Por el Dr. Elio M Rivera
María de Betania es una de las mujeres más admiradas del Nuevo Testamento. Hermana de Marta y Lázaro, vivía en la pequeña aldea de Betania, situada a poca distancia de Jerusalén. Los Evangelios la presentan como una mujer de profunda sensibilidad espiritual, gran amor por Jesucristo y una notable capacidad para comprender verdades que incluso algunos de los discípulos tardaron en captar. Aunque aparece pocas veces en las Escrituras, cada una de sus intervenciones deja una huella significativa y revela un carácter profundamente devoto.
Es importante distinguir a María de Betania de otras mujeres llamadas María que aparecen en el Nuevo Testamento. No era María, la madre de Jesús; tampoco era María Magdalena. Los Evangelios la identifican claramente como la hermana de Marta y Lázaro (Juan 11:1-2). Su hogar se convirtió en uno de los lugares donde Jesús era recibido con afecto y amistad durante sus visitas a Jerusalén.
La primera vez que encontramos a María en los Evangelios es durante una visita de Jesús a la casa familiar. Lucas relata que mientras Marta estaba ocupada atendiendo a los invitados, María tomó una decisión que la distinguiría para siempre. El evangelista escribe: “Ésta tenía una hermana que se llamaba María, la cual, sentándose a los pies de Jesús, oía su palabra” (Lucas 10:39).
En la cultura judía del siglo primero, sentarse a los pies de un maestro era la posición de un discípulo. María no se limitó a escuchar ocasionalmente las enseñanzas de Jesús; adoptó deliberadamente la actitud de alguien dispuesto a aprender de Él. Mientras Marta se preocupaba por los preparativos necesarios para atender a los visitantes, María aprovechó la oportunidad para recibir instrucción espiritual directamente del Maestro.
Cuando Marta pidió a Jesús que le dijera a su hermana que la ayudara con las tareas domésticas, el Señor respondió: “María ha escogido la buena parte, la cual no le será quitada” (Lucas 10:42). Estas palabras no significaban que el servicio fuera menos importante, sino que destacaban la prioridad de escuchar y aprender de Dios. María comprendió que había momentos en los que la comunión con Cristo debía ocupar el primer lugar.
La siguiente aparición importante de María ocurre durante uno de los episodios más conmovedores de los Evangelios: la muerte de su hermano Lázaro. Cuando Jesús llegó a Betania después del fallecimiento, María permanecía en casa rodeada por quienes intentaban consolarla. Al escuchar que el Maestro la llamaba, salió inmediatamente a su encuentro. Juan relata que cuando vio a Jesús, cayó a sus pies diciendo: “Señor, si hubieses estado aquí, no habría muerto mi hermano” (Juan 11:32).
Estas palabras son similares a las pronunciadas por Marta, reflejando el profundo dolor que ambas hermanas experimentaban. Sin embargo, la reacción de María tuvo un efecto especial sobre Jesús. El Evangelio señala que al verla llorar, junto con los judíos que la acompañaban, el Señor se conmovió profundamente en espíritu (Juan 11:33). Poco después encontramos uno de los versículos más breves y conmovedores de toda la Biblia: “Jesús lloró” (Juan 11:35).
La escena revela la estrecha relación de amistad que existía entre Jesús y aquella familia. María no acudió a Él únicamente como una seguidora más, sino como alguien que conocía personalmente su amor y su compasión. El milagro de la resurrección de Lázaro transformó aquella jornada de duelo en una de las mayores demostraciones del poder de Cristo sobre la muerte.
El episodio más famoso de la vida de María de Betania ocurrió pocos días antes de la crucifixión. Jesús se encontraba nuevamente en Betania compartiendo una cena con sus amigos cuando María realizó un acto que sería recordado a lo largo de la historia cristiana. Juan relata que tomó una libra de perfume de nardo puro, de gran precio, y ungió los pies de Jesús, secándolos después con sus cabellos (Juan 12:3).
El valor de aquel perfume era extraordinario. Judas Iscariote señaló que podía haberse vendido por trescientos denarios, aproximadamente el salario de un año de trabajo para una persona común (Juan 12:5). Desde una perspectiva humana, el gesto parecía un enorme desperdicio. Sin embargo, María no estaba calculando costos; estaba expresando amor, gratitud y adoración hacia aquel que había transformado su vida y devuelto a su hermano desde la muerte.
Cuando algunos comenzaron a criticarla, Jesús salió en su defensa. Declaró: “Déjala; para el día de mi sepultura ha guardado esto” (Juan 12:7). Aunque probablemente María no comprendía todos los detalles de lo que estaba haciendo, su acción adquirió un significado profético. Mientras muchos aún no entendían que Jesús se dirigía hacia la cruz, ella realizó un acto que anticipaba simbólicamente su sepultura.
Jesús añadió unas palabras extraordinarias acerca de este acontecimiento. Según Mateo, declaró: “De cierto os digo que dondequiera que se predique este evangelio, en todo el mundo, también se contará lo que ésta ha hecho, para memoria de ella” (Mateo 26:13). Pocas personas en los Evangelios recibieron una promesa semejante. Dos mil años después, el acto de amor de María continúa siendo recordado en todo lugar donde se anuncia el mensaje de Cristo.
Después de la unción en Betania, las Escrituras ya no vuelven a mencionar a María de manera directa. No sabemos cómo vivió los acontecimientos de la crucifixión ni cuál fue su participación posterior en la Iglesia primitiva. Sin embargo, las escenas que los Evangelios preservan son suficientes para mostrarnos una personalidad excepcionalmente enfocada en Jesús.
Desde una perspectiva histórica y arqueológica, Betania es uno de los lugares mejor identificados del Nuevo Testamento. La localidad moderna de Al-Eizariya conserva una tradición continua relacionada con Lázaro, Marta y María. Diversas excavaciones han permitido reconstruir el ambiente de una aldea judía cercana a Jerusalén durante el siglo primero, proporcionando un contexto valioso para comprender la vida de esta familia.
La historia de María de Betania nos enseña importantes lecciones espirituales. Nos muestra la importancia de escuchar a Cristo antes de actuar para Él. También nos recuerda que la verdadera adoración implica entregar a Dios lo mejor que poseemos, sin preocuparnos por las críticas de quienes no comprenden nuestra devoción. Finalmente, su vida demuestra que el amor genuino hacia Jesús suele expresarse mediante actos sencillos, pero profundamente significativos.
Como discípula, amiga de Jesús, hermana de Lázaro y ejemplo de adoración sincera, María de Betania ocupa un lugar especial entre las mujeres del Nuevo Testamento. Su disposición para sentarse a los pies del Maestro y su generoso acto de amor continúan inspirando a creyentes de todas las generaciones a buscar una relación más profunda con Cristo.
Fuentes de información
La información histórica y bíblica sobre María de Betania procede principalmente de:
• Los Evangelios de Lucas, Mateo, Marcos y Juan.
• El relato de Jesús en la casa de Marta y María (Lucas 10:38-42).
• La narración de la muerte y resurrección de Lázaro (Juan 11).
• La unción de Jesús en Betania (Mateo 26:6-13; Marcos 14:3-9; Juan 12:1-8).
• Los escritos de historiadores y comentaristas cristianos antiguos, entre ellos Orígenes, Eusebio de Cesarea y Jerónimo.
• Estudios modernos sobre Betania, el judaísmo del siglo primero y el contexto histórico de los Evangelios.
• La evidencia arqueológica procedente de Betania y de las aldeas cercanas a Jerusalén relacionadas con el ministerio de Jesucristo.
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