Por el Dr. Elio M. Rivera
Si existiera una sustancia absolutamente indispensable para la vida sobre la Tierra, esa sería, sin duda, el agua. Ningún ser vivo puede sobrevivir mucho tiempo sin ella. Se encuentra en nuestros océanos, ríos, lagos, nubes y glaciares. Circula continuamente por la atmósfera y forma una parte importante de todos los organismos vivos. Nuestro propio cuerpo está compuesto, en gran medida, por agua.
Resulta tan común que con frecuencia dejamos de apreciar su extraordinaria importancia. Abrimos una llave y el agua fluye. Caminamos junto a un río y apenas le prestamos atención. Sin embargo, cuanto más estudia la ciencia esta sencilla molécula formada por dos átomos de hidrógeno y uno de oxígeno, más evidente resulta que posee propiedades únicas que hacen posible la vida.

El agua, una maravilla que mantiene la vida en la tierra
La Biblia no analiza la composición química del agua ni explica sus propiedades físicas. Pero desde las primeras páginas de las Escrituras el agua ocupa un lugar central en la obra creadora de Dios.
“Y la tierra estaba desordenada y vacía, y las tinieblas estaban sobre la faz del abismo, y el Espíritu de Dios se movía sobre la faz de las aguas.”
(Génesis 1:2)
Desde el comienzo del relato de la creación, el agua aparece como parte fundamental del mundo que Dios estaba preparando para ser habitado. Poco después, el Señor organiza las aguas, separa los mares de la tierra seca y prepara el escenario para la aparición de la vida.
“Y dijo Dios: Júntense las aguas que están debajo de los cielos en un lugar, y descúbrase lo seco. Y fue así.”
(Génesis 1:9)
Esta sencilla descripción encierra una profunda verdad: Dios no creó un planeta caótico, sino un mundo cuidadosamente preparado para sostener la vida.
La ciencia moderna ha descubierto que el agua posee características extraordinarias. Puede encontrarse naturalmente en estado sólido, líquido y gaseoso dentro de las condiciones normales de nuestro planeta. Disuelve una enorme variedad de sustancias indispensables para los procesos biológicos. Participa en el transporte de nutrientes, regula la temperatura del cuerpo, interviene en innumerables reacciones químicas y hace posible el funcionamiento de prácticamente todas las células vivas.
Una de sus propiedades más sorprendentes es que el hielo flota sobre el agua líquida. Aunque parezca un detalle sin importancia, esta característica protege lagos y ríos durante el invierno, permitiendo que la vida continúe debajo de la superficie congelada. Si ocurriera lo contrario, muchos ecosistemas desaparecerían.
El agua también posee una extraordinaria capacidad para absorber y liberar calor lentamente. Gracias a ello ayuda a mantener estable la temperatura de los océanos, del clima y del propio cuerpo humano. Sin esta propiedad, las variaciones de temperatura serían mucho más extremas y la vida resultaría mucho más difícil.
El rey David contempló la provisión de Dios en la naturaleza y escribió:
“Él envía las fuentes por los arroyos; van entre los montes. Dan de beber a todas las bestias del campo…”
(Salmo 104:10-11)
Observe que el salmista no presenta el agua como un simple recurso natural. La contempla como una provisión del Creador para todas sus criaturas. Los manantiales, los ríos y las lluvias forman parte del cuidado constante de Dios sobre la creación.
Más adelante añade:
“Riega los montes desde sus aposentos; del fruto de sus obras se sacia la tierra.”
(Salmo 104:13)
David comprendía que la fertilidad de la tierra dependía del agua enviada por Dios. Sin ella no existirían los bosques, los cultivos, los animales ni la vida humana. El agua constituye uno de los grandes instrumentos mediante los cuales Dios sostiene continuamente su creación.
El profeta Isaías también utilizó el agua como símbolo de la fidelidad divina.
“Porque yo derramaré aguas sobre el sequedal, y ríos sobre la tierra árida…”
(Isaías 44:3)
Aunque este pasaje posee un profundo significado espiritual, refleja igualmente la importancia vital del agua. Allí donde llega el agua, florece la vida. Allí donde falta, aparece el desierto.
Resulta interesante observar que la búsqueda de agua constituye uno de los principales objetivos en la exploración espacial. Cuando los científicos estudian otros planetas o satélites, una de las primeras preguntas que se hacen es: ¿hay agua? La razón es sencilla. Hasta donde conocemos, el agua es indispensable para la vida.
La Biblia, escrita miles de años antes del desarrollo de la ciencia moderna, ya presentaba el agua como uno de los elementos fundamentales de la creación de Dios y como una provisión constante para todos los seres vivos.
Es importante recordar que la ciencia explica admirablemente las propiedades físicas y químicas del agua. Describe su estructura molecular, estudia su comportamiento y analiza su participación en los procesos biológicos. Todo ello constituye uno de los grandes logros del conocimiento humano.
Las Escrituras responden otra pregunta: ¿quién preparó un mundo donde una sustancia con propiedades tan extraordinarias hiciera posible la vida?
“¡Cuán innumerables son tus obras, oh Jehová! Hiciste todas ellas con sabiduría…”
(Salmo 104:24)
Desde la perspectiva bíblica, el agua no es un accidente afortunado del universo. Forma parte del diseño sabio del Creador. El mismo Dios que estableció las leyes de la naturaleza también preparó un planeta donde el agua pudiera cumplir un papel esencial para sostener toda forma de vida.
Quizá por eso el Señor Jesús utilizó repetidamente el agua para ilustrar las verdades más profundas del evangelio. Así como nadie puede vivir sin agua, nadie puede hallar la vida eterna separado de Dios. El agua se convirtió en un símbolo perfecto porque ya era, desde la creación, uno de los mayores testimonios de la provisión y del cuidado divinos.
Cada gota de lluvia que cae sobre la tierra, cada río que atraviesa un valle, cada océano que cubre nuestro planeta y cada célula de nuestro cuerpo nos recuerdan una verdad sencilla, pero profundamente significativa: el Dios que creó el universo también preparó con infinita sabiduría todo lo necesario para que la vida pudiera existir y mantenerse.
Así, el agua no solo sacia nuestra sed. También continúa proclamando, silenciosamente, la sabiduría, la bondad y el cuidado del Creador revelado en las Escrituras.
Referencias:
- Biochemistry
- Campbell Biology
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