4. Mi visita al Monte de las Bienaventuranzas, la cueva de oración, la Bahía de las Parábolas y el lugar donde fue limpiado el leproso

Por el Dr. Elio M. Rivera

  Mi tercer viaje a Israel fue muy diferente a los anteriores. Los dos primeros habían estado enfocados principalmente en los lugares que suelen visitar la mayoría de los peregrinos. Sin embargo, esta vez regresé con otro propósito. Quería detenerme. Quería observar. Quería caminar con calma por aquellos lugares que normalmente pasan desapercibidos para los grupos turísticos. Más que visitar sitios históricos, deseaba comprender mejor el mundo donde Jesús vivió.

  Aquella mañana habíamos terminado nuestra visita a Capernaúm. Todavía llevaba en mi corazón la emoción de haber visto la casa de Pedro, la sinagoga y las calles donde el Maestro caminó tantas veces. Sin embargo, nuestro recorrido apenas comenzaba.

  Después de salir de Capernaúm caminamos aproximadamente un kilómetro bordeando el Mar de Galilea. El paisaje era hermoso. A nuestra izquierda se extendían las aguas azules del lago. A nuestra derecha se levantaban las colinas que forman el paisaje característico de Galilea.

  En la cima del monte de las bienaventuranzas

Nuestro destino era el Monte de las Bienaventuranzas.

  Tradicionalmente se considera que fue en aquella región donde Jesús pronunció uno de los discursos más extraordinarios de toda la historia humana.

  ”Y viendo la multitud, subió al monte; y sentándose, vinieron a él sus discípulos” (Mateo 5:1).

  Mientras ascendíamos lentamente, no podía dejar de pensar que en algún lugar de aquellas laderas miles de personas se habían reunido para escuchar palabras que todavía siguen transformando vidas dos mil años después.

  Bienaventurados los pobres en espíritu.

  Bienaventurados los mansos.

  Bienaventurados los misericordiosos.

  Bienaventurados los pacificadores.

  Aquellas palabras habían resonado por primera vez en aquellas mismas colinas.

  Pero lo que más me impactó ocurrió un poco más arriba.

  La cueva del monte eremos o de las bienaventurazas

En la parte superior del monte existe una pequeña cueva natural. No es grande. No es impresionante. De hecho, muchas personas podrían pasar junto a ella sin prestarle atención. Sin embargo, cuando la vi, algo llamó poderosamente mi atención.

  Era prácticamente el único refugio natural de toda aquella zona.

  Los Evangelios mencionan repetidamente que Jesús se retiraba a lugares apartados para orar.

  ”Mas él se apartaba a lugares desiertos, y oraba” (Lucas 5:16).

  ”En aquellos días él fue al monte a orar, y pasó la noche orando a Dios” (Lucas 6:12).

  La Biblia no menciona ninguna cueva. Sería incorrecto afirmar que aquella fue el lugar exacto donde Jesús oró. Nadie puede demostrar algo así.

 Dentro de la cueva del monte Eremos donde según las tradiciones Jesucristo se retiraba a ora (Nadie puede probar eso, pero es una tradición que se ha trasmitido por siglos)

Sin embargo, al sentarme dentro de aquella pequeña cavidad natural comprendí algo.

  Si un hombre quisiera refugiarse del viento, del frío nocturno o de la intemperie en aquella montaña, difícilmente encontraría otro lugar mejor.

  Me senté en silencio.

  Y entonces ocurrió algo que nunca olvidaré.

  Desde la entrada de la cueva podía contemplarse gran parte del Mar de Galilea.

  La vista era extraordinaria.

  Fue entonces cuando comprendí algo que había leído durante años en los Evangelios.

  Desde aquella altura era posible observar fácilmente una embarcación navegando en el lago.

  Incluso una pequeña embarcación.

  De inmediato vinieron a mi mente las palabras de Mateo.

  ”Y ya la barca estaba en medio del mar, azotada por las olas; porque el viento era contrario” (Mateo 14:24).

  Mi imaginación comenzó a correr.

  Pensé que en algún lugar de aquellas aguas Jesús había caminado sobre el mar.

  Pensé que desde alguna de aquellas colinas pudo haber observado a sus discípulos luchando contra el viento.

  Pensé en las largas noches de oración mientras contemplaba las luces de las embarcaciones de pescadores dispersas sobre el lago.

  Por primera vez comprendí visualmente el relato bíblico.

  No era solamente un texto.

  Era una realidad geográfica.

  Era algo que podía verse con los propios ojos.

  Mientras permanecía sentado allí, sentí que la distancia entre el relato bíblico y el mundo real comenzaba a desaparecer.

