Por el Dr. Elio M. Rivera
Mi primera visita a Capernaúm fue una experiencia que jamás olvidaré. Había leído acerca de esta ciudad durante años. Había estudiado sus referencias en los Evangelios, observado fotografías y escuchado innumerables enseñanzas acerca del lugar donde Jesús estableció gran parte de su ministerio en Galilea. Sin embargo, nada me preparó para lo que sentí el día que finalmente llegué allí.
Recuerdo que nuestro autobús se detuvo en el área de estacionamiento destinada a los visitantes. Apenas descendí, comencé a caminar apresuradamente. Debo confesar que me sentía como un niño que espera durante años conocer un lugar con el que ha soñado toda su vida. Mi intención era llegar antes que los demás para poder tomar fotografías sin personas delante de la cámara, pero la verdad es que había algo más profundo. Mi corazón simplemente quería llegar cuanto antes.

Fotografía de las ruinas de la casa de Pedro
Mientras avanzaba hacia las ruinas, pensaba principalmente en la sinagoga. Quería ver el lugar donde Jesús había enseñado. Quería contemplar el escenario donde las multitudes quedaron maravilladas por sus palabras y donde ocurrió la liberación del hombre poseído por un espíritu inmundo. Sin embargo, cuál sería mi sorpresa cuando descubrí que no solamente estaba frente a la sinagoga, sino también frente a lo que tradicionalmente se identifica como la casa del apóstol Pedro.
Todavía recuerdo la impresión que aquello me produjo. Me quedé observando el lugar durante varios minutos. No podía creer que estuviera allí. Había leído sobre esa casa muchas veces, pero verla delante de mí fue completamente diferente. Mi corazón comenzó a latir con fuerza. Pensé: “Dios mío, aquí estuvo Jesús. Aquí entró después de recorrer las calles de Capernaúm. Aquí convivió con sus discípulos. Aquí sanó a la suegra de Pedro. Aquí llegaron enfermos buscando ayuda. Aquí se reunió con aquellos hombres que más tarde cambiarían el mundo”.
Mientras observaba cuidadosamente las ruinas de aquella vivienda, algo más comenzó a llamar mi atención. Aquella casa era extremadamente sencilla. No había agua corriente. No existía drenaje. No había electricidad. No había ninguna de las comodidades que nosotros consideramos normales en la actualidad. De pronto comprendí algo que nunca había percibido con tanta claridad. El Hijo de Dios había pasado tiempo en un lugar como aquel. Había compartido la vida cotidiana de personas comunes. Había entrado y salido de aquellas habitaciones modestas. Había convivido con pescadores galileos que vivían una vida sencilla lejos de los centros de poder de su tiempo.
Debo confesar que aquella realidad conquistó profundamente mi corazón. Mientras contemplaba aquellas piedras antiguas, comprendí de una manera nueva la humildad del Maestro. El Creador del universo no escogió palacios, ni residencias de gobernantes, ni las comodidades reservadas para los ricos y poderosos. Escogió caminar entre gente sencilla. Escogió compartir la vida de hombres comunes. Allí, frente a la casa de Pedro, sentí una profunda admiración por Jesucristo. La grandeza de Dios se manifestaba precisamente en su humildad. El Señor de las estrellas había decidido acercarse a nosotros desde la sencillez de una pequeña aldea de pescadores a la orilla del Mar de Galilea.
De inmediato vinieron a mi mente las palabras de Mateo: “Vino Jesús a casa de Pedro, y vio a la suegra de éste postrada en cama, con fiebre” (Mateo 8:14). También recordé la escena del paralítico que fue descendido a través del techo. Mientras contemplaba aquel lugar, mi imaginación reconstruía la escena. Las personas llenando cada rincón de la casa. Los discípulos tratando de abrir paso entre la multitud. Las voces. Las conversaciones. La expectativa. Y luego el techo abriéndose para que un hombre desesperado pudiera ser llevado delante del Maestro.
No sé exactamente qué me ocurrió en ese momento, pero una profunda nostalgia se apoderó de mí. No era tristeza. Era un anhelo difícil de describir. Comencé a preguntarme qué conversaciones habrían tenido allí. ¿Qué les enseñó Jesús cuando estaban a solas? ¿Qué preguntas le hicieron los discípulos? ¿De qué hablaron durante las noches? ¿Qué sentían aquellos hombres cuando escuchaban sus enseñanzas lejos de las multitudes? Por unos momentos deseé intensamente haber vivido en aquella época y haber estado allí para escuchar aquellas conversaciones.

Ruinas de lo que un día fue un barrio en la ciudad de Cafarnaúm
Después comenzamos a recorrer el resto de la ciudad. Mientras caminaba entre los restos de las antiguas viviendas, mi mente comenzó a viajar dos mil años al pasado. Observaba las ruinas y pensaba: “Por aquí vivió Jairo”. Tal vez por alguna de estas calles corrió desesperadamente buscando a Jesús para salvar a su hija. Quizá fue en algún lugar cercano donde recibió la noticia que ningún padre desea escuchar. Y sin embargo, también fue en aquella ciudad donde vio a su hija volver a la vida cuando Jesús le dijo: “Talita cumi” (Marcos 5:41).
Un poco más adelante imaginé a la mujer que padecía flujo de sangre avanzando entre la multitud. Pensé en los cobradores de impuestos ocupados en sus labores. Pensé en el centurión romano que amaba a la nación judía y ayudó a construir la sinagoga. Pensé en los pescadores descargando redes llenas de peces después de una larga noche en el lago. De pronto las ruinas dejaron de ser piedras. Se convirtieron en escenarios llenos de vida.

