vegetal, animal y humana.

  Es importante recordar que la ciencia explica admirablemente la composición y el funcionamiento de la atmósfera. Estudia sus capas, analiza la circulación de los vientos, investiga el clima y comprende cada vez mejor los procesos físicos que ocurren en ella.

  La Biblia responde una pregunta diferente: ¿por qué existe un planeta tan extraordinariamente preparado para albergar la vida? Las Escrituras atribuyen esa preparación a la sabiduría del Creador.

“¡Cuán innumerables son tus obras, oh Jehová! Hiciste todas ellas con sabiduría…”
(Salmo 104:24)

  Cada respiración que realizamos, cada lluvia que fertiliza los campos y cada nube que cruza el cielo constituyen un recordatorio de esa sabiduría. Vivimos rodeados por un escudo invisible que trabaja continuamente para protegernos y sostener la vida.

  Con frecuencia damos por sentado el aire que respiramos. Solo cuando nos falta comprendemos cuán indispensable es. Sin embargo, desde la perspectiva bíblica, la atmósfera no constituye simplemente una condición física del planeta. Forma parte del extraordinario cuidado con el que Dios preparó la Tierra para ser habitada.

  Así, cada vez que respiramos profundamente, contemplamos un cielo despejado o sentimos el viento sobre nuestro rostro, estamos experimentando una de las manifestaciones más silenciosas y constantes de la provisión divina. La atmósfera continúa recordándonos que el Dios que creó el universo también preparó cuidadosamente un hogar donde la vida pudiera florecer y donde su sabiduría pudiera contemplarse todos los días.

Referencias:

  • National Oceanic and Atmospheric Administration
  • NASA
  • Atmosphere, Ocean and Climate Dynamics

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Autor

Elio Rivera

El Dr. Elio M. Rivera es médico, pastor, escritor y fundador del Museo La Vida y Obra de Jesucristo, de la casa hogar Manantial de Amor y Comunidad Cristiana Mana. Ha viajado extensamente por Israel estudiando los lugares históricos relacionados con la vida de Jesucristo. Además de su labor ministerial y humanitaria, también es hombre de negocios, autor de más de 60 libros.