  Después descendimos del monte.

  La bahía de las parábolas un lugar estudiado ampliamente por su acústica natural y que le permitía el Sr. Jesucristo trasmitir su mensaje a multitudes.

A poca distancia observamos un grupo de personas realizando mediciones y estudios sobre el terreno. Al principio no comprendí qué estaban haciendo. Parecían investigadores. Tomaban medidas, observaban el área y registraban información.

  Fue entonces cuando alguien me explicó que nos encontrábamos en la llamada Bahía de las Parábolas.

  Confieso que aquello despertó inmediatamente mi curiosidad.

  La explicación fue fascinante.

  Se trata de una formación natural extraordinaria. Debido a la forma de la costa, las colinas y la superficie del agua, el lugar posee unas propiedades acústicas únicas. Una persona puede hablar desde una embarcación cercana a la orilla y ser escuchada por cientos e incluso miles de personas situadas en las laderas naturales que forman una especie de anfiteatro.

  Durante años científicos e investigadores han estudiado el fenómeno.

  Lo más sorprendente es que no existe otro lugar conocido exactamente igual.

  Mientras escuchaba aquella explicación recordé inmediatamente las palabras de Marcos.

  ”Y se juntó a él mucha gente; y entrando en una barca, se sentó en ella en el mar; y toda la gente estaba en tierra junto al mar” (Marcos 4:1).

  De pronto todo cobró sentido.

  Jesús no necesitaba micrófonos.

  No necesitaba sistemas de sonido.

  El propio paisaje realizaba esa función.

  Mientras contemplaba aquella bahía, una idea cruzó mi mente.

  Parecía como si el Creador hubiera preparado aquel lugar desde la fundación del mundo para el día en que el Verbo se hiciera carne y las multitudes acudieran a escucharlo.

  Allí enseñó algunas de las parábolas más conocidas de los Evangelios.

  La parábola del sembrador.

  La parábola de la semilla.

  La parábola del reino.

  Y muchas otras enseñanzas que han sido escuchadas por millones de personas a lo largo de la historia.

  Poco después, mientras continuábamos descendiendo, alguien señaló otro lugar de la región.

  ”Por aquí ocurrió la limpieza del leproso”, comentó.

  Mi piel se erizó.

  Ya estaba emocionalmente sobrecargado por todo lo que había visto aquella mañana. Sin embargo, escuchar aquello me impactó profundamente.

  Inmediatamente recordé el relato.

  ”Y he aquí vino un leproso y se postró ante él, diciendo: Señor, si quieres, puedes limpiarme” (Mateo 8:2).

  Y luego las palabras que siempre me conmueven:

  ”Jesús extendió la mano y le tocó” (Mateo 8:3).

  Le tocó.

  Aquello era extraordinario.

  Los leprosos eran evitados.

  Marginados.

  Temidos.

  Sin embargo, Jesús extendió la mano.

  Mientras observaba aquellas colinas comprendí que la Biblia estaba cobrando vida delante de mis ojos.

  Las distancias desaparecían.

  Los personajes dejaban de ser nombres en una página.

  Los relatos dejaban de ser simples historias.

  Todo se volvía real.

  Al terminar aquella jornada me sentía completamente sobrepasado.

  Había comenzado el día visitando Capernaúm.

  Había contemplado la casa de Pedro.

  Había estado en la sinagoga.

  Había observado el lago desde la montaña.

  Había conocido la Bahía de las Parábolas.

  Había recorrido el escenario de algunos de los acontecimientos más importantes del ministerio de Jesús.

  Y comprendí algo que jamás he olvidado.

  La fe cristiana no nació en un mundo imaginario.

  Nació en lugares reales.

  En montañas reales.

  En caminos reales.

  En aldeas reales.

  Y mientras caminaba por aquellos senderos de Galilea, tuve la sensación de que las páginas de los Evangelios se estaban abriendo delante de mí, no para ser leídas, sino para ser contempladas.

  A continuación, le comparto algunas fotografías de aquel día inolvidable. Quizá, al observarlas, usted también pueda experimentar algo de la emoción que sentí mientras seguía los pasos del Maestro junto a las aguas del Mar de Galilea.

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Autor

Elio Rivera

El Dr. Elio M. Rivera es médico, pastor, escritor y fundador del Museo La Vida y Obra de Jesucristo, de la casa hogar Manantial de Amor y Comunidad Cristiana Mana. Ha viajado extensamente por Israel estudiando los lugares históricos relacionados con la vida de Jesucristo. Además de su labor ministerial y humanitaria, también es hombre de negocios, autor de más de 60 libros.