Ruinas de la sinagoga de Cafarnaúm
Finalmente llegamos a la sinagoga. Sabía que la estructura visible actualmente pertenece a una época posterior al ministerio de Jesús. Sin embargo, también sabía que los arqueólogos habían descubierto debajo de ella los restos de la sinagoga del siglo primero. Cuando comprendí que estaba parado sobre el mismo lugar donde Jesús había enseñado, algo dentro de mí se estremeció.
Recordé las palabras de Marcos: “Entrando en la sinagoga, enseñaba” (Marcos 1:21). Pensé que el Maestro había estado exactamente allí. No en algún lugar parecido. No en una representación. No en una reconstrucción. Allí mismo. Sobre aquellas piedras. En aquel espacio. Allí habló del Reino de Dios. Allí sorprendió a las multitudes con su autoridad. Allí liberó al hombre poseído por un espíritu inmundo. Allí comenzó a extenderse la fama de aquel joven rabino galileo por toda la región.
Mientras observábamos los alrededores, alguien nos mostró una habitación contigua a la sinagoga. En el piso todavía podían verse unas marcas talladas en la piedra. Me explicaron que probablemente correspondían a antiguos juegos utilizados por los niños de la ciudad. Aquello despertó inmediatamente mi imaginación. Pensé que quizá Pedro, Andrés, Felipe o alguno de los futuros discípulos pudo haber jugado allí durante su infancia. No puedo demostrarlo, por supuesto, pero el simple pensamiento me hizo sonreír. De repente comprendí que los personajes de los Evangelios no eran figuras distantes. Habían sido niños. Habían corrido por esas calles. Habían tenido amigos, sueños y preocupaciones como cualquier otra persona.
Más tarde caminamos hacia la orilla del Mar de Galilea. Allí pude contemplar los restos del antiguo muelle utilizado durante la época romana. Mientras observaba las aguas tranquilas del lago, pensaba en las incontables veces que Jesús debió caminar por aquella misma costa. Imaginaba las barcas saliendo al amanecer, las redes cayendo sobre las aguas y los pescadores trabajando durante la noche.
Y entonces ocurrió algo inesperado.
El Señor me permitió presenciar uno de los fenómenos por los cuales el Mar de Galilea es tan conocido. Lo que unos minutos antes parecía un lago tranquilo comenzó a cambiar repentinamente. El viento se levantó. Las aguas empezaron a agitarse. El lago se picó y comenzaron a formarse olas cada vez más visibles.
Me quedé observando la escena sin poder apartar la vista.
Aquello me dejó sin aliento.
De pronto comprendí algo que había leído muchas veces en los Evangelios pero que nunca había visto con mis propios ojos. Las tormentas repentinas del Mar de Galilea no son una exageración literaria. Son una realidad. Allí mismo entendí por qué pescadores experimentados llegaron a temer por sus vidas cuando fueron sorprendidos por una tempestad.
Recordé inmediatamente aquel relato donde los discípulos despertaron a Jesús diciendo: “¡Señor, sálvanos, que perecemos!” (Mateo 8:25).
Mientras observaba el viento y las olas comprendí que incluso la meteorología seguía confirmando el relato bíblico. El mismo lago que contemplaba delante de mí continuaba comportándose como lo había hecho durante siglos.
Cuando finalmente llegó el momento de abandonar Capernaúm, sentí algo que todavía me cuesta describir. Mientras caminaba hacia la salida tenía la impresión de que dejaba un pedazo de mi corazón en aquella ciudad. Había esperado años para conocerla y ahora debía despedirme de ella.
Iba absorto en mis pensamientos cuando levanté la vista y observé uno de los montes cercanos. Inmediatamente recordé aquellos pasajes donde se nos dice que Jesús se levantaba de madrugada para orar.
”Levantándose muy de mañana, siendo aún muy oscuro, salió y se fue a un lugar desierto, y allí oraba” (Marcos 1:35).
Y también recordé la ocasión cuando Pedro salió a buscarlo porque todos lo estaban buscando.
Por un instante imaginé al Maestro caminando solo hacia aquellas alturas antes del amanecer mientras la ciudad aún dormía. Imaginé a Pedro recorriendo los senderos para encontrarlo. Imaginé las conversaciones que pudieron haber tenido después de aquellas horas de oración.
Pero esa es otra historia.
Disfrute un reel con propósito
- 1. ¿Podemos confiar en la Biblia?
- 2. Evidencia histórica de Jesucristo
- 3. Profecías acerca de Jesucristo
- 4. Jesucristo: Cosas que no sabías
- 5. ¿Quién es Jesucristo?
- 7. Vida, usos y costumbres de las tierras Bíblicas
- Artículo
- Reflexión
- Salvación
- Usos y costumbres del tiempo de Cristo
- Vida de Jesús
Disfruta el mueso la vida y obra de Jesucristo:
